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1 total messages Started by IVAN VALAREZO Mon, 21 May 2007 22:42
(IVAN): EXPIACION (REIVINDICACION, ARREGLO) DEL ALMA PECADORA
#183
Author: IVAN VALAREZO
Date: Mon, 21 May 2007 22:42
1306 lines
71023 bytes
S�bado, 19 de Mayo, a�o 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo, 
Guayaquil, Ecuador - Iberoam�rica 


(Este Libro fue Escrito por Iv�n Valarezo) 


EXPIACI�N (REIVINDICACI�N, ARREGLO) DEL ALMA PECADORA

La sangre del Se�or Jesucristo te limpia, te purifica y te 
hace libre de los poderes del pecado y de sus profundas 
tinieblas, como la muerte, si tan s�lo la recibes en tu 
coraz�n y en tu vida diariamente para la eternidad venidera, 
por amor a la verdad y a la justicia de Dios y de su Esp�ritu 
Santo. Pues esta es la expiaci�n y salvaci�n perfecta, por la 
cual nuestro Padre Celestial ha luchado, desde tiempos 
inmemoriales, para que hoy en d�a, por ejemplo, sea una 
realidad en tu vida, sin tan s�lo crees en tu coraz�n y oras 
con tus labios, en el nombre sagrado de su Hijo amado, �el 
Se�or Jesucristo!

Sin la expiaci�n, salvaci�n y reconciliaci�n de la sangre 
bendita del Se�or Jesucristo emplazada en su coraz�n, por el 
poder del esp�ritu de fe, entonces ning�n pecador ni ninguna 
pecadora vera la vida eterna de Dios y de su Esp�ritu Santo, 
en esta tierra ni en la venidera del nuevo reino de los 
cielos. Es por eso, que la sangre del Se�or Jesucristo fue 
muy importante para Ad�n y Eva en el para�so y aun lo es, hoy 
en d�a, en nuestros corazones, tambi�n, de todas las razas, 
familias, pueblos, linajes, tribus y reinos de la humanidad 
entera.

Solamente la sangre del Se�or Jesucristo limpia y purifica el 
coraz�n y el alma eterna del hombre y de la mujer, como el 
agua y el jab�n al cuerpo humano, de todos los poderes del 
pecado y de sus profundas tinieblas de enfermedades y de 
terribles maldades del m�s all�, como el infierno y el lago 
de fuego, por ejemplo. Y sin la sangre viva y milagrosa del 
Se�or Jesucristo, Dios jam�s pudo comenzar con su Esp�ritu 
Santo y sus manos limpias, santas y puras: la formaci�n de 
cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera, 
comenzando con Ad�n y Eva, en el para�so, por ejemplo, y su 
humanidad infinita en toda la tierra, tambi�n.

Es por eso, que la sangre viva de nuestro Se�or Jesucristo, 
el �rbol de la vida infinita, es nuestra �nica vida, para 
poder seguir viviendo en la tierra y as� tambi�n en la nueva 
vida infinita de nuestro Padre Celestial de su nuevo reino de 
los cielos, en el m�s all�. Porque s�lo la sangre sagrada del 
Se�or Jesucristo contiene para cada uno de nosotros la 
verdad, la justicia, la santidad y la justificaci�n 
expiatoria de nuestros males y, por ende, la salvaci�n 
infinita de nuestras almas eternas, en la tierra y en el 
para�so, tambi�n, eternamente y para siempre.

El hombre se perdi� en el para�so, no porque Dios lo quiso 
as�, sino porque rehus� comer y beber de su vida infinita. En 
verdad, Ad�n fue creado en las manos de Dios, pero lleno de 
la vitalidad del �rbol de la vida del para�so y de toda la 
creaci�n celestial de Dios y de su Esp�ritu Santo. Y esta 
vida sobrenatural, en la cual Ad�n fue creado en el principio 
en las manos de Dios, es sumamente santa, la cual no puede 
contaminarse con el pecado de Lucifer jam�s, para seguir 
existiendo, sino por lo contrario. 

�sta vida �nica de Ad�n ten�a que continuar santa y libre de 
toda contaminaci�n de la presencia rebelde y pecadora de 
Lucifer, en el para�so y en toda la creaci�n celestial de 
Dios. Y la �nica manera por la cual la vida del hombre en el 
para�so y de cada uno de sus descendientes pudiese continuar 
santa y libre de toda contaminaci�n extra�a en su coraz�n y 
en todo su cuerpo, principalmente libre del pecado, seria 
s�lo posible por medio del fruto de la vida verdadera e 
infinita. 

Porque s�lo el fruto del �rbol de la vida puede mantener 
eternamente y para siempre libre de toda contaminaci�n 
extra�a y de pecado: el coraz�n, el alma, el esp�ritu y la 
vida total del �ngel y as� tambi�n de Ad�n y de cada uno de 
sus descendientes, en sus millares, por doquier, en el 
para�so y en toda la creaci�n celestial. Es por eso, que Dios 
siempre requiri� e insisti� que Ad�n comiese del fruto de la 
vida celestial, tal cual como los �ngeles obedientes lo han 
hecho a trav�s de los siglos y hasta siempre (ser� as�), en 
la nueva vida venidera, del nuevo reino de los cielos, por 
ejemplo. 

Dado que, s�lo la sangre y la vida gloriosa del �rbol de la 
vida del para�so y del reino puede mantener el coraz�n, el 
esp�ritu de cada ser creado, como �ngeles y as� tambi�n como 
hombres del para�so y de la tierra: libres de toda 
contaminaci�n extra�a en sus corazones y en todos sus seres 
vivientes, tambi�n, para siempre. Porque el Se�or Jesucristo 
es como el jab�n y el agua, para lavar, limpiar y santificar: 
el coraz�n, el esp�ritu y la vida completa de los cuerpos 
celestiales y terrenales de los �ngeles y de los hombres, 
mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad entera, comenzando con 
Ad�n y Eva en el para�so, por supuesto. 

Y para nuestro Padre Celestial, esto se llama "expiaci�n 
infinita", de los corazones, de los esp�ritus, de las vidas y 
de los cuerpos celestiales y terrenales de cada uno de sus 
seres creados, para que se mantengan por siempre delante de 
�l: libres de toda contaminaci�n maligna que les pueda 
cambiar y hacer da�o, en sus vidas. Esto fue algo, que 
Lucifer ni ninguno de sus �ngeles ca�dos jam�s entendi� en su 
coraz�n, por m�s que Dios mismo se los explico 
meticulosamente con su palabra santa. Porque todos los dem�s 
�ngeles: comieron y bebieron voluntariamente del fruto del 
�rbol de la vida, el Se�or Jesucristo, y por amor para 
cumplir la voluntad perfecta del Creador de sus vidas 
infinitas, en el reino de los cielos, no pecaron jam�s. 

Pero no fue as� en absoluto con Lucifer ni con ninguno de sus 
�ngeles ca�dos, porque ellos se rebelaron en contra de Dios y 
de su �rbol de la vida eterna, para jam�s tocar ni menos 
comer ni beber del Se�or Jesucristo, eternamente y para 
siempre. Porque ellos pensaron que pod�an continuar viviendo 
sus vidas celestiales y rebeldes, rebeldes eternamente y para 
siempre a toda verdad y a toda justicia del fruto del �rbol 
de la vida, �el Se�or Jesucristo! Pero se equivocaron 
profundamente los enemigos del �rbol de la vida, delante de 
Dios y de sus seres santos del cielo y de toda su inmensa 
creaci�n celestial y terrenal, tambi�n.

Ciertamente, en esto se equivoco Lucifer profundamente junto 
con sus �ngeles ca�dos, para as� entonces alejarse de su Dios 
y de su nueva vida infinita, para jam�s volver a ser los 
seres santos, los cuales Dios mismo hab�a creado con sus 
palabras y con su nombre, para el bien de muchos, en el cielo 
y en toda la creaci�n. Realmente, Lucifer lo perdi� todo con 
sus �ngeles ca�dos, para ganar nada en el cielo ni en la 
tierra; porque Lucifer desde el d�a de su rebeli�n celestial, 
en el reino de Dios y hasta nuestros d�as, no ha ganado nada 
de nada en contra de Dios, ni de Jesucristo ni de ning�n 
pecador o pecadora de toda la tierra.

En realidad, la tercera parte de los �ngeles del cielo se 
rebelaron en contra de Dios y de su fruto de vida eterna, 
porque pensaron que Lucifer, por su gran sabidur�a celestial, 
entonces pod�a exaltar su nombre inicuo m�s alto que el 
nombre del Se�or Jesucristo. Y aqu�, fue cuando Lucifer muri� 
como arc�ngel y se convirti� en el eterno adversario del 
Se�or Jesucristo en el coraz�n del pecador, para que ning�n 
ser viviente de toda la creaci�n, jam�s pueda creer en su 
coraz�n ni menos confesar con sus labios: su nombre santo y 
eternamente glorioso, para bendici�n eterna de su vida 
terrenal y celestial. 

