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Started by valarezo
Wed, 29 Apr 2009 17:40
(IVÁN): JESUCRISTO FUE INMOLADO PARA TODOS COMER DE ÉL BOCADO A BOCADO:
Author: valarezo
Date: Wed, 29 Apr 2009 17:40
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Sábado, 25 de abril, año 2009 de Nuestro Salvador Jesucristo, Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica (Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo) JESUCRISTO FUE INMOLADO PARA TODOS COMER DE ÉL BOCADO A BOCADO: Nuestro Señor Jesucristo fue crucificado a lo alto de los árboles sin vida de Adán y Eva, sobre la cima del monte santo, en las afueras de Jerusalén, en Israel, para ser repartida su carne como “pan del cielo” y su sangre santísima como “la verdadera bebida de la vida eterna”, para perdón, salud, bendiciones sin fin y salvación eterna. Por ello, degollar el novillo delante de nuestro Padre celestial, a la entrada del tabernáculo de reunión, era la voluntad divina que los sacerdotes levitas de la Casa de Israel tenían que llevar acabo, durante el holocausto del sacrificio de la Pascua y de los sacrificios de cada día también, delante de nuestro Padre celestial que está en el cielo. Todo esto era hecho cada día por los levitas, para “derramar continuamente la sangre santa del pacto eterno”, porque nuestro Padre celestial “tenia que ver constantemente la sangre santísima de su Hijo amado”, el mismo Hijo de David de siempre, sobre la vida de cada uno de sus hijos e hijas, para perdonarlos y sanarlos de todas sus dolencias habituales. (Así pues también, hoy en día, nuestro Padre celestial “tiene que ver la sangre inmolada de su Hijo Jesucristo en tu vida”, para perdón y sanidad de todos los males de Satanás, como de los que vez y hasta de los que no (vez), para que vivas en paz y feliz los días de tu vida por la tierra.) Aquí, nuestro Señor Jesucristo, como el Hijo de David, fue el Cordero de Dios del Día de la Pascua, para ser degollado, de una vez por todas y para siempre, por la Casa de Israel y por los pecadores del mundo entero sobre la cima del monte santo, en las afueras de Jerusalén, en Israel. Porque es en las afueras de la ciudad celeste de la Nueva Jerusalén del cielo, en donde nuestro Padre celestial espera cada día por la llegada de regreso a la vida eterna no solamente de Adán y Eva, sino también de cada uno de sus millares de descendientes, de todas las familias de las naciones del mundo entero. Por eso fue que nuestro Señor Jesucristo, como el Cordero de Dios, el Cordero de la Pascua eterna para la liberación de Israel del poder de la esclavitud egipcia, entonces se manifestó grandemente en su día a Moisés y en las afueras de las ciudades de Egipto sobre lo alto del Sinaí. (Éste escenario se parece mucho al encuentro de Israel y de los pecadores gentiles sobre la cima del monte santo (el Gólgota), en las afueras de Jerusalén, en Israel, para liberación eterna de las profundas tinieblas de la esclavitud del pecado, la mentira, las maldiciones y de las muertes eternas de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera.) Y, de allí en adelante, cada vez que había un sacrifico o sacrificios, entonces tenia que ser llevado acabo en las afueras del tabernáculo de reunión, para que el aroma rico del sacrificio, de su cuerpo santo y de su sangre viva subiera delante de nuestro Padre celestial que está en el cielo, personificando así el sacrificio eterno de su Jesucristo. Visto que, es el aroma sumamente grato de la verdad, justicia, santidad, perfección, vida intachable (gloriosa y grandemente victoriosa sobre el pecado de Satanás), salud, poder y, además, nuevas glorias infinitas de su Hijo Jesucristo, lo que realmente le agrada a nuestro Padre celestial cada día de nuestras vidas por la tierra y así también en el paraíso, eternamente y para siempre. Es decir, que siempre que había un sacrificio delante de nuestro Padre celestial, entonces tenia que ser en las afueras del tabernáculo de reunión, como señal de “cómo iba a ser sacrificado el Cordero de la Pascua celestial”, en las afueras de Jerusalén y sobre su monte santo, para fin del pecado y el comienzo de la verdadera vida para todos. Además, cuando los sacrificios diarios de Israel eran llevados acabo en las afueras del tabernáculo de reunión, entonces nuestro Padre celestial presenciaba literalmente como su Hijo amado, el Hijo de David, iba a ser entregado