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1 total messages Started by IVAN VALAREZO Sun, 14 Jan 2007 15:04
(IV�N): PACIENCIA
#138
Author: IVAN VALAREZO
Date: Sun, 14 Jan 2007 15:04
1524 lines
82338 bytes
S�bado, 13 de enero, a�o 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo, 
Guayaquil, Ecuador - Iberoam�rica 


(Este Libro fue Escrito por Iv�n Valarezo) 



PACIENCIA

Nuestra paciencia ha descendido de nuestro Padre Celestial 
para ser parte de nuestro car�cter humano, ya que hemos sido 
formados en su imagen y conforme a su semejanza divina, por 
ejemplo. Por lo tanto, es una de nuestras mejores virtudes 
como hombres, mujeres, ni�os y ni�as de toda la tierra, para 
poderla usar junto con el esp�ritu de fe, del nombre sagrado 
de nuestro Se�or Jesucristo, para comunicarnos siempre con 
nuestro Dios que est� en los cielos y as� nunca perder 
ninguna de sus ricas bendiciones.

Por esta raz�n, es muy bueno aprender a esperar en nuestro 
Dios, para recibir diariamente cada una de las cosas que 
necesitemos en nuestras vidas, ya que s�lo �l es due�o del 
cielo y de la tierra. Por lo tanto, s�lo �l es "el soberano" 
de todas las cosas que est�n en ellos, para bien de sus 
criaturas y para finalmente glorificar su nombre santo cada 
vez m�s y m�s, delante de su presencia santa en toda su 
creaci�n infinita.

A trav�s de los tiempos, de la vida de la humanidad entera 
sobre la tierra, podemos ver que Dios siempre ha sido 
paciente para con todos nosotros: no juzg�ndonos por nuestros 
pecados inmediatamente de haberlos cometido, para entregarnos 
al juicio final de la muerte en el infierno, por ejemplo, 
sino todo lo contrario. Nuestro Dios nos ha ense�ado por su 
palabra: la importancia de esperar en �l, por todas las 
cosas, grandes o peque�as, en su esp�ritu de virtud divina, 
para engrandecer el esp�ritu de fe, de su nombre 
sobrenatural, el de su Hijo amado, en nuestros corazones y en 
nuestras almas eternas, tambi�n.

Porque es importante para nuestros corazones aprender por 
siempre a cumplir con la verdad y con la justicia redentora 
para nuestras almas viviente de nuestro Padre Celestial que 
est� en los cielos, por medio del esp�ritu de la sangre de su 
pacto eterno, de su Hijo amado, Jesucristo, para cada uno de 
nosotros, en toda la vida de la tierra. Por eso, hemos sido 
sufridos, tolerando toda adversidad del enemigo eterno, 
Lucifer, en nuestras vidas, para no tanto lamentarnos de 
nuestros males, sino para vencerlo d�a tras d�a con la 
victoria infinita de nuestro salvador celestial, �el Se�or 
Jesucristo! 

Porque el Se�or Jesucristo ya venci� al enemigo de Dios y a 
cada uno de sus secuaces en su altar eterno, en las afueras 
de Jerusal�n, en Israel, al derramar su vida sant�sima sobre 
la cruz de la vida seca del hombre, como Ad�n y como cada uno 
de sus descendientes, por ejemplo, en toda la tierra. Por lo 
tanto, el Se�or Jesucristo derramo su sangre santa gota a 
gota, sin que nadie se la quitase sino que la dio por amor a 
nosotros, llena de vida para la humanidad entera, en esta 
vida y en la venidera, tambi�n, para que aprendamos a vivir 
con nuestro Dios, libre de los males eternos del pecado 
original. 

Por ello, todo lo que Dios nos ha prometido en su paciencia 
celestial para con todos nosotros, en toda la tierra, 
entonces lo ha escrito por amor a la paciencia infinita de la 
gracia de su Jesucristo, para bien de la humanidad entera, 
como hoy en d�a contigo y con los tuyos, tambi�n, mi estimado 
hermano y mi estimada hermana. Porque nuestro Dios nos ha 
amado desde siempre, con el esp�ritu de su paciencia divina, 
siendo misericordioso con nosotros, siendo fiel con nosotros, 
siendo amoroso con nosotros, cuando realmente camin�bamos 
cada vez m�s lejos de su fruto de vida eterna, su Hijo amado, 
el Se�or Jesucristo, como Ad�n y Eva, en el para�so, por 
ejemplo. 

Pero Dios nos amo, como nuestro �nico Padre Celestial que 
tenemos en los cielos, porque en nosotros est� su imagen y su 
semejanza santa, para vivir su vida, la de su Hijo amado, la 
de su �rbol de vida y de salud eterna, el Se�or Jesucristo. Y 
por esta raz�n m�s que ninguna otra, nuestro Dios ha sido por 
siempre paciente para con cada uno de todos nosotros en toda 
la tierra, sin perder jam�s la esperanza en su coraz�n santo 
de volvernos a ver, en el cielo, en el para�so otra vez, pero 
esta vez para quedarnos con �l y con su �rbol de vida. 

Viviendo en su vida celestial y perfecta juntos con �l y con 
sus huestes celestiales en el m�s all� o en su nuevo reino 
celestial, como La Nueva Jerusal�n Santa e Infinita del 
cielo, por ejemplo. Y por esta raz�n, su palabra y su amor 
infinito se mantienen permanentes, fuertes, fieles hacia cada 
uno de nosotros, su virtud cristiana, en nuestros millares, 
en toda la tierra, como en el principio de todas las cosas, 
por ejemplo, de los que esperamos en �l y en su nueva vida 
celestial, del nuevo reino de los cielos.
 
Puesto que, todo lo que ha sido escrito en el cielo por Dios 
mismo, realmente, ha sido para el bien de sus hijos e hijas 
de la humanidad entera, para que ellos tengan por escrito 
cada una de sus promesas de perd�n, bendici�n y de salvaci�n, 
para sus almas, en la tierra y en el cielo, tambi�n, hoy y 
siempre. Adem�s, para que sus hijos e hijas de todas las 
familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos del mundo 
entero, siempre tengan por entendido en sus corazones, de que 
su Dios ha de estar en cada momento de sus vidas, para 
ayudarlos a salir bien, en las buenas y en las malas. 

Es decir, para bendecirlos siempre, a cada uno de ellos, en 
sus millares, por toda la tierra, perdonando sus pecados y 
sanando sus almas y sus cuerpos, de todos los males del 
pecado, por medio de la vida y del esp�ritu glorioso y 
sobrenatural, del nombre sagrado de su Hijo amado, el Se�or 
Jesucristo. Y aqu�, Dios desea encontrarse contigo, mi 
estimado hermano y mi estimada hermana, para que entiendas en 
tu coraz�n eterno, de que tu Dios te ama con gran paciencia, 
en lo profundo de su coraz�n, por amor al esp�ritu de la 
sangre bendita, de su �rbol de vida eterna, en el cielo y en 
la tierra, tambi�n. 

Y as� entonces �l mismo entregarte sus muchos dones de su 
Esp�ritu, llenos de milagros, de maravillas y de prodigios 
celestiales y terrenales, de los que han de enriquecer tu 
vida, para que la vivas cada vez mejor que antes, ante �l y 
ante sus huestes de �ngeles gloriosos, del reino de los 
cielos, por ejemplo. Porque su nombre santo verdaderamente 
est� en juego aqu�, de gloria y de pureza eterna, en tu 
coraz�n y en tu alma viviente, tambi�n, para que sea por 
siempre honrado, en la tierra y en el cielo, con todos sus 
�ngeles santos y eternos, del m�s all�. 
 
Por lo tanto, t� eres muy importante y hasta quiz�s mucho m�s 
importante que todos los �ngeles del reino de los cielos, en 
el m�s all�. Porque Dios jam�s envi� a su Hijo amado, en la 
paciencia de su Esp�ritu Santo, ha vivir la vida de Israel, 
para luego entonces morir por los �ngeles sobre la roca 
eterna, de su altar infinito, sino que lo hizo por ti y por 
todos los descendientes de Ad�n del para�so, comenzando con 
la misma Casa de Israel, por ejemplo. Porque la gran 
paciencia de Dios y de su Esp�ritu Santo se ha manifestado en 
gran medida espiritual, en la vida de los descendientes, de 
Abraham, Isaac y de Jacobo, por ejemplo, para que la 
humanidad entera conozca de su amor supremo y de su gran 
paciencia, de amor y de salvaci�n eterna, de su Hijo amado, �
el Se�or Jesucristo!

Es por esta raz�n, de que Dios ha escrito mucho de su amor 
eterno para con su Hijo amado y su Esp�ritu Santo de 
antemano, mucho antes de que crease al hombre de la tierra. Y 
nuestro Dios realmente ha escrito todas y cada una de sus 
muchas promesas de vida y de felicidad eterna, sin dejar a 
ninguna de ellas, fuera de sus libros santos, no para los 
�ngeles del reino de los cielos, aunque ellos tambi�n tienen 
sus libros escritos por Dios para el bien de sus vidas, sino 
para ti, hoy mismo. 

Si, para ti, mi estimado hermano y mi estimada hermana, en 
toda la tierra, Dios ha escrito muchas promesas de vida y de 
salud infinita, para que en la paciencia de su Esp�ritu, 
entonces t� aprendas a confiar en �l, como el �nico Dios de 
tu vida infinita, en la tierra y en el para�so, hoy y por 
siempre. Para que te bendiga y te ayude por siempre en la 
vida misma de su Hijo, el Se�or Jesucristo, porque nuestro 
Dios no tiene "otro modo o manera de perdonar" tus pecados, 
de sanar tu alma y de hacer tu coraz�n feliz, en al tierra y 
en el para�so, sino no es por medio de su fruto de vida 
infinita. 

Y �ste fruto de vida eterna, el cual Dios se lo presento (o 
predico) a Ad�n, es su Hijo amado, el Cristo de Israel y de 
la humanidad entera, hoy en d�a y por siempre, en su nueva 
vida celestial con el hombre y con su humanidad infinita de 
siempre, por ejemplo. Y es por eso, que hoy m�s que nunca, t� 
(y as� como los tuyos, tambi�n) necesitas del perd�n de Dios 
y de las muchas y ricas sanidades sobrenaturales, de los 
dones de su Esp�ritu Santo y de su Hijo amado, el Se�or 
Jesucristo. 