En otras palabras, para que ninguno, sea �ngel del cielo u 
hombre o mujer del para�so o del mundo, entonces vea la vida 
eterna en su coraz�n y con sus ojos, en la tierra y en el 
para�so, sino que siga siendo ciego para con Dios y para con 
su nueva infinita del nuevo reino de los cielos, por ejemplo. 
Porque la verdad es que Lucifer desea la muerte de todos los 
�ngeles del cielo y as� tambi�n de todo hombre, mujer, ni�o y 
ni�a de la humanidad entera del para�so y de toda la tierra, 
para que as� jam�s Dios sea complacido en su vida y en su 
justicia infinita, de su �rbol de vida eterna, �el Se�or 
Jesucristo! 

Y esto es algo terrible para Dios y para su vida infinita de 
su Esp�ritu Santo y de sus huestes angelicales del para�so y 
del reino de los cielos, por ejemplo. Por eso, el Se�or 
Jesucristo ha luchado a diestra y a siniestra para derrotar a 
Lucifer no con armas y �ngeles poderosos, sino con el poder 
sobrenatural de los dones del fruto de la vida y de su 
Esp�ritu Santo, viviendo en los corazones de sus �ngeles y de 
los hombres y mujeres de la humanidad entera. 

Entonces, desde los d�as de la antig�edad y hasta nuestros 
d�as, los �ngeles toman gratuitamente de los frutos del �rbol 
de la vida eterna, para continuar viviendo con su Dios y 
Creador de sus vidas, en el reino de los cielos y as� tambi�n 
para jam�s alejarse de �l, eternamente y para siempre, en la 
nueva eternidad venidera. Porque es el Se�or Jesucristo que 
los mantiene a cada uno de sus seres creados muy cerca de 
Dios, para que le sirvan y le honren d�a y noche y por los 
siglos de los siglos, en la nueva vida celestial del nuevo 
reino infinito, en donde seguir�n honrando los �ngeles el 
nombre de Dios juntos con la humanidad entera. 

Es por eso, que el Se�or Jesucristo descendi� del cielo para 
entrar en la vida del hombre pecador y de la mujer pecadora y 
hacerlos hijos e hijas de Dios y de su Esp�ritu Santo, 
tambi�n, en esta vida para luego entrar en la nueva vida 
venidera, del nuevo reino de los cielos, en el m�s all�. 
Porque as� como los �ngeles, los hombres, mujeres, ni�os y 
ni�as de la humanidad entera, tienen que purificar sus 
corazones, sus esp�ritus, sus almas y sus cuerpos de toda 
contaminaci�n extra�a y del pecado, para ser hechos libres y 
actos para el servicio del nombre de Dios, no s�lo en la 
tierra, sino tambi�n en la eternidad. 

Y esto es expiaci�n del coraz�n, el alma, el esp�ritu, el 
cuerpo y la vida entera del hombre redimido de toda la 
tierra, con los poderes sobrenaturales de la sangre bendita y 
eternamente poderosa del �rbol de la vida, �el Se�or 
Jesucristo! Porque s�lo el esp�ritu viviente de la sangre del 
pacto eterno del Se�or Jesucristo y de nuestro Padre 
Celestial realmente nos puede limpiar, sanar y librar de 
todos los males de las profundas tinieblas de Lucifer y de 
sus �ngeles ca�dos, en esta vida y en la venidera, igual, 
eternamente y para siempre, en el nuevo reino de los cielos. 
	
Entonces hoy m�s que nunca, nuestro Padre Celestial desea 
expiar tu coraz�n, tu alma, tu cuerpo y tu vida entera, con 
el esp�ritu bendito del nombre y de la sangre gloriosa del 
pacto infinito del Se�or Jesucristo, si tan s�lo t� se lo 
permites en un momento de fe y de oraci�n, en su nombre santo 
y eternamente honrado. Y �sta es sangre bendita del �rbol de 
la vida la que te da vida, derramada desde el d�a se�alado 
por el SE�OR sobre los �rboles cruzados de Ad�n y Eva, para 
cumplir tu Ley Divina y as� ponerle fin al pecado que te mata 
diariamente en la tierra y en el m�s all�, como en el 
infierno, por ejemplo. 

Y nuestro Dios te ha entregado a su Hijo en tu coraz�n y en 
tu alma, porque s�lo �l pod�a cumplir la Ley Divina que t� no 
pod�as honrar en tu coraz�n ni menos cumplirla en tu vida, 
para ponerle fin al pecado y a tus enemigos eternos de tu 
verdad y de tu justicia infinita, como Lucifer, por ejemplo. 
Es decir, que si el Se�or Jesucristo vive en tu coraz�n, 
entonces tu Ley Celestial ha sido honrada y propiamente 
cumplida en toda tu vida y, adem�s, cada uno de tus males 
eternos de tus pecados y de sus muchas tinieblas ha sido 
destruido eternamente y para siempre, tambi�n, para gloria 
infinita de Dios y de su Esp�ritu Santo. 

As� como Lucifer y cada uno de sus �ngeles ca�dos, por 
ejemplo, han sido destruidos en tu vida, desde los �rboles 
cruzados de Ad�n y Eva sobre la cima de la roca eterna, con 
el poder de la sangre santa, en las afueras de Jerusal�n, en 
Israel, para que no te vuelvan hacer ning�n mal, eternamente 
y para siempre. Realmente, desde el d�a que el Se�or 
Jesucristo fue clavado a los palos secos y sin vida de Ad�n y 
Eva, sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de 
Jerusal�n, desde entonces no se ha podido jam�s volver hacer 
una expiaci�n tan sublime y tan profunda como �sta, para tu 
alma y toda tu vida, tambi�n. 

Adem�s, el Se�or Jesucristo lo hizo todo muy bien y sin 
quejarse jam�s por nada y con gran amor en su coraz�n santo y 
lleno de la sangre salvadora, por el amor infinito que 
nuestro Padre Celestial siente desde siempre por cada uno de 
sus hermanos y hermanas, en toda la creaci�n del para�so y de 
toda la tierra, tambi�n. Y, hoy en d�a, nuestro Dios desea 
hacer esta misma "expiaci�n divina" de tu coraz�n, alma, 
esp�ritu, cuerpo y de toda tu vida, tambi�n, como se lo hizo 
a los �ngeles y a los hombres y mujeres de buena fe y de 
buena voluntad de toda la tierra, s�lo en el poder 
sobrenatural de su sangre sagrada de su unig�nito.

JESUCRISTO SE SOMETI� A LA MUERTE, PARA AMARTE M�S SIEMPRE

El Se�or Jesucristo fue quien se dio a s� mismo por nosotros, 
con el prop�sito de redimirnos de toda iniquidad y purificar 
para s� mismo un pueblo propio, santo, justo, honrado, 
honorable y sobre todas las cosas: celoso de buenas obras. 
Por lo tanto, nos entrego de su Esp�ritu Santo, para que 
seamos llenos de sus dones y de sus muchos talentos, para 
exaltar por siempre su nombre santo, con buenas obras, en 
nuestros corazones y en los corazones de todos los dem�s, 
tambi�n, en todos los lugares del mundo entero, para que el 
pecador se averg�ence de su pecado mortal. 

Por cuanto, es muy importante que el nombre sagrado de 
nuestro Padre Celestial y de su Hijo amado, el Se�or 
Jesucristo, sean por siempre enaltecidos en las vidas de sus 
seres creados, sean �ngeles del cielo u hombres, mujeres, 
ni�os y ni�as de la humanidad entera, por ejemplo. Pues por 
esta raz�n, nuestro Padre Celestial crea todas las cosas en 
los cielos para los �ngeles y para los hombres y mujeres de 
su humanidad infinita, para que cada uno de todos ellos 
siempre tenga todo lo necesario en su vida para servirle y 
para honrarle por siempre, no s�lo en la tierra, sino tambi�n 
en la eternidad venidera. 

Es decir, para enaltecer su nombre bendito en sus corazones y 
en todos los d�as de sus vidas, tambi�n, ya sea en el cielo, 
en el para�so, en la tierra o en todos los lugares de su 
nueva creaci�n celestial, como su Nueva Jerusal�n Santa e 
Infinita del cielo, por ejemplo. Y todo lo que nuestro Dios 
crea con sus palabras o con su nombre sagrado en todos los 
lugares del reino celestial y as� tambi�n de toda la tierra, 
realmente, ha sido limpio, purificado y libre por la sangre 
divina, de toda contaminaci�n de pecado y de la maldad del 
esp�ritu de error de Lucifer y de sus �ngeles ca�dos. 

Para que entonces el servicio a su nombre sagrado, desde los 
corazones de los �ngeles del cielo o de los hombres, mujeres, 
ni�os y ni�as de la humanidad entera, sea puro, santo y 
verdadero delante de su presencia sagrada, en el cielo y en 
toda su nueva creaci�n, tambi�n. Por lo tanto, nada de lo que 
nuestro Padre Celestial nos ha entregado ha sido jam�s 
contaminado con el pecado o con alguna de sus muchas 
tinieblas, sino siempre lleno del esp�ritu de la sangre 
bendita del pacto eterno, del �rbol de la vida y de su 
Esp�ritu Sant�simo, por ejemplo, en el para�so y en toda la 
tierra, tambi�n. 

