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1 total messages Started by IVAN VALAREZO Sun, 04 Mar 2007 03:37
(IV�N): ALABANDO A DIOS en ORACI�N
#81
Author: IVAN VALAREZO
Date: Sun, 04 Mar 2007 03:37
3106 lines
168704 bytes
s�bado, 03 de marzo, a�o 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo, 
Guayaquil, Ecuador - Iberoam�rica 


(Este Libro fue Escrito por Iv�n Valarezo)
 

ALABANDO A DIOS en ORACI�N

Hemos sido creados en las manos y en el Esp�ritu del SE�OR, 
para alabar y para orar por siempre a �l, en el nombre 
sagrado de su Hijo, �el Se�or Jesucristo!, para que nuestras 
vidas sean rectas y llenas de las riquezas de su Esp�ritu y 
de su �rbol de vida, en el para�so y en su nueva creaci�n 
infinita. Y s�lo Lucifer desea que nosotros no caminemos por 
el camino de la verdad y de la vida eterna, el �rbol de Dios, 
el Se�or Jesucristo, como lo hizo con Ad�n y Eva, en el 
para�so, por ejemplo. Para que jam�s conozcamos la verdad que 
nos creo en el principio de toda las cosas, en el m�s all�. 
(Cu�date, pues, Satan�s est� enojado con tu �nica verdad 
infinita, la de tu alma eterna, �el Se�or Jesucristo!)

Ya que, hemos sido creados del polvo de la tierra, en manos 
santas y puras, para vivir la verdad de nuestro Padre 
Celestial y de su Hijo amado, y no vivir jam�s la mentira del 
esp�ritu de error de Lucifer y de sus �ngeles ca�dos, por 
ejemplo. Como hoy en d�a sucede con todo hombre y mujer que 
aun no conoce su �nica vida, su verdad infinita, al Se�or 
Jesucristo. A pesar de todo, nosotros hemos de vivir la 
verdad de Dios de su Hijo amado, y no la vida de la mentira, 
como hoy en d�a, por ejemplo, en toda la tierra, porque hemos 
salido de su �nica verdad infinita, para vivir s�lo la nueva 
vida eterna del nuevo reino de los cielos.

Por ello, todo aquel que vuelve a nacer de Dios, entonces 
s�lo nacer� del Esp�ritu de la verdad infinita de nuestro 
Padre Celestial y de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! 
Porque de otra verdad, el hombre, la mujer, el ni�o la ni�a 
de la humanidad entera, no podr� nacer jam�s. Es por eso, 
tambi�n, que para nuestro Dios no existe otra verdad, en el 
para�so o en la tierra, que no sea su �rbol de vida eterna, 
su Hijo amado, el Cristo de Israel y de la humanidad entera.
 
Por lo tanto: �Benditos todos los que habitan en la tierra y 
en el para�so, en la casa de nuestro Dios eternamente y para 
siempre! Porque ellos continuamente le alabar�n en el 
esp�ritu viviente de su presencia sagrada. Puesto que, aunque 
el Esp�ritu de Dios est� en todos los lugares de la tierra, 
por su omnipresencia, pues en la casa del SE�OR est� su "celo 
infinito" por el nombre y por toda la palabra de la boca y de 
la Ley Eterna de nuestro Dios y de sus pueblos eternos, 
tambi�n. Por eso, hoy m�s que nunca, ll�nate del Esp�ritu de 
Dios, con la ayuda del Se�or Jesucristo y de nuestro Padre 
Celestial, para que crezcas por siempre aun mucho m�s alto 
que las tinieblas m�s altas del m�s all�.

Y es �ste Esp�ritu, de verdad y de justicia, por el celo de 
nuestro Dios y de su vida santa, el que nos llena de gozo d�a 
y noche y por siempre. Del gozo viviente de la presencia 
sagrada de nuestro Dios, en la tierra y as� tambi�n en el 
para�so y en su nueva eternidad venidera, para todo �ngel del 
cielo y para todo hombre mujer, ni�o y ni�a de la humanidad 
entera. Porque el Esp�ritu Santo nos ha de llenar de su 
presencia santa, como siempre lo ha hecho con Dios y con su 
�rbol de vida eterna y cada uno de sus seres creados del 
cielo, por ejemplo.

Y, hoy en d�a, �ste gozo de vida y de salud infinita ha 
llegado a tu vida, tambi�n, mi estimado hermano y mi estimada 
hermana, por el poder de la palabra y del nombre del Se�or 
Jesucristo, para que honres y alabes al Dios y Fundador de tu 
vida, en el cielo y por toda la tierra, tambi�n, para la 
eternidad. S�lo tienes que acercarte a �l, por medio de su 
verdad, su camino y su vida infinita, la de su �rbol de vida 
eterna, su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! Porque si te 
acercas en otra verdad, que no sea la que ha salido de la 
boca de Dios, de su Hijo y de su Esp�ritu Santo, entonces 
est�s en profundas tinieblas del m�s all�; y tu alma peligra 
ya, entre las llamas eternas del infierno, por tu ceguera 
espiritual y por juicio infinito de Dios.

Porque todo lo que Dios es (y ha de ser) por siempre por los 
siglos de los siglos venideros, en el m�s all� de su nuevo 
reino celestial, realmente, ha sido entregado a ti, como 
parte de tu nueva vida eterna. Ha sido entregado a ti todo: 
cada una de las bendiciones y cualidades divinas de nuestro 
Dios, como te entrego su imagen y su semejanza santa, en el 
d�a de tu formaci�n en el para�so, para que vivas cada 
momento de tu vida, como �l mismo s�lo la puede vivir, en 
absoluta santidad y en perfecta armon�a celestial. 

Es decir, para que vivas d�a a d�a, de la misma manera que �l 
siempre ha vivido su vida santa, sin pecado y sin tinieblas, 
a trav�s de los siglos y hasta nuestros tiempos, por ejemplo, 
en el amor sobrenatural de su Hijo amado, �el Cristo de 
Israel y de la humanidad entera! Porque si Dios te ha 
entregado de su misma imagen y de su misma semejanza, en el 
d�a de tu Creaci�n, pues hoy, tambi�n, le ha complacido 
entregarte no s�lo la vida santa de su Hijo amado, sino 
tambi�n toda su verdad, justicia, santidad, perfecci�n, 
sabidur�a, poder, deidad y hasta su mismo reinado celestial, 
de su nuevo reino infinito. 

En donde, s�lo sus �ngeles juntos con sus seres santos han de 
vivir eternamente felices, en la vida misma de su Esp�ritu 
Santo, con cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad 
entera, s�lo de los que han cre�do en �l, por medio del 
esp�ritu de fe, del nombre sagrado de su Hijo amado, el Se�or 
Jesucristo, por supuesto. Porque en su nuevo reino celestial 
todos sus seres santos, creados por sus palabras, por su 
nombre y por sus manos santas, le han de rendir gloria y 
alabanza infinita, por los poderes y deidades sobrenaturales 
de su Esp�ritu Santo, para gloria y para honra infinita de su 
nombre, en su nueva eternidad venidera del nuevo m�s all�.

S�LO DIOS OYE LA ORACI�N DEL HOMBRE

Y, hoy en d�a, como en el ayer, por ejemplo, todo ser creado, 
en el cielo y as� tambi�n en la tierra, acudir� a nuestro 
Dios por llamado divino, al trono de su gracia y de su 
misericordia infinita, para recibir sus m�s ricas y gloriosas 
bendiciones de vida y de salud perdurable. Porque es s�lo �l, 
nuestro SE�OR y Fundador de nuestras vidas, quien oye 
nuestras oraciones en su lugar santo, como en su altar 
celestial y en su trono sant�simo, por ejemplo. 

Entonces si hoy mismo, en esta hora crucial para tu vida, mi 
estimado hermano y mi estimada hermana, deseas orar al SE�OR, 
creador de tu vida y de toda tu eternidad venidera, entonces 
lo puedes hacer muy bien y con gran confianza en el nombre 
sagrado de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo!, puesto que 
�l te oye. As� es, nadie m�s que �l oye tu oraci�n, en la 
tierra y en el cielo, tambi�n. 

Pues los �ngeles celestiales desear�an o�r tus oraciones o 
las (oraciones) de todo hombre, mujer, ni�o o ni�a de la 
humanidad entera, pero no pueden. Porque ninguno de ellos 
tiene la potestad divina, la santidad perfecta, la pureza de 
un coraz�n santo y noble, para hacerlo as�, en su coraz�n y 
en todo su cuerpo celestial, por m�s santa que sea su vida 
delante de Dios. 

Porque la realidad es que s�lo nuestro Dios es quien recibe 
la oraci�n de los �ngeles y as� tambi�n de cada hombre, 
mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera. Por lo tanto, con 
confianza y sin temor alguno en tu alma, mi estimado hermano 
y mi estimada hermana, t� muy bien podr�as elevar tus 
oraciones, plegarias, alabanzas, honras, intercesiones, 
ruegos, solicitaciones, exclamaciones hacia lo alto, hacia 
donde tu Padre Celestial est� sentado en su trono de gloria, 
en los cielos, para que te oiga y te llene de bendiciones. 

Dado que, s�lo nuestro Padre Celestial es juez justo del 
para�so y de toda la tierra, tambi�n, por lo tanto, recibir� 
tu voz, tus deseos y tu clamor hacia �l, hechas siempre en el 
nombre sagrado de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, para 
proveerte de todo lo que le pidas siempre, y as� nunca te 
falte ning�n bien. Por eso, toda oraci�n hecha en el coraz�n 
y con los labios de los �ngeles del cielo y los hombres, 
mujeres, ni�os y ni�as, de la humanidad entera, s�lo han de 
ser o�dos por nuestro Dios, y jam�s por nadie m�s. Porque las 
oraciones, como las alabanzas a su nombre santo, son sagradas 
y se encuentran en copas de oro sobre su altar, delante de su 
presencia santa, para memoria eterna, para mirar siempre al 
pasado de sus siervos y siervas, con gozo y gran alegr�a en 
su coraz�n sant�simo.

Es por esta raz�n, que nuestro Dios jam�s ha deseado que el 
coraz�n del hombre conf�e en sus �dolos e im�genes de talla, 
sino todo lo contrario, para que su Ley no sea rota ni menos 
deshonrada jam�s. Porque nuestro Dios no desea ver el pasado 
de adoraci�n de �dolos e im�genes de talla de ninguno de sus 
hijos e hijas en toda la tierra. Por eso, nuestro Dios s�lo 
desea que conf�en siempre en �l, como su Dios y como �nico 
Salvador de sus vidas, en el nombre sagrado de su �rbol de 
vida eterna, su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! Porque 
ning�n �dolo e imagen de talla jam�s ha o�do la voz de Dios, 
pero sin embargo el hombre si. Y aun por m�s pecador que sea 
el hombre, Dios le habla a su vida de una manera u otra por 
su palabra o por su nombre santo.

Y, adem�s, tambi�n, ning�n �dolo e imagen de talla ha o�do 
jam�s la oraci�n de nadie, en la tierra ni menos en el m�s 
all�. Porque los �dolos e im�genes de talla, desde el primero 
hasta el �ltimo, tienen o�dos, pero no oyen; tienen narices, 
pero no huelen; tienen ojos, pero no ven; tiene manos, pero 
no saben hacer nada con ellas; tienen piernas, pero no 
caminan; ni tiene sentimientos de amor, paz, gozo, felicidad, 
bondad, sino que s�lo tienen nada, as� como son nada e 
in�tiles. Es m�s, no saben, ni menos conocen, si hay un Dios 
Eterno y Todopoderoso en el cielo; ni menos saben si Dios 
tiene un Hijo o un gran rey Mes�as para la humanidad entera y 
para su nuevo reino celestial, en la tierra y en el cielo, 
tambi�n, por ejemplo,

Y a lo �nico que se parecen los �dolos e im�genes de talla 
son a los muertos, porque no tienen vida ni ning�n movimiento 
alguno para hacer nunca nada por ellos mismos, ni menos por 
nadie en la tierra ni en el m�s all�, tampoco. Entonces 
cuando hacemos nuestras oraciones, suplicas, ruegos, 
solicitaciones, alabanzas de gloria y de honra a nuestro 
Dios, realmente se lo estamos haciendo directamente a �l, 
desde la tierra y hasta entrar en  el cielo, tambi�n, a su 
lugar santo y sumamente glorioso, como su altar celestial y 
su trono de gran gloria y de gran honra infinita, por 
ejemplo. 

Porque s�lo nuestro Padre Celestial es el Eterno y, adem�s, 
tiene la �nica potestad posible para o�r nuestra voz de 
nuestros corazones, de nuestras almas y de nuestros labios, 
para perdonar nuestros pecados y as� entonces bendecirnos 
grandemente para suplir nuestras necesidades, cualquiera que 
sean ellas, hoy y eternamente para siempre, en la eternidad 
venidera de su nuevo reino celestial. Por esta raz�n, s�lo a 
�l alabamos y oramos d�a y noche a su nombre santo, en el 
nombre sagrado de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo!, en 
nuestros corazones y en todas nuestras vidas, tambi�n, para 
cumplir con �l con su verdad, con su santidad, con su 
justicia y con su amor infinito.

Nuestro Dios se ha de glorificar en tu vida, mi estimado 
hermano y mi estimada hermana, como en la vida de cada 
hombre, mujer, ni�o y ni�a de toda la tierra, as� como se 
glorifico grandemente, en su d�a, en la vida sagrada de su 
Gran Rey Mes�as, �el Se�or Jesucristo! Pues alaba a tu Dios 
con tus oraciones, en el nombre del Se�or Jesucristo para que 
los dones sobrenaturales de su Esp�ritu Santo, entonces 
comiencen a hacer grandes maravillas, prodigios y milagros 
constantes en tu vida y en la vida de los tuyos, tambi�n, 
para gloria y para honra infinita de su nombre santo.

(Los siguientes libros son muy importantes para entender en 
nuestros corazones, como debemos alabar a nuestro Padre 
Celestial, para que nos conteste cada una de nuestras 
alabanzas, oraciones, ruegos, peticiones, peticiones, 
intercesiones, y as� sus dones de maravillas, milagros y 
prodigios se manifiesten d�a y noche en nuestras vidas 
terrenales y celestiales, tambi�n, como en el para�so, para 
una nueva eternidad.)


Libro 147 

ALABANDO A DIOS

El alabar y honrar a nuestro Padre Celestial es medicina, 
para nuestro coraz�n y para nuestro cuerpo en general. Y la 
�nica manera que nosotros podremos realmente alabar y honrar 
a nuestro Dios, ha de ser por medio del Se�or Jesucristo: 
invocando en oraciones, ruegos, suplicas, alabanzas, 
exaltaciones, peticiones e intercesiones su nombre santo y 
sobrenatural del cielo y de la tierra, �el Se�or Jesucristo! 
Por eso, �sta fue la primera alabanza de gloria y de honra 
que Dios requiri� de Ad�n, despu�s de haberlo creado en el 
para�so, como un ser hecho seraf�n, perfecto y santo, en su 
imagen y conforme a su semejanza divina, tambi�n.

En realidad, el parecer de Ad�n era tan id�ntico a Dios y a 
su �rbol de vida, su Hijo amado, que cuando los �ngeles los 
ve�an, entonces no sab�an quien era quien, porque hasta en su 
manera de hablar eran iguales delante de ellos, en todo reino 
de los cielos. Y esto fue lo primero que Lucifer odio en el 
hombre, el que �l sea igual a Dios, en su imagen y en su 
semejanza celestial. 

Y es as� que Dios nos ha querido ver a cada uno de nosotros, 
de todos los descendientes de Ad�n, en nuestros millares, de 
todas las razas, familias, pueblos, linajes, tribus y reinos 
de toda la tierra, como su Jesucristo, perfectos en santidad 
eterna. Es decir, que nosotros tenemos que no s�lo ser tan 
santos como Ad�n, como en el d�a que Dios lo termino de 
formar en sus manos santas, sino mucho m�s que esto. 

Realmente, nuestro Dios desea ver a Ad�n y a cada uno de sus 
descendientes en toda la tierra y en el reino celestial 
igual, ni m�s ni menos, en la perfecci�n infinita de santidad 
y de gloria como su Hijo amado, como sus �ngeles, como su 
Esp�ritu Santo y hasta como �l mismo si fuese posible hacerlo 
as�, por ejemplo. Y todo esto es posible s�lo con creer en 
nuestros corazones y as� confesar con nuestros labios: el 
nombre sagrado de su Hijo amado, su fruto de vida y de 
medicina eterna para el coraz�n y para el alma viviente de 
cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera, hoy 
en d�a y por siempre, en la eternidad venidera del nuevo 
reino de los cielos. 

Porque as� como nuestro Dios es santo, entonces nosotros 
tambi�n somos santos y Lucifer es el �nico mentiroso que muy 
pronto ha de ir a su lugar eterno, en el m�s all� del m�s 
all�, al lago de fuego, su segunda muerte final de su 
esp�ritu malvado. Y esta muerte final del �ngel de la muerte 
y de Lucifer, como tambi�n de cada uno de sus �ngeles ca�dos, 
es el Se�or Jesucristo. 

Porque el Se�or Jesucristo fue quien le dijo a Lucifer, en el 
d�a que triunfaba sobre �l y su reino inicuo: "Muerte, Yo soy 
tu muerte". Porque todo lo que no es santo ha de morir, tarde 
o temprano, pero finalmente muere, para que no vuelva a 
existir jam�s para ofender a Dios. Por lo tanto, el fin de 
todo pecado ha llegado al hombre y tambi�n a todos los imp�os 
del m�s all�, como Lucifer y cada uno de sus �ngeles ca�dos, 
en sus millares, como en el bajo mundo del infierno, por 
ejemplo. Y s�lo los que alaban y honran a su Dios por 
Jesucristo, han de vivir, �ngeles del cielo y hombres del 
para�so y de la tierra, de siempre.

Por lo tanto, nuestro Dios es santo, porque por siempre ha 
habitado entre las alabanzas de su pueblo y de los que aman 
el nombre sagrado de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! 
Porque nuestro Dios est� en los cielos y nosotros en la 
tierra. Por eso, �l ve d�a y noche todo lo que sucede con el 
nombre de su Hijo amado, en nuestros corazones y en nuestras 
vidas, porque para nuestro Dios no hay nada oculto debajo del 
cielo ni menos en la tierra, sino que todo est� expuesto 
claramente ante sus ojos. 

Y es �l quien busca d�a y noche que los corazones de los 
hombres, mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad entera, 
honren y exalten su nombre santo, con sus corazones llenos 
del esp�ritu de fe, del nombre sagrado de su Hijo amado. Para 
�l entonces poder bendecirlos a cada uno de ellos, con 
grandes poderes sobrenaturales del cielo, de su nueva vida 
infinita del m�s all�, como la nueva ciudad del gran rey 
Mes�as, su �rbol de vida, �el Se�or Jesucristo! 

Ya que, as� como los �ngeles del cielo tienen que ser 
bendecidos por los poderes sobrenaturales de los dones de su 
Esp�ritu Santo, pues as� tambi�n todo aquel que le ame, en el 
esp�ritu y en la justicia redentora de su fruto de vida 
eterna, el Se�or Jesucristo, su Hijo amado. Por ello, todo 
aquel que desee "encontrarlo en su vida", entonces lo ha de 
encontrar en las alabanzas de glorias y de honras de su 
coraz�n, levantadas hacia el cielo, hacia el trono sagrado de 
su Dios y Creador de su vida, �el Todopoderoso de Israel y de 
la humanidad entera!, para que bendita su vida eternamente y 
para siempre. 

En vista de que, el Dios del cielo y de la tierra ha de venir 
a la vida del hombre y ha de entrar en �l o en ella, si tan 
s�lo le alaba y le honra con su coraz�n, lleno del nombre 
sagrado de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo. Porque para 
nuestro Padre Celestial no existe mayor alabanza, gloria y 
honra del �ngel del cielo y as� tambi�n del hombre, de la 
mujer, del ni�o y de la ni�a de toda la tierra, que no sea 
�nicamente �el Se�or Jesucristo! 

Por lo tanto, el que desee exaltarle a �l, como a su Dios y 
salvador de su vida, en la tierra y en el para�so, tambi�n, 
para miles de siglos venideros, en el nuevo reino de Dios y 
de sus huestes celestiales, entonces tiene que hacerlo por el 
amor sobrenatural de su �rbol de vida eterna, el Se�or 
Jesucristo. Porque s�lo as�, o de esta manera �nica, ha de 
llegar al coraz�n y a la vida del hombre nuestro Dios y su 
Hijo amado, el Se�or Jesucristo, para entrar y quedarse con 
cada uno de ellos, en sus millares, en toda la tierra. 

Y as� habitar con cada uno de ellos, como su Dios y Fundador 
real de sus vidas celestiales, de la misma manera que �l ha 
habitado con sus �ngeles, arc�ngeles, serafines, querubines y 
dem�s seres santos del reino de los cielos, en el m�s all�, 
por ejemplo, desde los primeros d�as de la antig�edad y hasta 
nuestros d�as. Es por esta raz�n, tambi�n, que los cielos 
hablan de la gloria infinita de nuestro Padre Celestial, y su 
inmensidad confirma del poder y de la sabidur�a sobrenatural 
de la mente y de las manos de �l y de su Hijo amado, el Se�or 
Jesucristo. 

En la medida en que, todo lo que nuestro Dios ha creado en 
los cielos y en la tierra, tambi�n, lo ha hecho con la 
presencia y asistencia constante de su Esp�ritu Santo y de su 
Hijo amado, el Se�or Jesucristo. Porque sin �l, nada de lo 
que Dios ha creado por su palabra y con sus manos, pudo haber 
sido posible jam�s, en el reino de los cielos con los �ngeles 
y en la tierra con todo hombre, mujer, ni�o y ni�a de la 
humanidad entera, comenzando con Ad�n y Eva, en el para�so, 
por ejemplo, por supuesto. 

