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Started by IVAN VALAREZO
Sat, 01 Sep 2007 22:17
(IVAN): SANTIFICACION
Author: IVAN VALAREZO
Date: Sat, 01 Sep 2007 22:17
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S�bado, 01 de septiembre, a�o 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo, Guayaquil, Ecuador - Iberoam�rica (Este Libro fue Escrito por Iv�n Valarezo) SANTIFICACI�N: Nuestro Padre Celestial despu�s de haber formado al hombre, en su imagen y conforme a su semejanza celestial en el cielo, entonces "tenia que santificarlo" para que �l y su linaje humano vivan infinitamente, en el para�so y en su nuevo reino celestial. Es decir, tambi�n, de que de �ste mismo d�a, en el reino de los cielos, como en su lugar muy santo del m�s all�, Dios comenz� (y con la ayuda id�nea de siempre de su Esp�ritu Santo) "su obra infinita de santificar" a cada hombre, mujer, ni�o y ni�a del linaje humano del para�so y de toda la tierra. Entonces nuestro Padre Celestial introduce por vez primera al hombre: "a la santificaci�n perfecta de la salud y de la salvaci�n eterna del �rbol de la vida, su Hijo amado", �el Cristo! Aqu�, los ojos y el coraz�n de Ad�n "sienten la presencia del Se�or Jesucristo", como una llenura celestial e infinita, en todo su cuerpo y en toda su alma viviente, tambi�n, para no olvidarlo jam�s, por los siglos de los siglos en la eternidad celestial. Y es por esta raz�n, que nosotros "podemos despertar de nuestras tinieblas" para vez la luz de Cristo y vivir en su santificaci�n infinita en nuestras vidas, en la tierra y para la eternidad. En verdad, fue nuestro Dios quien realmente "le predica al hombre" su primer palabra de vida y de salud infinita, "el evangelio infinito del para�so" y de todos los tiempos de los �ngeles y de la humanidad entera, para que coma y beba por siempre de su fruto de vida eterna. Y este fruto de vida eterna, en el para�so y as� tambi�n en todos los lugares de la creaci�n celestial de Dios, era la misma vida perfecta y sumamente honrada de su Ley Viviente, "Los Diez Mandamientos de la vida antigua", de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! Porque s�lo si cre�a en su coraz�n y as� com�a y beb�a de Jesucristo, entonces iba a ser su coraz�n y su alma santa, "santificada a�n mucho m�s que antes", como mucho m�s que en el d�a de su formaci�n, en las manos de Dios, para que viva para su Dios y para su Esp�ritu Santo, eternamente y para siempre. Dado que, "sin la santificaci�n del fruto del �rbol de la vida", entonces ning�n ser creado por Dios y por su Esp�ritu Santa iba a seguir viviendo su vida eterna, en el para�so, ni en ning�n otro lugar de toda la creaci�n de Dios, como la tierra y La Nueva Jerusal�n Santa e Infinita del nuevo cielo venidero, por ejemplo. Es m�s, sin el fruto de vida eterna, en el coraz�n del hombre, entonces su esp�ritu y su alma humana "corr�an el peligro de contaminarse con las mentiras" y las maldades de Lucifer y de sus �ngeles ca�dos. Porque s�lo la verdad y la justicia redentora de la sangre del Se�or Jesucristo pueden destruir infinitamente: toda mentira, maldad, pecado, enfermedad y muerte eterna del pecado de las tinieblas de Lucifer y de sus �ngeles ca�dos, por ejemplo. Y nuestro Dios "no deseaba permitir" este mal terrible de mentiras y de muertes, en la vida de Ad�n, ni en la vida de ninguno de sus descendientes, en sus millares, en toda su creaci�n celestial. Pues viendo Dios el peligro que tenia la vida de Ad�n en el para�so y as� tambi�n cada uno de sus descendientes, de los que nacer�an en el para�so, despu�s de �l, entonces le dijo con gran