a los pecadores de Israel y del mundo entero, para ser sacrificado para expiación de sus pecados eternos, con sólo el derramamiento espectacular de su sangre santísima. Por cierto, esto era algo glorioso para nuestro Padre celestial y para sus ángeles fieles del cielo observar cada día y cada noche, durante el proceso de los rituales de los sacrificios de cada uno de los corderos, por las manos de los levitas israelíes, para perdón de pecados y liberación de las tinieblas de Satanás en sus vidas cotidianas. Además, también, esto era algo de cada día en la Casa de Israel, como para la eternidad, ya sea por el desierto o ya en Israel mismo, con toda su gente y gentiles también y sus sacerdotes levitas, para que sus pecados y enfermedades salgan de sus vidas, por el poder milagroso y siempre presente de la sangre de Jesucristo. Es decir, que los sacrificios de sangre de los corderos, y finalmente el sacrificio supremo de nuestro Señor Jesucristo sobre la cima santa, en las afueras de Jerusalén, en Israel, no fue sorpresa alguna para nadie—puesto que todos esperaban por éste gran día eterno de nuestro Padre celestial, para perdonar a Israel y a la humanidad entera de sus pecados. Por eso, era necesario que cada día y cada tarde se ofreciesen sacrificios sin tacha alguna en sus cuerpos de corderos, terneros, chivos, vacas, toros y demás delante de nuestro Padre celestial, para que por medio de la sangre del animal, “simbólica a la sangre del pacto eterno” de nuestro Señor Jesucristo, entonces sea derramada por tierra «para perdón» de nuestros pecados. Ciertamente que no era posible el perdón de nuestro Padre celestial por los pecados de cualquier persona, familia, nación o naciones del mundo entero en aquellos días, y lo mismo sigue siendo verdad ahora, con todas las naciones de la humanidad entera; porque sin el derramamiento de sangre mesiánica, entonces «no hay expiación posible alguna» por el pecado de nadie jamás. Pero gracias a nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de David, porque él mismo (y no otro) derramo su sangre santa sobre los árboles cruzados de Adán y Eva sobre la cima santa, en las afueras de Jerusalén, en Israel, para fin de nuestros pecados y males eternos también de cada día por toda la tierra y del más allá, para siempre. Por eso, nuestro Padre celestial nos llama desde el cielo a comer y a beber de su Jesucristo cada día y cada noche de nuestras vidas por la tierra, para que Satanás jamás se vuelva a acercar a nuestras vidas con sus engaños de siempre, para hacernos tropezar en sus mentiras, como lo hizo con Adán y Eva en el paraíso. Porque Satanás engaño por medio de la serpiente primeramente a Eva, para finalmente tocar a Adán y así a cada uno de sus retoños por toda la tierra con sus mimas mentiras de siempre, pero dichas con otras palabras, para que jamás coman de la carne ni beban de la copa de vida: dado que es sólo Jesucristo quien nos da vida continuamente. Nuestro Señor Jesucristo nos limpia del mal a cada momento de nuestras vidas, si tan sólo comemos de su carne, el pan del cielo, y bebemos de su sangre del pacto eterno, la copa de vino de la verdadera vida, para que nuestra carne entonces sea libre de tinieblas y nuestra sangre sea expiada de enfermedades y de muertes sin fin. Por esta razón, nuestro Señor Jesucristo descendió del cielo para nacer santo y libre de pecado, para entonces no solamente vivir su vida santísima del Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos, sino también para decirle a Israel y a las naciones del mundo entero: Sólo yo soy el Pan del cielo de vida eterna, para todos los que aman a Dios. Y sólo así, no solamente Israel puede tener comunión y reconciliación eterna con nuestro Padre celestial y con su Espíritu Santo a cada hora, sino que también cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, comenzando con Adán y Eva, por ejemplo. Por ello, sólo nuestro Señor Jesucristo viviendo con su carne inmolada y con su sangre resucitada en el tercer día, en nuestros corazones y en nuestro espíritu humano, entonces podremos tener paz y comunión con nuestro Padre celestial que está en el cielo; por eso, Jesucristo resucitado tiene que vivir en nosotros cada día, para vivir libres de Satanás para siempre. Fue por esta razón que nuestro Padre celestial le ordeno a Adán comer de todos los frutos de los árboles del paraíso, incluso el fruto del árbol