Por lo tanto, todo lo que nuestro Dios nos ha entregado, 
entonces ha sido realmente limpio, santo y libre de toda 
contaminaci�n de Lucifer y de sus �ngeles ca�dos, por el 
poder sobrenatural de la sangre expiatoria del para�so y de 
la tierra; porque nuestro Dios no tiene nada de nada de 
Lucifer y viceversa. M�s, sin embargo, todo lo que Lucifer 
posee, en verdad, ha sido robado al hombre, robado a Dios y a 
su �rbol de vida eterna, por medio de la ca�da de Ad�n y Eva, 
en el para�so, por ejemplo, al creer en sus corazones, en sus 
mentiras y las de la serpiente antigua del Ed�n, para mal 
eterno de muchos. 

Es por esta raz�n, que "la predicaci�n de la palabra y del 
nombre sagrado" de nuestro Padre Celestial y de su �rbol de 
vida eterna son de suma importancia en nuestros corazones y 
en todos los d�as de nuestras vidas, en la tierra y aun m�s 
all� de nuestra nueva vida infinita, en el nuevo reino de los 
cielos. Y cada palabra de la predicaci�n de nuestro Se�or 
Jesucristo y de cada uno de sus disc�pulos y disc�pulas 
contra ataca a cada palabra dicha por Lucifer, en contra de 
nuestro Dios y de su �rbol de vida eterna, en el coraz�n de 
Ad�n y de cada uno de sus descendientes, en el para�so y en 
toda la tierra, tambi�n. 

Es por eso, que cada vez que la palabra de nuestro Dios y de 
su Hijo amado es predicada, entonces Lucifer es una vez m�s 
derrotado en el coraz�n de cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de 
la humanidad entera, y hasta que de �l no quede nada, en la 
vida de la tierra y del m�s all�, tambi�n. Porque el enemigo 
eterno de Dios tiene que por fin, en sus �ltimos minutos de 
vida, doblar sus rodillas delante del �rbol de la vida, para 
declarar con sus mismos labios mentirosos, para gloria 
infinita de nuestro Padre Celestial, que su Hijo amado, el 
Se�or Jesucristo, es SE�OR para miles de siglos venideros, en 
la nueva eternidad celestial e infinita. 

Es decir, que nuestro Dios y su �rbol de vida han derrotado a 
Lucifer y a cada una de sus mentiras con las mismas verdades 
sagradas, vividas por el Se�or Jesucristo durante los d�as de 
su ministerio mesi�nico en Israel, para ponerle fin al pecado 
y a la muerte de todo hombre, mujer, ni�o y ni�a de toda la 
tierra. Porque nuestro Se�or Jesucristo s�lo pod�a ponerle 
fin al pecado y a la muerte de cada hombre, mujer, ni�o y 
ni�a de Israel y de la humanidad entera, por medio del 
cumplimiento de la Ley de Dios y de Mois�s, en su vida 
sumamente sagrada y eternamente honrada, en Israel y en toda 
la creaci�n celestial, por ejemplo. 

Porque la verdad es que si el Se�or Jesucristo no cumpl�a la 
Ley Divina en su vida mesi�nica, delante de los ojos de los 
israel�es y de todos los gentiles del mundo entero, entonces 
no pod�a redimir la vida de ning�n hombre, mujer, ni�o o 
ni�a, de los poderes terribles del pecado y de su muerte 
infinita, tambi�n. Por lo tanto, la venida del Se�or 
Jesucristo a la tierra, realmente, hubiese sido en vano, para 
todos eternamente y para siempre. 

Y digo "en vano", porque si la Ley Celestial del para�so no 
hubiese sido honrada en su carne, en su sangre, en su alma, 
en su esp�ritu y en toda su vida, entonces el fin del pecado 
y su muerte total, en la vida del hombre y de su humanidad 
infinita, hubiese sido infinitamente imposible, para siempre. 
Pero gracias a nuestro Dios y a su Esp�ritu, rodeado por 
siempre de �ngeles, que realmente pudieron ayudar a nuestro 
Se�or Jesucristo vivir d�a y noche su vida mesi�nica y 
sacrificada delante de los hombres, en todo Israel, para que 
en su �ltimo d�a de vida, entonces destruir al pecado y a su 
muerte infinita, tambi�n, de la humanidad entera. 

Adem�s, es por esta raz�n, que hoy en d�a, todos nosotros 
tenemos vida y salud infinita en nuestros esp�ritus en la 
tierra y as� tambi�n en el para�so y en el nuevo reino de los 
cielos mucho m�s alto aun que el reino de los �ngeles, por 
ejemplo, en el nuevo m�s all� de Dios y de su �rbol Viviente. 
Y nuestro Padre Celestial nos ha entregado lo mejor de �l 
mismo, su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, para que tengamos 
siempre lo mejor delante de �l y de sus �ngeles santos, en la 
tierra y en el cielo, tambi�n, eternamente y para siempre. 

Es m�s, todo lo mejor que Dios le ha entregado a sus 
criaturas, no han sido a los �ngeles del reino celestial, 
sino a los hombres, mujeres, ni�os y ni�as del para�so y de 
toda la tierra, tambi�n, para que vivan por siempre felices 
con �l y con su Esp�ritu Santo, en su nueva vida infinita, 
por el Se�or Jesucristo. Por lo tanto, fue la voluntad 
perfecta de nuestro Padre Celestial que su Hijo amado, el 
Se�or Jesucristo, se entregase a la muerte de los �rboles 
cruzados, secos y sin vida de Ad�n y Eva, para ponerle fin a 
nuestros pecados y as� entonces llenar nuestros corazones y 
nuestras almas eternas del cumplimiento fiel y completo de la 
Ley Celestial. 

Porque s�lo de esta manera, nuestro Dios no s�lo nos iba a 
limpiar del pecado y de su muerte eterna, sino que tambi�n 
nos har�a reyes y sacerdotes para su nuevo reino celestial; 
es decir, que vendr�amos a ser hijos e hijas del Alt�simo, 
con mayor rango y gloria celestial que los mismos �ngeles del 
reino antiguo de los cielos. Por lo tanto, en nuestra nueva 
vida celestial del nuevo reino de Dios, nosotros mismos hemos 
de ser aun mayores en gloria y en rango celestial que los 
�ngeles antiguos del cielo, nos s�lo porque somos imagen y 
semejanza de Dios, sino por la misma sangre expiatoria del 
Se�or Jesucristo viviendo en nosotros, asimismo como vive en 
Dios, desde siempre.

S�LO EL SE�OR JES�S NOS LIBRA DEL PODER DE LAS TINIEBLAS

Es por eso, que nosotros tenemos mucho poder en nuestros 
corazones y en nuestros esp�ritus humanos, cuando recibimos 
el nombre del Se�or Jesucristo en nuestras vidas y as� le 
confesamos con nuestros labios, como nuestro �nico y 
suficiente redentor de nuestras almas eternas, en la tierra y 
en el para�so, tambi�n, eternamente y para siempre. Y esto es 
poder para vida y para salud infinita de nuestros cuerpos y 
de todas nuestras vidas terrenales y celestiales, hoy en d�a 
y para siempre, en la eternidad venidera del nuevo reino de 
los cielos. 

En vista de que, para nuestro Padre Celestial no hay nada que 
�l no pueda sanar o restaurar en nuestras vidas, si no es 
s�lo con el nombre del Se�or Jesucristo viviendo en nuestros 
corazones y en todas nuestras almas eternas, tambi�n. Porque 
el poder de nuestra fe, realmente empieza en nuestros 
corazones, cuando creemos y as� confesamos con nuestros 
labios de que el Se�or Jesucristo es su Hijo amado delante de 
�l, de su Esp�ritu Santo y de sus millares de huestes 
celestiales, del reino de los cielos. 

Adem�s, esta confesi�n de fe, de nuestros corazones y de 
nuestros labios, realmente hace que poderes sobrenaturales 
del Esp�ritu Santo de Dios y del �rbol de la vida comiencen a 
descender sobre nuestras vidas d�a y noche y hasta aun m�s 
all�, m�s all� cuando hayamos entrado a nuestras nuevas vidas 
infinitas, del nuevo reino de los cielos, por ejemplo. Porque 
nosotros hemos de vivir siempre llenos de los dones, poderes 
y autoridades sobrenaturales del Esp�ritu y de su �rbol Vivo, 
para entonces s�lo as� poder nosotros crecer en la forma, por 
la cual nuestro Dios nos formo en sus manos del polvo de la 
tierra, en el d�a que nos llamo de las profundas tinieblas a 
su luz celestial. 

Y nuestro Dios nos ha llamado de las profundas tinieblas de 
la tierra y del m�s all�, tambi�n, para gloria infinita de su 
nombre eterno, para aun as� entonces gloriarse mucho m�s que 
antes, desde cuando sus �ngeles comenzaron a gloriarlo y a 
honrarlo en sus corazones y en sus vidas celestiales del 
reino de los cielos, por ejemplo. Es decir, que nuestro Dios 
"busca mayores poderes" de gloria y de honra infinita, no 
s�lo en Ad�n y Eva, como el primer hombre y la primer mujer 
de la humanidad entera, sino tambi�n en cada uno de sus 
descendientes, como t� y yo, hoy en d�a, por ejemplo, mi 
estimado hermano y mi estimada hermana, en toda la tierra. 