Puesto que, Ad�n fue la primera obra perfecta de las manos de 
nuestro Padre Celestial y de su Esp�ritu Santo, para darle de 
comer y de beber en su d�a y sin m�s demora alguna, de su 
perfecta alabanza infinita, de su �rbol de vida, su Hijo 
amado, el Se�or Jesucristo. Es por esta raz�n, que cada uno 
de los descendientes de ad�n, en sus millares, en toda la 
tierra, comenzando con Eva, en el para�so, por ejemplo, ha 
sido creado por Dios para que coma y beba d�a y noche, s�lo 
de su alabanza perfecta. 

Y esto es del esp�ritu de la comida y de la bebida, de la 
alabanza de gloria y de honra eterna de su Hijo amado, el 
Se�or Jesucristo, para que su nueva tierra con nuevos cielos, 
como su gran ciudad celestial, La Gran Jerusal�n Infinita, 
entonces sea llena s�lo de nueva vida glorificada y honrada 
de sus hijos e hijas. Porque Dios ha estado buscando en los 
�ngeles y as� en la humanidad entera, nuevas glorias y honras 
infinitas para su nombre en su nueva vida infinita, de su 
nuevo reino celestial, en el m�s all�. 

Y es aqu�, en donde nosotros tenemos que estar para �l, para 
su Hijo amado y para su Esp�ritu Santo, rodeado por siempre 
de las alabanzas de gloria y de honra a su nombre santo, de 
los corazones de los �ngeles del cielo y as� tambi�n de los 
corazones de los hombres y mujeres de toda la tierra. Fue por 
esta raz�n, tambi�n, de que nuestro Dios buscando nuevas 
glorias y nuevas honras para su nombre santo, entonces la 
encontr� en un rey imp�o de Babilonia, llamado Nabucodonosor, 
por ejemplo. 

En aquellos d�as, �ste rey Nabucodonosor deseaba engrandecer 
el nombre de una de su estatua grande y hecha en oro, como el 
dios soberano de sus tierras y de las naciones en su derredor 
tambi�n. Y todo aquel que no rindiese honra y alabanzas a su 
estatua de oro, entonces seria echado al fuego candente de 
uno de sus hornos. Pero en este horno muy candente, Dios se 
le manifest� a su vida, maravillosamente, en medio de 
aquellos que quer�a destruir (a los hebreos), porque no le 
hab�an obedecido a su mandato de arrodillarse y de honrar a 
su estatua de oro. 

Y en aquel momento, cuando Mesac, Sadrac y Abed-neg� eran 
echados al fuego del horno, por los hombres fuertes del rey 
babilonio, entonces se visualizo que hab�a estado con sus 
siervos, los hebreos, el Hijo de Dios, todo el tiempo y hasta 
en el mismo ardor terrible del horno, para destruir sus 
vidas. Pero cuando el fuego era aun m�s fuerte que antes, los 
hombres verdugos murieron carbonizados, pero los hebreos no 
murieron y danzaban alabando al Dios del cielo y de la tierra 
junto con su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo!

Entonces como "Nabucodonosor vio" al Hijo de Dios con sus 
propios ojos, no muri� en aquel d�a, sino que decidi� cambiar 
su coraz�n para servirle a su nuevo Se�or y salvador de su 
vida, el Hijo de Dios, el Cristo de la antig�edad y de 
siempre de Israel y de la humanidad entera. Y en este d�a, 
Nabucodonosor estableci� una ley de que todo hombre, mujer, 
ni�o y ni�a de su reino y de las naciones en toda la tierra, 
ten�an que alabar y honrar en sus corazones y en sus vidas 
"al Hijo de Dios", que hab�a conocido en medio del fuego, 
como Mois�s le conoci�, por ejemplo, en el Sina�. 

Porque s�lo el Hijo de Dios pod�a salvar al hombre del fuego 
del horno y as� tambi�n de la muerte eterna del infierno, por 
lo tanto, �l es el Cristo de Israel y de los hebreos, como 
Mesac, Sadrac y Abed-neg�, que fueron redimidos por el poder 
de Dios, en aquel momento tan crucial de sus vidas o de 
muerte. Por ello, hoy en d�a, si tan s�lo alabas y honras al 
SE�OR del cielo y de la tierra, con tu coraz�n y con tus 
labios, entonces su Hijo amado ha de estar junto a ti y a los 
tuyos, tambi�n, para redimirte de todo mal del pecado y del 
poder de la muerte, como del fuego eterno del infierno. 

Porque el poder del nombre y de la vida sagrada de nuestro 
Padre Celestial jam�s ha cesado en esta vida ni (cesara) en 
la venidera tampoco, para todos los que le aman y le alaban 
d�a y noche, en sus corazones y en sus almas eternas, 
tambi�n. Es por eso, que si hoy en d�a necesitas de tu Dios y 
Creador de tu vida, entonces debes buscarlo a �l, entre el 
fuego del horno, de los problemas y dificultades de tu vida, 
para que el Hijo amado de Dios se haga visible en tus ojos y 
en los (ojos) de los que te conozcan, tambi�n. 

Porque nuestro Dios es real y verdadero, en esta vida y en la 
venidera, tambi�n, as� como lo eres t� con los tuyos, pues 
as�, el Hijo de Dios, el Se�or Jesucristo, lo ha de ser 
contigo, infinitamente verdadero, desde hoy mismo y por 
siempre, en la eternidad venidera, del nuevo reino de los 
cielos, en el m�s all�. Es por eso, que el nombre de tu Dios 
y salvador de tu vida, como el Hijo de Dios, por ejemplo, 
debe de ser alabado, desde el levantamiento del sol y hasta 
cuando se esconde en el horizonte de cada noche de tu vida. 
Porque al amanecer del d�a siguiente se volver� a manifestar 
con poder, como siempre, para que alaben el nombre sagrado de 
su Creador, �el Todopoderoso de Israel y de la humanidad 
entera!

ALABADO SEA D�A Y NOCHE EL NOMBRE DE NUESTRO DIOS 

Desde el nacimiento del sol y hasta donde se pone, sea 
alabado el nombre del Todopoderoso, en el coraz�n de sus 
�ngeles y as� tambi�n en los corazones de todos los hombres, 
mujeres, ni�os y ni�as de toda la tierra. Porque todo lo que 
ha creado nuestro Dios, ha sido para que su nombre sea 
exaltado en la gloria y en la honradez perfecta, de los dones 
sobrenaturales de su Esp�ritu Santo y de la vida celebre de 
su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! 

Es por eso, que los �ngeles del cielo alaban desde siempre el 
nombre de nuestro Dios, porque es lo mejor para sus corazones 
y para sus esp�ritus celestiales, en el cielo y por toda la 
creaci�n; es m�s, no hay nada mejor para ellos que deseasen 
hacer adem�s de exaltar y de honrar el nombre Creador de sus 
vidas celestiales. En verdad, el vivir para Dios, es lo mejor 
para el esp�ritu de los �ngeles, serafines, querubines, 
arc�ngeles y dem�s seres santos del cielo; y si no pudiesen 
vivir para su Dios, exaltando y honrando su nombre sagrado en 
todas las alturas del reino de los cielos, entonces sus vidas 
no serian interesantes, ni gozasen de felicidad alguna, 
tampoco. 

Realmente para ellos todo seria mon�tono, como si les faltase 
algo en sus vidas, para poder seguir viviendo, delante de su 
Dios y de su creaci�n santa y perfecta en el cielo, as� como 
el pecador y la pecadora de la tierra, de hoy y de siempre. 
Es m�s, los �ngeles no fuesen �ngeles, ni tampoco existir�an, 
sino que serian parte de la nada, de donde Dios los saco, en 
el d�a de su creaci�n, como el hombre, por ejemplo, que Dios 
lo saco de la tierra. Pero gracias a Dios, porque los 
�ngeles, en sus diferentes rangos de gloria y de grandeza 
infinita, si conocen el prop�sito de d�a a d�a de sus vidas, 
delante de Dios y de su �rbol de vida, el Se�or Jesucristo, 
como los seguidores del SE�OR, en todos los lugares de la 
tierra y, hoy en d�a, en el para�so, tambi�n. 

Es por eso, que los �ngeles jam�s han deseado abandonar a su 
Dios ni menos a su �rbol de vida eterna, el Se�or Jesucristo, 
para seguir sirvi�ndole a �l y a su nombre santo, para miles 
de siglos venideros en su nueva eternidad celestial, como su 
nueva gran ciudad santa y eterna: La Nueva Jerusal�n del 
nuevo reino infinito. Es por esta raz�n, que los �ngeles del 
cielo son realmente felices con su Dios y con su Esp�ritu 
Santo, porque sus corazones son bendecidos cada vez m�s que 
antes, por la gloria y por la honra infinita que genera el 
alabar y el honrar el nombre bendito de Dios d�a y noche en 
la tierra santa del cielo. 

Es decir, tambi�n, que para los �ngeles no existe otra manera 
posible para que sus corazones y sus esp�ritus celestiales 
sean por siempre felices, en sus vidas eternas en el reino de 
los cielos, de Dios y de su �rbol de vida eterna, �el Se�or 
Jesucristo! Por lo tanto, �sta felicidad de los corazones de 
los �ngeles de Dios es tan grande y tan profunda, como los 
mismo cielos y nuestro universo en su anchura, profundidad y 
altura infinita, por ejemplo, llena de estrellas, planetas y 
sus lunas por doquier, visibles e invisibles, a la vez. 

Y nuestro Padre Celestial nos ha creado en sus manos santas a 
cada uno de nosotros, en nuestros millares, en toda su 
creaci�n, celestiales y terrenal, comenzando con Ad�n y Eva, 
en el para�so, por ejemplo, para que gocemos junto con �l y 
con sus huestes de �ngeles celestiales de �sta felicidad 
santa e infinita, en nuestras vidas para siempre. Porque el 
coraz�n que nuestro Dios ha puesto en nuestros pechos es un 
coraz�n como el de �l mismo, ni m�s ni menos; por lo tanto, 
nosotros tenemos un coraz�n tan grande como su nombre santo, 
para recibirlo y retenerlo eternamente y para siempre, en la 
eternidad venidera de su nueva vida infinita para todos, los 
que le aman fielmente.

Es decir, que nuestro coraz�n es grande, profundo, ancho y 
capaz de traspasar aun m�s all� del infinito, como el coraz�n 
de nuestro Dios y de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, para 
sentir s�lo amor y vida infinita, para servirle y amarle por 
siempre, tal como �l es amado por sus �ngeles del cielo. Y 
as� gozar por siempre, llenos de amor, paz, gozo, felicidad, 
vida, poder, sabidur�a y deseo perfecto de servir y de 
exaltar a nuestro Dios y Padre Celestial que est� en los 
cielos d�a y noche y por siempre en el m�s all�, en su nuevo 
reino celestial, de su Hijo amado y de sus millares de 
huestes angelicales. 

Es por esta raz�n, tambi�n, que todas las cosas creadas por 
Dios en el cielo y as� tambi�n en la tierra, han sido para 
alabar d�a y noche el nombre sagrado de nuestro Dios y Padre 
Celestial que est� en los cielos. Porque las estrellas y los 
planetas con sus lunas, a pesar de sus grandes y profundas 
distancias en la inmensidad, alaban y honran al nombre 
sagrado de nuestro Dios, a toda hora de su tiempo universal y 
sin parar jam�s, por ninguna raz�n. 

Es m�s, hasta podr�amos decir tambi�n que as� como las 
estrellas, los planetas y sus lunas del universo alaban y 
honran el nombre de nuestro Dios y de su Jesucristo, entonces 
de igual forma todas las cosas que existen en todos los 
lugares de nuestra tierra, en sus alturas, en sus 
profundidades y en sus anchuras, le alaban sin cesar. Por lo 
tanto, d�a y noche las nubes al pasar por las alturas de 
nuestras monta�as, como ba��ndolas con su sustancia, su humo 
celestial, por ejemplo, alaban y honra la gloria infinita del 
nombre sagrado, de nuestro Dios y de su Hijo amado, el Se�or 
Jesucristo, sin que nadie se de cuenta, s�lo Dios y sus 
huestes celestiales del cielo. 

Y as� tambi�n de las monta�as, los r�os que bajan de sus 
praderas para terminar en los grandes mares, alaban y honran 
el nombre de nuestro Dios y de su Hijo amado, el Se�or 
Jesucristo, a la misma vez. As� las aves de las alturas, como 
los animales terrestres y los peces y monstruos marinos de 
los oc�anos alaban y honran d�a y noche: el nombre bendito de 
Dios y de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, para que �sta 
misma alabanza de gloria y de honra eterna a nuestro Dios y a 
su Jesucristo llegue al hombre tambi�n. 

Es decir, para que el esp�ritu de alabar y de honrar a 
nuestro Dios entonces llegue a todo pecador que mora en la 
tierra y as� despierte su coraz�n de sus profundas tinieblas, 
para que no sufra y muera m�s, sino que vea la vida eterna de 
su Dios y de su �rbol de vida, el Se�or Jesucristo. Porque la 
lucha de la creaci�n de Dios y de sus muchas cosas, grandes y 
peque�as del cielo y de la tierra, es para escapar de las 
profundas tinieblas, del esp�ritu de mentira y de gran error 
de Lucifer y de sus �ngeles ca�dos y as� entonces despertar a 
la luz verdadera del cielo y del mundo, �el Se�or Jesucristo!

Y la �nica manera que toda la creaci�n ha de escapar los 
poderes terribles de las profundas tinieblas del m�s all�, 
como las de Lucifer y de sus �ngeles rebeldes, ha de ser que 
alaben y honren sin cesar, el nombre bendito de nuestro Dios 
y de su Hijo amado, el �rbol de la vida eterna, el Se�or 
Jesucristo. Porque de otra manera, toda la creaci�n ha de 
seguir sumergida bajo el poder de las profundas tinieblas, 
del esp�ritu de error de Lucifer y de sus �ngeles ca�dos, 
para seguir haciendo m�s da�o al nombre santo de nuestro 
Dios, en el coraz�n de todos sus seres creados. 

Seres creados, como �ngeles del cielo y hombres y sus reinos 
de animales de toda la tierra, en sus diferentes g�neros del 
aire, de la tierra y del mar, tambi�n. Fue por esta raz�n, 
que nuestro Dios comenz� a derramar del Esp�ritu de vida, de 
la sangre santa de su �rbol de vida, desde su lugar santo del 
reino, como desde el para�so, por ejemplo, g�nesis 1:2, para 
subyugar a cada una de estas profundas tinieblas, de gran 
mentira y de gran maldad que habita en la tierra. 

Profundas tinieblas del m�s all� que habitan, por ejemplo, en 
muchos lugares de la tierra, y las nubes de los cielos, como 
las monta�as, los �rboles, plantas, aves del aire, animales 
terrestres y peces del mar, desean escapar de cada una de 
ellas, hacia la luz bendita de nuestro Dios y de su Hijo 
amado, el Se�or Jesucristo, para vivir. Para entonces s�lo 
ver y vivir la luz y la gran bendici�n celestial de d�a a d�a 
de nuestro Dios y Padre Celestial que est� en los cielos, 
hacia cada una de todas sus cosas creadas en los cielos, en 
los mares y en toda la tierra, tambi�n. 

Porque la alabanza al nombre santo de nuestro Dios y de su 
Hijo amado, el Se�or Jesucristo, trae d�a y noche a nuestras 
vidas m�s y m�s bendiciones de maravillas, de milagros y de 
prodigios en los cielos y en la tierra, para que nuestros 
corazones sean benditos en todo momento de nuestras d�as por 
la tierra. Y as� entonces poder bendecir el nombre de nuestro 
Dios mucho m�s que antes en nuestras vidas, para alcanzar m�s 
gloria y m�s honra para nuestro Dios y para el nombre sagrado 
de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo!

Es por esta raz�n, que el honrar y exaltar el nombre bendito 
de nuestro Dios d�a y noche, en nuestros corazones y en 
nuestras almas eternas, es de suma importancia para el 
crecimiento espiritual, corporal e intelectual de nuestras 
vidas, en la tierra y as� tambi�n en el reino de los cielos, 
como en el para�so, por ejemplo. Y nuestro Dios ha de 
bendecir tu vida, mi estimado hermano y hermana, ni m�s ni 
menos, en la vida perfecta, y llena de su Esp�ritu, de su 
Jesucristo, para que t� mismo (y no otro) bendigas su nombre, 
desde el d�a que tienes uso de raz�n y hasta aun m�s all� de 
tu nueva vida gloriosa del cielo. 

Y esto ha de ser realmente en tu nuevo lugar eterno, junto 
con los �ngeles que Dios ha creado por ti, en su nueva vida 
infinita de su nuevo reino celestial, como en su nueva gran 
ciudad del m�s all�, La Nueva Jerusal�n Santa y Perfecta del 
cielo, por ejemplo. En donde mora la nube celestial de Dios y 
de su �rbol de vida, la que llena de gloria la casa de Dios y 
de sus fieles en el para�so y en toda la tierra, tambi�n, 
como en tu mismo coraz�n, hoy en d�a, mi estimado hermano y 
mi estimada hermana, si tan s�lo le amas a �l, por 
Jesucristo.

LA SHEKINAH (NUBE DEL M�S ALL�) MANIFIESTA LA GLORIA DE DIOS

Entonces cuando los que tocaban las trompetas y los que 
cantaban hicieron o�r su voz en un�sono alabando y dando 
gracias a nuestro Padre Celestial; y cuando elevaron la voz 
junto con las trompetas, los c�mbalos y otros instrumentos de 
m�sica los israelitas, en los d�as del Tabern�culo, en el 
desierto, por ejemplo, entonces se sent�a poder de lo alto. Y 
cuando alababan a nuestro Dios, diciendo con sus voces en 
uni�n, tambi�n, o como un solo hombre: "Porque �l es bueno, 
porque para siempre es su misericordia", entonces la casa de 
nuestro Dios, en medio de los israel�es, se llenaba con una 
nube gloriosa, no de nuestro mundo, sino del m�s all�, como 
del reino celestial, por ejemplo. 

Y, en aquel momento, los israelitas no pod�an continuar 
sirviendo a su Dios, por causa de la misma nube, de acuerdo a 
los rituales de ceremonia espiritual, de gloria y de honra 
hacia su nombre sagrado, en su tabern�culo santo del desierto 
de Egipto. Porque �sta nube era gigante, mucho mayor y 
gloriosa que las nubes que solemos ver por nuestros cielos y, 
adem�s, llenaba todo en su derredor de la misma luz 
sobrenatural, llena de vida y de la gloria infinita del reino 
de Dios, por ejemplo. 

Adem�s, �sta luz divina es la misma que siempre habita en las 
alabanzas a nuestro Dios, de parte de sus �ngeles santos, en 
el reino de los cielos, cada vez que se unen para honrar y 
para exaltar su nombre sagrado. Pues as� tambi�n, en aquel 
d�a, �sta misma nube (y no otra) era la que estaba sobre la 
casa de nuestro Padre Celestial, en el campamento israel�, 
para honrar la sangre del pacto que se hab�a derramado sobre 
su altar, con alabanzas santas y honradas al "Cordero de 
Dios" que quita el pecado de Israel y de la humanidad entera. 

Todo era gloria, en aquella tarde: Los sacerdotes levitas 
deseaban aun mucho m�s que antes servir y alabar el nombre 
sagrado de nuestro Dios, pero ninguno de ellos pod�a. Porque 
la gloria de la nube celestial era demasiado grande y 
gloriosa entre ellos, en el Tabern�culo del SE�OR, en el 
desierto de Egipto. Por lo tanto, en aquella hora, y delante 
de los ojos de los israel�es, y de los pueblos a la redonda, 
vieron como la gloria de Dios llenaba la tierra santa del 
reino de los cielos, cada vez que los �ngeles alaban y honran 
su nombre sagrado. 

Pues as� era, en aquellos d�as, la gloria de nuestro Dios 
hab�a llenado su casa de oraci�n para Israel y para las 
naciones, como se suele llenar el lugar y el altar santo de 
nuestro Dios en el reino de los cielos, por ejemplo, cuando 
los �ngeles, en sus millares y en un�sono: alaban y honran su 
nombre sagrado. Pues as� es tambi�n en la vida de todo 
hombre, mujer, ni�o o ni�a del mundo, que realmente alabe y 
honre a su Dios en su coraz�n y con sus labios, la nube de la 
gloria de Dios y de sus �ngeles ha de manifestarse en su 
vida, con grandes poderes de gloria y de honra infinitas, 
aunque sea invisible. 

En realidad, la gloria de Dios es su Hijo amado, como 
siempre, en el para�so, en el reino y en toda la tierra, 
tambi�n. Y ha de manifestarse en la vida del hombre d�a y 
noche para proteger su vida (y la de los suyos) y, a la vez, 
llenarla de muchas de las ricas bendiciones de la tierra y 
del m�s all�, tambi�n, para que su alma crezca eternamente y 
para siempre, en toda verdad y en toda justicia celestial de 
su Dios. Y esto ha de ser en �l (o en ella) desde sus 
primeros d�as de vida, en la tierra y hasta una m�s all� de 
la nueva eternidad venidera, porque el alma del hombre no 
tiene limites para crecer, corporalmente e espiritualmente, 
tambi�n. 

El alma del hombre puede desarrollarse y crecer 
indefinidamente en la tierra y en el para�so, tambi�n, para 
que su vida sea grande ante su Dios y Creador de su vida 
celestial, el Todopoderoso de Israel y de la humanidad 
entera. Entonces cada vez que el nombre de nuestro Padre 
Celestial que est� en los cielos es alabado y honrado, por 
nuestros corazones y por nuestros esp�ritus humanos, al 
momento lluvias de bendiciones espirituales y terrenales 
llegan a nuestras vidas del Esp�ritu Santo de Dios, para 
ayudarnos a desarrollar y crecer en nuestras vidas 
infinitamente, para engrandecer su nombre santo eternamente. 