urgencia en su voz sagrada a Ad�n: "Come del fruto del �rbol de la vida, para que vivas, y as� no morir�s jam�s". Pero "Ad�n no entend�a el llamado de Dios", porque "a�n estaba sintiendo las tinieblas del polvo de la tierra", de donde Dios mismo lo hab�a sacado con sus manos santas, para formarlo en un ser viviente, para gloria y para honra de su nombre santo, en el para�so, en la tierra y en toda su creaci�n infinita, del m�s all�. Y aqu� Lucifer pens� en destruir la vida de Ad�n y de cada uno de sus descendientes, para que no conociesen jam�s en sus corazones y en sus almas eternas: "al dador de la vida, el �rbol de la vida, el Hijo amado de Dios, �el gran rey Mes�as de Israel y de las naciones de toda la tierra!" Ad�n "crey� a Lucifer", para mal infinito de su coraz�n y de su alma viviente. Y cuando Ad�n crey� a Lucifer, entonces su coraz�n y su alma "dejaron de ser santos y comenzaron a morir en su cuerpo humano", el cual Dios mismo hab�a formado del polvo de la tierra en su imagen y conforme a su semejanza celestial, para que conozca a su Dios y as� entonces viva infinitamente con �l, en el cielo. En este d�a, "Ad�n cambia su vida de luz", por la vida de las profundas tinieblas del coraz�n perdido de Lucifer y de cada uno de sus �ngeles ca�dos, para mal eterno de su linaje humano, en el para�so y en toda la tierra, tambi�n. Adem�s, nuestro Padre Celestial estaba "muy quebrantado de coraz�n" y de esp�ritu: al ver lo que Ad�n hab�a hecho con su vida y la vida de todos sus descendientes y hasta la misma vida sagrada del Se�or Jesucristo, no s�lo en el cielo, sino en toda la tierra, tambi�n. Nuestro Padre Celestial cuando "se entera" del error de Ad�n, entonces no culpa de pronto a Lucifer, por haberlo enga�ado con sus mentiras, sino que "se acerco a Ad�n" para pedirle cuenta de lo que hab�a hecho, al comer del fruto prohibido, "desobedeciendo a su llamado para vivir con �l", la nueva vida eterna de su nuevo reino celestial. En realidad, Ad�n "no acepto culpa alguna", en ning�n momento, cuando Dios se la reclamaba, sino que dijo: - "La serpiente que t� pusiste en el Ed�n a m� me enga�o por los labios de Eva". Y, entonces culpa a Eva igual que a la serpiente, "tratando de justificarse a s� mismo" de su terrible error delante de Dios, por haber hecho algo muy malo para �l y para su linaje humano, para siempre. (En verdad, Ad�n "hab�a introducido la muerte" no s�lo en el para�so, sino tambi�n en el resto de la creaci�n de Dios, como la tierra de nuestros d�as, por ejemplo. Es por eso, que todo hombre vive en la amenaza constante de muerte, si Cristo no es rey en su coraz�n eterno delante de su Creador. ) Ad�n confuso y lleno de miedo en su coraz�n, al sentir las tinieblas del poder del pecado y de su muerte eterna, entonces "busca escapar la muerte" y su mal eterno del fuego del infierno y del lago de fuego, tambi�n. Porque Ad�n "sabia muy bien" en su coraz�n, que ya era demasiado tarde y no pod�a retractarse (o alejarse) de sus palabras ni de sus acciones equivocadas, por las cuales hab�a abierto su coraz�n al enemigo eterno de Dios, sin que s� de cuenta de que esto era lo que hacia, en aquel momento, al creer en sus mentiras mortales. Entonces Dios "castiga" a la serpiente, castiga a Ad�n y castiga tambi�n a Eva, "por haber desobedecido" a la palabra sagrada de su Ley Santa del para�so, de no comer jam�s del �rbol de la ciencia del bien y del mal (porque este mandato del para�so es para todos �ngeles y hombres, tambi�n, por igual). Pero de Lucifer, "Dios no dice nada de nada", en aquel d�a, sino que se reservo a s� mismo sus palabras de juicio