Es por eso, que nuestro Dios requiere de nosotros, que nos 
alejemos de nuestros pecados y de sus muchas tinieblas, para 
entrar a la luz de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, con la 
mayor brevedad posible, como hoy mismo, por ejemplo. Porque 
s�lo el Se�or Jesucristo tiene los poderes, autoridades y los 
dones sobrenaturales de su cuerpo, de su sangre, de su 
nombre, de su vida sant�sima y de su supremo sacrificio y 
resurrecci�n gloriosa de Israel, para nosotros entonces 
poder, por medio de �l, honrar, servir y exaltar eternamente 
y para siempre a nuestro Dios que est� en los cielos. 

Adem�s, estos son poderes del cielo, que solamente actuar�an 
en nuestras vidas, no s�lo porque el nombre del Se�or 
Jesucristo est� instalado en nuestros corazones, sino por 
muchas m�s razones que estas. Y esto es, porque el esp�ritu 
de la vida y de la verdad redentora de la sangre sagrada del 
pacto eterno nos limpia y nos hace libres de los males del 
pecado y de sus profundas tinieblas, en la tierra y en el m�s 
all�, como en el para�so, por ejemplo, de donde Ad�n tuvo que 
salir por sus tinieblas. 

Es decir, que nuestro Padre Celestial nos puede comenzar a 
bendecir grandemente y poderosamente en nuestros corazones y 
en nuestras almas eternas, tambi�n, porque ya no estamos 
contaminados o sucios con los poderes terribles del pecado y 
de sus muchas profundas tinieblas del m�s all�, como por 
ejemplo. C�mo las mentiras de Lucifer en el para�so, las 
cuales nos han hecho tanto da�o, con enfermedades terribles 
de nuestros corazones y de nuestros cuerpos humanos, como por 
ejemplo. Como se lo hicieron a Ad�n y a Eva, quienes aun 
tuvieron no s�lo que perder sus vidas celestiales, sino que 
tambi�n murieron para convertirse en esos palos cruzados 
secos y sin vida alguna de lo que hayan sido sus vidas en el 
para�so, para recibir a Cristo con clavos y sangre en el 
altar escogido de Dios, en Israel. 

Es decir, �rboles cruzados, secos y sin vida alguna, que en 
el d�a se�alado de Dios, entonces ten�an que recibir con 
clavos y sangre santa de la misma vida gloriosa y honrada del 
�rbol de la vida, para cumplimento de la Ley y su bendici�n y 
redenci�n eterna de sus almas y la de sus descendientes, 
eternamente y para siempre. Por lo tanto, la salvaci�n de 
todo hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera, 
comenzando con Ad�n y Eva, "no iba a ser posible, s� el Se�or 
Jesucristo no cumpl�a primero la Ley del para�so en Ad�n y 
Eva, por ejemplo", para bien eterno de sus descendientes, en 
sus millares, en toda la creaci�n terrenal y celestial, 
tambi�n. 

Pues entonces con �ste acto heroico de nuestro Se�or 
Jesucristo, para redimir a Ad�n y a sus descendientes, de 
todas las razas, pueblos, linajes, tribus y reinos, nuestro 
Padre Celestial nos ha librado, tambi�n, de la autoridad de 
las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su �rbol 
Viviente, en quien tenemos asegurado infinitamente: salvaci�n 
y el perd�n de pecados. Porque nuestro Padre Celestial puede 
perdonarle al hombre, a la mujer, al ni�o y a la ni�a de 
todas las naciones de la tierra, cada uno de sus pecados, con 
tan s�lo creer en su coraz�n y as� invocar con sus labios: el 
nombre sagrado del Se�or Jesucristo. 

Porque eso es todo lo que Dios requiri� de Ad�n y Eva en el 
para�so, y as� tambi�n de todos sus descendientes, en toda la 
tierra, como hoy en d�a, por ejemplo; Cree en Jesucristo en 
tu coraz�n y vivir�s feliz y sin pecado alguno en tu vida por 
la tierra y el para�so, eternamente y para siempre. Porque 
s�lo el Se�or Jesucristo es la vida por la cual Dios nos creo 
en sus manos santas, del polvo de la tierra del reino 
celestial, del para�so y de toda la tierra, de nuestros d�as, 
tambi�n, sin pecado alguno, para que veamos su nueva vida 
infinita, en sus nuevas tierras con nuevos cielos en la nueva 
eternidad venidera.

Entonces sin el Se�or Jesucristo en la vida del hombre de 
toda la tierra, entonces el perd�n de pecados no es posible 
para nadie, en la tierra ni menos en el para�so, eternamente 
y para siempre. Y si nuestro Dios no nos puede perdonar 
nuestros pecados, por los poderes sobrenaturales de su �rbol 
de vida eterna, el Se�or Jesucristo, entonces aun 
permaneceremos eternamente, en nuestras profundas tinieblas 
de nuestros pecados y de su muerte infinita, en el lago de 
fuego, tambi�n, la cual es la segunda muerte para todo 
esp�ritu y alma rebelde del pecador. 

Es decir, que jam�s llegaremos a conocer la vida santa y 
eternamente gloriosa del para�so y de su nuevo reino 
celestial, por la cual nuestro Dios en el principio nos creo 
por amor a su nombre santo y, sobre todas las cosas, por amor 
a su Hijo amado, el �rbol de la vida eterna de �ngeles y del 
linaje humano. Y esto es algo terrible para Dios pensarlo y 
aceptarlo, ni por un solo segundo. Entonces �cu�nto m�s 
terrible ser� para el hombre pecador vivirlo y sufrirlo d�a y 
noche en su vida terrenal, para luego morir infinitamente 
entre las llamas del juicio y de la ira eterna de Dios, en el 
lago de fuego? 

S�, as� es: Ciertamente es terrible tan s�lo pensarlo para 
Dios y su Jesucristo que descendi� del cielo para librarnos 
de �ste terrible mal venidero hoy mismo si fuese posible para 
con todo pecador y para con toda pecadora de la humanidad 
entera. Pues, mucho m�s terrible es aun vivirlo, sufrirlo y 
luego morir infinitamente en el fuego eterno, como un vil 
pecador, algo terrible como esto que nuestro Dios jam�s desea 
para ninguno de sus enemigos, ni menos para ninguno de la 
obra perfecta de sus manos santas, como t� y yo, hoy en d�a, 
mi estimado hermano y mi estimada hermana. 

Entonces nuestro Padre Celestial no desea �ste mal terrible 
para ning�n pecador ni para ninguna pecadora en toda su 
humanidad infinita, del para�so y de toda la tierra, tambi�n, 
sino todo lo contrario. Realmente, nuestro Dios s�lo desea la 
salvaci�n infinita de aquel hombre, mujer, ni�o y ni�a de la 
humanidad entera, hoy en d�a mucho m�s que nunca, para que su 
coraz�n y su Hijo juntos con su Esp�ritu Santo y sus huestes 
celestiales, entonces dejen de sufrir por culpa de nuestros 
pecados y negligencias espirituales, de nosotros no conocer a 
Cristo. Porque s�lo el Se�or Jesucristo es "el pr�ncipe y 
mediador de la paz" para Dios y as� tambi�n para todo �ngel 
del cielo y para todo hombre, mujer, ni�o y ni�a de la 
humanidad entera, en toda la tierra.

S�LO EL SE�OR JES�S ES EL MEDIADOR ENTRE DIOS Y EL HOMBRE

Porque lo cierto es que hay un s�lo Dios y un s�lo mediador 
entre Dios y los pecadores y pecadoras del mundo entero, 
Jesucristo hombre, quien se dio a s� mismo en la muerte, en 
reconquista por todos nosotros, de los que nos hab�amos 
perdido en las profundas tinieblas de nuestros pecados, por 
haber transgredido la Ley del para�so. Y, por lo tanto, se 
dio testimonio a su debido tiempo a todo el mundo con su 
humanidad infinita de muchas naciones, de que s�lo el Se�or 
Jesucristo es el verdadero salvador del poder del pecado y de 
su muerte eterna, en la tierra y en el fuego eterno del 
infierno, tambi�n, en el m�s all�. 

Adem�s, esta salvaci�n del hombre es la felicidad de su 
coraz�n, por la cual ha buscado entre piedra sobre piedra y 
sin dejar ninguna piedra sin voltear en todo el mundo y hasta 
ha traspasado el mar y sus profundidades, tambi�n, sin jam�s 
encontrarla, en ning�n momento de su vida. Hasta que 
finalmente se encuentra con el Hacedor y salvador de su vida, 
el Se�or Jesucristo, quien realmente ha comprado para �l y 
los suyos, lo que jam�s pudo haber comprado con toda su 
plata, oro y piedras preciosas de toda la tierra. Y esto el 
perd�n de sus pecados y la salvaci�n infinita de su alma 
viviente. 