Ya que, as� como los �ngeles del cielo, los hombres, mujeres, 
ni�os y ni�as de la humanidad entera, comenzando con Ad�n y 
Eva, en el para�so, por ejemplo, fueron formados s�lo para 
honrar y alabar el nombre del Se�or Jesucristo, en el para�so 
y en toda la creaci�n, como en la tierra de nuestros d�as, 
por ejemplo. Es decir, para que cada uno de ellos, tanto 
�ngeles del reino y hombres de la tierra, honren y alaban por 
siempre el nombre sagrado de nuestro Dios, por medio de su 
Hijo amado, el Se�or Jesucristo, "porque esto es felicidad y 
gozo infinito para nuestro Dios que est� sentado en su trono 
santo, en el cielo". 

Es por esta raz�n, que nuestro Dios nos ha entregado de su 
Esp�ritu Santo y sin medida alguna, tambi�n, para llenar 
nuestros corazones y nuestras almas eternas de su presencia 
sagrada y del nombre honrado de nuestra salvaci�n infinita, 
el Se�or Jesucristo. Por lo tanto, la riqueza de la presencia 
del Esp�ritu de Dios, llena de sus dones con sus poderes 
sobrenaturales, es de suma importancia, en nuestras vidas de 
d�a a d�a, en el para�so y en todos los lugares de la tierra 
y aun hasta en la nueva eternidad venidera, del nuevo reino 
de los cielos, tambi�n. 

Y estos son muchos de los dones de milagros, de maravillas y 
de prodigios celestiales y terrenales, que vienen 
directamente de nuestro Dios, para ayudarnos en todo momento, 
para lo que necesitemos de �l, en aquel d�a o aquella hora de 
nuestras vidas, y entonces superar cualquier situaci�n. Y 
s�lo as� le podamos rendir gloria y honra al �l, desde hoy 
mismo y para la eternidad venidera, en su nueva vida infinita 
de su Gran Jerusal�n Santa del cielo, para todo �ngel que ama 
a su Dios y Creador de su vida celestial y as� tambi�n para 
todo hombre, mujer, ni�o y ni�a, de la humanidad entera. 

Ahora, si hoy en d�a, t�, mi estimado hermano y mi estimada 
hermana, crees en Dios y comienzas a alabar su nombre santo y 
salvador de su Hijo, el Se�or Jesucristo, entonces �sta misma 
nube del cielo, llamada la Shekinah, Shekhinah � Shechinah, 
por los antiguos israel�es y por el mismo SE�OR, ha de 
visitar el templo de tu coraz�n. Ha de visitar el templo de 
tu mismo coraz�n, sin duda alguna, el SE�OR y su Jesucristo, 
para llenarte de la gloria de su Esp�ritu y de sus muchos 
dones sobrenaturales, para enriquecer tu vida, como jam�s 
hayas sido enriquecido por nada ni por nadie, en todos los 
d�as de tu vida por la tierra, hasta hoy mismo, por ejemplo. 

Y una vez que esta nube celestial del reino de los cielos 
llega a tu vida, en verdad, jam�s ha de abandonarte en todos 
los d�as de tu vida ni hasta que entres a tu nuevo lugar 
infinito, en el reino de los cielos, para comenzar a vivir tu 
nueva vida celestial, en el m�s all�. Porque en tu nuevo 
lugar de vida eterna, realmente, has de vivir con Dios y con 
su �rbol de vida, llena de los frutos de vida para tu alma y 
para los millares de las huestes angelicales y de gentes, 
pueblos, naciones, tribus y reinos de mundos pasados de la 
humanidad entera de la tierra, que aun viven.

DIGNO DE SUPREMA GLORIA Y HONRA ES NUESTRO DIOS

Y en el cielo, as� como en la tierra, en todos los d�as de tu 
vida, desde el d�a que comenzaste a creer en tu Dios y 
Creador de tu alma, por medio del Se�or Jesucristo, entonces 
has de alabar y de honrar el nombre sagrado de tu Dios, para 
que bendiga tu vida cada vez mucho m�s que antes. Y le dir�s 
as� al SE�OR, en el poder y en la llenura de su Esp�ritu 
Santo, en tu coraz�n y en tu vida, con los �ngeles del cielo 
y almas redimidas, por la sangre de Cristo, en tu derredor: �
Grande es Jehov� y digno de suprema alabanza, en la ciudad de 
nuestro Rey, en el monte de su santuario! 

Adem�s, has de gozarte como los �ngeles, por ejemplo, en 
exaltar y en honrar el nombre sagrado de nuestro Dios, de la 
misma manera que los �ngeles lo han venido haciendo as� en 
sus vidas, desde el d�a de la creaci�n de los cielos y de 
toda la tierra, por ejemplo. Porque s�lo nuestro Padre 
Celestial es digno de suprema gloria, desde de nuestros 
corazones y hasta miles de siglos venideros, en su nueva vida 
infinita de su gran ciudad celestial, La Nueva Jerusal�n 
Santa e infinita del cielo, por ejemplo. 

Y esta gloria de nuestros corazones hacia nuestro Dios y 
Fundador de nuestras vidas no se la merece nadie m�s que �l, 
que est� sentado en su trono de la gracia y de la 
misericordia infinita, en el cielo. Porque la gloria que ha 
de salir de nuestros corazones y de nuestras almas redimidas, 
por la sangre de Cristo, del poder del pecado y de la muerte 
eterna, de las palabras llenas de mentira y de enga�o eterno 
del coraz�n y de los labios perdidos de Lucifer, es realmente 
mayor que la de los �ngeles del cielo. 
 
Por lo tanto, nuestra salvaci�n eterna de nuestras almas 
vivientes habla mucho m�s de lo que nosotros podr�amos hablar 
con nuestro esp�ritu y con nuestra alma humana, de la gracia 
redentora de la sangre bendita del Se�or Jesucristo, hacia 
nuestro Dios y a hacia su Esp�ritu Santo que est�n en los 
cielos, por ejemplo. Es m�s, �sta obra sobrenatural del Se�or 
Jesucristo, la cual fue llevada acabo en su d�a, sobre la 
cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusal�n, en 
Israel, realmente habla mucho m�s que nuestras propias 
palabras, de la verdad y de la justicia eterna, de la vida 
gloriosa y sumamente honrada de nuestro salvador celestial, �
el Se�or Jesucristo! 

Entonces la obra del Se�or Jesucristo en nuestros corazones y 
en nuestras vidas alaban y honran d�a y noche el nombre 
sagrado de nuestro Padre Celestial, en esta vida y en la 
nueva vida venidera del nuevo reino de los cielos, aunque 
jam�s nos demos cuenta de esta alabanza, honra y adoraci�n de 
nuestro esp�ritu hacia nuestro Padre Celestial. Es por esta 
raz�n, que nuestros corazones y nuestras almas eternas 
siempre han sentido un sentir mutuo, de llegar a conocer a 
nuestro Dios y a nuestro salvador de nuestras vidas (del 
poder del pecado y de la muerte del castigo eterno, como el 
infierno o como la segunda muerte de nuestras vidas, por 
ejemplo, en el lago de fuego). 

Pero nuestro Dios no nos ha creado para la gloria del fuego 
eterno del m�s all�, del infierno o del lago de fuego, por 
ejemplo, sino para la vida eterna del cielo. Realmente, 
nuestro Padre Celestial nos ha creado en la imagen y conforme 
la semejanza sagrada de su �rbol de vida, su gran rey Mes�as, 
el Cristo de Israel y de las naciones, para gloria y para 
honra celestial de su nueva vida venidera, en el m�s all�, de 
su nuevo reino imperecedero de �ngeles y de naciones de 
gentes eternas. Y estas gentes eternas de Dios somos todos 
nosotros, hoy en d�a y por siempre, en toda la tierra, s�lo 
por medio de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo!

Entonces nuestro Dios es digno de suprema alabanza y de gran 
gloria y honra infinita, de nuestros corazones y de nuestras 
almas eternas, d�a y noche en la tierra y por siempre en la 
eternidad venidera, de su nueva era de vida celestial del m�s 
all�. Porque para esto nuestro Dios nos ha levantado y nos ha 
llamado, a la vez, de las profundas tinieblas de la tierra y 
del m�s all�, tambi�n, cuando est�bamos completamente ciegos 
y sin vida alguna en toda nuestra sustancia, viviendo en el 
polvo de la muerte eterna, sin que nadie jam�s se 
compadeciese de nosotros, para nada. 

Ni menos para darnos vida y su bendici�n celestial, como 
nuestro Dios lo ha hecho con cada uno de nosotros, en 
nuestros millares, en todos los lugares del para�so y de toda 
la tierra, de nuestros d�as, tambi�n, por ejemplo, para que 
habitemos sus tierras y as� aprendamos a vivir con �l y con 
su �rbol de vida infinita. Es decir, vivir con su �rbol de 
vida eterna, rodeado por siempre de su Esp�ritu Santo y de 
sus huestes de �ngeles, arc�ngeles, serafines, querubines y 
dem�s seres santos, de la vida sagrada, del nuevo reino 
celestial, como su nueva Gran Ciudad Santa e Infinita, en 
donde todo lo que tiene vida alaba su nombre santo, 
eternamente y para siempre. 

Y esta es La Jerusal�n Eterna, la cual nuestro Dios siempre 
so�� vivir en ella, con sus hijos e hijas de todas las 
familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la 
tierra; y libre por siempre de los males del pecado, de 
Lucifer y de sus �ngeles ca�dos y de la gente de la mentira 
eterna, tambi�n. Porque en esta ciudad celestial e infinita 
no habitara jam�s la palabra de mentira de ning�n rebelde, 
como Lucifer ni como ning�n pecador o pecadora de toda la 
tierra, del ayer o de siempre, por ejemplo. 

Porque por all�, s�lo se ha de o�r las alabanzas de los 
millares de hombres, mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad 
entera, junto con los �ngeles del cielo, alabando y honrando 
por siempre el nombre de nuestro salvador eterno, nuestro 
Padre Celestial. Y nuestro Dios ha deseado desde siempre, que 
cada uno de sus seres creados sea �ngel del cielo u hombre de 
la tierra, que comience a honrarle y a exaltarle a �l, en el 
nombre sagrado de su Hijo, el Se�or Jesucristo, como ha de 
ser diariamente en su nueva vida infinita de su nuevo reino 
celestial, por ejemplo. 

Porque el que le ama a �l, en el esp�ritu y en la verdad 
viviente de su Hijo amado, entonces deber�a comenzar a 
hacerlo desde hoy mismo, desde el momento que comenz� a creer 
en su Dios y Creador de su vida, por medio de su palabra viva 
y del nombre bendito del Se�or Jesucristo, en su coraz�n. 
Porque s�lo por medio, de la vida sagrada y el nombre bendito 
de su �rbol de vida eterna, el Se�or Jesucristo, entonces 
nuestro Dios ha de ser exaltado y honrado, a la vez, por los 
siglos de los siglos, en su nueva eternidad venidera de sus 
nuevas tierras con nuevos cielos, del m�s all�. 

Ciertamente un Dios gigantesco y todopoderoso nos ha creado 
en sus manos, para que le conozcamos a �l, en el esp�ritu de 
amor y de vida infinita de Jesucristo, y s�lo as� entonces 
comencemos a honrarle y a exaltarle en su esp�ritu de amor y 
de justicia celestial, desde nuestros corazones profundos y 
hasta aun m�s all� de la eternidad. Por lo tanto, entendemos 
muy bien en nuestros corazones, que nuestro Padre Celestial 
es digno de suprema alabanza y de mucha gloria y honra a su 
nombre santo, el cual ha tenido por siempre un lugar muy 
especial en lo profundo de nuestros corazones, desde el d�a 
de nuestra formaci�n (espiritual y corporal) y hasta nuestros 
d�as, por ejemplo. 

Y esto ha sido algo muy especial para Dios y para su 
Jesucristo, por lo cual Lucifer ha intentado cambiar en 
nuestras vidas, con sus palabras de mentira y de muerte 
eterna, tambi�n, en el para�so y en todos los d�as de 
nuestras vidas por la tierra, desde el d�a que nacimos en 
ella y hasta hoy mismo, por ejemplo. Pero nuestro Dios nos ha 
guardado por siempre, a pesar de los ataques de Lucifer y de 
su esp�ritu de error, el enemigo eterno de su vida sagrada y 
de la vida implacable del Se�or Jesucristo, porque nos ama 
tanto, y nos perdona nuestros pecados, como desde el mismo 
d�a que nos saco del lodo de la tierra. 

Por esta raz�n, el Esp�ritu de Dios lucha d�a y noche, desde 
los d�as del g�nesis de todas las cosas, para que no sea as� 
con ninguno de nosotros, para que no perdamos nuestros 
corazones en las mentiras usuales de Lucifer, sino todo lo 
contrario. Y esto que cada uno de nosotros, retengamos ese 
lugar muy especial de nuestros corazones para el nombre de 
Dios, en nuestros millares, de todas las familias, razas, 
pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, para 
finalmente muy pronto alcanzar nuevas glorias y santidades 
perfectas para nuestro Dios, desde nuestros corazones hacia 
la nueva eternidad venidera.

JESUCRSITO HABITA EN MEDIO DE NUESTRA ALABANZA

Nuestro Padre Celestial es ciertamente santo. Y como �l no 
hay otro igual, en el cielo ni en la tierra. Y desde tiempos 
antiguos: �S�lo �l es quien realmente habita entre las 
alabanzas de Israel y de todo su gent�o por toda la tierra! 
Porque nuestro Padre Celestial es quien se mueve 
sobrenaturalmente y poderosamente entre los pueblos de la 
tierra, especialmente como aquellos que aman y adoran su 
nombre santo y su Ley Inmortal, como Israel, desde los d�as 
de la antig�edad y hasta nuestros d�as, por ejemplo. 

De verdad, nuestro Dios es santo, y cada gloria y honra que 
se levanta hacia �l, hacia el cielo m�s alto que su reino 
celestial, del coraz�n de los �ngeles y as� tambi�n del 
coraz�n de los hombres, mujeres, ni�os y ni�as, es sumamente 
santo para nuestro Dios y para su Hijo amado, el Se�or 
Jesucristo. Y �sta es una gloria y una honra, que nuestro 
Padre Celestial jam�s ha de compartir con ning�n otro ser 
viviente concebido, por sus palabras, por su nombre o por sus 
manos santas, por ejemplo, como �ngeles del cielo u hombres 
del para�so o del mundo. 

Esta gloria y honra s�lo pueden verdaderamente salir del 
coraz�n y del esp�ritu de �ngeles y de hombres y de las 
mujeres de la humanidad entera para honrar y para exaltar el 
nombre de nuestro Dios que est� en los cielos, si s�lo 
creemos en su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! Porque s�lo 
en Jesucristo est�n todos los poderes de alabanzas y de 
glorias infinitas para nuestro Padre Celestial que est� en 
los cielos, gozando por siempre de la presencia de su 
Esp�ritu Santo y de sus huestes de �ngeles gloriosos y 
eternos.

En otras palabras, cada gloria y cada honra de nuestros 
corazones que se levanta hacia nuestro Dios, es s�lo para 
exaltar y para honrar mucho m�s que antes la perfecci�n, la 
santidad y la gloria infinita de su nombre, en el cielo m�s 
alto que el reino de los �ngeles y de la humanidad de la 
tierra, tambi�n, como ejemplo. Y cuando esta gloria y honra 
de nuestro salvador llega a la presencia santa de nuestro 
Padre Celestial, de parte de cada uno de nuestros corazones, 
entonces Dios muy bien la recibe con gran gozo y alegr�a en 
su coraz�n y en su alma sant�sima, para jam�s olvidarnos 
eternamente y para siempre, en la eternidad venidera de su 
gran reino celestial. 

Y al instante, Dios mismo transforma estas glorias y honras 
en muchas bendiciones para nuestras vidas y para mucha m�s 
gente en todos los lugares de la tierra, que est�n 
necesitados y esperando por �l, por ejemplo, para que alivie 
sus problemas y dificultades de sus vidas. Y nuestro Dios 
hace todas estas cosas, y muchas m�s que nuestras alabanzas 
de gloria, de exaltaci�n y de honra infinita a su nombre 
santo, para que entonces nosotros no s�lo le sigamos 
sirviendo y rindi�ndole gloria y honra a �l y a su nombre 
eterno, sino que mucho m�s que esto. 

Nuestro Padre Celestial realmente sabe muy bien en su coraz�n 
sagrado, que otros tambi�n, que no le serv�an ni le conoc�an, 
entonces le han de comenzar a conocer y a rendirle glorias y 
honras de alabanzas y exaltaciones infinitas, para su vida y 
para su nombre santo, por ejemplo, en el cielo y por toda la 
tierra, tambi�n. Y as� cada una de las tinieblas de las 
mentiras de Lucifer y de su muerte eterna del �ngel de la 
muerte, en la tierra, en el infierno y en el lago de fuego, 
entonces son poco a poco, pero seguro, destruidas, para 
liberar al hombre, de todo mal del pecado y de su muerte 
eterna, tambi�n. 

Pues destruidas son las profundas tinieblas de las mentiras 
del pecado mortal de Lucifer y de su esp�ritu de error, por 
ejemplo, para que jam�s se vuelvan a interponer en contra de 
las alabanzas y de las glorias eternas, en nuestros corazones 
y en nuestras vidas celestiales, como la del para�so, para 
nuestro Dios y para su nombre santo. Y s�lo as� entonces 
nuestros corazones y nuestros esp�ritus humanos han de ser 
como los esp�ritus celestiales de los �ngeles del reino de 
los cielos, libres por siempre para honrar y para exaltar el 
nombre de nuestro Padre Celestial, en el nombre glorioso y 
sumamente honrado del Se�or Jesucristo. 

Para que entonces muchas de las bendiciones, si no todas, que 
no pod�an llegar a nuestras vidas, por culpa de las tinieblas 
de nuestros pecados, ante Dios y ante su Hijo amado, el Se�or 
Jesucristo, pues entonces ahora el Esp�ritu Santo nos las 
entregara en su momento justo y sin m�s demora alguna. 
Ciertamente el Esp�ritu Santo nos las ha de entregar una a 
una cada d�a y cada noche de nuestras vidas por la tierra y 
hasta que finalmente entremos de lleno, a nuestras vidas 
reales del nuevo reino de los cielos, como en el para�so o 
como en nuestra nueva ciudad celestial, La Jerusal�n Santa e 
Infinita del cielo. 

Y estas son bendiciones celestiales, que nuestro Padre 
Celestial nos ha entregado a nosotros, para disfrutarlas d�a 
y noche en nuestros corazones y en nuestras vidas de nuestro 
diario vivir por la tierra, para que seamos felices con �l y 
con su palabra santa, si tan s�lo creemos en �l, por medio de 
su Hijo amado, el Se�or Jesucristo. Y as� cada uno de 
nosotros, en nuestros millares, de todas las familias, razas, 
pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, podr�amos 
realmente servir y alabar por siempre a nuestro Dios y a su 
Hijo amado, el Se�or Jesucristo, en nuestros corazones y en 
nuestras almas, para entonces poder vivir nuestras vidas, 
como se vive en el cielo, por ejemplo. 

De otra manera, seguir�amos viviendo en nuestros pecados para 
finalmente caer en nuestro mal eterno, en la tierra y en el 
infierno tambi�n, en el m�s all�. Y Dios no nos ha creado a 
nosotros, ni menos nos ha entregado de su imagen y de su 
semejanza santa, para ser luego echados al mundo de los 
muertos, de las almas perdidas eternamente y para siempre en 
sus maldades y en sus muchos pecados, en contra de Dios y de 
su Hijo amado, el Se�or Jesucristo. 

Porque la verdad es que nuestro Dios nos ha creado para que 
seamos como sus �ngeles santos, pero con mayores poderes de 
honra, de santidad y de gloria infinita, para exaltar y para 
honrar su nombre santo, en la tierra y en el para�so, 
tambi�n, hoy en d�a y para siempre, en la eternidad venidera 
del nuevo reino celestial. Porque nuestro Dios ha estado 
buscando desde siempre mayores glorias de santidades y de 
honras a su nombre sagrado, jam�s alcanzadas por los �ngeles, 
del reino de los cielos, pero esta vez las ha encontrado en 
la tierra. 

Esta vez, con los hombres, mujeres, ni�os y ni�as, de toda la 
tierra, fieles a �l, por medio de la vida y del nombre 
sagrado de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, instalado en 
sus corazones, entonces esto ha de ser posible, hoy y por 
siempre, en la eternidad venidera, del nuevo reino celestial, 
alcanzar nuevas glorias del m�s all�. Entonces grande es 
nuestro Dios y digno de suprema alabanza y honras eternas, 
desde lo profundo de nuestros corazones, para traspasar 
cielos y horizontes de la nueva eternidad venidera de nuestro 
Dios y su �rbol de vida eterna, rodeada de �ngeles y de su 
humanidad infinita. 

Infinita humanidad del cielo, redimida por el esp�ritu de fe, 
de la sangre sant�sima del pacto eterno, entre Dios y el 
hombre de la tierra, porque el hombre y la mujer que Dios ha 
creado con todos sus hijos e hijas, no ha de morir jam�s, 
sino todo lo contrario. Cada uno de ellos ha de ver la vida 
eterna, para honrar y para alabar a su Dios y Fundador de su 
vida, por los siglos de los siglos, en la tierra y en el 
nuevo reino de los cielos, como los �ngeles lo han hecho a 
trav�s de los siglos y hasta nuestros tiempos, por ejemplo. 

LA CREACI�N ANUNCIA LA OBRA DE LAS MANOS DE DIOS

Es por eso, que los cielos cuentan la gloria de Dios, y el 
firmamento anuncia la obra de sus manos sagrada d�a y noche 
ante la vista at�nita de los �ngeles del reino y de todos los 
hombres, mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad entera, en 
toda la tierra. Porque aun el universo con sus millares de 
estrellas, planetas, lunas y dem�s seres celestiales del 
infinito no se cansan jam�s de contar de la gloria de Dios, a 
todos los que los ven desde la distancia de la tierra y hasta 
donde su vista los pueda divisar en toda la inmensidad 
celestial, por ejemplo. 