para con �l, sus mentiras y sus muchas malas acciones terribles, para con el �rbol de la vida y para con la obra sagrada de sus manos, el hombre, como ahora, t� mismo mi estimado hermano. Adem�s de esto, el SE�OR "no le dice nada" a Lucifer delante de Ad�n y Eva, en aquel d�a del primer pecado del hombre y del linaje humano, "porque su castigo ya est� escrito en los �ltimos d�as de su vida inicua", en la tierra y del m�s all�, tambi�n. Pues en aquel d�a venidero del gran juicio de Dios y de todas las cosas, entonces Lucifer ha de ser castigado con cada uno de los suyos, en el fuego eterno del lago de fuego, su muerte final, para no volverse a levantar jam�s, ni hacer pecar a nadie con sus mentiras de siempre. Mientras tanto, "Ad�n mor�a por su pecado paulatinamente", en su coraz�n perdido en las tinieblas del m�s all�, sin tener ninguna centella de luz de vida en su coraz�n y en toda su alma viviente, tambi�n. Ya que, la luz que hab�a visto y conocido en su Dios, como en el d�a de su creaci�n, "ya no la ve�a en s� mismo", ni en todo su coraz�n y ni en todo su cuerpo humano, "porque mor�a" delante de Dios y de su reino celestial por culpa de su grave error. "Mor�a Ad�n", como todo pecador y como toda pecadora, de hoy en d�a, en toda la tierra, muere d�a y noche, "porque hab�a hecho lo incorrecto" delante de su Dios y de su Hijo amado, el gran rey Mes�as del para�so y del nuevo reino de los cielos, de Dios y de su humanidad infinita. Ad�n "hab�a cambiado la santificaci�n de Dios", por lo que "no era santo" para su coraz�n, ni para la vida infinita de ninguno de los suyos, en toda la creaci�n celestial del para�so, de la tierra y de La Nueva Jerusal�n Santa e Infinita del cielo. Pero aunque todo esto fue basado en hechos en aquellos d�as de vida de Ad�n, en el para�so y posteriormente en toda la tierra, como en el d�a que era clavado sobre la roca eterna al cuerpo del �rbol de la vida, el gran rey Mes�as, entonces "volv�a a vivir Ad�n y Eva igual", para Dios y para la eternidad. Ad�n volv�a a la vida eterna, porque Dios "lo amo mucho en su coraz�n sagrado", a�n cuando hab�a errado gravemente en contra de su fruto de vida eterna, su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! En verdad, "Ad�n vuelve a Dios y a su luz de vida eterna" como antes y hasta con mayor gloria, porque "al fin de cuentas recibe a Cristo en su coraz�n", como cualquier pecador o pecadora de toda la tierra, de hoy en d�a y de siempre. Porque, adem�s, "Ad�n hab�a recibido santidad del mismo para�so", en donde naci�, para su alma viviente "al recibir del Se�or Jesucristo vida" en abundancia: gracias al cumplimiento de la Ley y el fin del pecado del para�so, en la tierra escogida de Dios, para llevar acabo esta gran obra infinita de santificaci�n, para bien eterno de todo el linaje humano. Es por esta raz�n, "que todos pueden vivir en Cristo", desde ahora e infinitamente, "por su santidad inigualable del para�so", y hoy en d�a, en toda la tierra, tambi�n, s� tan s�lo "invocan su nombre sagrado" delante de Dios y de su Esp�ritu Santo, por amor a la verdad y a la justicia del cielo. Porque "si la Ley de Dios y de Mois�s vive en sus corazones", gracias a Jesucristo, "entonces ya son santificados, ya son lavados, ya son purificados por la sangre del pacto eterno", derramada en su lugar santo de Dios, por amor al cumplimiento, honra y exaltaci�n infinita de la Ley Viviente, �Los Dios Mandamientos de la Nueva Eternidad de Dios! Porque la Ley de Dios y de Mois�s est� con nosotros, en la tierra y en nuestros corazones, para honrarla y para cumplirla por medio del gran rey Mes�as, "pero