Porque el gran precio de su salvaci�n, realmente, s�lo se 
pod�a comprar con el precio de una sangre santa, pura, 
gloriosa y sumamente honrada, libre de todo mal y macha del 
pecado y de la muerte infinita del m�s all�, tambi�n. Y esta 
sangre �nica y sobrenatural jam�s el hombre la encontr� en 
ninguno de sus corderos, cabr�os, vacas o toros de sus 
manadas muy especiales de toda la tierra, sino que s�lo 
exist�a (y existe aun) en la vida gloriosa y sumamente 
honrada del �rbol de la vida, del para�so y del reino de los 
cielos, �el Se�or Jesucristo! 

He aqu� la raz�n del porqu�, nuestro Padre Celestial le 
ense�o a Ad�n y a Eva ha comer por siempre del fruto de la 
vida eterna, de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! Porque 
s�lo el Se�or Jesucristo era la vida de Ad�n y de sus 
descendentes en todos los lugares del para�so y de todo el 
reino de los cielos, tambi�n, como hoy en d�a con los 
�ngeles, por ejemplo. 

Fue por esta raz�n, que el Se�or Jesucristo descendi� del 
cielo para darnos de su sangre santa y eternamente milagrosa, 
para ofrecerla sobre el altar de Dios, sobre la cima de la 
roca eterna, en las afueras de Jerusal�n, en la tierra 
escogida de Dios, la cual fluye leche y miel de Cana�n de la 
antig�edad y de siempre, Israel. Es m�s, mucho antes de salir 
a su muerte cruel de clavos y sangre, sobre los �rboles 
cruzados de Ad�n y Eva, el Se�or Jesucristo se reuni� con sus 
doce ap�stoles, y les dijo: Alzando el pan al cielo para que 
sea bendito por nuestro Padre Celestial: �ste es mi cuerpo, 
el cual es partido por ustedes. 

Coman de �l, y no volver�n a tener hambre jam�s, en esta vida 
ni en la venidera tampoco del m�s all�. Luego alzo la copa 
delante de sus ap�stoles y del SE�OR del cielo y de la 
tierra, y les dijo: �sta es mi sangre, todo aquel que de ella 
beba, no volver� a tener sed jam�s, en esta vida ni en la 
venidera, tambi�n. 

Entonces los ap�stoles del Se�or Jesucristo obedecieron, 
porque comieron del pan y bebieron de su copa bendita por 
nuestro Padre Celestial, la cual seria su misma sangre, la 
que derramar�a sobre los cuerpos de Ad�n y Eva y sobre cada 
uno de sus descendientes, en toda la creaci�n, para que 
creyeren en �l y en su nombre redentor. Porque s�lo �sta es 
la salvaci�n de nuestras almas eternas, la que nuestro Padre 
Celestial nos la ha entregado, en la vida y en la sangre 
gloriosa y sumamente honrada de su Hijo amado, su �rbol de 
vida eterna, �el Se�or Jesucristo!, para que hoy en d�a, 
gocemos de ella en nuestros corazones y con nuestros muy 
amados, por ejemplo. 

Por lo tanto, fuera del Se�or Jesucristo nosotros no 
conocemos ninguna otra salvaci�n celestial de nuestras almas 
vivientes, en la tierra ni menos en el para�so. Porque s�lo 
nuestro Se�or Jesucristo es el �rbol de la vida de los 
�ngeles y de la humanidad entera, en el para�so y en toda la 
tierra, tambi�n, eternamente y para siempre. Es decir, que si 
tratamos de encontrar una salvaci�n mayor que la de nuestro 
Se�or Jesucristo, entonces estamos perdiendo el tiempo, el 
tiempo que nuestro Dios nos ha entregado moment�neamente para 
que encontremos al Se�or Jesucristo en nuestros corazones y 
en nuestras vidas de d�a a d�a antes que sea tarde para 
nuestras almas eternas.
 
Porque una salvaci�n mayor que la del Se�or Jesucristo, en 
todo lo que fue su vida mesi�nica en Israel y hasta en su 
muerte y resurrecci�n de entre los muertos, en el Tercer D�a, 
desde el fondo de la tierra y hasta lo m�s alto del reino de 
los cielos, realmente, no hay otra igual, jam�s, en toda la 
creaci�n. Es por esta raz�n, que el Se�or Jesucristo les 
dec�a a sus ap�stoles y disc�pulos, cada vez que ten�a la 
oportunidad de dec�rselos as�: Yo soy el camino, la verdad y 
la vida; y m�s, nadie podr� venir al Padre Celestial, si no 
es por m�, �nicamente. 

Y, aunque mucha gente conoce estas palabras verdaderas y muy 
directas del Se�or Jesucristo hacia la humanidad entera, aun 
as� hay aquellos que siguen intentando buscar a Dios, por 
medio de sus objetos de madera, piedra, metal, telas y 
pl�sticos, por ejemplo; violando as� la Ley del para�so una 
vez m�s, como Ad�n se rebelo y meti� el pie, equivoc�ndose. 
Y, adem�s, �hasta qui�n sabe que otras cosas, que las manos 
pecadoras se las han inventado para transgredir la Ley del 
para�so, de las cuales nosotros no conocemos aun todav�a, 
para mal eterno de muchos? 

Pero nuestro Padre Celestial no podr� jam�s ser enga�ado por 
ning�n pecador ni por ninguna pecadora ni menos por ning�n 
�dolo ni ninguna imagen de talla, porque la palabra de los 
Diez Mandamientos de nuestro Dios es fiel y verdadera y m�s 
no podr�n ser jam�s burladas por el esp�ritu de error, de 
Lucifer o de sus �ngeles ca�dos. Entonces es muy bueno (y muy 
saludable, por cierto), para el coraz�n y para el alma eterna 
del hombre, de obedecer por siempre a su Dios y a su Ley 
Bendita, de la misma manera que su Hijo amado lo ha hecho en 
su vida y aun hasta en su misma muerte de clavos y de su 
misma sangre milagrosa. 

Ciertamente, nuestro Dios no desea vernos clavos y sangrando 
por nuestras culpas y por nuestros pecados, ya el Se�or 
Jesucristo lo hizo por cada uno de todos nosotros, comenzando 
con Ad�n y Eva como �rboles cruzados sobre el altar del 
para�so, para ponerle fin al pecado de nuestras vidas y de 
nuestros muy amados, igualmente. Pero lo que s� nuestro Dios 
desea ver en cada uno de nosotros, en nuestros millares, es 
que honremos la vida celebre de su Hijo amado, el Se�or 
Jesucristo, en nuestros corazones y en cada uno de todos 
nuestros d�as de vida por la tierra y hasta que entremos de 
lleno en su nueva vida infinita y celestial del cielo. 

Si, esto si desea ver el SE�OR d�a y noche en cada uno de 
nosotros, a su mismo Se�or Jesucristo crecer en nuestras 
vidas, desde nuestros corazones y hacia una nueva vida santa, 
angelical e infinita de su nuevo reino celestial, en la 
tierra y en el m�s all�, tambi�n, como en su Nueva Jerusal�n 
Perfecta del cielo, por ejemplo. Porque el nuevo reino de los 
cielos, aunque no lo creas as�, mi estimado hermano y mi 
estimada hermana, realmente comienza en la tierra, de 
nuestros d�as y de siempre. Muchos piensan que el nuevo reino 
de los cielos comenz� en el antiguo reino celestial, por 
ejemplo, pero no es as�. 

La verdad es que el nuevo reino de los cielos empez� entre 
los hombres, mujeres, ni�os y ni�as de Israel y de las 
naciones, como hoy en d�a, por ejemplo, con los que realmente 
aman a su Dios con sus corazones y con sus mismas vidas d�a a 
d�a y por siempre en la nueva eternidad venidera. Porque todo 
aquel que desee amar a su Dios en la tierra, en su nueva vida 
celestial e infinita, entonces debe comenzar con el Se�or 
Jesucristo y desde ahora mismo, como en su hogar, en su 
propia casa y con su propia familia, amistades y amigos, para 
luego entrar al cielo y seguir amando a su Dios, mucho m�s 
que antes.

S�LO EL SE�OR JESUCRISTO RESCATA DE LA VIDA PECADORA

Entonces tengan siempre presente en sus corazones, que 
ustedes mismos han sido redimidos de su manera pecadora de 
vivir, la cual heredaron de sus antepasados, no con cosas 
corruptibles como dinero, oro o plata, sino con la propia 
sangre preciosa del Se�or Jesucristo, como la de un "cordero 
celestial", perfecto, santo sin mancha y sin contaminaci�n 
alguna de pecado. Porque s�lo un cordero del mismo para�so 
celestial, en donde comenz� el pecado de Ad�n, pod�a 
realmente liberarnos de los poderes terribles del pecado y de 
sus profundas tinieblas de su muerte eterna y de la 
destrucci�n total de nuestras almas y vidas, en el lago de 
fuego candente y eternamente tormentoso del m�s all�. 

Fue por esta raz�n, que nuestro Padre Celestial, cuando le 
hablaba a Ad�n, por ejemplo, entonces le dec�a que �l y su 
esposa Eva ten�an que comer y beber de su fruto de vida 
eterna del �rbol Viviente, el Se�or Jesucristo, el cual 
estaba emplazado en el epicentro del para�so. En aquel d�a, 
Ad�n y Eva comieron y bebieron de algunos de los frutos de 
los �rboles del para�so, pero no del �rbol de la vida. 