de la vida, su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, pero jamás podría comer del fruto prohibido. Porque el día que comiera del árbol de la ciencia del bien y del mal, entonces comenzaría a morir delante de Él y de su vida santa del paraíso y del nuevo reino celestial, para jamás llegar a conocer la verdadera vida del espíritu humano, sino el fuego incesante del infierno tormentoso del más allá. Además, nuestro Padre celestial no había creado con sus manos santas al hombre, para que coma siempre del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal para morir, sino del árbol de la vida y de cada uno de sus demás árboles del paraíso, de la tierra y de la Nueva Jerusalén celestial para vivir feliz, infinitamente. Para que de esta manera, nuestra carne pecadora y rebelde, nuestros huesos débiles y quebrantados, y nuestra vida humana cansada de vivir rebelde a Dios, no sea del árbol del fruto prohibido jamás, sino, todo lo contrario, del fruto del árbol de la vida eterna, su Hijo amado, el Hijo de David, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Puesto que, sólo de Jesucristo, cada uno de nosotros, en nuestros millares, puede renovar su vida, en un renacimiento espiritual sumamente santo, para que su carne, sus huesos y su sangre ya no sean de Adán y Eva, los primeros rebeldes del paraíso, sino del árbol de la vida y de la felicidad eterna, para Israel y para la humanidad entera. Por eso, nuestro Padre celestial le ordeno a Adán y así también a cada uno de sus descendientes, comenzando con Abel, por ejemplo, que le traigan delante de su presencia siempre un cordero de un año y sin tacha alguna en su cuerpo, para que sea sacrificado y derramada su sangre sobre su altar santo, para expiación de pecados. Visto que, es por medio del sacrificio del cordero y de su sangre que nuestro Padre celestial “pude ver literalmente el sacrificio santo y la sangre expiatoria de su Hijo amado”, para no solamente expiar por nuestros pecados sino también para sanarnos de todos los males y, a la vez, darnos vida en abundancia, en la tierra y en el cielo infinitamente. Por esta razón, nuestro Padre celestial quería que Adán y Eva, y así también sus retoños, comenzaran a comer de la carne de su Cordero Inmolado, inmolado desde la fundación del cielo y de la tierra, para que la carne, los huesos y la sangre de sus cuerpos humanos sean santos perpetuamente, delante de su presencia santa e infinitamente gloriosa. Porque es ésta carne santa, con sus huesos inquebrantables y su sangre bendita e infinitamente gloriosa, la que nuestro Padre celestial y con su Espíritu Santo siempre quisieron para Adán y así también para cada uno de sus hijos e hijas en toda la tierra, comenzando con Eva y contigo también, hoy en día, mi estimado hermano y mi estimada hermana. Y, además, para que esto se haga una realidad en la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de Israel y así también de cada familia de las naciones de la humanidad entera, entonces tenían que derramar de la sangre del cordero sacrificado, para que seguidamente comer de su carne inmolada delante de la presencia santa de nuestro Padre celestial. Ya que, es el pan del cielo, lo que todos comemos del cordero del sacrificio delante de nuestro Padre celestial cada día y cada noche sin cesar jamás; y éste pan del cielo siempre ha sido la carne santa del árbol de la vida eterna del paraíso, el fruto de nuestra verdadera vida celestial, el Hijo de David, ¡nuestro Señor Jesucristo! Por ello, cada vez que la sangre del cordero (simbolizando a Jesucristo) era derramada por la tierra y, a la vez, salpicada sobre los utensilios santos del altar de nuestro Padre celestial, en sí, era para cubrir nuestras culpas de todos nuestros pecados (pasados, presentes y futuros), para que nuestros cuerpos sanen de los males escondidos del más allá. Porque así como el pecado empezó en el reino angelical con los ángeles revoltosos, así pues también cada enfermedad del hombre y hasta la misma muerte también empezó con los ángeles rebeldes a Jesucristo; porque cuando Adán y Eva empezaron a morir delante de Dios, entonces fue en el paraíso y no en la tierra, como muchos piensan. Entonces cuando somos perdonados de nuestros pecados y, a la vez, sanados de muchos de nuestros males como de enfermedades, epidemias y de muertes terribles, en verdad, somos perdonados y sanados a cada hora del