En realidad, estos seres celestiales de la inmensidad: alaban 
y honran al Rey de reyes y SE�OR de Se�ores, �el Se�or 
Jesucristo! Porque todo lo que ha sido hecho fue hecho por 
medio de �l, y nada de lo que ha sido hecho, en el cielo y en 
la tierra, en verdad, no ha sido hecho jam�s sin �l. Porque 
s�lo en �l est� la verdad, la vida, el camino, la sabidur�a, 
la honra, el poder, la alabanza, el triunfo, la victoria, la 
adoraci�n, la autoridad y la inteligencia perfecta para hacer 
todas las cosas de las que se ven y de las que no (se ven) en 
el cielo y por toda la tierra, tambi�n. 

Es por esta raz�n, que nuestro Padre Celestial en el d�a que 
decidi� crear al hombre de la tierra con sus manos santas, 
entonces le dijo a su Hijo amado, el Se�or Jesucristo con su 
Esp�ritu Santo: Descendamos a la tierra y hagamos al hombre 
en nuestra imagen y conforme a nuestra semejanza. Y as� fue, 
en aquel d�a hist�rico nuestro Dios crea al hombre con sus 
manos santas, por medio de aquel que vive en el cielo y en la 
tierra, el Santo de Israel y de la humanidad entera, �el 
Se�or Jesucristo! 

Es por eso, que los ap�stoles y as� tambi�n toda la gente y 
los disc�pulos, cuando ve�an a Jesucristo, no ve�an en �l a 
un extra�o, sino a alguien en su imagen y en su semejanza 
humana, con quien se identificaban mutuamente, sin ninguna 
dificultad visible. Pues as� es nuestro salvador celestial, 
el mismo del ayer, de hoy y de siempre, en el para�so, en la 
tierra y hoy en d�a, otra vez en el nuevo reino del cielo. 
Pero est� vez, en nuevas tierra con nuevos cielos adornado 
con mansiones celestiales, para todos los hombres, mujeres, 
ni�os y ni�as de la tierra, que aman a su Dios y Creador de 
sus vidas, por medio de �l, su Hijo amado, el �rbol de la 
vida, �el Se�or Jesucristo!

Y, hoy en d�a, como en a�os anteriores, nuestro Padre 
Celestial ha deseado formar una nueva vida celestial para sus 
hijos e hijas de todas las familias, razas, pueblos, linajes, 
tribus y reinos de la tierra, para que le sirvan y le adoren 
por siempre, por medio de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo. 
Porque todo lo que nuestro Dios ha de crear de nuevo, ha de 
ser como siempre, como en el principio de todas las cosas, en 
el cielo y en la tierra, por medio de la vida y del nombre 
sagrado de su �rbol de vida eterna, su Hijo amado, �el Se�or 
Jesucristo!

Y sin Jesucristo, nada de lo que Dios desee crear en el cielo 
y en la tierra lo podr� lograr jam�s. Es por esta raz�n, que 
el Se�or Jesucristo es de suma importancia en el coraz�n y en 
la vida, de cada uno de los �ngeles y as� tambi�n de todos 
los hombres, mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad entera, 
para entonces Dios mismo poder regenerarnos, reformarnos, y 
darnos una nueva vida infinitamente feliz, como la de sus 
sue�os, como ejemplo. 

Y esta es una nueva vida, totalmente llena de verdad y de 
justicia celestial, para vivirla para nuestro Dios y para su 
gran rey Mes�as, su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, en la 
tierra y en su nuevo reino celestial, en el m�s all�. En 
donde los que habitan all�, desde tiempos antiguos y hasta 
nuestros d�as, por ejemplo, honran y adoran el nombre sagrado 
de nuestro Dios y de nuestro Se�or Jesucristo, para 
glorificar sus vidas por siempre s�lo en la verdad de la 
palabra viva y de la gran obra infinita y sobrenatural de 
redimir a la humanidad entera, de la muerte infernal.

Porque es muy importante que d�a y noche, el nombre sagrado 
de nuestro Dios sea honrado y exaltado, en nuestros corazones 
y en nuestras vidas, para que las fuerzas de las profundas 
tinieblas, entonces dejen de ser en todos los lugares de la 
tierra: y la tierra sea igual que el cielo en vida, ni m�s ni 
menos, para siempre. Y s�lo as� entonces nuestros corazones y 
nuestras almas eternas sean libres para servir y para amar 
mucho m�s que antes a nuestro Dios y a su Hijo amado, el 
Se�or Jesucristo, todos los d�as de nuestras existencias, en 
la tierra y en el para�so tambi�n, para miles de siglos 
venideros de su nueva eternidad celestial, por ejemplo. 

Es por esta raz�n, tambi�n, que los cielos y sus seres 
celestiales, de los que se ven y como de los que no (se ven), 
en sus millares e incontables, en toda la inmensidad, 
anuncian en todo momento de la grandeza y de la gloria 
infinita de su Fundador, el Todopoderoso, el Omnipotente. 
Para que los �ngeles del cielo y as� tambi�n los hombres, 
mujeres, ni�os y ni�as, entonces reciban �ste gran ejemplo, 
de honrar y de exaltar aquel que los creo y los puso en su 
curso de vida, para que verdaderamente conozcan la vida real 
de su Hacedor, no en las tinieblas del enemigo, sino en la 
luz de su Hijo. 

Entonces todos los seres creados por Dios, como �ngeles del 
reino y as� tambi�n hombres, mujeres, ni�os y ni�as del 
mundo, est�n llamados, desde el momento de su creaci�n, como 
seres vivientes, ha honrar y ha exaltar el nombre de su Dios, 
para que sus vidas crezcan no en las tinieblas del enemigo, 
sino en la luz de su Jesucristo. Y, por todo ello, no hay 
mejor manera de exaltar y de honrar a nuestro Padre 
Celestial, sino no es creyendo en �l, por medio de la vida y 
de la sangre bendita de su pacto eterno, �el Se�or 
Jesucristo! 

Porque ha sido su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, quien 
realmente ha cumplido toda su voluntad perfecta para bien de 
muchos y alabanzas santas a su nombre sagrado, en la tierra y 
en el para�so, tambi�n. Por lo tanto, ha sido el Se�or 
Jesucristo, la alabanza perfecta de nuestras almas eternas, 
quien verdaderamente se ha "levantado victorioso" en el 
Tercer D�a de la resurrecci�n, para darle vida y salud eterna 
en abundancia, a todo aquel que crea a su Dios, por medio del 
Se�or Jesucristo, �nicamente. 

Ya que, fuera del Se�or Jesucristo, entonces no hay alabanza 
alguna posible para el coraz�n del �ngel del cielo y as� 
tambi�n para el coraz�n del hombre, de la mujer, del ni�o y 
de la ni�a de la humanidad entera. Entonces hoy m�s que 
nunca, nuestro Dios desea que todos nosotros aprendamos de su 
creaci�n y de su firmamento en general, los cuales nos llaman 
d�a y noche y sin cesar, ha servirle y ha honrarle a �l, en 
el esp�ritu y en la verdad de su vida santa y eternamente 
honrada de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! 

Por cuanto, hemos sido creados por su coraz�n santo, para que 
le seamos por siempre s�lo obedientes a �l, por medio de su 
Jesucristo. De otra manera, jam�s podr�amos obedecerle a �l y 
as� cumplir su m�s santa y perfecta voluntad en nuestras 
vidas, en el para�so, en la tierra y de nuevo de regreso al 
para�so, a nuestra nueva vida infinita de su nuevo reino 
celestial, como en su flamante tierra nueva con nuevos 
cielos, La Gran Jerusal�n del cielo, por ejemplo. 

Y los antiguos entend�an muy bien a nuestro Dios, y como 
llevar acabo su voluntad santa y perfecta en sus corazones, 
para alcanzar una vida mejor y superior en la tierra y en el 
para�so, tambi�n, de regreso otra vez a la presencia de Dios 
y de su �rbol de vida eterna, el Se�or Jesucristo. Pues as� 
nuestro Padre Celestial ha redimido del poder del pecado y de 
su muerte eterna, a todo pecador y a toda pecadora de la 
humanidad entera. Y, hoy en d�a, si t� le obedeces tambi�n a 
�l, como los dem�s lo han hecho a trav�s de los tiempos y 
hasta nuestros d�as, por ejemplo, entonces t� mismo has de 
ver al Hijo de Dios en cualquier d�a, como Nabucodonosor lo 
vio en su d�a.

EL REY DE BABILONIA VIO AL HIJO DE DIOS Y SE SALVO

Por ejemplo, vemos como Nabucodonosor, rey de Babilonia, 
alababa, exaltaba y glorificaba al Rey de los cielos, porque 
todas sus obras eran para �l, verdad infinita y sus caminos 
justicia para todos los hombres, mujeres, ni�os y ni�as de 
sus tierras y de la humanidad entera, de aquellos d�as y de 
siempre, tambi�n. Porque s�lo nuestro Padre Celestial puede 
humillar a los que andan con soberbia delante de su presencia 
santa, en el para�so y por toda la tierra, tambi�n. 

Realmente, Nabucodonosor era un hombre imp�o, desde los 
primeros d�as de su reinado; �l no conoc�a a Dios en su 
coraz�n, porque "nadie le hab�a ense�ado la verdad y la 
justicia infinita de su coraz�n de creer, en el Hijo de Dios, 
para ser redimido de sus pecados y de su muerte segura en el 
infierno, en el m�s all�". Nabucodonosor cre�a que todo lo 
que tenia en su reino se lo merec�a muy bien, porque hab�a 
trabajado por todo ello, en toda su vida; adem�s, hab�a 
derrotado a naciones y a sus ej�rcitos por doquier, como a 
Israel, por ejemplo; por lo tanto, su reino era grande y 
fuerte entre los pueblos de la tierra, en aquellos d�as. 

Pero Nabucodonosor jam�s se hab�a tropezado con siervos de 
Dios, que verdaderamente amaban su palabra y su nombre 
sagrado, a pesar de cualquier oposici�n, por m�s terrible que 
fuese, en la tierra y aun hasta del m�s all�, tambi�n. Y a 
ellos, Nabucodonosor quiso hacerlos sus siervos, para que 
adorasen a su estatua de oro puro. Esta era una estatua muy 
grande que hab�a enviado a sus escultores ha construir, 
porque la hab�a visto en uno de sus sue�os. 

Por lo tanto, su coraz�n estaba fascinado por ella, y deseaba 
tener una igual en todo su reino, como la adoraci�n �nica de 
su coraz�n equivocado (y eternamente perdido sin Cristo en su 
vida). Para que todos los que vivan con �l, entonces se 
arrodillen ante ella y le rindan gloria y honra, como uno de 
sus dioses (o el dios de sus propias vidas), por ejemplo, 
cuando lo contrario era la verdad. Y esto era que s�lo el 
Dios del cielo y de toda la tierra es realmente el Dios 
soberano de toda vida del hombre y de toda la tierra y de sus 
cosas, tambi�n, as� como en el reino de los cielos, desde los 
d�as de la antig�edad y hasta nuestros d�as, por ejemplo.

Entonces los Babilonios, como gentiles que eran, ten�an que 
obedecer al mandato de Nabucodonosor, para no ser condenados 
a muerte; es m�s, ellos no pod�an quejarse ni menos escapar 
�ste decreto tan apremiante para sus vidas, especialmente 
para los jud�os que se encontraban en cautiverio entre ellos, 
en aquellos d�as, por ejemplo, y con la Ley Celestial en sus 
corazones. Y unos jud�os, como todos los dem�s, no quisieron 
obedecer el edicto del rey; ellos pensaban que aunque estaban 
en cautiverio, s�lo ten�an que seguir y servirle al Dios de 
sus padres, es decir, al Dios de Abraham, de Isaac y de 
Jacobo, por ejemplo. 

Ya que, este es uno de los primeros mandamientos de sus Ley 
Divina, no arrodillarse ante ning�n �dolo en toda la tierra, 
por ejemplo, para honrarle como a su Dios. Porque s�lo un 
Dios tienen en sus vidas, en el para�so y en la tierra; y 
este es el SE�OR Fundador del cielo y de la tierra; tambi�n, 
conocido como el Se�or Todopoderoso, por ejemplo, por todos 
los hebreos de la antig�edad y de toda la vida, tambi�n. Por 
lo tanto, cuando Sadrac, Mesac y Abed-neg� se negaron 
rendirle honor a la estatua de oro, del rey de Babilonia, 
entonces �l se enoja con ellos; no s�lo con Sadrac, Mesac y 
Abed-neg�, sino con todos los hebreos y hasta con el Dios del 
cielo y de la tierra, tambi�n. 

Por lo tanto, Nabucodonosor quer�a ver que se negasen a 
obedecer su edicto delante de su presencia y de sus 
oficiales, tambi�n. Entonces los mando a buscar, para ver si 
desobedec�an su palabra delante de su presencia y de su 
trono, como rey supremo de todo el reino de Babilonia. Y 
cuando Sadrac, Mesac y Abed-neg� llegaron ante Nabucodonosor, 
entonces los oficiales les quisieron hacer que ellos 
admitiesen que iban a obedecer el edicto del rey. 

Y ellos les respondieron, dici�ndole a Nabucodonosor, que no 
pod�an obedecer su ley, de humillarse ante su estatua de oro, 
porque es contrario a la Ley del Dios del cielo y de la 
tierra. Y cuando el rey oy� estas palabras de los labios de 
los tres hebreos, entonces se enojo mucho m�s que antes; y 
ordeno de inmediato a sus oficiales a que calentaran mucho 
m�s que antes el horno, para echarlos a ellos en �l, por 
haber desobedecido su mandato. 

No importa, les contestaron los hebreos al rey Nabucodonosor, 
por cuanto m�s ordenes calentar tu horno, por haber 
quebrantado tu edicto, nosotros vamos a seguir sirvi�ndole al 
Dios de nuestros padres aun entre el fuego candente de tu 
horno, se�or rey de Babilonia. Y el horno fue calentado siete 
veces m�s que antes, que cuando los soldados babilonios los 
tomaron en sus manos para echarlos, a los tres hebreos, en el 
fuego del horno, entonces por el poder del fuego ellos fueron 
consumidos y muertos inmediatamente, pero no los hebreos. 

Los hebreos entraron en el fuego del horno y caminaban con 
aquel que los proteg�a del mal de sus enemigos; �ste ser era 
"el Cordero de Dios", a quien le hab�an ofrecido sus ofrendas 
de paz y de amor a su Dios en el cielo; �ste es aquel de la 
sangre del pacto eterno de Israel y del mundo entero. Y 
cuando Nabucodonosor ve�a a sus hombres muertos en el suelo y 
a los hebreos con una cuarta persona, que danzaba y alaba 
dentro del fuego del horno al Dios del cielo, entonces se 
maravillo mucho; y no pod�a creer lo que ve�a con sus ojos. 

Entonces Nabucodonosor les pregunto a sus oficiales: �No 
hemos echado tres hebreos al fuego del horno? Y si lo hemos 
hecho as�: �Por qu� entonces veo un cuarto ser movi�ndose con 
ellos en el fuego? Y �ste cuarto pararse ser como el Hijo de 
Dios. Porque ni �l ni los tres hebreos se queman en el fuego, 
sino que siguen danzando y alabando el nombre de su Dios, 
como si no estuviese sucedi�ndole nada malo con ninguno de 
ellos. 

Al momento, Nabucodonosor se acerca m�s al horno, pero el 
fuego no le hace da�o tampoco, como a sus hombres que 
murieron al instante calcinados, ante la intensidad del ardor 
del fuego, por ejemplo, en donde hab�an echado a Mesac, 
Sadrac y Abed-neg�, sin piedad alguna en sus corazones, a sus 
muertes seguras del horno extremadamente violento. Entonces 
Nabucodonosor se queda parado en su lugar, a la entrada del 
horno, mirando hacia los hebreos y el cuarto de entre ellos, 
que se parec�a como al Hijo de Dios en sus ojos y en su 
coraz�n, tambi�n, pero no sufr�a da�o alguno por causa del 
fuego aun cuando ard�a violentamente para quitarle la vida al 
momento. 

Y mirando aun hacia dentro del fuego, entonces Nabucodonosor 
llama a los hebreos, y les pide que salgan del horno. Mesac, 
Sadrac y Abed-neg� salieron caminando del horno, sin que el 
fuego les haya hecho ning�n mal alguno, ni a sus cuerpos ni a 
sus vestiduras; ellos estaban parados ante el rey, libres y 
limpios de toda culpa de pecado o de haber quebrantado alguna 
ley de Dios o del hombre de toda la tierra. 

Y el Hijo de Dios no permaneci� en el fuego del horno, sino 
que se volvi� a hacer invisible ante los ojos de 
Nabucodonosor y de su gente de Babilonia. Y Nabucodonosor les 
dijo a los hebreos, desde hoy mismo toda Babilonia se ha de 
postrar ante el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-neg�, y el que 
no lo haga que muera entonces. Por lo tanto, como la orden 
del rey de Babilonia era apremiante, entonces no s�lo los de 
Babilonia ahora serv�an al Dios de Abraham, de Isaac y de 
Jacobo, sino todas las naciones alrededor y hasta aun las muy 
lejanas tambi�n. 

Porque �ste incidente de haber echado a los hebreos en el 
horno, para que mueran quemados y no murieron, sino que sus 
hombres fueron los que el fuego del horno mata delante de sus 
ojos y de su gente, tambi�n. Y como tambi�n Nabucodonosor y 
su gente vieron al Hijo de Dios que se mov�a con los hebreos, 
para alabar y para honrar el nombre bendito de sus padres, 
entre en medio del ardor, del fuego violento, entonces no 
pod�an negarlo sino s�lo aceptarlo en sus corazones y en sus 
vidas para servirle al Dios, del cielo y de la tierra. 

Y desde aquel d�a en adelante, toda Babilonia y las naciones 
aleda�as: alababan y honraban al Hijo de Dios, que hab�a 
redimido a Israel de la casa de su cautiverio y a Mesac, 
Sadrac y Abed-neg� de una muerte segura, en el horno candente 
y mortal de Babilonia. Pues as� tambi�n todo hombre, mujer, 
ni�o y ni�a de la humanidad entera, tiene que alabar y honrar 
aquel que estuvo muerto, pero que vive por los siglos de los 
siglos, el Hijo de Dios, �el Santo de Israel y de la 
humanidad entera! 

Porque as� con su sangre redimi� a Israel de su cautiverio 
eterno en Egipto, y luego redimi� muchas veces a Israel de 
sus enemigos, por el desierto, como por ejemplo, con Mesac, 
Sadrac y Abed-neg� que no dejo que el fuego del horno los 
quemase, sino que estuvo con ellos hasta que fueron 
liberados. Pues as� tambi�n ha de ser contigo, mi estimado 
hermano y mi estimada hermana, para redimirte del cautiverio 
del pecado y para salvarte del fuego eterno del infierno, 
aunque hayas sido echado en �l, por las manos de los enemigos 
de Dios y del nombre sagrado de su Hijo amado, �el Se�or 
Jesucristo!

LA ALABANZA A TU DIOS, TE HA DE LLENAR DE LA GLORIA CELESIAL

Es por esta raz�n, que los �ngeles, arc�ngeles, serafines, 
querubines y dem�s seres santos de nuestro Padre Celestial: 
alaban y honran su nombre sagrado, desde el comienzo de sus 
d�as y hasta nuestros d�as, tambi�n, en el cielo y en el 
resto de su creaci�n. Y porque ellos alaban y honran el 
nombre de nuestro Padre Celestial d�a y noche y sin cesar, 
entonces sus corazones y sus esp�ritus celestiales son 
repletos de la gloria divina, de la presencia de Dios, de su 
Esp�ritu Santo y de su �rbol de vida eterna, �el Se�or 
Jesucristo! 

Y es �sta gloria, de alabar y de honrar a su Dios, es que los 
hace a cada uno de ellos eternamente gloriosos y, a la vez, 
les da esa distinci�n particular de sus vidas celestiales, en 
el reino de los cielos, por ejemplo, que los hace ver, como 
grandes y sumamente sant�simos, ante los ojos de toda la 
creaci�n. Pues as� tambi�n el hombre, la mujer, el ni�o y la 
ni�a de la tierra, cada uno de ellos es lleno del Esp�ritu de 
Dios, cada vez que exalta el nombre de su Dios y de su 
Jesucristo en su coraz�n, para gloria y para honra eterna de 
la vida santa de su Dios, en los cielos. 

Esto fue lo que le sucedi� a Mois�s, por ejemplo, despu�s de 
haber hablado con Dios sobre el Sina�, por cuarenta d�as y 
cuarenta noches; al bajar del Monte su rostro resplandec�a 
con una gloria jam�s vista por los hombres; y Mois�s tuvo que 
ponerse un velo sobre su rostro, porque su rostro 
resplandec�a con una gloria estelar. Pues as� tambi�n el 
hombre, de hoy y de siempre, si tan s�lo le es fiel a su 
Dios, alab�ndole y rindi�ndole gloria y honra a su nombre 
santo, en su coraz�n y en su alma eterna, tambi�n, d�a a d�a 
y por siempre, en todos los lugares de la tierra y del 
para�so, en el cielo. 

En la medida en que, la alabanza, al nombre sagrado de 
nuestro Dios y de su Jesucristo, es para nosotros, tambi�n, 
los que amamos y honramos a nuestro Dios, en nuestras vidas y 
en todos los lugares de la tierra. Porque cada alabanza del 
coraz�n y del alma del hombre es realmente un paso m�s hacia 
el crecimiento espiritual de su vida, en la tierra y en el 
para�so, de igual forma, para jam�s volver a ser el pecador 
de toda la tierra de siempre, que todo mundo conoc�a, por 
ejemplo, en el mundo de la mentira y del mal. 