Luego, Lucifer se aprovecho de ellos, enga��ndolos con 
palabras mentirosas, para arrancarles la vida celestial y 
gozosa del para�so. Estas palabras mentirosas, �l no se las 
pod�a decir a ellos, personalmente. Pero, si usaba a alguien 
m�s cercano a ellos, como la serpiente del Ed�n, por ejemplo, 
la cual era muy amiga de Eva, entonces pod�a hablarles al 
coraz�n sus mentiras mort�feras y eternamente fatales, para 
que las crean y luego mueran en rebeli�n y desobediencia a 
Dios y a su fruto de vida eterna, �el Se�or Jesucristo! 

Y as� fue, Ad�n y Eva no comieron jam�s del fruto de vida 
eterna, el Se�or Jesucristo, sino del fruto prohibido, para 
mal de sus vidas y de muchos inocentes, en el cielo y en toda 
la tierra, tambi�n, como en nuestros d�as, por ejemplo, 
cuando vemos el pecado proliferarse por doquier, como flor 
silvestre. Fue por esta raz�n �nica, por la cual Ad�n y Eva 
se perdieron en sus profundas tinieblas de sus pecados, para 
no volver a ver la vida celestial jam�s. 

A no ser, claro, que nuestro Dios y su �rbol de vida haga 
algo por ellos y los rediman de sus males eternos del 
para�so, de la tierra y del fuego eterno del infierno, por 
ejemplo. Porque ambos, y as� tambi�n cada uno de sus 
descendientes, estaban eternamente perdidos en sus delitos y 
pecados, por haber cre�do al esp�ritu de mentira y de error 
eterno, de la boca de la serpiente antigua y de Lucifer. 

Ahora, la �nica manera que �ste esp�ritu de error y de gran 
maldad del coraz�n y de la sangre del hombre pod�a salir de 
Ad�n (y de sus descendientes), era s� tan s�lo creyera en su 
coraz�n y as� confesare con sus labios: el nombre salvador 
del Se�or Jesucristo, �el Hijo amado de Dios!, �el Santo de 
Israel y de la humanidad entera! Es decir, que lo �nico que 
todo pecador y as� tambi�n toda pecadora tiene que creer en 
su coraz�n y confesar con sus labios, es que s�lo el Se�or 
Jesucristo es el camino, la verdad, la vida; y el regreso al 
para�so y a los brazos de su Padre Celestial que est� sentado 
en su trono santo, en el cielo. 

Porque esta es la salvaci�n, la cual nuestro Padre Celestial 
nos entrego a cada uno de nosotros, en nuestros millares, en 
todos los lugares de la tierra, por medio de su Hijo amado, �
el Se�or Jesucristo!; y, adem�s, ha sido lo mejor que el 
hombre ha recibido en su coraz�n y en toda su alma viviente, 
tambi�n de parte de Dios. Porque s�lo el Se�or Jesucristo es 
nuestra salvaci�n perfecta, de nuestros corazones y de 
nuestras almas eternas, en la tierra y as� tambi�n en el 
para�so. 

Porque si Ad�n hubiese comido y bebido del �rbol de la vida, 
el Se�or Jesucristo, entonces tambi�n cada uno de sus 
descendientes, en sus millares, de todas las razas, pueblos, 
linajes, tribus y reinos de la tierra, comenzando con Eva, 
por ejemplo. Es decir, que todos hubiesen sido redimidos por 
el Se�or Jesucristo, desde el comienzo de todas las cosas, 
con Eva y cada uno de sus hijos e hijas, en todas las 
naciones del mundo entero y el para�so para que entren a la 
nueva creaci�n venidera de Dios y de su �rbol de vida eterna, 
por ejemplo, como la Nueva Jerusal�n. Porque el epicentro de 
la Nueva Jerusal�n del nuevo reino de Dios es el mismo �rbol 
de la vida, ni m�s ni menos, �el Se�or Jesucristo! Si, s�lo 
el Se�or Jesucristo es el epicentro de toda vida celestial, 
como siempre ha sido desde el comienzo de todas las cosas, en 
los primeros d�as de la antig�edad, por ejemplo, y hasta 
nuestros d�as, tambi�n. 

Desdichadamente, como Ad�n se descuida de su responsabilidad 
de comer y beber del Se�or Jesucristo en el para�so, entonces 
tambi�n Eva y cada uno de sus descendientes por igual, como 
sucede hoy mismo en toda la tierra, para vivir en la 
oscuridad, en vez de la luz celestial de la nueva vida 
infinita de Dios y de sus huestes celestiales. Es por esta 
raz�n, que el hombre, la mujer, el ni�o y hasta la ni�a de la 
humanidad entera, siempre se han descuidado (no todos, pero 
si muchos) de comer y beber del Se�or Jesucristo delante de 
Dios y de su Esp�ritu Santo por medio de la oraci�n, para 
perd�n de sus pecados y sanidades de sus corazones y cuerpos. 

Es por eso, que el Se�or Jesucristo es muy importante en 
nuestros corazones y en nuestras vidas, para no s�lo crecer 
en el poder y la sabidur�a de nuestro Dios, sino tambi�n para 
que nuestros esp�ritus, almas eternas y nuestros cuerpos con 
sus �rganos vitales, tambi�n, entonces est�n por siempre: 
libres y limpios de todo mal del enemigo. Porque muchos de 
los males, si no todos, que el hombre, la mujer, el ni�o y la 
ni�a siempre han sufrido, realmente, ha sido por causa del 
pecado y del poder maligno del enemigo de Dios y del Se�or 
Jesucristo, Lucifer y sus �ngeles ca�dos, por ejemplo. 

Pero si nosotros creemos en el Se�or Jesucristo, como dice 
Dios y su Escritura, entonces ning�n mal del enemigo nos 
podr� hacer da�o jam�s, sino que permaneceremos por siempre 
en un buen estado de salud y de crecimiento espiritual, en la 
tierra y as� tambi�n en el para�so y en La Nueva Jerusal�n 
Santa e infinita del cielo, por ejemplo. Porque nuestro Se�or 
Jesucristo nos dijo: He aqu� que yo les doy poderes 
sobrenaturales en mi nombre, sobre todos los males y las 
serpientes del enemigo. Y ning�n mal jam�s les har� da�o, en 
esta vida ni en la venidera, tampoco, para siempre. 

Porque es nuestro Dios y los poderes sobrenaturales de los 
dones del Esp�ritu Santo es que nos ayuda d�a y noche por 
amor al nombre sagrado de su Hijo amado, el se�or Jesucristo, 
viviendo en nuestros corazones y en nuestras vidas, por 
ejemplo, en todos los lugares de la tierra, para crecer 
espiritualmente y ser sanos para Dios, en todo. Es decir, 
tambi�n que con el nombre del Se�or Jesucristo viviendo en 
nuestros corazones, entonces no s�lo crecemos espiritual, 
corporalmente (y en muchos otras fases de nuestra vida 
terrenal), sino que realmente vivimos una vida sana, feliz y 
agradable en verdad y en justicia celestial, como en el 
para�so, por ejemplo, para con nuestro Dios que est� en el 
cielo. 

De hecho, �sta es la vida, la cual nuestro Dios ha escrito y 
se�alado con sus manos santas, en la vida misma y sumamente 
gloriosa de su �rbol de vida, el Se�or Jesucristo, para cada 
hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera, comenzando 
con Ad�n y Eva, por ejemplo, en el para�so. Por eso, todos 
ustedes tengan siempre presente en sus corazones, de que han 
sido rescatados de su mala manera de vivir, toda contraria a 
la Ley de Dios y del para�so, tambi�n, como Ad�n y Eva, por 
ejemplo, cuando vivieron sus vidas celestiales en el para�so, 
err�neamente contrarios al fruto de la vida eterna, �el Se�or 
Jesucristo! 

Adem�s, �ste rescate de sus almas ha sido con la misma sangre 
gloriosa y sumamente honrada del coraz�n y de las venas 
sagradas del "Cordero Escogido de Dios", para limpiarlos, 
purific�ndolos de los males del pecado y de la muerte, en la 
tierra y en el fuego del infierno, por ejemplo, en un d�a 
como hoy, para la eternidad venidera. Porque todo aquel que 
no ha sido lavado su coraz�n, su alma, su cuerpo y toda su 
vida, en el esp�ritu de la fe, de la sangre y del nombre 
glorioso del Se�or Jesucristo, entonces no vivir� su nueva 
vida eterna, la cual Dios mismo le entrega a la humanidad 
entera, sobre su altar eterno, en las afueras de Jerusal�n.

S�LO EL SE�OR JESUCRSITO NOS JUSTIFICA DE TODO PECADO

Porque todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios jam�s, 
siendo justificados sin costo alguno, sino s�lo por su 
gracia, mediante la redenci�n que es s�lo posible en creer en 
el coraz�n y en confesar con los labios al Se�or Jesucristo, 
para todo hombre, mujer, ni�o y ni�a, comenzando con Ad�n, 
por ejemplo, desde el para�so y hasta siempre. Porque esta 
salvaci�n de Dios y del Se�or Jesucristo es �nica para el 
coraz�n del pecador y de la pecadora de toda la tierra. 