día por nuestro Padre celestial, ¡gracias a la sangre santísima de su Hijo Jesucristo en el reino de los cielos! Por eso, la bebida que tomábamos con la carne de los corderos, no era jamás la sangre del animal, sino bebidas de frutas y hasta de vinos también, en símbolo o representando siempre la sangre del pacto eterno de nuestro Salvador Jesucristo, para que nos limpie de todo pecado y, por siempre, nos proteja del mal traicionero del maligno. Es decir, que comenzando con Adán y Eva y así sucesivamente con todos los siervos de nuestro Padre celestial y a través de la vida de la Casa de Israel, comenzando con el ritual del escape milagroso de la esclavitud egipcia, hemos estado comiendo cada día la carne Inmolada del Cordero de Dios, ¡el Hijo de David!, para también escapar de Satanás. Hemos estado comiendo constantemente y, a la vez, bebiendo de su sangre santísima del pacto eterno entre Dios y el hombre de toda la tierra, llena de perdón, salud y de la verdadera vida celestial para nuestros corazones, almas, cuerpos y espíritu humano, en esta vida y en la vendiera también, eternamente y para siempre. En realidad, hemos hecho constantemente lo que le agrada grandemente a nuestro Padre celestial con la carne Inmolada y con la sangre santísima de su Hijo amado en nuestro diario vivir, para que así le sirvamos a Él, en su espíritu y en su verdad gloriosa, en la tierra y así también por los siglos en la eternidad venidera. Además, nuestro Padre celestial hacía que la gente comiese de la carne del cordero sacrificado y sin jamás beber su sangre, pero si sé bebida de los jugos de los frutos y del vino también, representando siempre la sangre bendita del pacto eterno para perdón y reconciliación de nuestras vidas humanas con la de nuestro Dios que está en el cielo. Y sólo así nuestro Padre celestial podía perdonar los pecados de las gentes cada día y cada noche sin jamás cesar en su intento no solamente de salvar las vidas de los hombres, mujeres, niños y niñas de la Casa de Israel, sino también de sanar y liberar a la humanidad entera de los males constantes del maligno, Satanás. (Gracias a nuestro Señor Jesucristo le debemos dar cada día, porque Satanás no es eterno, ni tampoco sus mentiras.) Por lo tanto, no solamente los levitas sabían que estaban sacrificando y derramando, por tierra y sobre los utensilios santos del altar, la sangre del Cordero de Dios, el Hijo de David, cada vez que sacrificaban a sus animales del sacrificio de cada día y de cada atardecer, sino que también sabían que estaban salvando sus vidas del infierno eterno. Entonces los levitas sabían perfectamente, y así también las familias de las doce tribus de Israel, de que estaban comiendo la carne inmolada del Rey Mesías y, simultáneamente, sabían también de que estaban bebiendo la sangre del pacto para vida eterna, cada vez que bebían de los jugos y del vino de la tierra, escogida por Dios mismo, para éste propósito perpetuo. De esta manera, nuestro Padre celestial cambiaba milagrosamente la carne de Adán y Eva que llevaban sus retoños por toda la tierra, por la carne del Cordero de Dios, el Hijo de David, para que ya no sean más sus cuerpos para Satanás, el fruto prohibido, sino para Él y para su árbol de la verdadera vida legitima, ¡nuestro Señor Jesucristo! Así la gente sabía perfectamente que su carne ya no era la carne del pecado para muerte eterna, al comer de los frutos usuales de la tierra, sino que ahora era su carne santa, la del fruto del árbol de la vida, nuestro Salvador Jesucristo, para bendición, para salud constante y para salvación eterna también de sus almas vivientes. Por ello, cada vez que los hebreos comían de la carne del sacrificio, por ejemplo, entonces su carne dejaba de ser la carne de Adán o de Eva milagrosamente, para ser la verdadera carne del Hijo de Dios, el Hijo de David, libre del enemigo, para que sus vidas ya no sean para la tierra del pecado sino para el mundo celestial. Fue por esta razón que nuestro Señor Jesucristo les decía a sus apóstoles, una y otra vez: Yo no soy de este mundo, en donde han nacido ustedes; yo soy del mundo de arriba, en donde todo es verdad y justicia eterna para todos, ángeles fieles y hombres de la humanidad entera también, para siempre. Así pues, ustedes también no son de este mundo pecador, es decir, si comen de mi carne y beben de mi sangre bendita, como los antiguos lo hicieron cada vez