es realmente para vivirla impecablemente", en la nueva vida celestial de Dios y de sus huestes angelicales del nuevo cielo y con nuevas tierras infinitas, de la nueva eternidad venidera. YA HAN SIDO LAVADOS, SANTIFICADOS Y PURIFICADOS EN LA SANGRE DEL MES�AS Porque la realidad es que "todos han pecado" y, por tanto, "han sido destituidos de la gloria de Dios", en el para�so y en toda la tierra, tambi�n, para mal eterno de muchos. Y "todos han pecado, como el primer pecado de Lucifer y de sus �ngeles ca�dos o como el mismo Ad�n en el para�so", por ejemplo, "porque no hay amor" en sus corazones para con su Dios y para con su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, el �nico posible salvador y santificador del alma del hombre de toda la tierra. Es decir, que no aman, "ni sabr�n amar" infinitamente: la verdad y la justicia de Dios, ni la de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, ni la de su Esp�ritu Sant�simo, si no se humillan ante �l y ante su palabra sagrada, la bendita Ley Eterna de Dios y de Mois�s. Porque toda palabra de la Ley de Dios tiene que cumplirse y honrarse infinitamente, en el coraz�n y en el alma eterna de cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera, as� como es honrada y exaltada en los corazones de los �ngeles del cielo, �nicamente por los poderes sobrenaturales de la santificaci�n del Se�or Jesucristo, por ejemplo. Porque �nicamente la Ley Eterna de Dios santifica el alma del hombre, mujer, ni�o y ni�a, si se la cumple, invocando el nombre del Se�or Jesucristo, ya que �l es el �nico que naci� en Israel para honrarla infinitamente en nosotros y en los �ngeles del cielo, por supuesto, como de costumbre, desde la antig�edad y para siempre. Y hasta que "no se humillen" delante de su Creador y de su �nica salvaci�n eterna, entonces todos son enemigos de Dios, para verg�enza de sus corazones y de sus almas vivientes, en esta vida y en la venidera, tambi�n, eternamente y para siempre. En otras palabras, el que peca, realmente, "es tan enemigo de Dios", como siempre lo ha sido Lucifer y cada uno de sus �ngeles ca�dos, por ejemplo, desde los d�as de la gran rebeli�n angelical en el reino de los cielos, y del hombre, tambi�n, en el para�so y en toda la tierra, como de nuestros d�as y de siempre. Adem�s, "muchos de estos" eran algunos de ustedes, mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas, "pero ya han sido lavados, santificados y, a la vez, justificados infinitamente en el esp�ritu de la sangre, del nombre del Se�or Jesucristo y del Esp�ritu de nuestro Dios", para que vivan delante de Dios, de su Esp�ritu Santo y de su Jesucristo, para siempre. Es decir, para que cada uno de ustedes, en sus millares, en todos los lugares de la tierra, "sea delante de Dios santo, perfecto e infinitamente justo, tan justo como los mismos �ngeles de Dios", por ejemplo, como s� jam�s hubiesen pecado, desde el d�a de su formaci�n, en las manos sagradas de nuestro Padre Celestial, en la patria celestial. Porque es necesario y, a la vez, "la lucha muy personal" de nuestro Padre Celestial, de su Hijo amado, de su Esp�ritu Santo y de sus �ngeles del cielo: "para que el hombre vuelva a ser tan santo, en las manos de Dios", como en el d�a de su formaci�n celestial e infinita, en el m�s all�. Porque "la santidad" de cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera: "quedo" en el m�s all� (esperando por el pronto retorno del hombre), "desde el d�a que crey� en su coraz�n", desafortunadamente, a las palabras mentirosas de Lucifer, por boca de la serpiente antigua, "al no comer" y beber del Se�or