Y sin esta salvaci�n celestial, entonces nadie jam�s podr� 
ver a su Dios y Creador de su vida, en esta vida ni menos en 
la venidera del nuevo reino de los cielos. En verdad, todo 
pecador y toda pecadora han de permanecer perdido, 
eternamente y para siempre, entre las profundas tinieblas de 
las palabras mentirosas de Lucifer y de la serpiente antigua 
del Ed�n, para jam�s ver la luz de los nuevos d�as de la 
tierra infinita y de sus cielos gloriosos del nuevo m�s all� 
de Dios y de su Jesucristo. 

En tanto que, los que creen en el coraz�n y as� confiesan con 
sus labios al Se�or Jesucristo, como su �nico y suficiente 
redentor de sus vidas, entonces pasan de las tinieblas del 
mundo bajo, como el mundo de los muertos o el infierno, ha 
ver s�lo la luz celestial de la vida eterna m�s brillante que 
el Sol. Es m�s, �sta luz celestial y divina es muy bien 
conocida y hasta podr�amos decir compatible, con nuestros 
corazones y con nuestras almas inmensas, en la tierra y as� 
tambi�n en el para�so o en el nuevo reino de los cielos, de 
Dios y de sus millares de huestes celestiales y eternamente 
santas. 

Adem�s, esta luz viviente, realmente, es la misma luz que 
nuestro Dios le ofreci� a Ad�n y a Eva para que la recibiesen 
en sus corazones en el para�so, para la nueva vida perpetua, 
como La Nueva Jerusal�n Santa e infinita del �rbol de la vida 
del gran rey Mes�as de Israel  de la humanidad entera, �el 
Se�or Jesucristo! Porque �sta luz celestial de Dios y de su 
Jesucristo tiene que resplandecer en el coraz�n y en el alma 
eterna, de cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad 
entera, de la misma manera como resplandece desde siempre, en 
las vidas celestiales de los �ngeles del reino infinito, por 
ejemplo. Porque fue �sta misma luz del fuego de la zarza, la 
cual ard�a pero no hacia da�o a nada en todo su alrededor, 
sino que vino a expiar por los pecados de Israel, para 
hacerlos libres del poder del cautiverio eterno de Egipto, 
por ejemplo. 

Es m�s, s�lo �sta luz divina de Dios y redentora, del alma 
perdida del pecador y de la pecadora de la humanidad entera, 
resplandecer� con gran gloria y con gran honra, s�lo en la 
verdad y en la justicia infinita del �rbol de la vida, �el 
Se�or Jesucristo!, en todos los d�as de la nueva eternidad 
venidera del nuevo reino celestial. Es por eso, que nuestro 
Padre Celestial siempre deseaba que Ad�n y Eva fuesen los 
primeros en recibir esta luz celestial del �rbol de la vida y 
de su Esp�ritu Santo, en sus corazones eternos, para que sus 
vidas resplandezcan gloriosamente en sus flamantes vidas 
celestiales del para�so y as� tambi�n de sus nuevas vidas 
gloriosas del nuevo reino venidero. 

Porque nuestro Padre Celestial siempre so�� por unas tierras 
nuevas y con cielos nuevos, llenos de la luz m�s brillante 
que el Sol, la luz de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, 
para que as� jam�s vuelvan a reinar las tinieblas de las 
mentiras de Lucifer, en los corazones y en las almas eternas, 
de sus hijos e hijas. Y estos nuevos hijos e hijas de Dios, 
realmente, somos nosotros, en nuestros millares, de todas las 
razas, pueblos, linajes, tribus y reinos del mundo entero, de 
los que creemos en nuestros corazones y confesamos con 
nuestros labios, en oraciones, rezos, suplicas, alabanzas de 
glorias infinitas a nuestro Dios que est� en los cielos, de 
que Jesucristo es el SE�OR. 

Puesto que, todo aquel que invocare el nombre del SE�OR, en 
los �ltimos d�as, como dice la Escritura, entonces ser� salvo 
de sus pecados delante de Dios y de su Esp�ritu Santo, y 
podr� comer y beber del �rbol Viviente, en la tierra y as� 
tambi�n en el para�so, para llenarse y hasta abundar de vida 
y de salud eterna, infinitamente. Porque nuestra salvaci�n 
est� en los cielos y tambi�n nuestra nueva vida eterna, 
escondidas entre los frutos de la vida infinita de Dios, el 
�rbol de la vida, �el Se�or Jesucristo! Es por eso, que 
estamos aun llamados por Dios mismo, como llamo a Ad�n y a 
Eva, por ejemplo, en el para�so, ha comer y beber de su fruto 
del �rbol de la vida, sobre la cima de la roca eterna, en el 
epicentro del para�so, para ser llenos de la vida celestial 
de su nuevo reino venidero.

Realmente, esta era una salvaci�n infinita, la cual ninguno 
de nosotros jam�s la pudo alcanzar, ni Ad�n ni Eva, tampoco, 
aunque ellos vivieron y vieron cara a cara al fruto de la 
vida eterna, el Se�or Jesucristo, con sus propios ojos para 
conocerlo y saborearlo con sus corazones y con sus almas 
celestiales. Pero no lo hicieron as� en sus flamantes vidas 
gloriosas y celestiales, porque no entend�an nada de nada de 
Dios y de su Jesucristo, as� mismo como todo pecador de toda 
la tierra, de hoy en d�a, por ejemplo. 

No entendieron nada ni obedecieron, tampoco, cuando tuvieron 
la gran oportunidad de hacerlo as� en sus corazones, porque 
Lucifer se aprovecho de ellos y los enga�o con sus mentiras, 
como suele hacerlo con todo pecador y pecadora de la tierra, 
para que pierdan sus vidas y as� entonces mueran sin el 
perd�n de Dios y sin su salvaci�n infinita. Pero despu�s de 
todo, damos gracias a nuestro Padre Celestial, porque ha 
vencido a Lucifer y a sus �ngeles ca�dos en los corazones de 
las gentes de gran mentira y maldad entera, con la misma vida 
y sangre gloriosa de su fruto de vida eterna, su Hijo amado, 
�el Se�or Jesucristo! 

Si, nuestro Dios venci� a Lucifer en el d�a que el Se�or 
Jesucristo descendi� del cielo, para nacer como hombre entre 
los hombres de Israel y de la humanidad entera, con el fin de 
cumplir la Ley, en los �rboles cruzados de Ad�n y Eva y as� 
entonces ponerle fin al pecado, de una vez por todas y para 
siempre. Y como el Se�or Jesucristo puso fin al pecado y cada 
una de sus maldiciones eternas, tambi�n, como la muerte 
siendo la principal de ellas, entonces podemos vivir y ver la 
vida desde ya, en la tierra y hasta que entremos de lleno a 
nuestra nueva vida infinita, del para�so o de La Nueva 
Jerusal�n Eterna del nuevo reino celestial. 

Por ello, ya que todos pecaron y fueron destituidos de la 
gloria divina celestial del reino de Dios, por la cual fueron 
creados en el principio del polvo de la tierra, en las manos 
sagradas de nuestro Dios, entonces no podr�n jam�s alcanzar 
la verdadera gloria infinita de su Creador, si no Dios mismo 
no interviene y los ayuda. Y es aqu�, cuando el Se�or 
Jesucristo viene a nosotros, para ayudarnos con su verdad, 
con su justicia y con su amor infinito, lleno d�a y noche de 
los dones sobrenaturales de los poderes de la vida sagrada, 
del �rbol de la vida y de su Esp�ritu Santo, para rescatarnos 
y hacernos libres eternamente, de todo mal eterno del 
enemigo. 

Y as� hacernos libres para siempre de todos los males del 
pecado y de sus muchas enfermedades mortales del alma, las 
cuales nos agobian, sin que el hombre de la ciencia de toda 
la tierra pueda hacer nada por nosotros, porque la soluci�n 
no est� en sus manos, sino en las mismas manos creadoras de 
Dios y de su Jesucristo. Por lo tanto, s�lo el Se�or 
Jesucristo nos ayuda d�a y noche, en la tierra y en el 
para�so, tambi�n, por amor a la perfecta voluntad de nuestro 
Padre Celestial, quien siempre nos ha querido ver, libres de 
todos los males de las mentiras de Lucifer y, a la vez, 
llenos de su vida sant�sima. 

Adem�s, esta vida sant�sima de Dios y as� tambi�n de todo 
�ngel del cielo y del hombre del para�so y de toda la tierra 
ha sido desde siempre: el �rbol de la vida y de su Esp�ritu 
Santo, tambi�n, desde hoy mismo y por siempre, en la 
eternidad venidera del nuevo m�s all�, de Dios y de sus 
huestes celestiales. Entonces hoy en d�a y as� como siempre, 
nuestro Dios desea que est�s con �l, s�lo por medio de su 
�rbol de la vida, como se lo pidi� a Ad�n, por ejemplo, en el 
principio de todas las cosas del para�so, porque s�lo 
Jesucristo le complace en toda verdad y justicia, de su 
coraz�n lleno de la Ley del para�so. 