Porque las alabanzas de nuestros corazones y de nuestros 
labios, hacia nuestro Padre Celestial que est� en los cielos, 
son para que nuestros corazones no solamente crezcan cada vez 
m�s hacia el conocimiento santo y perfecto de su nombre 
sagrado, sino tambi�n para que nuestras almas sean felices 
con �l y con su Esp�ritu Santo, en donde sea que vivamos. 
Porque la felicidad del coraz�n y del alma del hombre, de la 
mujer, del ni�o y de la ni�a, de todas las familias, razas, 
pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, es muy 
importante para nuestro Dios y para su Hijo amado, el Se�or 
Jesucristo, para que su Esp�ritu Santo obre con sus dones 
sobrenaturales en nuestras vidas. 

Y as� ayudarnos a crecer, a cada uno de nosotros, en nuestros 
millares, en todos los lugares de la tierra, en sus 
maravillas, en sus milagros y en sus prodigios terrenales y 
celestiales: porque cada una de estas bendiciones celestiales 
en nuestras vidas es muy importante, para nosotros poder 
vivir nuestras vidas normalmente, en la tierra y en el 
para�so. Porque para vivir nuestras vidas, en un mundo como 
el de hoy en d�a, por ejemplo, se necesita poder, mucho poder 
del cielo. 

Por cuanto, el mundo tiene poder de las profundas tinieblas 
de Lucifer y de sus �ngeles ca�dos, y nosotros tenemos poder 
del cielo, por naturaleza humana, espiritual y divina 
tambi�n; porque hemos sido formados en la imagen y conforme a 
la semejanza omnipotente de nuestro Dios, de su Esp�ritu 
Santo y de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, por ejemplo. Y 
estos poderes se oponen el uno al otro, en nosotros y entre 
nosotros mismos, tambi�n, en el cielo y en la tierra, como 
con Ad�n y Eva en el para�so, porque �ste es un ejemplo 
cl�sico entre el bien y el mal, en la vida del hombre y del 
Se�or Jesucristo, para aprender de estas fuerzas opositoras, 
por siempre. 

Por lo tanto, estos poderes sobrenaturales, para edificar y 
as� ayudar a nuestras vidas a desarrollarse con normalidad, 
han descendido del cielo, desde los primeros d�as de la 
antig�edad, como en g�nesis 1:2, por ejemplo, cuando el 
esp�ritu de la sangre bendita del "Cordero de Dios", el Se�or 
Jesucristo ya venia sobre cada uno de nosotros por directriz 
celestial. Y esto suced�a en toda la tierra, aunque todav�a 
no hab�amos nacido del vientre de nuestras madres, por 
ejemplo, para ayudarnos a levantarnos, del polvo de la tierra 
y nacer como humanos para vivir d�a a d�a nuestras vidas, en 
el mundo y hasta aun m�s all� de la muerte, en la eternidad 
del nuevo reino infinito de los cielos. 

Entonces todos estos poderes que hemos de recibir d�a y noche 
de parte de nuestro Padre Celestial, por medio de su Esp�ritu 
y de Jesucristo, han de ser para nosotros aprender a ser 
fuertes ante el mal y servirle a �l, como nuestro �nico Dios 
soberano de nuestras vidas, en la tierra y en el cielo, hoy y 
por siempre. Y Dios ha de continuar envi�ndonos de su 
Esp�ritu Santo y sin cesar, lleno de sus dones 
sobrenaturales, porque lo necesitamos para crecer en el 
servicio sagrado de su nombre, en nuestros corazones, en 
nuestras almas eternas y en nuestras vidas terrenales y 
celestiales, tambi�n, para la eternidad venidera del nuevo 
reino de los cielos. 

Dado que, nuestro Dios muy bien sabe que sin su Esp�ritu 
Santo y sus dones sobrenaturales, entonces no podr�amos jam�s 
recibirle a �l, ni cantarle a �l, ni menos creer en nuestros 
corazones y decir con nuestros labios su verdad y su justicia 
infinita, de que su "Hijo amado" es el Se�or Jesucristo, por 
ejemplo. Es decir, que nadie puede alabar ni darle gloria y 
honra a nuestro Dios, sino no es por el poder sobrenatural, 
de la presencia del Esp�ritu de Dios, en nuestras vidas; es 
m�s, nadie podr�a decir jam�s, sin la ayuda del Esp�ritu 
Santo, de que el Se�or Jesucristo es su Hijo amado, por 
naturaleza divina e infinita del cielo. 

Esto es totalmente imposible para el hombre, la mujer, el 
ni�o o la ni�a de toda la tierra, creer en su coraz�n y 
decirlo con sus labios para la eternidad, para justicia y 
para cumplir toda verdad infinita, de que el Se�or Jesucristo 
es el Hijo de Dios, el �nico salvador posible para Israel y 
la humanidad entera. Como ejemplo, hemos hablado de 
Nabucodonosor, �l era un rey terrible en Babilonia; todo lo 
que �l quer�a que se hiciese en su reino, entonces s� tenia 
que hacer, sin tolerar oposici�n alguna nunca. 

Su coraz�n estaba cerrado para Dios, porque jam�s hab�a o�do 
hablar de �l; Nabucodonosor s�lo conoc�a su poder, de hacer 
las cosas a su manera, en todo su reino. Y el que se opon�a a 
�l y a su mandato, entonces tenia que ser echado al horno de 
fuego, para morir condenado. Porque Nabucodonosor no quer�a 
compartir su vida con nadie que se le opusiese en su vida, o 
en su manera de hacer sus cosas. 

Y siendo as� Nabucodonosor, un rey cruel e imp�o ante Dios y 
ante toda justicia del hombre y del cielo, Dios cambi� su 
vida dr�sticamente. Porque llegaron a su vida personas que 
conoc�an a Dios y que s�lo alababan el poder, la gloria y la 
honra infinita de su Creador y salvador de sus vidas. Y Dios 
hizo con los poderes sobrenaturales de su Esp�ritu Santo que 
este rey malo e imp�o, a la vez, ante las cosas de Dios y de 
su reino, que sus ojos se abriesen para que vean a su "Hijo 
Celestial", que caminaba entre las llamas ardientes del fuego 
del horno, como del infierno, por ejemplo, y no se quemaba. 

Y as� salvase su alma del mismo fuego del horno, que muy bien 
lo pudo haber matado calcinado, sino no hubiese sido por la 
presencia sobrenatural del Esp�ritu de Dios y de su Hijo 
amado, el Cordero de Israel, en aquella hora tan crucial para 
su vida, en la tierra y en el m�s all�, tambi�n. Dios 
ciertamente salvo a este rey imp�o y cruel para entonces 
glorificar su nombre, en su vida y en todo su reino, salvando 
as� a muchos de sus pecados y de su muerte segura en la 
eternidad, en el verdadero fuego eterno del infierno, por 
ejemplo. 

Pues as� como el esp�ritu de alabanza al Dios del cielo y de 
la tierra en corazones y en labios fieles a Dios, y no de 
estatuas de oro o de cualquier material del hombre, ha sido 
que ha hecho hombres pecadores, como el rey Nabucodonosor, 
libres de sus tinieblas profundas y de muertes sin fin, en el 
m�s all�. Para que vean con sus propios ojos viles al "Hijo 
amado de Dios", el Cristo de la salvaci�n y de "la alabanza 
infinita de Israel" y de cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de 
la humanidad entera, hoy en d�a y por siempre, en la 
eternidad venidera del nuevo reino de los cielos.


Libro 148 

ORACI�N

La oraci�n es la manera en que nos comunicamos 
espiritualmente con nuestro Dios, ya sea que le hablemos a �l 
con nuestro coraz�n, con nuestro esp�ritu (o su Esp�ritu 
Santo); o que le hablemos a �l con nuestros labios o con las 
acciones de nuestras manos o de nuestras vidas, por ejemplo. 
Sea como lo hagamos, si nos estamos refiriendo a nuestro 
Dios, por medio de su fruto de vida, el Se�or Jesucristo, 
entonces �l acepta nuestra oraci�n, para recompensarnos con 
el perd�n de nuestros pecados y la bendici�n constante de 
nuestros corazones y de nuestros cuerpos corporales e 
espirituales, tambi�n.

En realidad, s�lo cuando el Se�or Jesucristo ha sido aceptado 
en nuestro coraz�n y en nuestra vida, ya para nuestro Dios es 
una oraci�n eterna, que no culmina nunca, sino que sigue d�a 
y noche y por siempre sin cesar, delante de tu presencia 
gloriosa habl�ndole a �l, que no podr�amos hacerlo con 
nuestra lengua o esp�ritu humano. Pues de la misma manera que 
ha sido as� con los �ngeles del cielo, lo es igual con cada 
hombre, mujer, ni�o y ni�a, s�lo fiel a �l, por medio de su 
fruto de vida eterna, su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo!

S�lo con invocar el nombre del Se�or Jesucristo en nuestros 
corazones y con nuestros labios, en cualquier momento del 
d�a, ya es una oraci�n perfecta y completa para nuestro Padre 
Celestial que est� en los cielos, por ejemplo. Es m�s, no 
existe mayor oraci�n para el coraz�n del hombre, delante de 
Dios y de su Esp�ritu Santo, que no sea la invocaci�n 
gloriosa del nombre sagrado del Se�or Jesucristo. 

Por eso, tambi�n, s�lo el Se�or Jesucristo es la m�xima 
expresi�n de Dios y de la vida santa del reino de los cielos 
hacia el hombre, en el para�so y sobre toda la faz de la 
tierra. Y viceversa, pues as� tambi�n, s�lo el Se�or 
Jesucristo es la m�xima expresi�n del hombre, de la mujer, 
del ni�o y de la ni�a de la humanidad entera, delante de Dios 
y de su Esp�ritu Santo y de sus huestes angelicales, en el 
cielo y en todos los lugares de su nueva creaci�n infinita.

Es por esta raz�n, que nuestro Dios puede comprender y, a la 
vez, bendecirlo profundamente d�a y noche y para siempre, en 
la tierra y en la eternidad, al hombre, a la mujer, al ni�o y 
a la ni�a de la humanidad entera, cada vez que se acerca a 
�l, en el nombre sagrado de su Hijo amado, �el Se�or 
Jesucristo! Y, a la inversa, el coraz�n del hombre s�lo puede 
entender y hasta conocer al Creador de su vida, s�lo por 
medio de la invocaci�n, de la vida, muerte, resurrecci�n y 
elevaci�n celestial, de su �nico salvador posible, en el 
para�so y en toda la tierra, tambi�n, por supuesto, hoy en 
d�a y por siempre, �el Se�or Jesucristo!

Es decir, que sin la oraci�n perfecta de la presencia del 
Se�or Jesucristo, ya sea en el coraz�n de nuestro Dios o en 
el coraz�n del hombre de la tierra, entonces no fuese posible 
jam�s ninguna comunicaci�n de Dios a hombre o de hombre a 
Dios, sino todo lo contrario. Porque realmente que todo seria 
profundas tinieblas y ceguera perpetua en la vida del reino 
de los cielos y as� tambi�n en la vida del hombre y en todos 
los lugares de la tierra, igual como el m�s all�, como el 
infierno o el lago de fuego, por ejemplo.

Es por eso, tambi�n, que s�lo el Se�or Jesucristo es la 
confesi�n de amor perfecto del coraz�n de nuestro Padre 
Celestial hacia la humanidad entera, en todos los lugares de 
la tierra, comenzando en la historia de Israel, por ejemplo, 
con sus patriarcas de siempre. Y, de la misma manera, s�lo el 
Se�or Jesucristo es la perfecta confesi�n de amor del coraz�n 
del hombre, de la mujer, del ni�o y de la ni�a de la 
humanidad entera, para Dios, para su Esp�ritu Santo y para 
cada ser santo de m�s all�, como �ngeles, arc�ngeles, 
querubines y dem�s seres santos del reino celestial.

Por ello, sin el Se�or Jesucristo viviendo en el coraz�n del 
hombre, entonces no hay arrepiento, ni menos confesi�n de 
pecado alguno posible, delante de Dios y de su reino 
celestial, en el cielo. De ello, tambi�n, nuestro Padre 
Celestial no podr�a jam�s perdonar ning�n pecado de la vida 
del hombre en toda la tierra, sino que todo seguir�a siendo 
pecado, maldad y violencia infinita, en todos los lugares de 
la vida del hombre y hasta en el para�so y en el infierno, 
tambi�n, eternamente y para siempre.

Es por eso, que los profetas les dec�an a los antiguos d�a y 
noche y sin cesar jam�s en sus ense�anzas y predicaciones 
usuales del nombre y de la palabra del SE�OR, dici�ndoles: 
Todo aquel que invoque el nombre del SE�OR, en los �ltimos 
d�as, ha de ser salvo de sus pecados y entrara a la vida del 
reino celestial. Y la gente les cre�an a las palabras de los 
profetas, para aceptar al Cordero Divino y as� ser perdonados 
de sus pecados, para ser redimidos para la venida del nuevo 
reino de Dios y de su �rbol de vida eterna, el Gran Rey 
Mes�as de Israel y de la humanidad entera, el �nico Hijo 
posible de David, �el Cristo! 

LA ORACI�N ES PARA CONFESAR PECADOS

Porque es importante que cada uno de ustedes se confiese sus 
pecados delante de Dios, en el nombre sagrado de su Hijo 
amado, el Se�or Jesucristo, para perd�n y para que sus 
nombres sean inscritos en "el libro de la vida" del reino de 
los cielos. Porque el Se�or Jesucristo es nuestro �nico 
Cordero Celestial, y s�lo el esp�ritu de su sangre santa nos 
limpia de todo pecado, delante de la presencia sagrada de 
Dios y de su Esp�ritu Santo, tambi�n, en la tierra y en el 
para�so, para siempre. 

Pues nada hay mejor que la sangre del Se�or Jesucristo para 
bendecir nuestros corazones y sanarnos de nuestros males, aun 
hasta los que la ciencia no entiende ni menos puede curar, 
por ejemplo. Pero para nuestro Dios no hay nada que �l no 
conozca debajo del cielo, en toda la tierra, que no puede 
solucionar con su Esp�ritu, con su palabra y con su nombre 
sagrado y todopoderoso, tambi�n. Es por eso que la sangre del 
Se�or Jesucristo es lo m�s poderoso que haya descendido del 
cielo, para limpiar y bendecir la vida del hombre y toda la 
tierra, tambi�n, a la vez. 

Por lo tanto, para nuestro Dios todo est� al descubierto, 
s�lo por medio del esp�ritu de la vida, de la sangre sagrada 
y sobrenatural del Se�or Jesucristo, su Hijo amado, en el 
cielo y en la tierra. Es por eso, que nuestro Dios ha enviado 
a su Hijo amado al mundo, para que por medio de �l, entonces 
pueda tener un acercamiento y conocimiento perfecto de cada 
uno de nosotros, comenzando con Ad�n y Eva, por ejemplo, en 
el para�so, nuestro primer hogar de nuestras vidas 
celestiales, en el m�s all�. 

Porque a Ad�n y a Eva, nuestro Dios los creo del polvo de la 
tierra, para darles de comer y de beber s�lo de su fruto de 
vida eterna, el Se�or Jesucristo, para que vivan y as� 
entonces le puedan conocer a �l perfectamente; de otra manera 
es imposible que el hombre le conozca a �l, como a su Dios. 
Pero como le desobedecieron para comer y beber entonces del 
fruto prohibido, del �rbol de la ciencia del bien y del mal, 
pues, ya nuestro Dios no los conoc�a. Nuestro Dios no los 
conoc�a ni a nosotros tampoco, porque sus vidas hab�an 
cambiado totalmente a la forma de que ellos eran antes, como 
en el d�a de su creaci�n, por ejemplo, santos y perfectos en 
toda su caminar por el cielo. 

En realidad, desde ese momento en adelante, ambos comenzaron 
a alejarse cada vez m�s y m�s de su vida normal, de su vida 
celestial del reino de los cielos, no s�lo para no vivir del 
�rbol de la vida, sino tambi�n para no conocer a su Dios y 
Creador de sus vidas, para siempre. Por ello, nuestro Dios no 
pod�a tener un acercamiento pleno con el hombre y con su 
mujer, porque el pecado hab�a invadido sus vidas, 
cambi�ndolas dr�sticamente de su luz celestial a la luz de 
las profundas tinieblas, de las palabras de mentira y de 
muerte eterna de Lucifer, por medio de la boca, de la 
serpiente antigua del Ed�n. 

Aqu� fue cuando tu vida cambio, mi estimado hermano y mi 
estimada hermana, para no poder jam�s ver ni menos conocer al 
Se�or Jesucristo y a su Padre Celestial, porque las tinieblas 
del m�s all� te lo imped�an, haci�ndote cada vez m�s ciego 
que antes. Entonces ya Dios nos pod�a tener una comunicaci�n 
plena para con el hombre ni para con ninguno de sus 
descendientes, comenzando con Eva ni con ninguno de sus 
descendientes en toda su creaci�n celestial y en la tierra, 
tambi�n. 

Es m�s, el hombre y la mujer ya no pod�an orar a su Dios y 
Creador de sus vidas, porque se encontraban muy lejos de �l y 
de su fruto de vida eterna, el Se�or Jesucristo. Y esto era 
muerte constante para ellos y para sus descendientes d�a y 
noche y por siempre, en todos los d�as de sus vidas por la 
tierra y en el m�s all�, tambi�n, como en el infierno, por 
ejemplo. 

Es por eso, que era muy necesario que su �rbol de vida, el 
Se�or Jesucristo, descendiese al mundo, para no s�lo 
conquistar al mundo, sino tambi�n para conquistar cada vida 
de cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera; es 
decir, para regresarlos a su habita normal del cielo, como en 
el principio, pero con mayor gloria. Para que de esta manera, 
Dios pueda tener una comuni�n y un conocimiento perfecto del 
hombre y de los suyos, tambi�n, en toda la tierra, en el 
para�so y en todo el nuevo reino de los cielos. 

Y s�lo as�, por medio del esp�ritu de vida, de la sangre 
sagrada y sobrenatural de su Hijo amado, entonces perdonar 
sus pecados y sanar sus almas, por medio de la oraci�n. Es 
por eso, que la oraci�n es muy importante entre nuestro Dios 
del cielo y el hombre de toda la tierra, en el nombre sagrado 
de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! 

Porque, adem�s de todo, s�lo el Se�or Jesucristo es la 
oraci�n que nuestro Dios oye en el cielo y por toda la 
tierra, tambi�n; y fuera del Se�or Jesucristo no existe 
ninguna oraci�n que valga delante de Dios para los �ngeles y 
as� tambi�n, para todo hombre, mujer, ni�o y ni�a de la 
humanidad entera. Es m�s, cada oraci�n es eterna, por muy 
peque�a que sea, por tanto, no morir� jam�s, sino que ser� 
por siempre recordada en el libre del SE�OR y estar� en las 
copas de oro, del altar de Dios, en el cielo, por ejemplo, 
para la eternidad venidera del nuevo reino de los cielos. 

Y, hoy en d�a, mi estimado hermano y mi estimada hermana, 
muchos de tus problemas y dolencias de tu coraz�n y de tu 
cuerpo entero, son por razones de la falta de comunicaci�n y 
de oraci�n para con tu Dios, en el nombre del Se�or 
Jesucristo, que est� en los cielos. Porque si la oraci�n y la 
alabanza le faltasen al coraz�n del �ngel del cielo, por 
ejemplo, morir�a como Lucifer y como los �ngeles ca�dos han 
muerto para Dios y para su vida celestial; y, hoy en d�a, se 
encuentran, muchos de ellos encadenados en profundidades de 
grandes tinieblas del m�s all�, hasta el d�a de su juicio 
final. 

Pues as� tambi�n con todo hombre, mujer, ni�o y ni�a de toda 
la tierra, del ayer y de siempre, sin la oraci�n en sus 
vidas, entonces no son nada para Dios, en el para�so ni en 
toda su nueva creaci�n venidera. Es decir, que si t� orases 
al SE�OR, como debes de hacerlo d�a y noche, en el nombre 
sagrado de su Hijo amado, entonces todos tus problemas y 
dolencias de tu vida, ya sean de tu coraz�n o de tus cuerpos 
espirituales y corporales, serian sanados y eliminados 
eternamente y para siempre. 

Ya que, nuestro Se�or Jesucristo sana el cuerpo del hombre y 
le da vida en abundancia para que siga viviendo su vida 
normal, no s�lo en la tierra, sino tambi�n en su nueva vida 
infinita del nuevo reino celestial. Y esto seria en ti, en un 
momento de poder sobrenatural, por el poder de la oraci�n, en 
el nombre sagrado del Se�or Jesucristo, para que los dones 
maravillosos del Esp�ritu de Dios y de su �rbol de vida 
eterna act�en en tu vida d�a y noche y sin cesar y hasta 
librarte de todo lo que agobia tu vida. 

Y todo esto es verdad, para todo hombre, mujer, ni�o y ni�a 
de toda la tierra, que tan s�lo se acerque a su Dios, en el 
nombre sagrado de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, desde 
hoy mismo y por siempre, en la eternidad venidera. Porque 
nuestro Dios s�lo honra la presencia del nombre sagrado del 
Se�or Jesucristo cada vez que nos acercamos a �l, para orar y 
para pedirle de su amor y de sus muchas y ricas bendiciones, 
de las maravillas, milagros y prodigios sobrenaturales, en la 
tierra y en el cielo, de su Esp�ritu Santo y de su �rbol de 
vida eterna. 

Por lo tanto, la oraci�n es poder de Dios y de su Esp�ritu 
Santo, para toda vida humana del para�so y de la tierra, 
tambi�n, para miles de siglos venideros en el nuevo reino 
celestial. De otra manera, nuestro Dios no nos puede o�r, por 
lo tanto, no nos puede perdonar nuestros pecados, ni menos 
nos va a bendecir nuestros corazones y nuestros cuerpos 
espirituales y corporales, en la tierra ni en el m�s all�, 
tampoco. 