Sanidades sobrenaturales de la vida santa del mismo reino de 
los cielos, no tanto de �ngeles sino de los hombres y mujeres 
de Dios, de las cuales ya han descendido en el nacimiento y 
en la vida santa de nuestro salvador eterno, para obrar d�a y 
noche en nuestras vidas, en la tierra y en el para�so, 
tambi�n, para siempre. Porque as� como el enemigo jam�s se 
cansa de trabajar en contra de nosotros, para atacarnos 
incansablemente, hasta hacernos tanto da�o que nos hace 
perder muchas cosas en nuestras vidas y hasta nuestras mismas 
vidas, a veces, entonces nuestro Dios es constante y 
paciente, tambi�n, para con nosotros, para ayudarnos en todo 
y sin jam�s alejarse de nosotros por nada. 

Entonces si esperamos por lo que no vemos (y hasta por lo que 
no conocemos) en cada momento de nuestras vidas, entonces 
Dios nos va a bendecir, desde ya, con grandes poderes 
sobrenaturales de su vida santa y de su �rbol de vida eterna, 
su Hijo, para concedernos en gran medida espiritual, cada uno 
de los "deseos" de nuestros corazones. Puesto que, Dios ha 
enviado a su Hijo, en el esp�ritu de su paciencia infinita, 
porque para nuestro Dios lidiar con cada uno de nosotros, 
entonces se necesita paciencia divina y sobrenatural, por 
razones de nuestros pecados y por nuestra manera de pensar y 
de proceder en nuestras vidas, tambi�n, sin el pleno 
conocimiento de Jesucristo, como deber�a ser siempre. 

Ya que, la verdad es que no conocemos a Jesucristo en 
nuestros corazones, como deber�amos, en su luz y en su 
sabidur�a perfecta (o deidad infinita). Y si no conocemos a 
Jesucristo en nuestros corazones y en nuestras vidas, pues 
entonces menos vamos a conocer a nuestro Dios y Padre 
Celestial que est� en los cielos. Es m�s, jam�s podremos 
conocer nada de nada, de lo que es de Dios ni de ninguna de 
sus cosas gloriosas o de sus muchas promesas de vida y de 
salud infinita, de los dones sobrenaturales de su Esp�ritu 
Santo, obrando en el para�so y en toda la tierra para bien 
nuestro. 

Es decir, de los dones milagrosos, maravillosos y prodigios 
para enriquecer nuestros corazones y para dar vida en 
abundancia a nuestras almas, en la tierra y en el m�s all� en 
su nueva vida infinita, de su nuevo reino celestial, de su 
Esp�ritu Santo y de sus huestes de �ngeles celestiales, 
viviendo por siempre de su �rbol de vida infinita. En 
realidad, jam�s conoceremos a nuestro Padre Celestial, "si no 
invocamos la paciencia infinita" del esp�ritu de vida eterna, 
de la sangre del Se�or Jesucristo, para que sature nuestros 
corazones y nuestras vidas cotidianas, en la tierra y de 
nuevo en nuestras nuevas vidas celestiales, del para�so o de 
su nuevo reino celestial, como su Nueva Jerusal�n Celestial, 
por ejemplo. 

En donde, s�lo han de entrar a la vida celestial, de su �rbol 
de vida, Jesucristo, los que han esperado pacientemente por 
el amor de Dios y de sus muchas y ricas bendiciones de 
perd�n, paz, amor, felicidad y de salud infinita, para sus 
corazones y para sus almas, en la tierra y en el cielo, 
tambi�n, para siempre. De otro modo, los que jam�s han 
gustado de usar el esp�ritu de la paciencia de Dios y de su 
Jesucristo en sus corazones, entonces su lugar eterno es, en 
el m�s all�, en el mundo de los muertos, el infierno candente 
y eternamente tormentoso: en donde abundan el fuego y el 
azufre, y el gusano que nunca muere. 

Es por eso, que es bueno que todo hombre, mujer, ni�o y ni�a 
de la tierra, como los �ngeles del reino, por ejemplo, 
caminen por siempre en el esp�ritu de amor y de la paciencia 
infinita de Jesucristo en sus corazones y as� dejar que los 
dones del Esp�ritu hagan todas las maravillas, milagros y 
prodigios, para alimentar sus vidas. Dar de comer del cielo a 
sus vidas y a sus almas eternas, para que crezcan d�a y noche 
sanamente, s�lo en los poderes sobrenaturales, del esp�ritu 
del nombre sagrado de nuestro �nico salvador terrenal y 
celestial, �el Se�or Jesucristo! 

Porque el Se�or Jesucristo fue el salvador celestial para 
Ad�n y para cada uno de sus descendientes en el para�so, 
comenzando con Eva, por ejemplo, su esposa. Pero tambi�n 
luego el Se�or Jesucristo se manifest� como el salvador del 
mundo, no s�lo para ponerle fin al pecado y al �ngel de la 
muerte, sino para darle vida en abundancia a cada hombre, 
mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera, en el esp�ritu de 
la paciencia divina de nuestro Padre Celestial, para que los 
dones se manifiesten. 

Para que los dones del Esp�ritu de Dios, los cuales son 
muchos y muy poderosos en Cristo Jes�s, Se�or nuestro, por 
ejemplo, en nuestros corazones y nuestras vidas, adem�s de 
los corazones y de las vidas de nuestros familiares y amigos 
y (hermanos y hermanas) en todas las naciones de la tierra, 
entonces hagan sus obras eternas en nosotros. Porque cada uno 
de ellos, es un testigo fiel a Dios, del amor y de las 
grandes obras sobrenaturales, de los dones del Esp�ritu 
Santo, en la palabra de la Ley y del evangelio, de nuestro 
gran rey Mes�as, en la vida de cada uno de nosotros, en 
nuestros millares de todas las familias, razas y reinos del 
mundo entero. 

Es por eso, que los dones del Esp�ritu de Dios han descendido 
en la vida del Se�or Jesucristo no s�lo para enriquecer 
nuestras vidas d�a y noche y por siempre, en la eternidad 
venidera del nuevo reino celestial, sino tambi�n para 
manifestar las grandes se�ales de Dios ante una nube tan 
grande de testigos oculares, en toda la tierra. Porque 
nuestro Dios tiene que ser glorificados por ellos, por todo 
lo que han vivido con sus corazones y visto con sus ojos, 
para testimonio de glorias infinitas y de honras 
incalculables de la tierra y del cielo, porque son eternas, 
para nuestro Padre Celestial que est� sentado en su trono 
santo, en el cielo m�s alto que los �ngeles.

SON MUCHOS LOS TESTIGOS QUE NOS VEN

Entonces nosotros tambi�n, teniendo en nuestros entornos de 
gran tama�o descomunal nube de testigos oculares, 
despoj�monos de todo peso del pecado que tan f�cilmente nos 
enreda en su mal, y corramos con perseverancia la carrera que 
tenemos por delante, porque Dios nos ha llamado a su misma 
paciencia bendita, la de su Jesucristo, en el cielo y en el 
para�so. Porque la carrera que nuestro Dios nos ha entregado 
a sido la de su mismo Hijo amado, porque como la de �l no hay 
otra igual, en el cielo ni menos en toda la tierra, la cual 
puede complacer su coraz�n y su alma santa, d�a a d�a y por 
siempre, en la eternidad venidera. 
 
Ya que, en el reino de los cielos, Dios no quiere ver a 
ning�n rebelde a la palabra de su Ley ni a la vida santa de 
su �rbol de vida eterna, su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, 
el �nico "Cordero de Dios" que quita el pecado del mundo y de 
su humanidad infinita. Porque suficiente ha tenido con la 
rebeli�n de Lucifer, de parte de los �ngeles y de la 
humanidad entera de parte de Ad�n y Eva, por ejemplo, al 
rehusar comer del fruto de vida eterna, su Hijo amado, el 
Se�or Jesucristo. Por lo tanto, esta carrera de Dios es santa 
para con cada uno de nosotros, en todos los lugares de la 
tierra, comenzando en el para�so, por ejemplo, con sus 
�ngeles santos y el hombre, como Ad�n y Eva (como lo 
menciones anteriormente), en toda la tierra, de nuestros 
tiempos y de siempre. 

Adem�s, sin �sta carrera santa en nuestras vidas, 
verdaderamente, jam�s hemos de ver ni memos conocer a nuestro 
Dios y Padre Celestial que est� en los cielos, tal como �l 
siempre ha sido (y ha de ser), por los siglos de los siglos, 
para con cada uno de sus seres creados, como �ngeles del 
cielo y hombres de la tierra. Porque la verdad es que Dios 
nos ha creado en sus manos santas, en su imagen y conforme a 
su semejanza, para que caminemos por sus caminos, en el 
para�so y en todos los lugares del mundo y as� jam�s nos 
alejemos de �l ni de ninguna de sus bendiciones, para 
nuestros corazones y para nuestros esp�ritus humanos. 

Y para nosotros poder dotarnos de todos sus benditos 
beneficios de vida y de salud infinita, para nuestros 
corazones y para nuestros cuerpos humanos e espirituales, 
entonces nos ha preparado de antemano, en el d�a de nuestra 
creaci�n, para por siempre recibir, de su esp�ritu de 
paciencia d�a a d�a y por siempre, en la eternidad venidera. 
De su esp�ritu de paciencia, del cual hemos de necesitar 
siempre en nuestras vidas, para poder alcanzar bendiciones 
terrenales y celestiales, de las cuales jam�s han sido 
alcanzadas por ning�n �ngel del cielo, ni menos por los 
hombres de la tierra, como Ad�n, en el para�so o alguno de 
sus descendientes, por ejemplo, salvo el hijo del hombre, el 
Cristo.

Porque Ad�n y Eva fueron creados, para que por siempre 
reciban de su esp�ritu de paciencia en sus corazones y en sus 
almas vivientes y as� se acostumbren a esperar en su Dios y a 
los dones sobrenaturales de su Esp�ritu Santo, para hacer 
milagros, maravillas y prodigios en sus vidas, con s�lo la 
invocaci�n de su Hijo amado, Jesucristo. En realidad, para 
que los dones sobrenaturales del Esp�ritu de Dios se 
manifiesten en la vida del hombre, entonces tiene que tener 
su coraz�n y su esp�ritu humano paciencia y s�lo as� se ver�n 
milagros, maravillas y prodigios, en los cielos y en la 
tierra, para bien de su vida y la de sus descendientes, 
tambi�n, por doquier. 