Es decir, tambi�n, de que si t� no le puedes complacer a tu 
Dios y Creador de tu vida por medio de tu verdad y de tu 
justicia personal, todo lo que sea y que la hayas vivido en 
tu vida por la tierra, entonces tienes en Dios mismo al Se�or 
Jesucristo, para ayudarte m�s all� de tus posibilidades. S�, 
tienes a Jesucristo, su �rbol de vida infinita del para�so y 
de la tierra, tambi�n, quien si puede complacer al SE�OR del 
cielo y de la humanidad entera, en su perfecta verdad y en su 
perfecta justicia infinita, para que jam�s seas condenado por 
tu vida pecadora, sino que veas la vida eterna, desde ahora 
mismo y para siempre. Dale gracias a Dios y al cielo, por la 
expiaci�n constante de tu vida, por los poderes 
sobrenaturales de la misericordia y de la gracia infinita de 
la sangre viviente del "Cordero Escogido de Dios", �el Se�or 
Jesucristo!

El amor (Esp�ritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su 
Jesucristo es contigo.


�Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


D�gale al Se�or, nuestro Padre Celestial, de todo coraz�n, en 
el nombre del Se�or Jesucristo: Nuestras almas te aman, 
Se�or. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras 
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y 
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, tambi�n, para 
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el 
Se�or Jesucristo.

LOS �DOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los �dolos han sido desde siempre: un tropiezo 
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un 
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en 
tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre 
Celestial y de su Esp�ritu Eterno. Pero todo esto tiene un 
fin en tu vida, en �sta misma hora crucial de tu vida. Has de 
pensar quiz� que el fin de todos los males de los �dolos 
termine, cuando llegues al fin de tus d�as. Pero esto no es 
verdad. Los �dolos con sus esp�ritus inmundos te seguir�n 
atormentando d�a y noche entre las llamas ardientes del fuego 
del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de 
Dios. En verdad, el fin de todos estos males est� aqu� 
contigo, en el d�a de hoy. Y �ste es el Se�or Jesucristo. 
Cree en �l, en esp�ritu y en verdad. Usando siempre tu fe en 
�l, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos 
de la presencia terrible de los �dolos y de sus huestes de 
esp�ritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de 
los tuyos tambi�n, en la eternidad del reino de Dios. Porque 
en el reino de Dios su Ley santa es de d�a en d�a honrada y 
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos 
�ngeles. Y t� con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada 
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, 
cada palabra, cada oraci�n, cada tilde, cada categor�a de 
bendici�n terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, 
cada se�or�o, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada 
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas 
bendiciones de la tierra, del d�a de hoy y de la tierra santa 
del m�s all�, tambi�n, en el reino de Dios y de su Hijo 
amado, �el Se�or Jesucristo!, �El Todopoderoso de Israel y de 
las naciones!

S�LO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la �nica ley santa de Dios y del Se�or Jesucristo en 
tu coraz�n, para bendecirte, para darte vida y vida en 
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha 
venido diciendo as�, desde los d�as de la antig�edad, desde 
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendr�s otros dioses delante de m�". 

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te har�s imagen, ni ninguna semejanza 
de lo que est� arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni 
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinar�s ante ellas 
ni les rendir�s culto, porque yo soy Jehov� tu Dios, un Dios 
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, 
sobre la tercera y sobre la cuarta generaci�n de los que me 
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a 
los que me aman y guardan mis mandamientos". 
 
TERCER MANDAMIENTO: "No tomar�s en vano el nombre de Jehov� 
tu Dios, porque �l no dar� por inocente al que tome su nombre 
en vano". 

CUARTO MANDAMIENTO: "Acu�rdate del d�a del s�bado para 
santificarlo. Seis d�as trabajar�s y har�s toda tu obra, pero 
el s�ptimo d�a ser� s�bado para Jehov� tu Dios. No har�s en 
ese d�a obra alguna, ni t�, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu 
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que est� 
dentro de tus puertas. Porque en seis d�as Jehov� hizo los 
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y 
repos� en el s�ptimo d�a. Por eso Jehov� bendijo el d�a del 
s�bado y lo santific�". 
 
QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que 
tus d�as se prolonguen sobre la tierra que Jehov� tu Dios te 
da". 
 
SEXTO MANDAMIENTO: "No cometer�s homicidio". 

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometer�s adulterio". 

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robar�s". 

NOVENO MANDAMIENTO: "No dar�s falso testimonio en contra de 
tu pr�jimo". 
 
DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciar�s la casa de tu pr�jimo; no 
codiciar�s la mujer de tu pr�jimo, ni su siervo, ni su 
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu 
pr�jimo". 

Entr�gale tu atenci�n al Esp�ritu de Dios y d�shazte de todos 
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno 
de los tuyos, tambi�n. Hazlo as� y sin mas demora alguna, por 
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los 
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus 
�dolos y de sus im�genes de talla, aunque t� no lo veas as�, 
en �sta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, 
tambi�n. Y t� tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de 
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde 
los d�as de la antig�edad, para seguir destruyendo sus vidas, 
en el d�a de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos 
males en sus vidas, sino que s�lo �l desea ver vida y vida en 
abundancia, en cada naci�n y en cada una de sus muchas 
familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Se�or 
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y 
digamos juntos la siguiente oraci�n de Jesucristo delante de 
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y 
salvador de todas nuestras almas: 

ORACI�N DEL PERD�N

Padre nuestro que est�s en los cielos: santificada sea la 
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo 
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el 
cielo as� tambi�n en la tierra. El pan nuestro de cada d�a, 
d�noslo hoy. Perd�nanos nuestras deudas, como tambi�n 
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en 
tentaci�n, mas l�branos del mal. Porque tuyo es el reino, el 
poder y la gloria por todos los siglos. Am�n. 

Porque si perdon�is a los hombres sus ofensas, vuestro Padre 
Celestial tambi�n os perdonar� a vosotros. Pero si no 
perdon�is a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonar� 
vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Se�or Jes�s dijo, "Yo soy el CAMINO, y la 
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, 
sino es POR M�". Juan 14:

NADIE M�S TE PUEDE SALVAR.

�CONF�A EN JES�S HOY! 

MA�ANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. 

YA MA�ANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA 
TI Y LOS TUYOS, EN EL D�A DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de 
�ste MUNDO y su MUERTE.

Disp�nte a dejar el pecado (arrepi�ntete):

Cree que Jesucristo muri� por ti, fue sepultado y resucito al 
tercer d�a por el Poder Sagrado del Esp�ritu Santo y deja que 
entr� en tu vida y sea tu �NICO SALVADOR Y SE�OR EN TU VIDA.

QUIZ� TE PREGUNTES HOY: �QUE ORAR? O �C�MO ORAR? O �QU� 
DECIRLE AL SE�OR SANTO EN ORACI�N? -HAS LO SIGUIENTE, y di: 
Dios m�o, soy un pecador y necesito tu perd�n. Creo que 
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi 
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a 
venir a mi coraz�n y a mi vida, como mi SALVADOR.

�Aceptaste a Jes�s, como tu Salvador?  �S� _____?  O �No 
_____?

�Fecha? �S� ____?  O �No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de 
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada d�a para conocer mejor a Cristo. Habla con 
Dios, orando todos los d�as en el nombre de JES�S. Baut�zate 
en AGUA y en El ESP�RITU SANTO DE DIOS, adora, re�nete y 
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es 
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de 
Cristo a los dem�s.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros 
cristianos que los hermanos Pentecost�s o pastores del 
evangelio de Jes�s te recomienden leer y te ayuden a entender 
m�s de Jes�s y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros 
cristianos est�n disponibles en gran cantidad en diferentes 
temas, en tu librer�a cristiana inmediata a tu barrio, 
entonces visita a las librer�as cristianas con frecuencia, 
para ver que clase de libros est�n a tu disposici�n, para que 
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer m� libro que he escrito para ti, 
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su 
Hijo amado y as� comiences a crecer en �l, desde el d�a de 
hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la 
paz de Jerusal�n d�a a d�a y sin cesar, en nuestras 
oraciones. Porque �sta es la tierra, desde donde Dios lanzo 
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras 
bendiciones y salvaci�n eterna de nuestras almas vivientes. Y 
nos dice Dios mismo, en su Esp�ritu Eterno: "Vivan tranquilos 
los que te aman.  Haya paz dentro de tus murallas y 
tranquilidad en tus palacios, Jerusal�n". Por causa de mis 
hermanos y de mis amigos, dir� yo: "Haya paz en ti, siempre 
Jerusal�n". Por causa de la casa de Jehov� nuestro Dios, en 
el cielo y en la tierra: implorar� por tu bien, por siempre. 

El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el 
Esp�ritu de Dios a toda la humanidad, dici�ndole y 
asegur�ndole: - Qu� todo lo que respira, alabe el nombre de 
Jehov� de los Ej�rcitos, �el Todopoderoso! Y esto es, de toda 
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo 
coraz�n, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y 
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, 
como antes y como siempre, por la eternidad.



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