En realidad, sin la oraci�n, quien realmente es Cristo Jes�s, 
Se�or nuestro, en nuestros corazones, en nuestros labios y en 
nuestras vidas terrenales y celestiales, tambi�n, entonces 
estar�amos muertos para siempre, para nuestro Dios y para su 
Esp�ritu Santo. Seria como si nosotros no tuvi�semos vida 
alguna delante de nuestro Creador y de su vida celestial en 
el cielo; estar�amos totalmente ausentes a toda verdad y a 
toda justicia celestial, tambi�n, no por un tiempo, sino para 
siempre, en la eternidad. 

Y nuestro Dios no nos ha creado en sus manos santas del lodo 
de la tierra, para que no nos comuniquemos con �l, ni menos 
para que no le conozcamos jam�s; esto es absurdo y, a la vez, 
contraproducente, perjudicador para �l y para su Esp�ritu 
Santo. Es por eso, que el nombre del Se�or Jesucristo tiene 
que estar viviendo en nuestros corazones, para no 
perjudicarse �l, ni su Esp�ritu ni su �rbol de vida ni a 
nosotros mismos. 

Para que entonces nuestro Padre Celestial pueda actuar con 
mucha libertad en nuestras vidas y en nuestros esp�ritus 
humanos, para hacer que los dones sobrenaturales de su 
Esp�ritu Santo y de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, 
comiencen a obrar en nuestras vidas con sus poderes 
sobrenaturales, hasta librarnos de todos los males del 
enemigo eterno, Lucifer. Y esto ha de ser as� con cada uno de 
nosotros, en nuestros millares, de todas las razas, pueblos, 
linajes, familias y reinos del mundo entero, hasta que nos 
libren de los males por completo, y sanen nuestros cuerpos 
espirituales y corporales, eternamente y para siempre, para 
servirle a nuestro Dios, en la tierra y as� tambi�n en el 
cielo.

Porque sin el Se�or Jesucristo, entonces el �ngel no podr�a 
servirle a su Dios en el cielo, ni menos el hombre, la mujer, 
el ni�o y la ni�a, en el para�so o en toda la tierra. Porque 
esto fue, realmente, la ca�da del Arc�ngel Lucifer y de sus 
�ngeles rebeldes de la gloria del cielo, en el d�a que 
dejaron de servirle a su Creador Celestial, por medio del 
Se�or Jesucristo, en sus corazones. Pues as� tambi�n sucedi� 
con Ad�n y Eva, en el para�so, por ejemplo; ambos dejaron de 
servirle a Dios, en el d�a que dejaron a un lado el fruto de 
vida, a Jesucristo, para servirle a Lucifer, al creer en sus 
mentiras y al comer y beber del fruto prohibido del �rbol de 
la ciencia, del bien y del mal. 

Entonces desde hoy mismo, cada uno de ustedes, en todos los 
lugares del mundo entero, ac�rquese con mucha confianza en 
sus corazones, a su Dios y Creador de sus vidas, al 
Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera. Porque 
nuestro Dios mismo los ama, con su amor sobrenatural, por 
medio del esp�ritu de vida, de la sangre viviente y 
eternamente honrada de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, 
para sanar sus cuerpos y darles vida en abundancia, en la 
tierra y as� tambi�n en el cielo, eternamente y para siempre. 

Porque delante de su presencia santa, s�lo hay gloria y honra 
para sus vidas, si s�lo le creen a �l, por el esp�ritu de 
amor sobrenatural de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, en 
sus corazones y en todos los d�as de su vida por la tierra, 
por ejemplo. Es decir, si s�lo le creen a �l, por medio del 
amor que �l manifest� en sus d�as de vida por Israel y hasta 
que finalmente entrega su alma, en sacrificio santo y puro, 
sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusal�n, 
en Israel, no s�lo para bendecir a Israel sino a la humanidad 
entera, tambi�n. 

Y nuestro Padre Celestial lleva acabo �ste gran sacrificio 
supremo de su misma vida santa, para ponerle fin a sus 
pecados y as� entonces entregarles vida en abundancia, en la 
tierra y en el para�so, tambi�n, desde hoy mismo y para 
siempre, en la eternidad venidera del nuevo reino celestial y 
de su �rbol de vida eterna, �el Se�or Jesucristo! Para que 
entonces tambi�n, cada uno de ustedes, hoy en d�a y como 
siempre, en la eternidad venidera, se acerquen al trono de la 
gracia y de la misericordia de Dios y de su Esp�ritu Santo, 
para que los bendiga grandemente y sobrenaturalmente, para 
siempre. 

Es decir, para que �l mismo los limpie de sus pecados y colme 
de bendiciones sus vidas y la de los suyos, tambi�n, en toda 
la tierra, no importando jam�s la distancia. Porque el deseo 
constante del coraz�n de nuestro Padre Celestial es de 
amarlos y de bendecirlos d�a y noche en la tierra y as� 
tambi�n en su nueva vida venidera del nuevo reino de los 
cielos, en el m�s all�.

NUESTRO DIOS NO ES INJUSTO PARA OLVIDAR SUS ORACIONES 

Pero aunque nosotros hablamos as� siempre del amor 
sobrenatural de nuestro Padre Celestial y de su Hijo amado, 
el Se�or Jesucristo, mis estimados hermanos y estimadas 
hermanas, entonces en cuanto a ustedes estamos m�s que 
persuadidos de cosas mejores que conducen a la salvaci�n, 
para alcanzar la vida eterna, desde sus mismas vidas de 
siempre, en toda la tierra. Porque nuestro Dios no es injusto 
jam�s para olvidar sus obras, sus oraciones y el esp�ritu de 
amor que han demostrado por su nombre sagrado en sus 
corazones, porque, adem�s, han atendido a los fieles leales a 
su Hijo amado y, tambi�n, aun lo siguen haciendo, sin 
detenerse por nada, por donde sea que vayan a vivir en la 
tierra. Y este bien habla mucho de ustedes a Dios.

Siempre lo que hagan es muy bueno para ayudar a la vida del 
hombre, sea quien sea la persona, en la tierra; por ello, su 
Dios que lo ve todo, realmente se goza de todo coraz�n por 
ustedes mismos, por sus oraciones y por sus buenas obras 
sobrenaturales hechas en el nombre sagrado de su Hijo amado, 
�el Se�or Jesucristo! Porque todo lo que ustedes han hecho y 
pronunciado en el nombre sagrado de su Hijo amado, el Se�or 
Jesucristo, es realmente para la eternidad; es decir, para 
vivir la felicidad eterna, en el mismo coraz�n de nuestro 
Dios, de su Esp�ritu Santo y de su Hijo amado, el Se�or 
Jesucristo eternamente y para siempre, en el nuevo reino 
celestial. 

Por eso, deseamos que cada uno de ustedes muestre la misma 
diligencia para ir logrando, plena certidumbre de la 
esperanza hasta el final, a fin de que no sean perezosos en 
ninguna de las obras de siempre, sino imitadores de los que 
por la fe y la paciencia heredaron las buenas promesas del 
SE�OR, de salud y de vida eterna. Porque cuando Dios hizo la 
primer promesa a Abraham para perd�n de pecados, por medio 
del sacrificio de la sangre, de su mismo Jesucristo, en la 
vida de Isaac, por ejemplo, entonces lo hizo con la certeza 
de la verdad y de la justicia de su amado, para bendecir por 
medio, de una a vida eterna a la humanidad entera. 

Y esta promesa de sangre y de perd�n para vida, en la tierra 
y en el para�so, como en su ciudad celestial del gran rey 
Mes�as, por ejemplo, puesto que no pod�a jurar por otro mayor 
que �l, pues entonces jur�, sin pensarlo dos veces, nuestro 
Dios por su mismo nombre; es decir, que realmente, �l jura 
por s� mismo. Porque la verdad es que no hay nadie mayor que 
�l y que su nombre santo, en el cielo ni en la tierra ni 
hasta aun en su nueva creaci�n celestial del m�s all�, entre 
los �ngeles del cielo y los hombres redimidos por la sangre 
viviente, del Cordero Celestial, �el Se�or Jesucristo! 

Puesto que, si hubiese existido alguien mayor que nuestro 
Dios y que su nombre santo y eternamente salvador, entonces 
nos lo hubiese anunciado hace mucho tiempo ya; y, es m�s, le 
hubiese hecho cada uno de sus juramentos al hombre de la 
tierra, porque aquel mayor que �l y por su nombre, tambi�n. 
Pero la verdad es que no existe nadie mayor que nuestro Padre 
Celestial que est� en los cielos; ni nadie m�s sublime que su 
�rbol de vida existe entre los �ngeles del m�s all� y entre 
los hombres de toda la tierra, del ayer y de siempre, 
tambi�n. 

Por lo tanto, �ste juramento que nuestro Padre Celestial le 
hizo a Abraham, realmente fue un juramente por el esp�ritu de 
la sangre sagrada de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, 
sobre su altar del sacrificio supremo, para redimir 
eternamente y para siempre a la humanidad entera, del poder 
de las tinieblas del fuego eterno, del mismo infierno. Para 
que los que crean en este juramento divino, entre Dios y el 
hombre, entonces sea redimido por el mismo pacto, del 
sacrificio supremo de Padre a Hijo, sobre la cima de la roca 
eterna, para derramar la sangre de la salvaci�n, para que el 
pecado deje de existir, de una vez por todas y para siempre, 
en toda vida. 

Y esto ha de ser verdad, desde hoy mismo y para siempre, en 
la vida del hombre, de la mujer, del ni�o y de la ni�a, s�lo 
de la fe viviente, del nombre sagrado de su Hijo amado, el 
Se�or Jesucristo, en esta vida y en la venidera, tambi�n, 
para miles de siglos venideros, en el nuevo reino celestial. 
Por lo tanto, �ste juramento de bendici�n y de salvaci�n 
eterna es santo (y como otro no hay igual, en el cielo ni en 
la tierra), para bendecir la vida del hombre de todos los 
tiempos, en toda la tierra. 

Es m�s, �ste es un juramento realmente de sangre para vida y 
para salud eterna, de todo hombre, mujer, ni�o y ni�a de la 
humanidad entera, comenzando con la casa de Israel, por 
ejemplo. Y �sta sangre del primer juramente de nuestro Padre 
Celestial, al hombre de la tierra, no es una sangre de los 
animales que se suelen escoger meticulosamente para el 
sacrificio sobre el altar del SE�OR, sino que es mucho m�s 
que esto y hasta aun m�s poderoso que los poderes 
sobrenaturales de la gloria celestial del reino celestial. 

En realidad, �sta sangre es una "sangre real y �nica", de su 
propio esp�ritu, de su propia vida, por lo tanto, de su 
propia sangre sagrada del m�s all�, de la vida santa del 
reino de los cielos, como del �rbol de la vida, por ejemplo, 
su Hijo amado, �el �nico santo de Israel y de la humanidad 
entera! Por todo ello, cuando nuestro Dios hizo su primer 
juramento de perd�n, de vida y de salvaci�n eterna al hombre, 
entonces lo hizo por amor al esp�ritu de la sangre bendita 
del Se�or Jesucristo, por la cual, �l sabia muy bien en su 
coraz�n, que jam�s le iba a fallar, en esta vida ni en la 
venidera, tampoco, para siempre. 

Entonces ha sido por el esp�ritu de �sta sangre sant�sima que 
Dios ha redimido del mal de Lucifer, a todos los �ngeles del 
cielo, porque cada uno de ellos ha sido redimido tambi�n, por 
el Se�or Jesucristo, en el d�a de la rebeli�n angelical de 
Lucifer y de sus �ngeles ca�dos, por ejemplo, en el reino de 
los cielos. Pues as� tambi�n, �ste esp�ritu de la sangre del 
Se�or Jesucristo te perdona, te redime, te sana y hasta te 
bendice d�a y noche, desde su altar celestial, por sus 
poderes y autoridades sobrenaturales de parte de Dios, para 
ti y para todo hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad 
entera, si s�lo crees en �l, de todo coraz�n. 

Y, en esta hora crucial para tu vida, mi estimado hermano y 
mi estimada hermana, si la sangre del Se�or Jesucristo est� 
en tu coraz�n, entonces tambi�n el esp�ritu del primer 
juramento de vida, el cual Dios se lo hizo a Abraham, para 
traer s�lo vida y salud sobre la tierra en la vida de Isaac, 
pues, est� en ti. En verdad, tambi�n ha de estar en ti y en 
la vida de los tuyos, tambi�n, el esp�ritu de �ste gran 
juramento, en donde sea que se encuentren en la tierra, para 
perdonar sus pecados, y as� entonces sanar y por siempre 
bendecir sus vidas con los dones sobrenaturales, de su 
Esp�ritu Santo y de su Hijo, �el Se�or Jesucristo! 

Y Dios ha de bendecir tu vida, hoy mismo, si s�lo dejas que 
su Esp�ritu obre en tu vida milagrosamente, as� como bendijo 
a Abraham y a cada uno de los antiguos, porque tu bendici�n 
eterna ha sido hecha con el esp�ritu de la sangre del pacto 
de vida y de salud, para tu vida y para los tuyos, tambi�n. 
Para que s�lo entonces conozcas la vida y la salud infinita 
de tu coraz�n y de tu alma viviente, en la tierra y en el 
para�so, tambi�n, desde hoy mismo y por siempre, en la 
eternidad venidera, del nuevo reino de los cielos. 

Porque al fin y al cabo de todas las cosas en tu vida, tus 
pecados han de morir eternamente y para siempre, pero jam�s 
morir� el esp�ritu del juramento del pacto eterno de perd�n, 
de vida y de salud infinita para tu alma viviente ni para los 
tuyos, tampoco, en la tierra ni menos en el m�s all�. Por 
eso, es  muy bueno que honres al SE�OR con tus oraciones 
hechas siempre a �l, en el nombre sagrado de su Hijo amado, 
el Se�or Jesucristo, para que bendiciones antiguas y de 
siempre se hagan una realidad eterna en tu coraz�n y en tu 
vida, tambi�n, d�a y noche y hasta siempre, en la nueva 
eternidad venidera del cielo. 

Y esto ha de ser en ti y en cada uno de los tuyos, una 
realidad indiscutible en el para�so y en la tierra, desde hoy 
mismo y eternamente y para siempre, en la nueva vida venidera 
del nuevo m�s all� de Dios y de su Hijo amado, su �rbol de 
vida y de salud eterna, �el Se�or Jesucristo! Porque cada 
bendici�n que nuestro Dios le ha entregado al hombre de la 
humanidad entera, por amor al esp�ritu de la sangre viviente, 
del pacto infinito de bendici�n y de salvaci�n de su alma 
eterna, comenzando con Abraham e Isaac, por ejemplo, es para 
la eternidad; y nadie se la podr� arrebatar jam�s, en todos 
los d�as de su vida. 

Porque todo lo que nuestro Dios le ha entregado al hombre de 
la tierra, ha sido realmente por medio de la oraci�n y del 
esp�ritu de vida sant�sima de la sangre, del pacto eterno de 
nuestro Se�or Jesucristo, en la antig�edad y en nuestros 
d�as, tambi�n, en todos los lugares de la tierra, por el 
poder de su evangelio eterno. Es por esta raz�n, tambi�n, mi 
estimado hermano y mi estimada hermana, que la oraci�n es de 
suma importancia en tu vida, para no s�lo hablar con Dios, 
sino tambi�n para todas las cosas en la tierra y del m�s 
all�, como las del nuevo reino de los cielos, por ejemplo. 

Como por ejemplo, para recibir cada una de sus muchas y 
grandes bendiciones de sus dones sobrenaturales, de milagros, 
de maravillas y de grandes regalos de vida y de salud 
infinita de su vida celestial del para�so o de su Nueva Gran 
Jerusal�n Celestial e Infinita; en donde s�lo hab�a la verdad 
y la justicia para todos, por igual. Y, es m�s, ha sido por 
estos lugares celestiales de la nueva vida del nuevo reino 
celestial, por los cuales, nuestro Dios mismo, con la ayuda 
id�nea de su Esp�ritu y de su Hijo amado, es que te ha 
rescatado del polvo de la muerte, para transformarte en su 
vida y en su salud infinita, para la nueva eternidad 
venidera.

LOS SERES SANTOS DEL CIELO SE POSTRAN ANTE ELCORDERO

Pues en el cielo, cuando el libro se abre para ser le�do por 
los �ngeles delante de Dios, entonces los cuatro seres 
vivientes y los veinticuatro ancianos alrededor de su trono 
se postran delante del Cordero, �el Se�or Jesucristo! Y cada 
uno de ellos lleva en su mano un arpa y copas de oro. El arpa 
es para adorar a Dios y a su Cordero Santo. Y las copas de 
oro son para presentarlas a Dios, porque est�n llenas de 
incienso, que son las oraciones de los santos de la iglesia 
del Se�or Jesucristo, de los cuales han cre�do en �l y en el 
perd�n de sus pecados, por medio del poder sobrenatural de la 
oraci�n y de la sangre bendita de su sacrificio supremo. 

Es decir, que las oraciones de todos los hombres, mujeres, 
ni�os y ni�as de la humanidad entera, desde los d�as de Ad�n 
y Eva en el para�so y en la tierra, tambi�n, est�n escritas 
en el libro de nuestro SE�OR y, tambi�n, llenan copas de oro, 
sobre la mesa de su altar celestial, para ser recordadas por 
�l, por siempre. Para ser recordadas, como hoy en d�a por 
ejemplo, por nuestro Dios mismo y por su Cordero Escogido, el 
Se�or Jesucristo, para honrar la vida de cada uno de sus 
fieles, en toda la tierra, para bendecirlos por sus propias 
palabras y por sus propias buenas acciones, para con ellos 
mismos y para con los dem�s tambi�n. 

Porque nuestro Dios jam�s se ha de olvidar de ninguna de las 
oraciones de sus fieles, de los que han llegado a creer en 
�l, por medio de la vida y de la sangre sant�sima de su Hijo 
amado, el Se�or Jesucristo, en esta vida y en la venidera, 
tambi�n. Como en el para�so, por ejemplo, o como en su Nueva 
Jerusal�n Santa e Infinita del nuevo reino de los cielos, en 
donde cada una de sus oraciones, peticiones, ruegos, 
aclamaciones e intercesiones y buenas obras de sus vidas, 
est�n escritas en el libro del SE�OR. 

Y, adem�s, estas oraciones hacen rebosar las copas de oro del 
altar eterno de su Cordero Celestial, el Se�or Jesucristo, 
para ser recordadas por siempre y as� entonces bendecir a 
cada uno de ellos, seg�n hayan sido sus vidas, delante de �l 
y de Esp�ritu Santo, en todos los d�as de sus vidas, por la 
tierra y en el para�so, tambi�n. Porque nuestro Dios jam�s se 
ha de quedar con la bendici�n de ninguno de sus siervos o de 
sus siervas en toda su creaci�n, sino que los ha de bendecir 
por siempre, seg�n sea su voluntad bendita para con cada uno 
de ellos, en la tierra y en el para�so, tambi�n. 

En fin, a la vida eterna hemos de regresar al para�so, para 
servirle a nuestro Dios, por medio de su �rbol de vida, en el 
esp�ritu y en la verdad de su sacrificio supremo de perd�n, 
de bendici�n y de salud, en la tierra y en el m�s all�, 
tambi�n, desde hoy mismo y para siempre, en la eternidad 
celestial. Porque, adem�s de todo, cada una de las oraciones 
de los fieles, al nombre del Se�or Jesucristo delante de 
nuestro Padre Celestial y de su Esp�ritu Santo, en la tierra 
y en el para�so, son para bendecir sus vidas eternas, desde 
hoy mismo, por ejemplo, en la tierra y hasta finalmente 
entrar a la nueva vida eterna del cielo. 

Es m�s, nadie jam�s ha de entrar a la vida santa del �rbol de 
la vida, en el para�so o en la nueva ciudad del Gran rey 
Mes�as, sino ha recibido en su coraz�n y en toda su vida sus 
bendiciones terrenales y del para�so, tambi�n, del pacto 
eterno del sacrificio supremo, de la sangre del Cordero 
Escogido de Dios. Porque el que entr� a la nueva vida del 
reino de los cielos, realmente, tiene que haber recibido 
muchas, si no todas, sus bendiciones de parte de su Dios y de 
su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, para seguir viviendo su 
vida celestial e infinita, por la cual fue creado en las 
manos de Dios, en el cielo. 

Porque as� como se necesita poder en la tierra para vivir una 
vida humana, pues aun mayor en el m�s all�, se necesita mucho 
m�s poder de Dios y del Se�or Jesucristo, para contrarrestar 
y, a la vez, destruir cada una de las artima�as de Lucifer y 
de sus �ngeles ca�dos, por ejemplo, para poder vivir en el 
para�so eternamente. Para que no nos vuelva a suceder lo que 
le sucedi� a los �ngeles del cielo, por ejemplo, en el d�a de 
la rebeli�n de Lucifer y de sus �ngeles ca�dos. 

O, tambi�n, lo que le sucedi� a Dios y a su �rbol de la vida, 
cuando Lucifer se acerca a la serpiente con gran enga�o en su 
coraz�n, para enga�ar a Eva y luego finalmente destruir la 
vida de Ad�n en el para�so y a cada uno de sus descendientes, 
tambi�n, en sus millares, por doquier, en toda la tierra. 
Entonces nuestro Padre Celestial no desea volver a ver ning�n 
mal as�, como las que he mencionado anteriormente, en toda su 
nueva creaci�n celestial y en su nueva tierra, tambi�n, sino 
todo lo contrario. 

Nuestro Dios s�lo desea ver vida en abundancia en el cielo y 
por toda su nueva creaci�n, tambi�n, incluyendo a toda la 
tierra de nuestros d�as, por ejemplo, renovada completamente 
por el poder del sacrificio del Se�or Jesucristo, sobre su 
altar celestial, la roca eterna, con nuevas tierras y con 
nuevos cielos, para comenzar la nueva eternidad venidera del 
m�s all�. Es por eso, que �l mismo nos ha provisto de muchos 
y poderosos poderes de su misma vida santa y la de su 
Esp�ritu Santo, y han llegado a cada uno de nosotros, por 
medio del nacimiento, vida, muerte y resurrecci�n, del �rbol 
de la vida eterna, �el Se�or Jesucristo!, en la tierra 
escogida de Israel, para este prop�sito infinito. 