Y toda esta gran obra celestial e infinita en el coraz�n del 
hombre, realmente toma mucho del esp�ritu de paciencia de 
nuestro Padre Celestial, para que llegue a su vida d�a y 
noche y por siempre en su nueva vida celestial de Dios y de 
su Jesucristo, en toda la tierra. Adem�s, �ste esp�ritu de la 
paciencia divina de Dios s�lo puede llegar a nuestras vidas, 
si tan s�lo le somos fieles a �l, en la vida y en el nombre 
sagrado de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo. Porque s�lo en 
"la invocaci�n" del Se�or Jesucristo es que verdaderamente 
"se abre el coraz�n" de Dios y de las ventanas del reino de 
los cielos, para que sus muchas bendiciones vengan a 
nosotros, una tras la otra y sin cesar en nuestras vidas 
terrenales y en nuestras nuevas vidas infinitas, en el nuevo 
reino de los cielos, por ejemplo. 

De otra manera, no podremos jam�s tener paciencia para hacer 
las cosas de Dios que nos ha mandado a cumplir, en nuestras 
vidas en la tierra, ni menos en el m�s all�, en nuestro nuevo 
lugar eterno, en el reino de los cielos, por ejemplo. Es por 
eso, que nuestro Se�or Jesucristo vino a la tierra ha 
ense�arnos y, a la vez, ha entregarnos mucho de su esp�ritu 
de paciencia celestial, de parte de nuestro Padre Celestial, 
para entonces nosotros mismos poder recibir de su Esp�ritu 
Santo y de sus grandes bendiciones sobrenaturales. 

Bendiciones de sus dones sobrenaturales, de los cuales nos 
ayudaran a crecer d�a y noche y por siempre, en nuestros 
corazones y en nuestros esp�ritus humanos, en todas las cosas 
de las cuales nos ha llamado desde las tinieblas, para que 
entremos en su luz de vida y de salud divina, de su nueva 
vida infinita, en el cielo. Es decir, de su nueva vida 
infinita, en donde s�lo la paz, el amor y la felicidad 
celestial moran, como en su nuevo reino celestial, La Gran 
Jerusal�n Santa e Infinita, por ejemplo, de su gran rey 
Mes�as, �el Se�or Jesucristo!

Pues entonces as� como nuestro Padre Celestial ha sido 
paciente para con cada uno de nosotros, que cuando est�bamos 
hundidos en nuestros delitos y pecados, por haber 
transgredido a su Ley Santa, entonces espero pacientemente 
por cada uno de nosotros que nos arrepintamos de nuestros 
pecados, para entonces no morir sino s�lo ver la vida. Es 
decir, arrepentirnos de nuestros pecados eternamente y para 
siempre, s�lo posible en nosotros: Al recibir en nuestros 
corazones a su Hijo amado y a su gran obra sobrenatural, la 
cual lleva acabo sobre la cima de la roca eterna, en las 
afueras de Jerusal�n, para bien de Israel y de la humanidad 
entera. Y esto el Se�or Jesucristo lo ha alcanzado con su 
gran esp�ritu de paciencia y de amor por cada uno de 
nosotros, en toda la tierra, comenzando con Ad�n y Eva, en el 
para�so, por ejemplo, para volvernos a dar vida en 
abundancia, hoy y siempre.

Por lo tanto, ha sido �ste mismo esp�ritu de paciencia de 
Dios y de su Esp�ritu Santo que ha venido a cada uno de 
nosotros, por medio de la vida y del nombre sagrado del Se�or 
Jesucristo. Porque s�lo la vida del Se�or Jesucristo ha 
cumplido toda la Ley de Dios y le ha puesto fin a nuestras 
vidas de pecado, al ponerle fin al poder del pecado, para que 
entonces y al instante, sin m�s demora alguna, darnos vida en 
abundancia, en esta vida y en nuestras nuevas vidas 
celestiales, en su nuevo reino del cielo. 

Adem�s, Dios desea que siempre "seamos la luz del mundo", 
representando su nombre santo y la vida gloriosa y sumamente 
honrada de su Hijo amado, en toda la tierra, para que los 
ojos de todos los hombres, mujeres, ni�os y ni�as de la 
humanidad entera, conozcan su verdad absoluta. Es decir, para 
que ellos, en sus millares, de todas las razas, pueblos, 
linajes, tribus y reinos de la tierra, entonces "s�lo vean" 
la luz de Dios y de su gran sacrificio sobrenatural, en sus 
corazones y en sus esp�ritus humanos, hoy por siempre, en la 
eternidad, y m�s no las tinieblas de nuestros males y pecados 
mortales, por ejemplo. 

Dado que, es la luz de la vida santa de su �rbol de vida, el 
Se�or Jesucristo, que salva a Ad�n y a cada uno de sus 
descendientes, en todos los lugares de la tierra, para ser 
perdonados de sus pecados, desde el momento que creen y por 
siempre en la eternidad venidera, de su nuevo reino 
celestial. Y s�lo as� entonces puedan cada uno de ellos 
regresar a su lugar eterno, en el m�s all�, en el para�so y a 
su nueva vida infinita, en el nuevo reino de Dios y de su 
�rbol de vida inmortal, su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! 

Por ello, toda esta gran obra celestial de Dios y de su �rbol 
de vida en Ad�n y como en cada uno de sus descendientes, en 
el para�so o en todos los lugares de la tierra, requiere de 
la asistencia de la presencia constante, del esp�ritu de su 
paciencia divina, en la tierra y en el para�so, tambi�n, para 
siempre. Porque de otra manera, ninguna de las bendiciones 
celestiales de nuestro Dios, si no todas pudiesen jam�s 
llegar a nuestros corazones y a nuestras vidas, en la tierra 
y en el para�so, para siempre. Es por eso, que el Se�or 
Jesucristo es nuestro �nico camino de regreso a Dios y 
nuestras vidas infinitas del servicio al nombre santo de Dios 
en el para�so y en su nuevo reino celestial, por ejemplo.

Es por eso, tambi�n, que cada uno de nosotros necesitamos de 
Dios y de su Esp�ritu Santo d�a y noche para entonces poder 
crecer pacientemente, en el esp�ritu y en la verdad 
sobrenatural de su Hijo amado, nuestro salvador Jesucristo. Y 
toda �sta paciencia divina y del coraz�n santo de nuestro 
Padre Celestial ya ha de est� en nuestros corazones y en 
nuestros esp�ritus humanos, si tan s�lo se lo pedimos a �l, 
en oraci�n y en el nombre sagrado de su Hijo amado, �el Se�or 
Jesucristo!, hoy en d�a y siempre, en la eternidad venidera, 
para que se active. 

Para entonces poder vencer el mal del enemigo que siempre 
venga en contra de nosotros, en donde sea que estemos en toda 
la tierra, hoy en d�a y siempre. Porque nuestro Dios es fiel 
y muy paciente para con cada uno de nosotros, de los que le 
amamos a �l, s�lo en su esp�ritu sobrenatural de amor y de 
crecimiento divino de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, �el 
Santo de Israel y de la humanidad entera! Porque mayor amor 
que �ste Ad�n no le pudo manifestar a su Dios en el para�so y 
as� tambi�n ning�n hombre en toda la tierra, si no hace que 
Jesucristo entre en su coraz�n y en toda su vida tambi�n para 
la eternidad venidera, del nuevo reino celestial.

Porque nuestro Dios no ha de conocer ning�n otro amor, que el 
mismo amor de su Hijo, en su coraz�n santo, para Ad�n en el 
para�so y para sus descendientes en todos los rincones de la 
tierra, eternamente y para siempre y en la nueva vida 
infinita, para su nueva humanidad celestial, tambi�n, por 
ejemplo. Por esta raz�n, todos necesitamos de Cristo hoy en 
la tierra y ma�ana en nuestra nueva vida celestial, en el 
para�so o en La Nueva Jerusal�n Santa e Infinita del cielo, 
que ha esperado ansiosamente por recibirnos en sus tierras 
santas para vivir la vida perfecta y sumamente gloriosa de su 
�rbol de vida, el Hijo de David, el Cristo.

ES DEBER DEL SIERVO DE DIOS: GANAR A LOS QUE SE PIERDEN PARA 
LA VIDA ETERNA

Puesto que, el siervo del SE�OR no debe ser buscapleitos, 
sino sociable y sobretodo paciente para con todos, competente 
para ense�ar y sufrido; corrigiendo con paz a los que se 
oponen, por si quiz�s Dios les conceda que se arrepientan 
para comprender "la verdad", y escapen de la trampa del �ngel 
de tinieblas, quien los tiene cautivos a su maldad. En 
verdad, el que ha nacido del esp�ritu de Dios, entonces "ha 
nacido con los dones sobrenaturales" de vida y de salud 
infinita, para su coraz�n y para su alma viviente. Y esto es 
para gozar por siempre, de la nueva vida de Dios y de su 
�rbol de vida eterna, en la tierra, en el para�so y en su 
Nueva Ciudad Celestial, La Jerusal�n Santa del m�s all�, del 
nuevo reino de los cielos. 

Por lo tanto, �ste coraz�n del hombre es paciente para con 
sus hermanos y para con sus hermanas, en todos los lugares de 
la tierra y, adem�s, jam�s pierde la paciencia para ayudarles 
y as� glorificar y honrar por siempre: el nombre sagrado de 
nuestro Dios y Padre Celestial que est� en los cielos. Porque 
nuestro Dios nos ha llamado a ser llenos de su esp�ritu de 
vida y de salud eterna, cada momento de nuestros d�as por la 
tierra, para hacer grandes cosas para su nombre sumamente 
glorioso y eternamente honrado, en el coraz�n de todos los 
�ngeles del cielo y de los hombres de buena fe y de buena 
voluntad, tambi�n. 

Para entonces poder ayudar con gran paciencia en sus 
corazones a muchos que necesitan d�a y noche "de la mano 
poderosa de Dios", para tocar sus vidas y cambiarlas de 
manera dr�stica cada d�a m�s y m�s hacia la perfecci�n 
gloriosa y preciosa de la vida santa de su Hijo amado, el 
Cristo de Israel y de la humanidad entera. Es por eso, que el 
hombre para ser amable para con los dem�s, entonces tiene que 
haber nacido de nuevo de su coraz�n y de su alma viviente, en 
la paciencia infinita del esp�ritu del nombre, de Dios y de 
su Jesucristo. 

Por tanto, esto es s�lo posible con el Esp�ritu Santo en su 
vida, para entonces operar en los poderes sobrenaturales, de 
los dones de Dios, con los cuales, el esp�ritu de paciencia 
obrar�a en su vida, para poder hacer lo que normalmente no 
podr�a hacer con su esp�ritu humano e imperfecto, por culpa 
del pecado del enemigo, en su sangre. En realidad, sin la 
presencia de los dones de Dios, en el coraz�n del hombre de 
fe, entonces no le seria posible jam�s obrar para gloria y 
para honra de su nombre santo, en la vida del pecador y de la 
pecadora, que aun no han llegado a recibir el nombre de 
Jesucristo en sus corazones, para cambiar sus vidas. (Por 
esta raz�n, el buscar del SE�OR y de su Jesucristo, en todo 
momento de la vida del hombre, es muy bueno, por cierto, para 
�l y para los suyos, tambi�n, hoy y siempre para la eternidad 
venidera.)