Jesucristo. Es por eso, que aunque no lo puedas creer en tu coraz�n eterno, mi estimado hermano y mi estimada hermana, a pesar de tus muchos pecados que hayas cometido en tu vida, "Dios te perdona" cada uno de ellos en su coraz�n sagrado e infinitamente glorioso, "por medio de su Hijo amado", �el Se�or Jesucristo!, porque "desea que vivas" inmortalmente. Y "te hace tan limpio y tan libre de tus males eternos", no importando jam�s tus pecados, "como la misma sangre santa e infinitamente gloriosa del pacto eterno de su Hijo amado", en tu coraz�n, en tu esp�ritu, en tu alma viviente y en todo tu cuerpo humano, tambi�n, "para que seas santo eternamente" delante de �l, en la eternidad. Porque vuelvo a decirte lo mismo otra vez: "para Dios es muy importante que t� vuelvas a ser tan santo, como sus �ngeles sagrados", como en el d�a que formaba tu cuerpo en sus manos sagradas, para gloria y para honra infinita de su imagen y de su semejanza perfecta en ti y en cada uno de los tuyos, tambi�n. As� pues, todos "los que deseen ver la vida eterna", y vivirla infinitamente con su Dios y con su �rbol de la vida, como en el nuevo reino de los cielos, "entonces tienen que haber sido perdonados de sus pecados, por la invocaci�n santificadora de sus labios humanos", del nombre bendito de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! Dado que, "no hay otra invocaci�n de la boca" de los labios del hombre, de la mujer, del ni�o y de la ni�a de la humanidad entera, "para que puedan volver a ser santos, limpios, libres, sagrados y justificados perpetuamente" delante de su Dios y de su Esp�ritu Santo, en la tierra y en el para�so, eternamente y para siempre. Por lo tanto, "ning�n pecador, ni ninguna pecadora, podr� jam�s ver la vida", ni menos vivir infinitamente en la nueva eternidad celestial de Dios y de sus huestes celestiales, en La Nueva Jerusal�n Santa y Perfecta del cielo, "si no le cree a su Dios", por medio de la santificaci�n perfecta y celestial "de la invocaci�n del Mes�as", �el Cristo! Ya que, "es necesario que el esp�ritu de la santificaci�n infinita" de nuestro Padre Celestial y de su �rbol de la vida, el gran rey Mes�as, "sea en el coraz�n" de cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera, "as� como en las huestes celestiales", por ejemplo, para que "vean la gloria de Dios eternamente" en la eternidad. Es por eso, que "la escritura siempre ha declarado indiscutiblemente" d�a y noche, desde los d�as de la antig�edad y hasta nuestros d�as, por ejemplo, de que "sin santidad" (la santidad perfecta del fruto del �rbol de la vida), "entonces nadie podr� ver a su Dios jam�s", en est� vida, ni en la venidera, tampoco, eternamente y para siempre. Por lo tanto, "hay poderes extraordinarios y de gran extensi�n espiritual", fuera de nuestro mundo, de hoy en d�a y de siempre, por ejemplo, "s�lo en el esp�ritu de la santificaci�n del nombre sumamente honrado del Se�or Jesucristo viviendo en nuestros corazones y en nuestras almas infinitas", tambi�n, en la tierra y en el para�so, eternamente y para siempre. Y "como �ste poder santificador del Se�or Jesucristo" en nuestros corazones, en nuestros esp�ritus y en nuestras almas humanas, "no hay otro igual delante de Dios", en el cielo, ni menos en la tierra, "como la de su fruto de vida eterna", nuestro �nico y suficiente salvador celestial, �el Se�or Jesucristo!, --entonces viviremos en pecados-si no creemos ya. Entonces todos los que hemos pecado, "hemos pecado igual", ni m�s ni menos, "como Ad�n y Eva pecaron", por ejemplo, en el d�a que decidieron comer del fruto prohibido del �rbol de la ciencia del