que comían de la carne del cordero sacrificado para derramar su sangre por tierra y sobre el altar divino, para perdón de pecados y para salvación perfecta de sus almas vivientes. Y, hoy en día, cada vez que estemos sentados a la mesa de nuestro SEÑOR, en nuestros hogares de siempre, por ejemplo, pues perfectamente podemos coger el pan y bendecirlo delante de nuestro Padre celestial, dándole gracias por él, para que sea convertido en el pan de vida eterna, para comerlo y así no volvamos a tener hambre jamás. Así también podemos coger nuestras bebidas de siempre y levantarlas al cielo, presentándoselas al SEÑOR, para que las bendigas y las acepte como la sangre del pacto eterno de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, para beberlas y así no volvamos a tener sed jamás, en esta vida ni en la venidera tampoco, para siempre. Y si participamos de la mesa del SEÑOR cada día, como Dios manda, entonces nuestras carnes dejaran de ser rebeldes como la de Adán y Eva, para convertirse en la carne y en la sangre santísima, llena de salud, vida y prosperidad del árbol de la vida, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo entero, ¡nuestro Señor Jesucristo! Así es: cada día y cada noche también podemos comer de la carne y beber del fruto del árbol de la vida, nuestro Señor Jesucristo, como los antiguos hebreos lo hacían en su era, para que nuestro Padre celestial se sienta completamente complacido con cada uno de nosotros, para que Satanás se aleje de nuestras vidas para siempre. Visto que, una vez que Satanás se aleja de nuestras vidas, será entonces porque ya no estamos viviendo en la carne del pecado y rebelión de Adán y Eva, sino en la carne santa, en los huesos inquebrantable, y en la vida gloriosa y sumamente victoriosa de la sangre del pacto eterno, de nuestro Señor Jesucristo y de nuestro Padre celestial. Porque la verdad es que, hoy en día, es la carne pecadora de Adán y Eva, la cual compone tu cuerpo y, aunque no te des cuenta nunca de nada, es la que atrae a Satanás con cada una de sus mentiras, maldiciones y muertes de enfermedades terribles del más allá, para arruinar tu vida y la de los tuyos también. Pero la carne de la sangre santísima del Hijo de David, nuestro árbol de vida y de salud eterna, es la que realmente hace que nuestras vidas sean llenas de bendiciones, salud y de prosperidades sin fin, para que Satanás no vuelva a tocar nuestras vidas con ninguna de sus maldades de siempre, en esta vida ni en la venidera tampoco. Pues éste es nuestro verdadero cuerpo celestial, aunque no lo creas así aún, en el cual cada uno de nosotros fue creado en el comienzo de las cosas en el seno de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, y más no en el cuerpo pecador y rebelde a Dios y a su Jesucristo de Adán y Eva. Pues es el cuerpo de la carne y de la sangre pecadora de Adán y Eva, los cuales habitan en cada uno de nosotros, en nuestros millares, en todos los lugares de la tierra, para sufrir los males más terribles de Satanás y finalmente la muerte eterna en la tierra y así también en el fuego eterno del infierno. Por eso es que, en oración, tenemos que comer cada día y cada noche de la carne y de la sangre del pacto eterno del árbol de la vida, para que nuestros cuerpos sean transformados en el verdadero cuerpo de nuestras almas vivientes, en la tierra y en el paraíso también, como el del Hijo de Dios, ¡nuestro Señor Jesucristo! En la medida en que, es solamente en el cuerpo de la carne y de la sangre santísima de nuestro Señor Jesucristo, en el cual cada una de nuestras almas debería estar viviendo hoy en día, para agradarle por siempre en toda verdad, justicia, santidad, perfección, poder y vida saludable a nuestro Padre celestial que está en el cielo. Ciertamente que cada uno de nosotros tiene que ser siempre sin tacha ni mal alguno en nuestros cuerpos, así como los corderos del sacrifico de cada día delante de nuestro Padre celestial y sobre su altar santo; pues todo esto es sólo posible en nosotros, cuando Jesucristo habita en nuestras vidas con su misma carne y con su misma sangre santísima. Por esta razón, nuestro Padre celestial les decía a los antiguos, por ejemplo: Sean santos, como yo soy santo; sean puros, como yo soy puro; y caminen delante de mi en santidad y en perfección del Espíritu Santo— y, la única manera, en la cual el hombre puede ser santo delante de Dios, será con