Es decir, tambi�n, para comenzar a cambiar sus vidas paso a 
paso (o de golpe) de las tinieblas del enemigo a la luz m�s 
brillante que el sol, en el nuevo nacimiento de la 
resurrecci�n del Se�or Jesucristo, para salud y para vida 
eterna, en la tierra y en el cielo, hoy en d�a y para 
siempre. Por ello, para el hombre comenzar a vivir su nueva 
vida en el Esp�ritu Santo de Dios, se�or nuestro, desde ahora 
mismo en al tierra, para entrar luego en la eternidad 
venidera, del nuevo m�s all� de Dios y de su �rbol de vida 
eterna, su Hijo amado, tiene que ser fiel y paciente con su 
Dios y sus hermanos. 

Por cuanto, el que tiene los dones del Esp�ritu de Dios en su 
vida, entonces los milagros, maravillas y prodigios del cielo 
y de la tierra comenzaran a manifestarse en su vida para el 
bien de muchos, ya sean de los suyos, de sus familias, amigos 
y hasta de gentes lejanas, tambi�n. Porque los dones del 
Esp�ritu de Dios son para todos los que creen en el nombre 
bendito de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, en lo profundo 
de sus corazones, est�n lejos o cerca, para cumplir toda la 
verdad y toda la justicia infinita, de la palabra bendita de 
su Ley, la Ley de Dios y de Mois�s, por ejemplo. 

Dado que, esta palabra de la Ley de Dios tiene que ser 
honrada en el coraz�n de cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de 
la humanidad entera, para alcanzar aun mayores glorias 
celestiales del m�s all�, que ni aun los �ngeles las 
alcanzado, pero el hombre lo ha de hacer pronto diariamente y 
con gran paciencia para su vida eterna. Y es por eso, que el 
Se�or Jesucristo ha descendido del Padre, para con paciencia 
de su mismo Esp�ritu Viviente y, adem�s, con mucho amor en su 
coraz�n y en cada una de sus palabras, para entonces 
entreg�rnosla a nosotros, en nuestros mismos corazones: 
cumplida y eternamente honrada, s�lo cuando le invocamos, 
creyendo en su nombre santo y eternamente maravilloso.

Porque es la fe, del nombre bendito del Se�or Jesucristo en 
nuestros corazones: "la llave" que verdaderamente desata y, a 
la vez, pone en operaci�n permanente cada uno de los dones 
del Esp�ritu de Dios, para su propio bien y para el bien de 
muchos en su familia y lejos de su familia, tambi�n. Como 
amistades y personas de todas partes del mundo entero y hasta 
del m�s all�, tambi�n, por ejemplo, que ama a su Dios, si 
fuese necesario hacerlo as�; porque nuestro Dios es 
Omnipotente y Todopoderoso, es decir, que no hay nada 
imposible para �l y para su Hijo amado, en al tierra, ni 
menos en el m�s all�. 

Y nuestro Dios obra as� "maravillosamente y milagrosamente" 
con cada uno de sus hijos e hijas, en todos los lugares de la 
tierra, d�a y noche y sin cesar, para que entonces los que no 
crean, pues entonces crean a su verdad infinita, Jesucristo, 
su �nica posibilidad infinita para una vida mejor en la 
tierra y en el cielo. Es decir, pues si no creen por su 
palabra, entonces quiz�s han de creer por sus buenas obras en 
los corazones, en las vidas y en los cuerpos de todos los 
necesitados, de todos los lugares del mundo entero, en donde 
sea que su nombre bendito y eternamente honrado sea entonces 
"invocado, honrado y glorificado". 

Invocado, honrado y glorificado para satisfacer toda verdad y 
toda justicia infinita de su Esp�ritu Santo y de su Hijo 
amado, en la tierra y en el cielo, tambi�n, hoy en d�a y por 
siempre, en la eternidad venidera. Porque toda verdad y toda 
justicia del coraz�n del hombre, de la mujer, del ni�o y de 
la ni�a de la humanidad entera, tienen que ser buenas en la 
tierra y as� tambi�n en el cielo, para que entonces puedan 
tener derecho a la vida eterna de su Creador y de su �nico 
redentor, el �rbol de la vida, Jesucristo. 

Es decir, para que cada uno de ellos entonces entre desde ya 
a la vida celestial, como hijo legitimo o como hija legitima 
de Dios, en el m�s all�, en el nuevo reino de los cielos, de 
Dios y de su �rbol de vida eterna, el Se�or Jesucristo. De 
otra manera, ning�n hombre ni ninguna mujer ha de poder jam�s 
regresar al para�so ni menos entrar a la nueva vida infinita, 
s�lo posible en el Se�or Jesucristo, en la tierra y en el 
nuevo reino de Dios, como La Nueva Jerusal�n Santa e Infinita 
del m�s all�, por ejemplo, para sus �ngeles y para su nueva 
humanidad celestial. 

Ahora, si no han recibido al Se�or Jesucristo como su �nico y 
suficiente salvador de sus vidas, por las muchas buenas obras 
que ha hecho para el bien de sus vidas y de las suyos, 
entonces ninguno de ellos podr� jam�s ver la vida eterna, por 
su incredulidad. En verdad, �ste hombre ingenuo o �sta mujer 
ingenua habr� ca�do en la trampa de su enemigo eterno, el 
�ngel de las tinieblas, para que jam�s sean perdonados sus 
pecados ni as� tampoco pueda ver ni menos conocer a su Dios y 
Creador de su vida, en la tierra ni menos en el m�s all�, 
para siempre. 

Es decir, tambi�n, que todo aquel que jam�s ha invocado al 
Se�or Jesucristo con sus labios, creyendo en su coraz�n para 
perd�n de sus pecados y para bendici�n de una nueva vida, en 
la tierra y en el para�so, entonces ha de morir en sus 
tinieblas para jam�s ver ni menos conocer a su Dios y 
salvador de su vida. Y esto es sumamente terrible para el 
coraz�n del hombre (y de la mujer tambi�n), el cual ha sido 
creado todopoderoso, aun con mayores glorias, de los 
corazones de los �ngeles del cielo, para ver y conocer a su 
�nico Dios y Creador de sus vidas eternas, en la tierra y en 
el para�so, tambi�n, para la nueva eternidad venidera.

Porque simplemente es totalmente imposible para el pecador o 
para la pecadora de toda la tierra llegar a ver y conocer a 
su Dios y Creador de su alma eterna, sin jam�s haber recibido 
al Se�or Jesucristo, en su coraz�n. (Esto es eternamente 
impensable en el coraz�n santo de Dios, de su Esp�ritu Santo 
y de sus �ngeles del reino de los cielos.) Es por eso, que 
todo aquel que muere en las tinieblas de su pecado, entonces 
ha ca�do en la trampa eterna del �ngel de la muerte. Es 
decir, que ha ca�do en las manos eternas del �ngel de las 
tinieblas, Lucifer, que ha preparado de antemano en los 
labios de la serpiente antigua y en los labios de Eva, para 
que no s�lo Ad�n creyese en su maldad sino tambi�n sus 
descendientes eternos, para que muriesen sin conocer a 
Jesucristo y a su �nico Dios Soberano.

DEL�ITENSE EN LAS PUEBRAS, PORQUE DIOS LES DA LA VICTORIA 

Por eso, mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas, 
t�nganlo por sumo gozo cuando se encuentren en diversas 
pruebas de su vida cotidiana, sabiendo siempre en sus 
corazones que la prueba de su fe produce paciencia, para bien 
de sus propias vidas y de los dem�s, en su entorno y aun 
hasta los que est�n en lugares muy lejanos, tambi�n. Porque 
la paciencia y la fe son poderosas en el coraz�n del hombre o 
en el coraz�n de la mujer que ama a su Dios y a su salvador 
eterno, el Se�or Jesucristo, para bendecir d�a a d�a a muchos 
en todos los lugares de la tierra y hasta en el para�so, 
tambi�n. Porque la bendici�n de nuestro Dios es buena en la 
tierra y en el cielo, tambi�n, hoy y por siempre, en la 
eternidad venidera.

Pero sobre todas las cosas, que la paciencia tenga su obra 
completa en sus corazones, en el poder sobrenatural del 
Esp�ritu de Dios, para que sean completos y detallistas en su 
manera de pensar y de proceder, tambi�n, ante cualquier 
situaci�n buena o mala, no quedando jam�s atr�s en nada ni 
por ninguna raz�n. Porque en esto s� gloria su Padre 
Celestial que est� en los cielos, de que ustedes mismos sean 
llenos de su Esp�ritu en sus corazones y en cada momento de 
sus vidas, para enfrentar cualquier situaci�n, por muy 
peque�a o por muy grande que sea, para que todo sea al fin 
gloria y honra al salvador de sus almas vivientes. 

Puesto que, esto es lo que Dios desea ver en ustedes, muchas 
buenas obras, peque�as y grandes, para que la vida de su Hijo 
amado sea engrandecida en el coraz�n de todos los hombres, 
mujeres, ni�os y ni�as de toda la tierra, como su �nico 
salvador eterno. Y �ste salvador �nico de sus almas eternas 
es su Hijo amado, ni m�s ni menos, en el para�so y as� 
tambi�n, en todos los lugares de la tierra, para entrar a la 
nueva vida celestial, en el nuevo reino de los cielos. 

Dado que, s�lo el Se�or Jesucristo es el �rbol de la vida de 
Dios y de sus criaturas celestiales, como �ngeles y de sus 
criaturas terrenales como los hombres, mujeres, ni�os y ni�as 
de la humanidad entera, por ejemplo, adem�s de todas las 
especies de animales del aire, de la tierra y del mar, 
tambi�n. En verdad, s�lo el Se�or Jesucristo es la vida de 
todo en todos, sean grandes o peque�os en el cielo y en la 
tierra, tambi�n, hoy en d�a y como siempre, en la eternidad 
venidera, en el m�s all�, en su nuevo reino celestial, �La 
Gran Jerusal�n Eterna e Infinita para sus huestes de �ngeles 
y su resucitada humanidad celestial! 
 