Porque fueron Ad�n y Eva quienes realmente primero 
traspasaron con su mal proceder pecador a la vida santa, del 
�rbol de la vida en el para�so, en el d�a que Lucifer los 
enga�o con palabras llenas de mentira, enfermedades y muertes 
eternas, de sus esp�ritus humanos ante Dios y ante toda su 
creaci�n, tambi�n, para que jam�s vivan la felicidad. Pero 
nuestro Dios ha cambiado todo esto, en la vida de Ad�n y de 
cada uno de sus descendientes, en toda la tierra, si tan s�lo 
creen en sus corazones y as� confiesan en sus oraciones, 
suplicas, peticiones, ruegos y exclamaciones de gloria y de 
honra, el nombre sagrado de nuestro Dios y de sus huestes 
celestiales, �el Se�or Jesucristo! 

Es por eso, que todo lo que el hombre, la mujer, el ni�o y la 
ni�a de la humanidad entera, haga en su vida en la tierra, 
entonces ha de ser anotado en el libro del SE�OR. Y las 
buenas obras de ellos mismos y hacia los dem�s, nuestro Dios 
siempre las ha de tener en perfecta memoria delante de su 
presencia santa y en su trono santo, tambi�n, para bendecir 
la vida de cada uno de ellos, en la tierra y hasta aun m�s 
all� del infinito de la nueva eternidad venidera, del nuevo 
reino celestial. 

Y sus oraciones, as� como sus alabanzas de gloria y de honra 
junto con sus peticiones, ruegos e intercesiones han de 
llenar las copas de oro, de nuestro Dios y de su Esp�ritu 
Santo, sobre el altar celestial, el cual es su mismo Hijo 
amado, �el Se�or Jesucristo! Y cada una de estas oraciones, 
de las que han salido de los corazones y de los labios de sus 
fieles, ha de ser recordada por siempre, como una m�s de las 
alabanzas, de los �ngeles del cielo hacia su nombre honrado y 
hacia su vida sant�sima del nuevo reino de los cielos, por 
ejemplo. 

Adem�s, en estas copas de oro han de estar cada una de las 
palabras que hayan le�do delante de Dios, y de las que han 
salido de tus labios, tambi�n, para hablar con �l y con su 
Esp�ritu Santo, por medio del esp�ritu de vida, de la sangre 
sant�sima del pacto eterno de su Hijo amado, �el Se�or 
Jesucristo! Porque cada una de tus oraciones y todas tus 
alabanzas, de gloria y de honra hacia �l y hacia su nombre 
sagrado de su Hijo amado, es realmente para nuestro Dios una 
gloria y una honra mucho mayor, de las que los �ngeles le han 
ofrecido a �l, a trav�s de los siglos y hasta nuestros d�as, 
tambi�n, por ejemplo. 

Es por eso, mi estimado hermano y mi estimada hermana, que 
cada uno de tus pensamientos, de tus sentimientos, de tus 
palabras y de tus acciones, est�n escritos en el libro del 
SE�OR, para bendecirte o para juzgarte de acuerdo a cada una 
de las cosas o palabras que han salido de ti, sean para bien 
o sean para mal. Y si el Se�or Jesucristo vive en tu coraz�n, 
para cumplir la voluntad perfecta de Dios en tu vida, 
entonces ninguno de tus pensamientos, ni de tus sentimientos, 
ni de tus palabras ni de tus malas acciones, han de ser 
recordados jam�s, sino que han de estar en el fondo del mar, 
del lago de fuego, en el m�s all�. 

Y nadie jam�s las traer� a la memoria del SE�OR y de su 
Esp�ritu Santo, porque la sangre del Se�or Jesucristo las 
habr� borrado del libro del SE�OR, para solamente acordarse 
de cada una de las buenas palabras y buenas acciones que 
hayan salido de ti, en el nombre sagrado de tu �nico salvador 
de tu vida, �el Se�or Jesucristo! Y, por ello, s�lo has de 
conocer la vida eterna, para vivir la felicidad infinita de 
tu Dios y de tu �rbol de vida eterna, su Hijo amado, el Se�or 
Jesucristo, como debi� de ser en ti y en toda tu vida, desde 
el comienzo de todas las cosas, en el para�so, por ejemplo, 
con Ad�n y Eva. 

Por eso, hoy en d�a y como siempre, cada una de tus palabras, 
de oraci�n y de alabanzas, de glorias y de honras para tu 
Dios, vive en los cielos guardada, para ser recordada desde 
el libro del SE�OR, por los �ngeles del cielo d�a y noche 
delante de su presencia santa y de su Cordero Eterno, �el 
Se�or Jesucristo! Y as� Dios jam�s ha de olvidarse de ti, en 
la tierra ni menos en la eternidad venidera, como jam�s se ha 
de poder olvidar de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, en su 
coraz�n y en toda su alma sant�sima, tambi�n, para siempre. 

Es decir, que as� como le es imposible para Dios olvidarse de 
su Hijo amado y de su vida santa, pues as� tambi�n Dios jam�s 
ha de poder olvidarse de ti ni de ninguna de tus buenas 
palabras y acciones, porque cada una de ellas es para la 
eternidad; por lo tanto, jam�s han de morir, sino todo lo 
contrario. Cada una de tus palabras y buenas acciones s�lo 
han de vivir para seguir creciendo, en gloria y en honra 
eterna para nuestro Dios, para su Esp�ritu Santo y para su 
Hijo amado, �el Se�or Jesucristo!, en tu nueva vida celestial 
del nuevo reino de los cielos, en la eternidad venidera.

OREN UNOS POR OTROS, PARA QUE SEAN SANADOS DE SUS MALES

Es decir, que se confiesen unos a otros sus pecados, mis 
estimados hermanos y mis estimadas hermanas, y oren unos por 
otros, tambi�n, de manera que sean sanados de sus males, para 
que nuestro Dios sea glorificado en sus vidas, desde hoy 
mismo y como siempre, en la eternidad venidera. Es por eso, 
que la ferviente oraci�n del justo, obrando eficazmente en su 
coraz�n realmente puede mucho, delante de la presencia de 
Dios, de su Esp�ritu Santo y de su �rbol de vida eterna, el 
Se�or Jesucristo, para resolver cualquier problema y cambiar 
la vida del hombre, y hasta s� fuese necesario levantarlo de 
entre los muertos, tambi�n. 

Porque para nuestro Padre Celestial que est� en los cielos 
nada es imposible, cuando la oraci�n, y el servicio sagrado a 
su nombre santo, es realmente hecho en el nombre bendito y 
sobrenatural de su �rbol de vida eterna, su Hijo amado, �el 
Se�or Jesucristo! Por eso, es requetebueno confesar sus 
pecados delante de Dios y entre ustedes mismos, tambi�n, si 
as� lo deseasen hacer, para que Dios sea glorificado en sus 
vidas, y sus pecados les sean perdonados, desde hoy mismo y 
para siempre, en la eternidad venidera de la nueva vida 
celestial e infinita. 

Dado que, ning�n hombre, mujer, ni�o o ni�a, ha de ver la 
vida eterna, si no se ha arrepentido de sus pecados, creyendo 
en su coraz�n e invocando con sus labios: el nombre salvador 
de su alma eterna, �el Se�or Jesucristo! Porque s�lo en la 
invocaci�n del nombre sagrado de Dios es que realmente est� 
todo perd�n de pecado y toda bendici�n sobre la tierra, para 
luego entrar en su totalidad, a la vida eterna del nuevo 
reino de los cielos, en el m�s all�. 

As� pues, es bueno que el hombre ore por su hermano y por su 
hermana, para que sean sanados de muchos males y hasta de 
enfermedades terribles, que ni aun la ciencia ha podido 
realmente controlar ni menos sanar, en los cuerpos 
espirituales y corporales de los hombres y mujeres de la 
humanidad entera. Entonces oren siempre los unos por los 
otros, para que los poderes de las profundas tinieblas del 
m�s all�, de Lucifer y de sus �ngeles ca�dos, por ejemplo, no 
se ense�oreen sobre sus vidas, como le sucedi� a Eva y luego 
a Ad�n, sin que se den cuenta de nada, hasta que ya fue 
demasiado tarde para todos, por doquier. 

Visto que, el enemigo eterno de Dios y del Esp�ritu Santo, 
Lucifer, es sagaz, y sabe muy bien cuando atacar a sus 
v�ctimas, especialmente cuando aun no han orado a su Dios y 
Creador de sus vidas, en el nombre sagrado de su Hijo amado, 
el Se�or Jesucristo, para que entonces sean protegidos de sus 
terribles poderes, del m�s all�. Porque para Dios la 
ferviente oraci�n del hombre justo y de la mujer justa de 
toda la tierra, orando siempre con su coraz�n levantado hacia 
�l y hacia su Esp�ritu Santo que est�n en los cielos, 
realmente puede mucho en contra de los males del enemigo, y 
muy especialmente para resolver aun los problemas m�s 
dif�ciles de la vida. Porque son los poderes sobrenaturales 
del Esp�ritu de Dios que necesita la vida del hombre, para 
resolver cada uno de sus problemas, grandes o peque�os, en el 
nombre sagrado del Se�or Jesucristo.

Y, a la vez, poderosa es la oraci�n, siempre hecha en el 
nombre del Se�or Jesucristo, para hacer maravillas, milagros 
y hasta prodigios fenomenales d�a y noche, en la tierra y en 
el para�so, tambi�n, en la vida del hombre de la mujer, del 
ni�o y de la ni�a de la humanidad entera, de todos los 
tiempos. Y nuestro Dios ha querido hacer de todo hombre, 
mujer, ni�o y ni�a, un ferviente orador de su nombre santo, 
por medio del esp�ritu de la vida eterna, de su Hijo amado, 
el Se�or Jesucristo, para que su voluntad santa sea hecha en 
la tierra, ni m�s ni menos, as� como es en el cielo con sus 
seres santos. 

Porque en el reino de los cielos, los �ngeles oran tambi�n, 
al Padre Celestial, en el nombre sagrado de su �rbol de vida 
eterna, el Se�or Jesucristo, para que sus vidas mejoren aun 
mucho m�s que antes. Porque sin el conocimiento del Se�or 
Jesucristo en sus corazones y en sus esp�ritus celestiales, 
entonces ninguno de ellos, aunque jam�s ha conocido a Dios, 
como s�lo el Hijo le conoce, entonces tambi�n vivir�a su vida 
celestial ciego y sin esperanza alguna en su coraz�n, en su 
reino celestial, como el pecador del mundo entero, sin Cristo 
en su vida. 

Entonces el Se�or Jesucristo viviendo en el coraz�n del 
hombre es tan importante en su vida, como lo es de 
importante, en la vida del �ngel, arc�ngel, seraf�n, querub�n 
y dem�s seres celestiales del m�s all�, de la vida santa del 
reino de los cielos, hoy en d�a y por siempre, en la 
eternidad venidera del nuevo reino de Dios. Es por eso, que 
los �ngeles del cielo, grandes y peque�os, oran, alaban, 
honran y glorifican a nuestro Padre Celestial d�a y noche, en 
el nombre sagrado de su �nico �rbol de vida y de salud 
infinita, �el Se�or Jesucristo! 

En vista de que, s�lo el Se�or Jesucristo es su �rbol de vida 
delante de Dios y de su Esp�ritu Santo, para seguir viviendo 
sus vidas eternas, en el reino de los cielos. Y as� tambi�n 
han de ser sus vidas celestiales, a trav�s de los siglos y 
por siempre en el nuevo reino de los cielos, fieles 
eternamente delante de nuestro Padre Celestial, por medio del 
Se�or Jesucristo. 

Y Dios desea lo mismo en la tierra de nuestros d�as y de 
siempre, con todo hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad 
entera, comenzando con Israel, por ejemplo, para que su 
voluntad santa y perfecta de su coraz�n y de su �rbol de vida 
eterna sea entonces hecha una realidad infinita en la tierra, 
como en el cielo. Para que de esta manera �nica, entonces 
nuestro Dios s�lo viva la felicidad de su coraz�n y de su 
alma sant�sima, al ver a sus �ngeles juntos con los hombres, 
mujeres, ni�os y ni�as de todas las familias, razas, pueblos, 
linajes, tribus y reinos de la tierra, viviendo unidos 
perpetuamente, como en una sola familia celestial e infinita 
del cielo. 

Si, viviendo juntos eternamente y para siempre, como en una 
familia infinita de �ngeles y de hombres de la nueva vida, de 
su �rbol de vida, en la tierra santa de nuestro primer 
nacimiento y de nuestro Dios, �el Todopoderoso!, �nico 
Creador del cielo y de la tierra. Y nuestro Dios desea que 
�ste gran d�a celestial llegue ya a la vida, de cada uno de 
sus �ngeles del cielo y de cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de 
la humanidad entera, en el para�so y por toda la tierra, del 
ayer y de toda la vida, tambi�n, para empezar ya su nuevo 
reino celestial.  

Es por esta raz�n, que as� como nuestro Dios y su �rbol de 
vida, el Se�or Jesucristo, desean juntos con los �ngeles del 
cielo y con su Esp�ritu Santo, para que estos d�as de gran 
gloria eterna del nuevo reino de los cielos se haga una 
realidad ya, en sus vidas y en las nuestras, tambi�n, sin m�s 
demora alguna. Porque su Hijo amado le ha puesto fin al 
pecado de la humanidad entera, y el �ngel de la muerte morir� 
en su d�a final, sin que nadie jam�s se duela por �l, ni por 
su mala vida, delante de Dios y delante de cada uno de sus 
seres creados, como �ngeles del reino y hombres del mundo, 
por ejemplo. 

Es por esta raz�n, tambi�n, mi estimado hermano y mi estimada 
hermana, que tu oraci�n, alabanza, honra y gloria a tu Dios 
que est� en los cielos, en el nombre sagrado de su Hijo 
amado, �el Se�or Jesucristo!, es de suma importancia para 
escribirla en su libro santo y eterno. Y s�lo as� entonces �l 
mismo llenar sus copas de oro de su altar infinito, con el 
aroma grato de tus oraciones, de tus alabanzas, de tus 
glorias, de tus honras a su nombre celestial del Se�or 
Jesucristo, como recuerdo de ti y de los tuyos tambi�n para 
�l, para su Esp�ritu y para su nueva vida infinita del cielo. 

ACERQUEMOSNO AL TRONO DIVINO Y HALLAREMOS FAVOR EN DIOS

Entonces hoy m�s que nunca: Acerqu�monos, pues, con confianza 
al trono de la gracia, de nuestro Padre Celestial que est� en 
los cielos, para que alcancemos misericordia y encontraremos 
gracia, sin lugar a duda, para el oportuno socorro de 
nuestras vidas, en todos los lugares de la tierra. Porque 
para esto nuestro Dios est� sentado sobre su trono de la 
gracia, de la verdad y de la misericordia infinita, para 
ayudarnos en todo momento que lo necesitemos a �l, en 
nuestras vidas cotidianas. 

Por ejemplo, podemos ver tambi�n a su Hijo amado, el Se�or 
Jesucristo, clavado en la cruz de los �rboles secos y sin 
vida alguna de Ad�n y Eva, para destruir todo mal del pecado 
y hasta la muerte del infierno, tambi�n. Pero de la cruz ya 
fue bajado por los hombres que lo amaban y lo respetaban 
mucho, para ser puesto en su sepulcro, para que al Tercer 
D�a, entonces resucitar y levantarse del vientre del mundo 
entero, no como antes, sino con mayor gloria infinita, para 
darnos vida en abundancia en la tierra y as� tambi�n, en el 
para�so, eternamente. 

Y desde aquel d�a, que nuestro Se�or Jesucristo se levanto de 
entre los muertos, ha sido toda gloria y poder para darnos a 
cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las 
familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de toda la 
tierra. Y cuando finalmente fue levantado, hasta lo m�s alto 
del reino de Dios, ha sido para preparar nuevos lugares de 
vida eterna para todos nosotros, para que tengamos un lugar 
en donde vivir con nuestro Dios y con su Esp�ritu Santo, 
rodeado por siempre de �ngeles gloriosos en la eternidad. 

Por lo tanto, nuestro salvador eterno ha preparado mansiones 
celestiales, para nosotros volver a vivir con �l, en su 
tierra y bajo sus cielos, para jam�s volver a conocer la 
mentira ni su maldad eterna, ni la amenaza del fuego eterno 
del infierno y del lago de fuego, tambi�n, en el m�s all�, 
sino todo lo contrario. Porque en nuestros nuevos lugares de 
vida eterna, s�lo hemos de conocer y vivir el esp�ritu de 
amor y la felicidad infinita, de nuestro Dios y de sus 
huestes celestiales, para jam�s volver a conocer el mal de 
nadie, ni de �ngel ca�do del cielo ni de hombre rebelde del 
para�so o de la tierra, para siempre. 

Y todo esto glorioso hemos de recibir de nuestro Dios, ni m�s 
ni menos, s�lo por haber cre�do en �l, por medio de una 
oraci�n de fe, en el nombre de su Hijo amado, el Se�or 
Jesucristo, arrepinti�ndonos de nuestros pecados para 
recibir, de parte de nuestro Dios: s�lo bendici�n y 
finalmente la vida eterna, en el nuevo reino eternal. 
Entonces si hoy en d�a deseas m�s que nunca en tu coraz�n 
acercarte a tu Dios, lo deber�s de hacer s�lo por medio de la 
vida y del nombre sagrado de su �rbol de vida eterna, �el 
Se�or Jesucristo! 

Pues entonces no hagas nunca, como Ad�n y Eva hicieron en el 
para�so, cuando se acercaban cada vez m�s y m�s a su Dios, y 
lo hicieron as� por medio de la palabra de mentira, de 
Lucifer en los labios de la serpiente antigua. Entonces 
nuestro Dios no los recibi� como tales, como sus hijos, sino 
que los mantuvo alejados a ambos, por completo de su 
presencia sagrada y de su �rbol de vida, por su culpa, por su 
pecado y por su rebeli�n a �l y a su fruto de vida eterna, su 
Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! 

Por lo tanto, nuestro Dios los rechazo a ambos por haber 
desobedecido a su mandato de no s�lo comer de los frutos del 
para�so, sino que tambi�n debieron de haber comido de su 
�rbol de vida eterna, el Se�or Jesucristo, primero; y no lo 
hicieron as�, causando su enojo y juicio en contra de ellos y 
de sus descendientes, tambi�n. Es decir, que ambos pecaron 
delante de su �rbol de vida, y el SE�OR los castigo no s�lo a 
ellos, sino que tambi�n �ste castigo descendido hacia cada 
uno de sus descendientes, en todos los d�as de vida por la 
tierra, como sucede hoy en d�a en el mundo entero, por 
ejemplo, en donde vive el hombre con los suyos. 

Y por culpa de �ste pecado, entonces ninguno de ellos conoce 
a su fruto de vida eterna en su coraz�n, ni menos a su Dios, 
sino que s�lo las profundas tinieblas de las palabras 
mentirosas, de Lucifer y de la serpiente antigua, invaden sus 
vidas d�a y noche, hasta que finalmente dejan de existir 
sobre la faz de la tierra. Entonces no pequemos como Ad�n y 
Eva, al intentar acercarnos a Dios por otro medio que no sea 
"primero" su fruto de vida eterna, el Se�or Jesucristo, sino 
que hagamos por siempre lo correcto y lo justo, para cumplir 
toda verdad y toda justicia con �l, en el para�so, en la 
tierra y en su nuevo reino celestial, tambi�n. 

Y esto es de que, verdaderamente, cada uno de nosotros, 
invoque su nombre en lo profundo de nuestros corazones y con 
nuestros labios, pues, llamando al salvador de nuestras 
vidas, quien tiene en si, los poderes y autoridades de salud 
y de vida de parte de nuestro Dios, para librarnos entonces 
de nuestros males y darnos vida en abundancia diariamente. 
Entonces habiendo aprendido de la lecci�n de Ad�n, por 
ejemplo, entonces acerquemos a �l, por medio de su fruto de 
vida y de salud eterna, para no pecar m�s en contra de �l y 
de su vida santa del para�so y del nuevo reino celestial, y 
as� alcanzar el oportuno favor de nuestro Dios d�a y noche y 
sin cesar.  

El oportuno favor celestial de nuestro Padre Celestial, el 
cual necesitamos d�a y noche para subsistir en nuestras vidas 
por toda la tierra, para que jam�s nos falte ning�n bien y 
lleguemos sanos y salvos con nuestros pies firmes, a la nueva 
tierra infinita del m�s all�, del nuevo reino de los cielos. 
Porque nuestro Dios est� muy deseoso de que cada uno de 
nosotros, reciba d�a y noche de sus muchas bendiciones 
sobrenaturales en nuestras vidas, por medio de sus dones 
espirituales de su Esp�ritu Santo y de su �rbol de vida, el 
Se�or Jesucristo, si tan s�lo creemos en �l, en nuestros 
corazones, con nuestros labios y con nuestras manos, tambi�n. 

Y esto s�lo puede ser posible en nuestras vidas, de hoy en 
d�a y de siempre, si en nuestros corazones y con nuestros 
labios confesamos en oraci�n su nombre salvador, el de su 
unig�nito, �el Se�or Jesucristo!, para abrir las ventanas del 
cielo, y hacer as� que cada uno de sus milagros, maravillas, 
llegue a nuestras vidas, sin demora alguna. Porque nuestro 
Dios s�lo nos ha de atender, cuando nos acercamos a �l, por 
medio de la oraci�n, de la alabanza y de la gloria a su 
nombre santo, en el nombre sagrado de su Hijo amado, el Se�or 
Jesucristo. 