Jesucristo viviendo ya en su corazón. Puesto que, éste fue el plan de nuestro Padre celestial inicialmente para con cada uno de nosotros, de vivir en el cuerpo de la carne y de la sangre santísima de su fruto de vida y de salud eterna, nuestro Señor Jesucristo, para que Satanás jamás se pueda acercar a nosotros, ni menos engañarnos con sus mentiras mortales y malvadas. Por eso fue que Adán y Eva pecaron mortalmente, porque sus carnes y sus sangres no eran la de su Jesucristo desafortunadamente, ya que rehusaron comer y beber de él, cuando Dios se los ordeno que lo hicieran así en sus días de vida celestial en el paraíso, por ejemplo. Entonces cuando comemos del pan del cielo y bebemos del vino del SEÑOR, realmente, estamos comiendo simbólicamente, como los antiguos hebreos, de la carne Inmortal y bebiendo de la sangre del pacto eterno del Cordero de Dios, nuestro Salvador Jesucristo, para no solamente transformar nuestros cuerpos en cuerpos santos, como de él mismo, sino que podremos desde ya regresar al paraíso. Y regresaremos al paraíso a partir de ahora, porque no solamente somos hijos de Dios, sino porque fuimos creados en los lugares altos y celestiales del reino angelical; por lo tanto, somos ciudadanos legítimos del reino angelical, del paraíso y así también de la tierra y de La Nueva Jerusalén santa y gloriosa del Gran Rey Mesías, ¡el Hijo de David! Regresaremos al paraíso, a la tierra santa de nuestros primeros pasos en nuestro espíritu humano, para comer de los frutos de sus tierras eternas y así también seguir comiendo del fruto del árbol de la vida, el Hijo de David, para jamás volvernos alejar del cielo con una carne y con una sangre totalmente diferente a la de nuestro Salvador Jesucristo. Y seremos eternamente santos y justos para Dios, como Jesucristo mismo, como su Espíritu Santo y como sus ángeles fieles, porque cuando comimos de la carne Inmortal y de la sangre bendita de Jesucristo, verdaderamente, también comimos simultáneamente de su verdad, de su justicia, de su santidad, de su pureza, de su cuerpo y espíritu de vida y salud eterna. Hoy en día, somos santos para los ojos de nuestro Padre celestial; y, además, somos infinitamente justos para vivir la verdadera vida eterna, gracias a la carne Inmolada y a la sangre derramada sobre nuestras vidas del Hijo de Dios, ¡nuestro Señor Jesucristo! Para nuestro Padre celestial somos mucho más que los ángeles fieles a Él en el cielo; en verdad, somos como Él mismo o como su Jesucristo y su Espíritu Santo, por ejemplo: pero si tan sólo comemos de Jesucristo cada día y cada noche y para siempre así en la eternidad venidera del nuevo reino celestial, para todas las naciones. Y al haber comido y bebido del fruto del árbol de la vida, del Cordero de Dios, nuestro Señor Jesucristo, entonces realmente comimos y bebimos de él eternamente, para jamás volver a creer a la mentira de nadie sino sólo a la verdad de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, como de Sus Diez Mandamientos Inmortales, por ejemplo. Dado que, los que viven en el espíritu de la carne inmolada y en la sangre santísima de nuestro Señor Jesucristo, entonces ya no creerán más a las mentiras de Satanás, ni caerán nunca en ninguna de sus trampas mortales, como les sucedió a los ángeles caídos del reino angelical, o a Adán y Eva en el paraíso, por ejemplo. Y esto es verdad, hoy en día, con todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la antigüedad que creyeron en Jesucristo en sus corazones y confesaron con sus labios su nombre santo, para comer por siempre del Cordero Pascual en la tierra y en el paraíso, para no volver a creer más a ninguna mentira de Satanás para siempre. Podemos ver también, por ejemplo, que Satanás intento con lo mejor que tenia en su arsenal de decepciones terribles, para engañar a nuestro Señor Jesucristo con sus mentiras y con sus trampas mortales de siempre, cuando le ofreció el cielo y la tierra con todas las naciones y sus glorias—pero no pudo engañar al Señor jamás—ni por un segundo. Dado que, la carne Inmolada y la sangre del pacto eterno no podrán ser engañadas jamás con las mentiras habituales de Satanás, ni con ninguna de las riquezas del cielo, ni con la gloria de las naciones de la humanidad entera—es totalmente imposible engañar la carne y la sangre de Jesucristo en el hombre y en la mujer de fe. En verdad, el hombre, la mujer, el niño y la niña que