Por esto, Dios desea que Jesucristo sea en el coraz�n de 
todos los hombres, mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad 
entera, as� como lo es en el coraz�n, de cada �ngel, 
arc�ngel, seraf�n, querub�n y dem�s seres santos de su reino 
celestial, por ejemplo, para glorificar su nombre en muchas 
de sus buenas obras sobrenaturales, en todos ustedes mismos. 
Porque el esp�ritu viviente del Se�or Jesucristo les ense�ara 
suprema paciencia, adem�s de sus muchos dones espirituales de 
vida, salud y de felicidad infinita, de tener un coraz�n 
sumamente glorioso con los potenciales absolutos, de conocer 
a nuestro Padre Celestial y todas sus cosas, en su nuevo 
reino celestial, hoy en d�a y para siempre, en la eternidad 
venidera. 

Es por eso, que gozoso es el coraz�n del hombre que ha 
recibido el nombre glorioso de su gran salvador eterno, para 
poderles hacer frente a cada una de todas las artima�as del 
enemigo. Artima�as eternas del enemigo de su alma viviente, 
de las que se hayan levantado en contra de �l y de los suyos, 
tambi�n, porque sabe muy bien su coraz�n en Cristo Jes�s, 
Se�or nuestro, que sus victorias sobre cada una de ellas ya 
han sido escritas en el libro de Dios, en el cielo. Y s�lo le 
falta a �l (o a ella) creerlas en su coraz�n, para que Dios 
obre como le gusta obrar en la vida del �ngel del cielo y en 
la vida del hombre de la tierra, en su esp�ritu de fe, lleno 
de sus muchas y muy ricas bendiciones sobrenaturales y de 
grandes poderes del reino celestial. 

Por lo tanto, nuestra victoria, cada vez que el enemigo viene 
en contra de nosotros, de una manera u otra, ya ha sido 
escrita en las Escrituras de nuestro Padre Celestial y de su 
Esp�ritu Santo, en el reino celestial, para que se hagan 
realidad en cada una de nuestras vidas, hoy y siempre, en 
nuestras vidas con Jesucristo. Porque la victoria que el 
Se�or Jesucristo ha alcanzado con el esp�ritu de su sangre 
sant�sima, sobre el altar de sangre expiatoria y perfecta de 
Dios, en el cielo y en la tierra, ha sido para con cada uno 
de nosotros, en nuestros millares, de todas las razas, 
pueblos, tribus, linajes y reinos de la humanidad entera, 
para "salud eterna". 

Por esta raz�n, siempre tengan en gran gozo celestial en sus 
corazones, cada vez que son atacados por el enemigo, en sus 
diferentes pruebas de sus vidas cotidianas para hacerles da�o 
y alejarlos de su fruto de vida eterna, que sus esp�ritus 
humanos son m�s que vencedores en Cristo Jes�s, salvador 
nuestro. Porque la victoria sobre cada mal del enemigo en sus 
corazones y en sus vidas ya ha sido escrita por la mano de 
Dios mismo, a favor de cada uno de ustedes, mis estimados 
hermanos y mis estimadas hermanas, para gloria y para honra 
eterna de la vida perfecta de nuestro �nico salvador, �el 
Se�or Jesucristo!, en toda la creaci�n. 

Es por eso, que con paciencia Dios mismos los ha amado, desde 
mucho antes de la fundaci�n del cielo y la tierra, para que 
en un d�a, como hoy por ejemplo, entonces en ustedes tambi�n 
se manifieste cabalmente su esp�ritu de paciencia, creyendo 
siempre en �l, s�lo por medio del nombre sagrado de su Hijo 
amado, �el Se�or Jesucristo! Porque sin su esp�ritu de 
paciencia en sus corazones y en sus vidas, entonces muchas de 
las bendiciones infinitas de sus dones gloriosos no podr�n 
manifestarse a tiempo (o fuera de tiempo), para que la gran 
nube de testigos oculares en sus propias vidas pueda ver la 
gloria de Dios manifestada en cada uno de ustedes, en el 
mundo entero. 

Por esta raz�n, siempre sean pacientes con su Dios, as� como 
�l mismo lo ha sido con ustedes mismos, no llev�ndolos a 
juicio inmediatamente por causa de sus pecados para destruir 
sus vidas pecadoras, sino todo lo contrario. Pues con amor 
eterno se ha manifestado ante ustedes con gran paciencia en 
su coraz�n y en su esp�ritu sant�simo, para que las 
bendiciones de perd�n y de vida eterna con sus muchas 
bendiciones del cielo y de la tierra, en su Jesucristo y en 
su Esp�ritu, entonces jam�s le falten a ninguno de ustedes 
jam�s, en toda la tierra. 

Porque grande en amor y en paciencia es el coraz�n de Dios y 
de nuestro Se�or Jesucristo para darnos mucho m�s de �l, d�a 
y noche, para que ning�n bien de los dones sobrenaturales de 
su Esp�ritu y de su sangre sant�sima jam�s nos falte, en esta 
vida ni en la venidera, hoy y por siempre en la eternidad 
celestial. Es por esta raz�n, tambi�n, que nuestro Dios ha 
escrito cada una de sus muchas promesas, para que todo lo que 
ha dicho con sus labios, entonces sea verificada con la letra 
de su Escritura, en nuestros corazones y con nuestros labios, 
tambi�n: al confesar de sus muchas grandezas y misericordias 
infinitas hacia todos nosotros, en su resucitada humanidad 
infinita. 

LO ESCRITO POR DIOS HA SIDO PARA EL BIEN DE LA HUMANIDAD 
ENTERA

Pues todo lo que fue escrito primeramente entonces fue 
escrito para nuestra ense�anza, de hoy y de siempre, en toda 
la tierra, a fin de que por la firmeza y la direcci�n de las 
Escrituras tengamos esperanza, en nuestros corazones y en 
nuestros esp�ritus humanos, para una vida mejor e infinita 
con nuestro Dios que esta en los cielos. Y todo lo que ha 
sido escrito en el libro de Dios, no fue nunca para 
recordarle a Dios de sus promesas, pues �l mismo las conoce 
muy bien cada una de ellas en su coraz�n sant�simo y en su 
sabidur�a perfecta e infinita, sino por otras razones fueron 
escritas sus palabras santas y vivas. 

En realidad, todo fue escrito de antemano en el cielo, para 
bien de cada uno de nosotros, en toda su gran creaci�n, 
comenzando con Ad�n y Eva, por ejemplo, para que nosotros le 
pidamos a �l, siempre en el nombre sagrado de su Hijo amado: 
todas nuestras bendiciones de vida y de salud eterna para con 
nosotros, hoy y siempre. Porque las bendiciones de vida y de 
felicidad eterna son para con cada uno de nosotros, de parte 
de nuestro Padre Celestial y de su Esp�ritu Santo, por medio 
de la vida sant�sima del Se�or Jesucristo, para que ning�n 
bien eterno nos falte en la tierra,  en el cielo ni en la 
eternidad venidera de su nuevo reino celestial. 

Pues grandes son la verdad y la misericordia infinita de 
nuestro Padre Celestial hacia cada uno de nosotros, en toda 
la tierra, por medio de su Hijo amado, para acordarse por 
siempre de nosotros, no importando jam�s el tiempo ni la 
distancia, en el para�so, en la tierra ni menos en su nueva 
vida infinita, de su reino celestial. Porque la verdad es que 
Dios nos ama tanto, como a su Hijo amado y cada uno de sus 
�ngeles santos, en el cielo, ni m�s ni menos, para salud y 
para gloria infinita de nuestras mismas vidas, en la tierra y 
en el para�so, tambi�n, para la eternidad. 

Y esto es algo, que el Esp�ritu de Dios lo tiene muy claro en 
su alma sant�sima, por lo tanto, nos guarda d�a y noche para 
que nadie ni ning�n mal toque "la semejanza y la imagen" 
gloriosa que llevamos de parte de nuestro Dios, en nuestros 
corazones y en nuestras almas eternas en la tierra, para la 
eternidad venidera. Porque con gran paciencia Dios nos ha 
formado en sus manos santas, para la vida eterna del nuevo 
m�s all�. Y con gran paciencia infinita nos ha amado para que 
regresemos a �l, por sus caminos santos, de los cuales el 
Se�or Jesucristo se lo manifest� a sus ap�stoles y disc�pulos 
en sus d�as, asegur�ndoles de su amor, para con cada uno de 
ellos, en sus millares, de todos los hombres, del principio y 
de siempre, en la eternidad celestial. 

Y entonces les dijo en su d�a: S�lo yo soy el camino, la 
verdad y la vida; por tanto, nadie viene al Padre Celestial 
si no es por medio de m�, solamente. Y esta es una Escritura 
santa, llena de verdad y de poderes sobrenaturales, que si el 
coraz�n del hombre, de la mujer, del ni�o y de la ni�a de 
toda la tierra, las creyesen en la plenitud de su valor 
espiritual, entonces tendr� vida y salud eterna, en la tierra 
y en el cielo, desde hoy mismo y para siempre. Y ninguno de 
los pecados del pasado (o de siempre) ha de ser recordado 
jam�s, sino que Dios los echara para siempre de su presencia 
santa, para no volverlos a ver, como en el fondo de la mar, 
por ejemplo: en donde s�lo las profundas oscuridades 
prevalecen eternamente y para siempre, y ninguna luz volver� 
a alumbrar sobre ellos. 

Y no ser� as� con cada una de las buenas obras de sus siervos 
y de sus siervas de toda la tierra, porque permanecer�n 
escritas en el libro del SE�OR, como en "el libro de la vida 
eterna", por ejemplo, en donde sus nombres jam�s han de ser 
borrados. Sus nombres no han de ser borrados, porque est�n 
escritos con la imborrable sangre del esp�ritu de la misma 
vida eterna, de su gran rey Mes�as, el salvador de sus vidas, 
�el Se�or Jesucristo! 

Por lo tanto, sus obras son eternas y les seguir�n a cada uno 
de ellos, de todos los hombres, mujeres, ni�os y ni�as de 
toda la tierra, aun m�s all� de su muerte en el para�so o en 
La Nueva Jerusal�n Celestial, para que hablen de ellos 
delante de Dios y de su Esp�ritu con mayor claridad que su 
lengua. Porque cada una de las obras de sus siervos y de sus 
siervas fieles a su Dios y Creador de sus vidas, por medio de 
su Hijo amado, es para gozarlas en la tierra y en el reino de 
los cielos d�a a d�a y para siempre, en la eternidad 
venidera. 