Por esta raz�n, nuestro Dios jam�s ha prestado atenci�n a 
ning�n hombre o mujer de toda la tierra, que se haya acercado 
a �l, por otros medios extra�os, como de �dolos o de 
im�genes, sino que nuestro Dios s�lo oye y bendice, a la vez, 
a los que se acercan a �l, por medio de la invocaci�n del 
Se�or Jesucristo. Porque la verdad es que nuestro Dios es 
fiel a la palabra santa y a cada letra con significado eterno 
de sus tildes de su Ley Viviente, la cual jam�s ha de 
quebrantar por ninguna raz�n ni para atender a ninguno de sus 
�ngeles u hombres del para�so o de la tierra.

PERSUADIDO ESTOY DE QUE DIOS LOS AMA PARA LA ETERNIDAD

Pero aunque les escribo as�, entonces siempre lo hago, porque 
estoy m�s que persuadido de que no s�lo Dios los ama, con el 
mismo amor que ha amado a su �rbol de vida eterna, su Hijo 
amado, y a su Esp�ritu Santo, con cada uno de sus �ngeles del 
cielo, sino mucho m�s que todo esto, en verdad. Porque en 
cuanto a ustedes, hoy en d�a y como siempre, Dios mismo tiene 
grandes bendiciones ya listas, listas en el cielo, en  la 
tierra  y en las aguas debajo de la tierra, para 
entreg�rselas a todos ustedes, en sus millares, por doquier, 
si tan s�lo creen en �l, por medio de su fruto de vida 
eterna, �el Se�or Jesucristo! 

Porque esto es la suma de toda la historia de Dios para con 
el hombre, en el para�so y por toda la tierra, tambi�n, de 
que cada uno de los descendientes de Ad�n ame de verdad a su 
Hijo amado, su Gran rey Mes�as, el Se�or Jesucristo. Porque 
s�lo el Se�or Jesucristo es la oraci�n perfecta (y constante) 
en su coraz�n bendito, en el coraz�n de los �ngeles del 
cielo, y as� tambi�n, en el coraz�n de cada hombre, mujer, 
ni�o y ni�a de la humanidad entera, en el para�so y en toda 
la tierra, tambi�n. 

Porque la realidad es, tambi�n, que nuestro Dios no es 
injusto para con ninguno de sus seres creados, por sus 
palabras, por su nombre como los �ngeles del cielo, o por sus 
manos santas, como el hombre del para�so y de toda la tierra, 
de hoy y de siempre, por ejemplo. Por lo tanto, Dios oye la 
oraci�n de cada uno de ellos, constantemente d�a y noche y 
sin cesar jam�s, por amor, por respeto y para gloria eterna 
de su �rbol de vida eterna, su Hijo amado, en la vida de cada 
uno de sus seres creados, eternamente y para siempre. 

Y cada una de estas oraciones, desde la primera hasta la 
ultima, es el mayor tesoro de su coraz�n sant�simo, para su 
vida venidera, en el nuevo reino celestial, como en el 
para�so o como en su Nueva Jerusal�n Celestial, Eterna e 
Infinita del cielo, por ejemplo, para vivirlas con sus 
�ngeles y con su humanidad infinita, para siempre. Y, hoy en 
d�a, como en los d�as nuevos y largos de la eternidad 
venidera, nuestro Dios se acordara por siempre no s�lo de 
cada una de sus oraciones, alabanzas, ruegos, exclamaciones 
de su nombre santo, las cuales las tiene atesoraras en sus 
copas de oro y escritas en su libro, sino que tambi�n se 
acordara de sus buenas acciones. 

Porque como cada oraci�n, ruego, alabanza, gloria, honra y 
as� tambi�n cada una de sus buenas acciones no solamente 
est�n escritas en su libro celestial, sino que rebosan en las 
copas de oro, para gloria y para honra infinita de la nueva 
vida infinita de la eternidad venidera del m�s all�. En la 
nueva eternidad celestial, en donde Dios mismo las ha de 
traer a la memoria de sus �ngeles y de sus gentes, para 
exaltar su nombre santo, aun mucho m�s que antes, en su vida 
y en la vida de cada uno de sus fieles, por los siglos de los 
siglos venideros, en el nuevo reino de los cielos.  

Adem�s,  nuestro Dios desea que t� mismo est�s ah� con �l y 
con cada uno de los tuyos, de todas las familias, razas, 
pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, para seguir 
viviendo su vida santa y perfecta, la de su unig�nito, su 
�rbol de vida eterna, en tu coraz�n y en toda tu alma 
viviente y glorificada, tambi�n. Y toda buena obra de sus 
corazones, de sus labios y de sus manos no se perder� jam�s 
su recompensa correcta, de la vida santa del reino de los 
cielos, sino que Dios mismo las ha de entregar a cada uno de 
sus fieles, en su d�a y sin m�s demora alguna, para gloria 
infinita de su nombre celestial. 

Por cuanto, la promesa de Dios es para todo el mundo, para 
todo aquel que tan s�lo le haya dado un vaso de agua a uno de 
los suyos, por ejemplo, por el s�lo hecho de ser su siervo o 
su sierva; pues nuestro Dios ha prometido que jam�s perder� 
su recompensa, en esta vida ni en la venidera, tampoco. 
Entonces deseamos siempre que cada uno de ustedes viva la 
misma diligencia espiritual en su coraz�n, en su vida, para 
con los dem�s, sin dejar de bendecir con sus palabras, con 
sus hechos y hasta con sus mismas vidas, la vida de los 
dem�s, familiares, amistades y hasta extranjeros, tambi�n. 

Para que haciendo as� en sus vidas cotidianas, lo correcto, 
lo justo, lo verdadero, pues entonces alcancen la plena 
certidumbre de la esperanza y de la fe salvadora, d�a a d�a y 
hasta el final de sus d�as por la tierra, a fin de que no 
sean perezosos en ning�n momento de sus vidas, sino todo lo 
contrario. Y esto es de que est�n por siempre listos para 
servirle a su Dios y a su salvador celestial de sus almas 
eternas, �el Se�or Jesucristo!, para que nuestro Dios se 
glorifique cada vez m�s en sus mismas vidas de siempre. 

Para que aprendan a ser por siempre, con la ayuda diaria e 
id�nea de los dones sobrenaturales del Esp�ritu, siervos y 
siervas de gloria y de honra infinita para nuestro Padre 
Celestial y para su nombre santo, en la tierra y en el 
para�so, tambi�n, desde hoy y por siempre, en la eternidad 
venidera del nuevo reino celestial. Porque la gloria y la 
honra que nuestro Dios ha de disfrutar, desde hoy mismo en tu 
vida y en los nuevos d�as venideros de la nueva eternidad 
celestial, est�n en tu coraz�n y en tus mismos labios, 
tambi�n, mi estimado hermano y mi estimada hermana, aunque no 
lo sepas (o no lo entiendas as� delante del SE�OR). 

Y nuestro Dios espera por ti, pacientemente, para que se las 
entregues a �l, si fuese posible desde hoy mismo, para que su 
coraz�n santo y su alma gloriosa se comiencen a gloriar en tu 
vida y en la vida de los tuyos, tambi�n, en la tierra y as� 
tambi�n en el para�so venidero del nuevo reino celestial. En 
el para�so venidero de Ad�n y de Eva, el cual ha sido 
transformado desde la antig�edad por las manos del Se�or 
Jesucristo, en un nuevo reino de los cielos, para �ngeles del 
cielo y para la humanidad entera de la tierra, tambi�n, de 
hoy y de siempre. 

Entonces todo lo que Dios le ha prometido al hombre, se lo ha 
cumplido, sin faltar jam�s a ninguna de sus buenas palabras 
ni a ninguna de sus buenas promesas de vida y de salud 
infinita, por medio del juramento eterno, del esp�ritu de la 
vida sagrada de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! Porque 
lo que nuestro Padre Celestial le prometi� a su siervo 
Abraham lo ha cumplido, sin fallarle a �l ni a ninguno de sus 
descendientes, tampoco, en sus millares, en todos los lugares 
de la tierra, del ayer y de siempre, tambi�n. 

Porque la verdad es que tambi�n nuestro Padre Celestial ha 
hecho cada uno de sus juramentos para con Abraham y para con 
cada uno de sus siervos y de sus siervas, en todos los 
lugares de la tierra, por amor al esp�ritu de la sangre 
viviente, de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! Por lo 
tanto, ha jurado nuestro Dios por amor a su mismo nombre, 
porque no hay otro nombre mayor que �l, para jurar m�s alto 
que ese nombre sagrado, glorioso y eternamente honrado que ha 
vivido por siempre en el mismo coraz�n de su Hijo amado, el 
Se�or Jesucristo, desde la antig�edad y hasta nuestros d�as, 
por ejemplo. 

Es por eso, que podemos confiar en nuestro Dios y en cada una 
de sus palabras, cada vez que nos postramos ante �l, para 
orar, para elevar nuestras almas eternas hacia su altar 
celestial, del trono perfecto de la gracia y de la 
misericordia infinita, para que nos perdone nuestros pecados 
y nos redima del mal del enemigo eterno, tambi�n.

TUS PALABRAS S� OIRAN Y TUS OBRAS S� VER�N, EN EL JUICIO 
FINAL

En el cielo, cuando se abra el libro del SE�OR para leer sus 
contenidos, entonces se leer�n las palabras y las acciones de 
los hombres, mujeres, ni�os y ni�as de toda la tierra. En 
aquel d�a, Dios ha de ser glorificado por las buenas palabras 
y por las buenas acciones de sus hijos e hijas de todas las 
familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos, de los 
cuales creyeron en �l, por medio del esp�ritu de la vida 
sagrada, de la sangre del pacto eterno de su Cordero 
Escogido, �el Se�or Jesucristo! 

En �ste d�a, los cuatros seres vivientes y los veinticuatro 
ancianos, los cuales siempre est�n delante del trono de Dios, 
entonces se postraran ante el Cordero Celestial, �el Se�or 
Jesucristo!, para reconocerlo como el Se�or de se�ores y Rey 
de reyes, para gloria y para honra infinita de nuestro Dios y 
Padre Celestial que est� en los cielos. Cada uno de ellos 
tendr� un arpa musical en sus manos, para honrarlo y para 
exaltarlo como el Hijo de Dios, delante de la presencia de 
nuestro Dios y Padre Celestial, junto con su Esp�ritu Santo y 
sus huestes celestiales, de la vida sagrada del reino de los 
cielos. 

En este d�a, el Se�or Jesucristo ha de ser exaltado 
poderosamente por los �ngeles, para alegrar el coraz�n santo 
de nuestro Padre Celestial y de sus huestes celestiales del 
nuevo reino celestial, en el m�s all� y por toda la tierra, 
tambi�n. Y todo hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad 
entera, ha de arrodillarse ante el SE�OR para declarar con 
sus labios, de que s�lo �l es el SE�OR de sus vidas, para 
gloria infinita de la nueva vida celestial del nuevo reino 
celestial, como la Nueva Jerusal�n Santa y Perfecta de Dios y 
de su Esp�ritu Santo. 

Puesto que, ha de ser de esta manera, que desde aquel d�a en 
adelante, los �ngeles juntos con la humanidad entera del 
para�so y de la tierra han de tener que reconocerle d�a a d�a 
a �l, �c�mo el Santo de Dios, para miles de siglos venideros, 
para gloria y para honra infinita de nuestro Dios, en la 
eternidad venidera! Porque el Se�or Jesucristo ha de tener 
que ser honrado, as� como los �ngeles, arc�ngeles, serafines, 
querubines y dem�s seres santos del cielo lo han hecho a 
trav�s de los siglos, pero con mayor gloria y con mayor honra 
que antes esta en vez, en sus corazones y en sus vidas 
celestiales del reino infinito. 

Pues as� tambi�n cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de la 
humanidad entera, que haya sido redimido por los poderes y 
por las autoridades sobrenaturales, de la sangre del pacto 
eterno, de nuestro Se�or Jesucristo, en el cielo y por toda 
la tierra, tambi�n. Pero antes que este gran d�a entr� de 
lleno a la nueva eternidad venidera con toda su pompa y 
gloria celestial, celebrada en los corazones y en las vidas 
de �ngeles y de hombres de la humanidad entera, entonces 
Lucifer tendr� que arrodillarse y cada uno de sus �ngeles 
ca�dos, tambi�n, ante el Se�or Jesucristo. 

Y ellos lo han de hacer as� con las gentes de la mentira 
eterna, tambi�n, para confesar con sus labios, de que el 
Se�or Jesucristo es el SE�OR de la vida, para gloria y para 
honra perpetua de nuestro Dios que est� sentado en su trono 
de gran gloria y de gran honra infinita, en su nuevo reino 
celestial. Y s�lo entonces Lucifer con sus seguidores amantes 
de la mentira ser� lanzado a su lugar eterno, en el m�s all�, 
entre las llamas ardientes del juicio eterno del infierno y 
del lago de fuego, para que nunca m�s se vuelva a burlar de 
la verdad, del camino y de la vida santa del �rbol Divino, �
el Se�or Jesucristo! 

Y las naciones con sus familias, razas, pueblos, linajes, 
tribus y reinos de la humanidad entera, han de entrar 
entonces a la vida eterna, tomados de la mano de su Se�or y 
salvador de sus vidas, �el Se�or Jesucristo!, delante de 
nuestro Dios y de sus �ngeles, lideradas y llenas por su 
Esp�ritu Santo para una vida nueva y mayor. Y ellos con su 
Dios sobre su trono santo, entonces han de empezar un nuevo 
reino con una nueva vida infinita, libre del pecado y de toda 
maldad de mentira y de muerte de Lucifer y de sus seguidores 
malvados, para s�lo adorar y honrar a nuestro Dios y a su 
�rbol de vida eterna, para la nueva eternidad celestial. 

Y entonces las arpas han de resonar con gran poder y con gran 
gloria celestial, porque por fin nuestro Dios junto con su 
Hijo amado, ha de comenzar a gozar de la nueva vida 
celestial, libre de la presencia del esp�ritu de la mentira, 
y s�lo habr� verdad y justicia infinita para sus hijos e 
hijas, eternamente y para siempre.

El amor (Esp�ritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su 
Jesucristo es contigo.


�Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


D�gale al Se�or, nuestro Padre Celestial, de todo coraz�n, en 
el nombre del Se�or Jesucristo: Nuestras almas te aman, 
Se�or. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras 
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y 
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, tambi�n, para 
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el 
Se�or Jesucristo.

LOS �DOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los �dolos han sido desde siempre: un tropiezo 
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un 
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en 
tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre 
Celestial y de su Esp�ritu Eterno. Pero todo esto tiene un 
fin en tu vida, en �sta misma hora crucial de tu vida. Has de 
pensar quiz� que el fin de todos los males de los �dolos 
termine, cuando llegues al fin de tus d�as. Pero esto no es 
verdad. Los �dolos con sus esp�ritus inmundos te seguir�n 
atormentando d�a y noche entre las llamas ardientes del fuego 
del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de 
Dios. En verdad, el fin de todos estos males est� aqu� 
contigo, en el d�a de hoy. Y �ste es el Se�or Jesucristo. 
Cree en �l, en esp�ritu y en verdad. Usando siempre tu fe en 
�l, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos 
de la presencia terrible de los �dolos y de sus huestes de 
esp�ritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de 
los tuyos tambi�n, en la eternidad del reino de Dios. Porque 
en el reino de Dios su Ley santa es de d�a en d�a honrada y 
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos 
�ngeles. Y t� con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada 
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, 
cada palabra, cada oraci�n, cada tilde, cada categor�a de 
bendici�n terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, 
cada se�or�o, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada 
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas 
bendiciones de la tierra, del d�a de hoy y de la tierra santa 
del m�s all�, tambi�n, en el reino de Dios y de su Hijo 
amado, �el Se�or Jesucristo!, �El Todopoderoso de Israel y de 
las naciones!

S�LO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la �nica ley santa de Dios y del Se�or Jesucristo en 
tu coraz�n, para bendecirte, para darte vida y vida en 
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha 
venido diciendo as�, desde los d�as de la antig�edad, desde 
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendr�s otros dioses delante de m�". 

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te har�s imagen, ni ninguna semejanza 
de lo que est� arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni 
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinar�s ante ellas 
ni les rendir�s culto, porque yo soy Jehov� tu Dios, un Dios 
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, 
sobre la tercera y sobre la cuarta generaci�n de los que me 
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a 
los que me aman y guardan mis mandamientos". 
 
TERCER MANDAMIENTO: "No tomar�s en vano el nombre de Jehov� 
tu Dios, porque �l no dar� por inocente al que tome su nombre 
en vano". 

CUARTO MANDAMIENTO: "Acu�rdate del d�a del s�bado para 
santificarlo. Seis d�as trabajar�s y har�s toda tu obra, pero 
el s�ptimo d�a ser� s�bado para Jehov� tu Dios. No har�s en 
ese d�a obra alguna, ni t�, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu 
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que est� 
dentro de tus puertas. Porque en seis d�as Jehov� hizo los 
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y 
repos� en el s�ptimo d�a. Por eso Jehov� bendijo el d�a del 
s�bado y lo santific�". 
 
QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que 
tus d�as se prolonguen sobre la tierra que Jehov� tu Dios te 
da". 
 
SEXTO MANDAMIENTO: "No cometer�s homicidio". 

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometer�s adulterio". 

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robar�s". 

NOVENO MANDAMIENTO: "No dar�s falso testimonio en contra de 
tu pr�jimo". 
 
DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciar�s la casa de tu pr�jimo; no 
codiciar�s la mujer de tu pr�jimo, ni su siervo, ni su 
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu 
pr�jimo". 

Entr�gale tu atenci�n al Esp�ritu de Dios y d�shazte de todos 
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno 
de los tuyos, tambi�n. Hazlo as� y sin mas demora alguna, por 
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los 
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus 
�dolos y de sus im�genes de talla, aunque t� no lo veas as�, 
en �sta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, 
tambi�n. Y t� tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de 
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde 
los d�as de la antig�edad, para seguir destruyendo sus vidas, 
en el d�a de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos 
males en sus vidas, sino que s�lo �l desea ver vida y vida en 
abundancia, en cada naci�n y en cada una de sus muchas 
familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Se�or 
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y 
digamos juntos la siguiente oraci�n de Jesucristo delante de 
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y 
salvador de todas nuestras almas: 

ORACI�N DEL PERD�N

Padre nuestro que est�s en los cielos: santificada sea la 
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo 
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el 
cielo as� tambi�n en la tierra. El pan nuestro de cada d�a, 
d�noslo hoy. Perd�nanos nuestras deudas, como tambi�n 
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en 
tentaci�n, mas l�branos del mal. Porque tuyo es el reino, el 
poder y la gloria por todos los siglos. Am�n. 

Porque si perdon�is a los hombres sus ofensas, vuestro Padre 
Celestial tambi�n os perdonar� a vosotros. Pero si no 
perdon�is a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonar� 
vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Se�or Jes�s dijo, "Yo soy el CAMINO, y la 
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, 
sino es POR M�". Juan 14:

NADIE M�S TE PUEDE SALVAR.

�CONF�A EN JES�S HOY! 

MA�ANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. 

YA MA�ANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA 
TI Y LOS TUYOS, EN EL D�A DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de 
�ste MUNDO y su MUERTE.

Disp�nte a dejar el pecado (arrepi�ntete):

Cree que Jesucristo muri� por ti, fue sepultado y resucito al 
tercer d�a por el Poder Sagrado del Esp�ritu Santo y deja que 
entr� en tu vida y sea tu �NICO SALVADOR Y SE�OR EN TU VIDA.

QUIZ� TE PREGUNTES HOY: �QUE ORAR? O �C�MO ORAR? O �QU� 
DECIRLE AL SE�OR SANTO EN ORACI�N? -HAS LO SIGUIENTE, y di: 
Dios m�o, soy un pecador y necesito tu perd�n. Creo que 
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi 
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a 
venir a mi coraz�n y a mi vida, como mi SALVADOR.

�Aceptaste a Jes�s, como tu Salvador?  �S� _____?  O �No 
_____?

�Fecha? �S� ____?  O �No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de 
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada d�a para conocer mejor a Cristo. Habla con 
Dios, orando todos los d�as en el nombre de JES�S. Baut�zate 
en AGUA y en El ESP�RITU SANTO DE DIOS, adora, re�nete y 
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es 
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de 
Cristo a los dem�s.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros 
cristianos que los hermanos Pentecost�s o pastores del 
evangelio de Jes�s te recomienden leer y te ayuden a entender 
m�s de Jes�s y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros 
cristianos est�n disponibles en gran cantidad en diferentes 
temas, en tu librer�a cristiana inmediata a tu barrio, 
entonces visita a las librer�as cristianas con frecuencia, 
para ver que clase de libros est�n a tu disposici�n, para que 
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer m� libro que he escrito para ti, 
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su 
Hijo amado y as� comiences a crecer en �l, desde el d�a de 
hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la 
paz de Jerusal�n d�a a d�a y sin cesar, en nuestras 
oraciones. Porque �sta es la tierra, desde donde Dios lanzo 
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras 
bendiciones y salvaci�n eterna de nuestras almas vivientes. Y 
nos dice Dios mismo, en su Esp�ritu Eterno: "Vivan tranquilos 
los que te aman.  Haya paz dentro de tus murallas y 
tranquilidad en tus palacios, Jerusal�n". Por causa de mis 
hermanos y de mis amigos, dir� yo: "Haya paz en ti, siempre 
Jerusal�n". Por causa de la casa de Jehov� nuestro Dios, en 
el cielo y en la tierra: implorar� por tu bien, por siempre. 

El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el 
Esp�ritu de Dios a toda la humanidad, dici�ndole y 
asegur�ndole: - Qu� todo lo que respira, alabe el nombre de 
Jehov� de los Ej�rcitos, �el Todopoderoso! Y esto es, de toda 
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo 
coraz�n, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y 
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, 
como antes y como siempre, por la eternidad.



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