comen y beben cada día y cada noche del fruto del árbol de la vida del paraíso, vivirán por siempre llenos de milagros, de maravillas, de señales y de prodigios en sus vidas por la tierra y del paraíso también; es más, nada les será imposible a ellos infinitamente. Por eso es que nuestro Señor Jesucristo les decía a sus apóstoles una y otra vez, por ejemplo: Mi carne es verdadera comida, para bien eterno; porque cuando coman de ella, jamás volverán a tener hambre en esta vida ni en la venidera tampoco, para siempre. Y cuando beban de mi sangre, beberán por siempre verdadera bebida; porque, sin duda alguna, estarán bebiendo verdadera bebida de la nueva vida eterna del cielo, para no volver a tener sed jamás, en esta vida ni en la venidera tampoco, eternamente y para siempre. Dado que, cuando comen de la carne santa y beben de la sangre del pacto eterno entre Dios y el hombre, entonces realmente sus pecados desaparecen con sus tinieblas y males eternos, porque ahora estarán siendo alimentados cada día de toda verdad, justicia, santidad y gloria celestial—para jamás volver a caer en las tinieblas, de ninguna mentira de Satanás. Así pues, los hebreos antiguos pudieron escapar los grandes poderes del mal eterno que estaban viviendo bajo el yugo del imperio Egipcio, porque no solamente Jesucristo les habla por medio de Moisés desde el Sinaí, sino también porque comieron de su carne y bebieron de su agua de vida y de salud eterna, para salir huyendo de Satanás para siempre. Pues, fue la sangre del pacto eterno entre Dios e Israel del Cordero Escogido, el Hijo de David, el cual no solamente lo untaron primeramente sobre los marcos de las puertas de sus corazones, sino también sobre las jambas de las puertas de sus casas, para que el ángel de la muerte no matara al primogénito de sus familias. En aquella noche bíblica, todos los primogénitos de los egipcios, incluyendo los primogénitos de sus animales, murieron, porque el ángel destructor se acerca a las puertas de sus corazones y de sus hogares, y no vio la sangre del Hijo de David sobre ninguna de ellas, para fin inmediato de sus vidas en sus tierras. Así pues, también el ángel de la muerte se acerca cada vez que puede a las puertas de los hogares de las familias de la tierra, y si no ve la presencia del espíritu de la sangre y de la vida gloriosa del Cordero Inmolado, nuestro Señor Jesucristo, en ninguno de sus familiares, entonces se lleva a alguno de ellos. Pero si ve el espíritu de la sangre y de la vida gloriosa del Hijo de David en sus vidas, entonces el ángel destructor ni se atreve a pasar por esa casa, ni mucho menos a acercarse a ella ni a ninguna de las casas aledañas, sino que huye siempre de la presencia santísima de la sangre del pacto eterno. Ciertamente que la presencia del espíritu de la sangre inmortal del Cordero Pascual de Dios tiene grandes poderes sobrenaturales en la vida de cada uno de nosotros, seamos hebreos o gentiles, en la tierra y en el paraíso; por eso, tenemos que comer de la carne Inmolada y beber del vino de la Copa del SEÑOR cada día, para vivir infinitamente felices. Para que así seamos no solamente transformados en la carne viva y en la sangre sagrada del Hijo de David, para gloria y honra de nuestro Padre celestial, sino que también seamos lleno del espíritu de la verdad, santidad, justicia, perfección, salud y vida eterna de bendiciones sin fin, para nuestras vidas por la tierra y así también del cielo infinitamente. Sólo tenemos que creer una sola vez en nuestros corazones y así confesar su nombre santo con nuestros labios delante de la presencia gloriosa de nuestro Padre celestial, para que “jamás nos falte en nuestras vidas” el pan del cielo ni de la copa de vino para vida y salud eterna de nuestros corazones, almas, vidas, cuerpos y espíritu humano. Ciertamente que al ser llenos del espíritu de la carne y de la sangre santísima de nuestro Señor Jesucristo, entonces somos llenos de toda verdad, justicia, santidad, perfección, vida, poderes sobrenaturales de milagros, maravillas y de prodigios en los cielos y en la tierra, para agradar por siempre a nuestro Padre celestial y a su Espíritu Santo para la eternidad. Verdaderamente, si ya has comido y bebido del fruto del árbol de la vida, entonces no temas nada de este mundo pecador, porque la misma carne y sangre santísima que has comido y bebido de nuestro Señor Jesucristo son las que