Porque todo lo que es hecho en el nombre de Jesucristo es 
para siempre, para el infinito, en el alma del hombre del 
para�so y de todos sus descendientes en toda la tierra, 
tambi�n. Por ello, solamente el Se�or Jesucristo es 
eternamente y para siempre, el Santo de Israel y de la 
humanidad entera, en el cielo y por toda la tierra, tambi�n, 
hoy en d�a y para siempre, en el m�s all�, en el nuevo reino 
de los cielos, para gloria de Dios y para el bien eterno de 
su nueva humanidad celestial. 

Es por eso, que Dios ha escrito todo lo que ha escrito con su 
dedo santo, como escribi� su Ley Eterna, por ejemplo, para 
d�rsela a Mois�s y a la humanidad entera, como hoy en d�a se 
la ve en toda la tierra, para ense�anza de sus corazones y de 
sus esp�ritus eternos, para gloria infinita de su Creador. Y 
as� no se olviden jam�s de sus buenas y grandiosas obras, 
para con cada uno de ellos, en todos los rincones de la 
tierra, de todas las familias, razas, pueblos, linajes, 
tribus y reinos del mundo entero, por ejemplo. 

Con el fin de que cumplan por siempre con todo su amor de sus 
corazones en sus vidas por la tierra y en el cielo tambi�n, 
como en el para�so o como en La Nueva Jerusal�n Eterna e 
Infinita, s�lo para su Dios y Creador de sus vidas, �el 
Todopoderoso! Por eso, todo lo bueno de Dios es del hombre de 
buena voluntad, lleno del esp�ritu de fe y de su paciencia 
celestial, en su coraz�n y en toda su alma viviente, para que 
por siempre guste de sus buenas palabras de vida y de salud 
eterna, en su alma infinita, en la tierra y en el para�so, 
para siempre.

SI SOMOS PACIENTES CON NUESTRO DIOS, �L NOS RECOMPENSARA

Por esta raz�n, si realmente esperamos pacientemente por lo 
que no vemos d�a y noche y en cada momento de nuestras vidas, 
entonces Dios no nos va a defraudar jam�s, sino que nos 
conceder� la petici�n de nuestros corazones, porque hemos 
cre�do en su palabra y hemos esperado por su respuesta en su 
Cristo, con gran perseverancia en nuestros corazones. Porque 
grande es el amor de nuestro Dios, para con cada uno de 
nosotros, de los que esperamos por siempre en su palabra y en 
el nombre sagrado de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, 
viviendo en nuestros corazones, para gloria y para honra 
infinita de su coraz�n santo, en el cielo y en la tierra, 
para siempre. 

En vista de que, para nuestro Dios no hay mayor gloria que 
ver al hombre (o a la mujer) que pacientemente espera por �l, 
en el nombre de su Jesucristo, para que cada una de sus 
mentas (o deseos) de su coraz�n se cumplan en su vida y hasta 
en la vida, de cada uno de los suyos, tambi�n. Porque nuestro 
Dios es el �nico y suficiente proveedor de todos los hombres, 
mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad entera; es m�s, sin 
nuestro Se�or Jesucristo entonces Dios no nos pudiese 
bendecir d�a y noche, como siempre lo ha deseado hacer as�, a 
trav�s de los tiempos y hasta nuestros d�as, por ejemplo. 

Visto que, Dios nos desea ver a cada uno de nosotros 
bendecidos por siempre con los poderosos dones, del esp�ritu 
de la sangre bendita, de su �rbol de vida eterna y de los de 
su Esp�ritu Santo, obrando por siempre en nuestros corazones, 
para bien de nuestras vidas y de los dem�s, tambi�n, en todos 
los lugares de la tierra. Porque lo que Dios le ha entregado 
a un hombre, ya sea la vida como Ad�n en el para�so o su Ley 
Bendita, como a Mois�s sobre el Sina�, etc., ha sido para el 
bien de todos, en toda la tierra. 

En verdad, Dios jam�s ha defraudado a ning�n hombre ni a 
ninguna mujer, como a Ad�n y a Eva, en el para�so, por 
ejemplo, sino que ellos mismos se defraudaron a s� mismos, 
por no obedecer a su palabra y a su llamado a obedecerle a �l 
y a su Hijo amado, su fruto de vida eterna, Jesucristo. Es 
decir, que todo lo malo les sucedi�, en el cielo, fue por no 
esperar en el fruto del Se�or Jesucristo que llegase a sus 
vidas y as� comiesen y bebiesen de �l, para que no vuelvan a 
tener hambre ni sed sus almas eternas, en el cielo ni en 
ning�n otro lugar de toda la creaci�n de Dios. 

Pero como no esperaron con paciencia en sus corazones y en 
sus esp�ritus humanos, a su salvador eterno de sus vidas en 
el para�so, entonces optaron por desobedecer, sin saber 
realmente que era lo que estaban haciendo con sus vidas (y la 
de los suyos), al gustar y comer del �rbol de la ciencia, del 
bien y del mal. Pues as� es el hombre de hoy y de siempre, en 
toda la tierra, porque opta siempre por comer del fruto del 
mal, en vez, de comer del fruto de vida y del bien eterno 
para su coraz�n y para su alma viviente, el Se�or Jesucristo, 
al s�lo creer en la palabra de su Dios y Creador de su vida. 

Es decir, que en vez del hombre invocar el nombre de 
Jesucristo con sus labios, creyendo en su coraz�n en su 
verdad y en su justicia infinita, para que nuevos d�as de 
paz, como los d�as de vida eterna del cielo, lleguen a su 
vida y a la vida de los suyos, tambi�n, entonces escoge el 
mal de siempre. En otras palabras, vuelve el hombre a cometer 
una y otra vez, el mismo error que Ad�n y Eva cometieron, por 
ejemplo, en el para�so: al gustar del fruto prohibido, para 
su coraz�n y para su alma eterna del �rbol de la ciencia, del 
bien y del mal. Y esto es inaceptable para nuestro Dios y 
Creador de nuestras vidas, el Todopoderoso de Israel y de la 
humanidad entera. Es m�s, �ste terrible mal jam�s se lo 
aceptado Dios a ninguno de sus �ngeles ca�dos ni a ning�n 
hombre del para�so, como Ad�n, por ejemplo.

Por lo tanto, Dios no desea ver al hombre como Ad�n o como 
Eva, por ejemplo, impacientes en sus corazones, por comer del 
fruto de alg�n �rbol extra�o, como estatuas, que no sea del 
�rbol de la vida, Jesucristo, porque esto es un error 
terrible de gran maldici�n en sus vidas, en la tierra y en el 
para�so, tambi�n. Porque realmente esto es un error terrible 
para el coraz�n y para la vida eterna del hombre y de la 
mujer, en la tierra y para su nueva vida infinita, todo lo 
que sea �l, en el m�s all�, como en el infierno o como en el 
lago de fuego. Porque al cielo o al para�so no regresara 
jam�s ninguno de ellos, con frutos extra�os de im�genes, 
estatuas, cuadros, �dolos etc., en su coraz�n y en todo su 
ser. 

Adem�s, Dios no desea ver este mal terrible para ninguno de 
sus hijos y de sus hijas, como Ad�n y Eva, por ejemplo, en 
todos los lugares de la tierra, sino todo lo contrario. M�s 
bien, Dios desea que cada uno de ellos sea paciente en su 
coraz�n para con su Dios y para con su Hijo amado, el Se�or 
Jesucristo y as� espere por su perd�n y por sus muchas y 
ricas bendiciones de salud y de vida eterna, que vienen con 
el perd�n de su Dios y de su salvador eterno, Jesucristo. 

Y as� entonces coma y beba tambi�n con paciencia de su fruto 
de vida eterna, el Se�or Jesucristo, su �nico Verbo de vida y 
de salud infinita para todo hombre, mujer, ni�o y ni�a de la 
humanidad entera, en el para�so y en todos los lugares de la 
tierra, de hoy en d�a y por siempre, en la eternidad 
venidera. Porque nuestro Padre Celestial no permitir� jam�s 
otro fruto extra�o o prohibido que entr� en su nueva vida 
celestial de su Nueva Jerusal�n Santa e Infinita del m�s 
all�, para sus hijos e hijas, obedientes a su palabra, a su 
nombre y a su Jesucristo sobre todas las cosas, en la tierra 
y en el cielo, para siempre.

TENEMOS TESTIGOS ETERNOS, DE QUE SOMOS LINAJE DE LA PACIENCIA 
DE DIOS Y DE SU JESUCRISTO

Por eso, nosotros que hemos formado una nube inmensa de 
testigos videntes, que nos han conocido desde los d�as que no 
ten�amos a Cristo en nuestras vidas y hasta el d�a que 
"comenzamos a vivir" por amor a su nombre y a su gran obra 
sobrenatural, la cual vivi� y muri� por nosotros, para luego 
resucitar en el Tercer D�a. Y s�lo as� entonces Dios poder 
perdonar nuestros pecados: porque nuestros pecados han sido 
muertos con el �ngel de la muerte en nuestras vidas pecadoras 
y en el m�s all�, tambi�n, como en el infierno o el lago de 
fuego eterno, la segunda muerte del alma pecadora del hombre 
de toda la tierra del ayer y de siempre, por ejemplo. 

Porque esta es la obra redentora de la humanidad entera, la 
cual lleva acabo sobre la cima de la roca eterna, en las 
afueras de Jerusal�n, nuestro Jesucristo, y hoy vive en 
nuestros corazones, entonces despojemos de la muerte del 
pecado, en un instante de oraci�n y de fe, en su nombre 
sagrado, para vivir s�lo para la vida verdadera. (Porque la 
vida que hoy por hoy cada uno de nosotros vive, desde el d�a 
que Ad�n descendi� del para�so, con las palabras de mentira 
de Lucifer y con el gusto del fruto prohibido en su boca, 
entonces nosotros hemos vivido la vida de la mentira y de la 
muerte.) Es decir, que la vida que llevamos hoy en nuestros 
corazones, en nuestro conocer, en nuestro sentir, en nuestros 
gustos de las cosa, como humanos que somos, no es la vida del 
�rbol de vida, de Jesucristo ni de Dios, sino del �rbol de la 
ciencia del bien y del mal, del mal de la mentira y de la 
muerte.

Porque s�lo para esto nuestro Dios nos ha creado, para vivir 
su misma vida santa, en el para�so y en su nuevo reino 
celestial; y hoy en d�a, nos encontramos viviendo en la 
tierra, por la maldad de Lucifer y por el error de Eva, por 
haberle cre�do a su palabra mentirosa, de comer del �rbol 
prohibido, por ejemplo. Y �ste mal del pecado es el que nos 
arrastra siempre d�a y noche para hacernos da�o, delante de 
Dios y de su �rbol de vida, pues entonces corramos con 
firmeza y con confianza en nuestros corazones: la carrera que 
tenemos por delante, la cual es el camino de regreso al 
para�so, por medio de nuestra fe, centrada en Jesucristo. 