vencieron al mundo entero, por ti y por los tuyos también, para honra eterna de nuestro Padre celestial. Créelo así, eres más que vencedor en esta vida y en la venidera también, gracias a la carne Inmolada, los huesos inquebrantables y la sangre resucitada de la vida mesiánica del Hijo de David, para sólo vivir en eterna paz, verdad, justicia, santidad, perfección de milagros, maravillas y de grandes prodigios en los cielos y en la tierra, para siempre. Pues entonces, sigue comiendo y bebiendo de Jesucristo poco a poco, para que llegues a ser exactamente como él, desde hoy mismo. Sólo “él es el pan del cielo de Adán y Eva”, el cual debieron comer bocado a bocado en sus días de vida en el paraíso, pero no lo hicieron—porque la mentira entro en sus corazones, en su sangre y en su espíritu humano, para mal de cada día de muchos en la tierra y en el más allá también. Pero, sin embargo, nada está perdido aún, si sólo sigues comiendo y bebiendo fielmente bocado a bocado de Jesucristo, como el fruto de vida y de salud eterna para tu alma viviente y para las almas vivientes de los tuyos también, en todos los lugares de la tierra, hoy y por siempre. Que nuestro Padre celestial te siga enriqueciendo y bendiciendo grandemente con su Espíritu Santo de Sus Diez Mandamientos, como es normal en el reino de los cielos, en el paraíso, en Israel, en nuestros países y en La Nueva Jerusalén santa y perfecta del cielo, en el nombre glorioso de su Hijo amado, nuestro Salvador Jesucristo, ¡Amén! El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo es contigo. ¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre! Dígale al Señor, nuestro Padre celestial, de todo corazón, en el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para siempre, Padre celestial, en el nombre de tu Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo. LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche, (Deuteronomio 27: 15-26): “‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley perfecta de nuestro Padre celestial), y la tenga en un lugar secreto!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las naciones! SÓLO ÉSTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos: PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”. SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”. TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”. CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y lo santificó”. QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”. SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”. SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”. OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”. NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu prójimo”. DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”. Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, también. Hazlo así y sin más demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra. Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas: ORACIÓN DEL PERDÓN Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén. Porque sí perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”. Juan 14: NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR. ¡CONFÍA EN JESÚS HOY! MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY. - Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y su MUERTE. Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete): Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA. QUIZÁS TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR. ¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____? ¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____? Sí tu respuesta fue Sí, entonces esto es solo el principio de una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora: Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de Cristo a los demás. Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios. Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que te goces en la verdad del Padre celestial y de su Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre. El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre. El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, para la eternidad. http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp?playertype=wm%20%20/// http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx http://radioalerta.com
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