Porque s�lo en la paciencia de Dios podemos vencer realmente 
d�a a d�a el mal del pecado en nuestras vidas; ya que 
nosotros mismos somos hijos de su paciencia y de la pasi�n 
del Se�or Jesucristo, hacia cada uno de nosotros, en el 
cielo, en la tierra y de nuevo de regreso, al nuevo reino 
celestial del m�s all�. Y esto es verdad en cada uno de 
nosotros, comenzando con Ad�n, por ejemplo, de la misma 
manera que cuando nuestro Dios nos toma del fango de la 
tierra, para comenzar a moldearnos en su imagen y conforme a 
su semejanza santa, con gran paciencia en su coraz�n, 
sabiendo aun que seriamos pecadores al fin. 

En verdad, somos hijos del esp�ritu de la paciencia de Dios, 
por amor a su Hijo amado, el Se�or Jesucristo en nuestras 
vidas terrenales y celestiales, tambi�n, en el para�so y en 
el reino de los cielos. Para que en un d�a como hoy, por 
ejemplo, nos arrepintamos de nuestros males eternos, y 
entonces vivamos para �l y m�s no para las profundas 
tinieblas de Lucifer y de su mundo de los muertos, en el m�s 
all�, el cual es el infierno violento y eternamente 
tormentoso, para nuestros corazones y para nuestras almas 
eternas, tambi�n. 

Es decir, que nuestro Dios nos ha comenzado a llamar en su 
esp�ritu de paciencia, desde mucho antes que nos formase con 
sus manos, para que seamos hijos eternos del esp�ritu de su 
paciencia y de la pasi�n infinita de nuestro Se�or 
Jesucristo, nuestro �nico posible redentor de nuestras vidas, 
en la tierra y en el para�so, para siempre. Porque nuestro 
Dios nos desea ver siempre pacientes y en paz ante �l, 
esperando por �l, a pesar del peso del mal, para que sus 
dones operen en nuestros corazones y en nuestras vidas, para 
producir cada d�a m�s gloria y m�s honra para su nombre y aun 
mayores glorias y honras que la de sus �ngeles del reino 
celestial. 

Porque para esto Dios nos ha entregado los dones 
sobrenaturales de su Esp�ritu, mucho antes que formase los 
cielos y la tierra, y mucho antes que formase toda vida 
humana, tambi�n, con el fin de que vivamos por siempre por 
�l, perennemente confiando en sus dones sobrenaturales de su 
Esp�ritu, para gloria y para honra infinita de su nombre. Por 
esta raz�n, el siervo y la sierva de Dios no deben de ser 
querellantes ni pol�micos con nadie ni menos con su Dios y 
Creador de su vida, que est� en los cielos, sino apto siempre 
para obedecer al esp�ritu vivo de su nombre glorioso, el 
nombre de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo!

Pues as� podr�n corregir con mansedumbre los que se desv�an 
por el camino del mal y de la mentira, por si quiz�s les 
conceda nuestro Dios mismo a que se arrepientan de sus malas 
pasos y malas acciones en contra de ellos mismos y de sus 
pr�jimos, como quererles destruir sus vidas para robarles sus 
pertenencias, por ejemplo. Y Dios perdonara todo pecado; es 
m�s, Dios perdonara a todo pecador, con el fin de que 
comprenda la verdad y la justicia verdadera que ha ca�do en 
su vida, de una manera u otra, y est� en �l (o en ella) la 
maldici�n constante del fruto prohibido de Ad�n, por no 
conocer a su redentor del para�so, a Jesucristo.

De hecho, esto es el mal eterno de la condena de muerte 
infinita del infierno, por ejemplo, porque no conocen la 
verdad de nuestro Dios ni menos la justicia infinita de la 
paciencia de su Hijo amado, el salvador de sus vidas, el 
Se�or Jesucristo. Por eso, Dios mismo llevara a juicio eterno 
a su Tribunal Celestial a todo pecador y a toda pecadora de 
toda la tierra que no le ame a �l, en el esp�ritu de la vida 
santa y sumamente honrada de su Hijo amado, �el Se�or 
Jesucristo!

Porque, adem�s, es que realmente cada uno de ellos es 
eternamente responsable ante el Tribunal de Dios y de su 
Jesucristo, de cada una de sus palabras y de cada una de sus 
acciones personales hacia los dem�s, cualquiera que sean 
todas ellas, en la tierra y en el para�so, tambi�n, hoy en 
d�a y por siempre, en la eternidad. Porque libros han sido 
escritos d�a y noche por el Esp�ritu de Dios y por los 
�ngeles del cielo, tambi�n, grabando en todo momento cada 
palabra y cada acci�n de todo hombre y mujer de la humanidad 
entera, para su justo juicio final en la tierra y en el m�s 
all�, tambi�n. 

Para que en su d�a final entonces d� cuenta ante Dios, por 
cada uno de sus pensamientos, por cada una de sus palabras y 
por cada una de sus obras, sean buenas o malas, en el para�so 
y en la tierra. Pues de todas ellas han de dar cuentas ante 
el Tribunal Supremo y Juicio Final de todas las cosas ante 
Dios, en el mismo lugar de su creaci�n y de su vida eterna, 
en la tierra santa del para�so y del reino de los cielos, 
tambi�n, por ejemplo.

Porque el pecado del hombre ha de ser juzgado, en el mismo 
lugar en donde empez�, en el coraz�n de Eva primero y luego 
en el coraz�n de Ad�n y de cada uno de sus descendientes, 
como t� y yo, hoy en d�a, en la tierra, por ejemplo, mi 
estimado hermano y mi estimada hermana, si no vivimos por 
Cristo. Y el que fuese hallado sin Cristo en su coraz�n ni 
con su nombre personal escrito en "el libro de la vida" en el 
para�so, entonces no tendr� m�s perd�n de Dios, por sus malas 
acciones de su vida por la tierra, por lo tanto, su fin ha de 
ser el lago de fuego. 

Su segunda muerte final, en donde el azufre es abundante y 
eternamente violento, y en donde el gusano jam�s se cansa de 
morder y de comer pedazo a pedazo del coraz�n y del alma 
rebelde a Dios y a su Ley Viviente, en la tierra y en el 
cielo, hoy y para siempre, en la eternidad venidera. Y como 
Dios jam�s ha deseado este terrible mal para ning�n hombre, 
mujer, ni�o o ni�a de toda su creaci�n, en el para�so ni en 
toda la tierra de nuestros d�as, entonces ha sido paciente 
para con cada uno de nosotros, d�ndonos de su amor d�a y 
noche y, a la vez, cuid�ndonos y hasta mim�ndonos con su 
Esp�ritu Santo. 

Es decir, regal�ndonos: milagros, maravillas y muy ricas 
bendiciones de sanidades y de muchas cosas m�s de la vida 
santa del m�s all�, con los poderes sobrenaturales de los 
dones de su Esp�ritu Santo, para que vivan y jam�s vean el 
mal de la muerte en la tierra, ni menos en el m�s all�, como 
en el  infierno. Para que entonces se arrepientan de sus 
malas palabras y de sus acciones en contra de toda vida, y 
s�lo as� puedan en su momento recibir a su Dios y Creador de 
sus vidas en el esp�ritu vivo, de su paciencia infinita hacia 
ellos, con s�lo invocar el nombre sagrado de su Hijo, el 
salvador del mundo, �el Se�or Jesucristo! 

Por esta raz�n, Dios ha deseado siempre que ninguno de sus 
siervos y siervas sea contencioso en contra de nadie ni por 
ninguna raz�n, tambi�n, sino por lo contrario: siempre amable 
en los poderes sobrenaturales, de los dones de su Esp�ritu 
Santo, para bendecir su vida e enriquecerla para su Dios y 
para su Hijo amado, el Se�or Jesucristo. Para que entonces su 
alma viva para su Dios y para su gran obra infinita, s�lo 
posible en la vida eterna y sumamente honrada de su Hijo 
amado, el Santo de Israel y de la humanidad entera, �el Se�or 
Jesucristo! 

Pues para esto nuestro Dios ha trabajado desde siempre, desde 
los primeros d�as de la antig�edad y hasta nuestros tiempos, 
por ejemplo, para que cada uno de sus hijos e hijas, como 
todos los hombres, mujeres, ni�os y ni�as de toda la tierra, 
entonces sobrevivan sus males eternos, pero con su amor y la 
pasi�n infinita de Jesucristo. Y as� ninguno de ellos caiga 
en la trampa del esp�ritu de error y de las malas acciones de 
Lucifer y de sus palabras, llenas de mentira y de muertes 
eternas, como cayeron en su d�a Ad�n y Eva, por ejemplo, en 
el para�so, sino todo lo contrario. 

Y esto es, que cada uno de ellos crea eternamente a su verdad 
y a su justicia infinita, la de su Hijo, Jesucristo, para que 
vea su salud y su vida eterna, desde ya, en sus d�as de vida 
por la tierra y hasta que entre de lleno en su ultimo d�a a 
su nuevo lugar celestial, en el cielo. Por todo ello, mis 
estimados hermanos y mis estimadas hermanas tengan por 
siempre por su gozo infinito de sus corazones, cuando se 
encuentren ante la presencia del enemigo que se acerca a 
ustedes con grandes maldades y trampas eternas, de las 
profundas tinieblas de Lucifer y de sus �ngeles ca�dos, para 
hacerlos tropezar y as� caigan en su mal eterno. 

Pero Todopoderoso es nuestro Creador y las multifunciones de 
los poderes sobrenaturales de sus dones celestiales, para 
salvaguardarlos de cada una de las artima�as de nuestro 
enemigo eterno, por muy peque�as o grandes que sean todas 
ellas en contra de cada uno de nosotros, en la tierra y hasta 
en el m�s all�, tambi�n. Realmente, Jesucristo ya las venci� 
cada una de ellas con su misma sangre sant�sima en su vida y 
sobre la cruz de los �rboles secos y sin vida de Ad�n y Eva, 
sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusal�n, 
en Israel, por ejemplo, para que ning�n mal jam�s triunfe 
eternamente en sus vidas. 

Por esta raz�n, sean por siempre pacientes ante su Padre 
Celestial que est� en los cielos y que lo ve todo desde su 
trono, para enviar a tiempo su ayuda hacia cada uno de 
ustedes en la tierra, con los poderes sobrenaturales, de los 
dones de su Esp�ritu y las huestes poderosas en batalla, de 
sus �ngeles celestiales, por ejemplo. Es decir, que nuestro 
Dios tiene toda clase de bendiciones y de ayudas 
sobrenaturales, para defenderlos de los males del pecado, de 
Lucifer y del esp�ritu de error, en la gente de mentira y de 
gran maldad infinita, y hasta tambi�n les ha de salvaguardar 
de los poderes del infierno, el mundo de los muertos eternos, 
el lago de fuego. 

Es por eso, que es muy bueno que sus corazones esperen por su 
Dios, siempre confiando en sus poderes y autoridades de gran 
poder de su Esp�ritu y de su nombre glorioso, de gran amor y 
de salvaci�n eterna, su Hijo, �el Se�or Jesucristo!, en sus 
corazones y en sus vidas de siempre, en la tierra y en el 
para�so. Sabiendo siempre en sus corazones que la prueba de 
su fe, realmente, ha de producir paciencia en abundancia en 
su d�a y en su momento, sin m�s demora alguna. 

Porque ciertamente saben en sus esp�ritus humanos (y lo 
sienten as�), de que tienen un Dios Grande en batalla, y que 
jam�s ha sido derrotado por la gente de mentira ni por sus 
dioses de gran maldad del m�s all�, como Lucifer y como sus 
huestes de las profundas tinieblas, del mundo de los muertos, 
el infierno, por ejemplo. Es por eso, que con la paciencia 
del Esp�ritu y de sus dones sobrenaturales obrando en cada 
momento de sus vidas, por medio de sus corazones, en sus 
alabanzas, ruegos, suplicas, intercesiones a Dios, por 
ustedes mismos o por los suyos, en el nombre de Jesucristo, 
entonces Dios ha de responderles, aunque no se den cuenta de 
nada, al momento. 

En verdad, Dios mismo ha de obrar maravillas, milagros y 
grandes prodigios en los cielos y en la tierra, para bendecir 
sus vidas a tiempo (y fuera de tiempo), en nuestra virtud 
cristiana, para gloria y para honra infinita de su nombre y 
de su gran redentor de sus almas eternas, su �rbol de vida, 
su Hijo, �el Se�or Jesucristo! Porque mayor gloria para el 
coraz�n de Dios, como para el coraz�n de su Esp�ritu Santo y 
de sus �ngeles, como los corazones de todos los hombres, 
mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad entera, tambi�n, no 
hay otra igual que no sea �nico salvador eterno, el Hijo de 
David, el Cristo �el Se�or Jesucristo!

El amor (Esp�ritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su 
Jesucristo es contigo.


�Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


D�gale al Se�or, nuestro Padre Celestial, de todo coraz�n, en 
el nombre del Se�or Jesucristo: Nuestras almas te aman, 
Se�or. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras 
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y 
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, tambi�n, para 
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el 
Se�or Jesucristo.

LOS �DOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los �dolos han sido desde siempre: un tropiezo 
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un 
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en 
tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre 
Celestial y de su Esp�ritu Eterno. Pero todo esto tiene un 
fin en tu vida, en �sta misma hora crucial de tu vida. Has de 
pensar quiz� que el fin de todos los males de los �dolos 
termine, cuando llegues al fin de tus d�as. Pero esto no es 
verdad. Los �dolos con sus esp�ritus inmundos te seguir�n 
atormentando d�a y noche entre las llamas ardientes del fuego 
del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de 
Dios. En verdad, el fin de todos estos males est� aqu� 
contigo, en el d�a de hoy. Y �ste es el Se�or Jesucristo. 
Cree en �l, en esp�ritu y en verdad. Usando siempre tu fe en 
�l, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos 
de la presencia terrible de los �dolos y de sus huestes de 
esp�ritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de 
los tuyos tambi�n, en la eternidad del reino de Dios. Porque 
en el reino de Dios su Ley santa es de d�a en d�a honrada y 
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos 
�ngeles. Y t� con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada 
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, 
cada palabra, cada oraci�n, cada tilde, cada categor�a de 
bendici�n terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, 
cada se�or�o, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada 
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas 
bendiciones de la tierra, del d�a de hoy y de la tierra santa 
del m�s all�, tambi�n, en el reino de Dios y de su Hijo 
amado, �el Se�or Jesucristo!, �El Todopoderoso de Israel y de 
las naciones!

S�LO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la �nica ley santa de Dios y del Se�or Jesucristo en 
tu coraz�n, para bendecirte, para darte vida y vida en 
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha 
venido diciendo as�, desde los d�as de la antig�edad, desde 
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendr�s otros dioses delante de m�". 

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te har�s imagen, ni ninguna semejanza 
de lo que est� arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni 
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinar�s ante ellas 
ni les rendir�s culto, porque yo soy Jehov� tu Dios, un Dios 
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, 
sobre la tercera y sobre la cuarta generaci�n de los que me 
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a 
los que me aman y guardan mis mandamientos". 
 
TERCER MANDAMIENTO: "No tomar�s en vano el nombre de Jehov� 
tu Dios, porque �l no dar� por inocente al que tome su nombre 
en vano". 

CUARTO MANDAMIENTO: "Acu�rdate del d�a del s�bado para 
santificarlo. Seis d�as trabajar�s y har�s toda tu obra, pero 
el s�ptimo d�a ser� s�bado para Jehov� tu Dios. No har�s en 
ese d�a obra alguna, ni t�, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu 
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que est� 
dentro de tus puertas. Porque en seis d�as Jehov� hizo los 
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y 
repos� en el s�ptimo d�a. Por eso Jehov� bendijo el d�a del 
s�bado y lo santific�". 
 
QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que 
tus d�as se prolonguen sobre la tierra que Jehov� tu Dios te 
da". 
 
SEXTO MANDAMIENTO: "No cometer�s homicidio". 

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometer�s adulterio". 

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robar�s". 

NOVENO MANDAMIENTO: "No dar�s falso testimonio en contra de 
tu pr�jimo". 
 
DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciar�s la casa de tu pr�jimo; no 
codiciar�s la mujer de tu pr�jimo, ni su siervo, ni su 
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu 
pr�jimo". 

Entr�gale tu atenci�n al Esp�ritu de Dios y d�shazte de todos 
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno 
de los tuyos, tambi�n. Hazlo as� y sin mas demora alguna, por 
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los 
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus 
�dolos y de sus im�genes de talla, aunque t� no lo veas as�, 
en �sta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, 
tambi�n. Y t� tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de 
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde 
los d�as de la antig�edad, para seguir destruyendo sus vidas, 
en el d�a de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos 
males en sus vidas, sino que s�lo �l desea ver vida y vida en 
abundancia, en cada naci�n y en cada una de sus muchas 
familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Se�or 
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y 
digamos juntos la siguiente oraci�n de Jesucristo delante de 
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y 
salvador de todas nuestras almas: 

ORACI�N DEL PERD�N

Padre nuestro que est�s en los cielos: santificada sea la 
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo 
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el 
cielo as� tambi�n en la tierra. El pan nuestro de cada d�a, 
d�noslo hoy. Perd�nanos nuestras deudas, como tambi�n 
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en 
tentaci�n, mas l�branos del mal. Porque tuyo es el reino, el 
poder y la gloria por todos los siglos. Am�n. 

Porque si perdon�is a los hombres sus ofensas, vuestro Padre 
Celestial tambi�n os perdonar� a vosotros. Pero si no 
perdon�is a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonar� 
vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Se�or Jes�s dijo, "Yo soy el CAMINO, y la 
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, 
sino es POR M�". Juan 14:

NADIE M�S TE PUEDE SALVAR.

�CONF�A EN JES�S HOY! 

MA�ANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. 

YA MA�ANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA 
TI Y LOS TUYOS, EN EL D�A DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de 
�ste MUNDO y su MUERTE.

Disp�nte a dejar el pecado (arrepi�ntete):

Cree que Jesucristo muri� por ti, fue sepultado y resucito al 
tercer d�a por el Poder Sagrado del Esp�ritu Santo y deja que 
entr� en tu vida y sea tu �NICO SALVADOR Y SE�OR EN TU VIDA.

QUIZ� TE PREGUNTES HOY: �QUE ORAR? O �C�MO ORAR? O �QU� 
DECIRLE AL SE�OR SANTO EN ORACI�N? -HAS LO SIGUIENTE, y di: 
Dios m�o, soy un pecador y necesito tu perd�n. Creo que 
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi 
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a 
venir a mi coraz�n y a mi vida, como mi SALVADOR.

�Aceptaste a Jes�s, como tu Salvador?  �S� _____?  O �No 
_____?

�Fecha? �S� ____?  O �No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de 
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada d�a para conocer mejor a Cristo. Habla con 
Dios, orando todos los d�as en el nombre de JES�S. Baut�zate 
en AGUA y en El ESP�RITU SANTO DE DIOS, adora, re�nete y 
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es 
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de 
Cristo a los dem�s.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros 
cristianos que los hermanos Pentecost�s o pastores del 
evangelio de Jes�s te recomienden leer y te ayuden a entender 
m�s de Jes�s y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros 
cristianos est�n disponibles en gran cantidad en diferentes 
temas, en tu librer�a cristiana inmediata a tu barrio, 
entonces visita a las librer�as cristianas con frecuencia, 
para ver que clase de libros est�n a tu disposici�n, para que 
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer m� libro que he escrito para ti, 
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su 
Hijo amado y as� comiences a crecer en �l, desde el d�a de 
hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la 
paz de Jerusal�n d�a a d�a y sin cesar, en nuestras 
oraciones. Porque �sta es la tierra, desde donde Dios lanzo 
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras 
bendiciones y salvaci�n eterna de nuestras almas vivientes. Y 
nos dice Dios mismo, en su Esp�ritu Eterno: "Vivan tranquilos 
los que te aman.  Haya paz dentro de tus murallas y 
tranquilidad en tus palacios, Jerusal�n". Por causa de mis 
hermanos y de mis amigos, dir� yo: "Haya paz en ti, siempre 
Jerusal�n". Por causa de la casa de Jehov� nuestro Dios, en 
el cielo y en la tierra: implorar� por tu bien, por siempre. 

El libro de salmos 150, en la Santa Biblia, declara el 
Esp�ritu de Dios a toda la humanidad, dici�ndole y 
asegur�ndole: - Qu� todo lo que respira, alabe el nombre de 
Jehov� de los Ej�rcitos, �el Todopoderoso! Y esto es, de toda 
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo 
coraz�n, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y 
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, 
como antes y como siempre, por la eternidad.



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