bien y del mal, en vez, de comer y de beber del fruto de la vida, como Dios mismo se lo hab�a se�alado a Ad�n. Y "Dios llama a Ad�n a comer" y a beber del fruto del �rbol de la vida: "porque aunque hab�a sido creado perfecto" en sus manos santas: "a�n as�, necesitaba de la santidad dotada de hermosura" del �rbol de la vida para poder vivir y ver a su Dios y Creador de su alma infinita, en el para�so, por ejemplo. Pero, desdichadamente "Ad�n se olvida del llamado divino", por un corto tiempo, lo suficiente para que se descuide de Eva, "y caiga en un error terrible", del cual le fue dif�cil levantarse �l mismo y a los suyos, tambi�n, en sus millares, en muchos lugares de la tierra, como hoy en d�a, contigo, por ejemplo, mi estimado hermano y hermana. Porque "el que ha ca�do en el poder del pecado no s� levantara jam�s" de su mal eterno, "si no es con la ayuda de Dios y de su gran rey Mes�as", �el Se�or Jesucristo! Es por eso, que "el mandato de Dios" fue para Ad�n primero, de "comer de todos los �rboles" del Jard�n del Ed�n y "hasta del fruto del �rbol de la vida", tambi�n, "pero jam�s del fruto prohibido" (no importando jam�s las circunstancias de su vida, por ejemplo, para hacerlo as� con el fruto del mal eterno). Porque "en el d�a que de �l comiese", entonces su coraz�n, su esp�ritu, su alma viviente y su cuerpo humano y perfecto en la imagen y semejanza celestial, "pecar�a en contra de �l mismo", de su Dios y de su �rbol Viviente, "para mal de sus d�as venideros" y de los suyos, tambi�n, en toda la creaci�n celestial. Y Ad�n "peca", para mal eterno de todos. Aparentemente, "Ad�n no entendi� el sentido profundo de la importancia divina del llamado de Dios", en aquel d�a tan crucial para su vida y para la vida de los suyos, tambi�n, por doquier, en todo lo largo y lo ancho del para�so y de la tierra, de nuestros d�as y de siempre, por ejemplo. De hecho, "en �ste terrible d�a de desobediencia y de rebeli�n", Ad�n y sus descendientes, en sus millares, "llegar�an a ser enemigos de Dios, como los malvados, perversos e imp�os �ngeles ca�dos del cielo", por ejemplo, "para mal de sus vidas" en el para�so y en toda la creaci�n de Dios, como en la tierra, de nuestros d�as. Y, entonces Lucifer y cada uno de sus �ngeles ca�dos, "enemigos eternos" de la verdad y de la justicia infinita de nuestro Padre Celestial y de su Hijo: "pueden incidir, y hasta en muchos casos entrar", en el coraz�n y en la vida del pecador y de la pecadora, para ofender a�n mucho m�s a Dios y a su Jesucristo. "Y as� hacerlos", a cada uno de ellos y hasta todos si fuese posible, "tan desobedientes y tan rebeldes al fruto del �rbol de la vida", del reino de los cielos y de toda la tierra, tambi�n, para los �ngeles y para la humanidad entera, �el Se�or Jesucristo! Es decir, que "cuando Dios desea hacer" a sus seres creados: santos y honrados delante de su presencia sagrada, "tal cual como su Hijo amado", entonces "Lucifer y sus �ngeles ca�dos hacen todo lo contrario" con cada uno de ellos, "para destruir la voluntad perfecta e infinitamente sagrada del coraz�n" de nuestro Padre Celestial que est� en los cielos. Y esto es de hacerlos: "tan rebeldes, tan malvados, tan mentirosos y hasta tan imp�os, como ellos mismos", como las m�s profundas tinieblas del mal, "para que as� ninguno de ellos ya no pueda ser jam�s tan santo y tan glorioso", como los �ngeles del cielo "y hasta como su propio fruto de vida eterna", su Hijo, �el Se�or Jesucristo! Es decir, tambi�n, que Lucifer y sus �ngeles ca�dos "no s�lo quer�an destruir al fruto del �rbol de la vida", el Se�or Jesucristo, "sino tambi�n a Dios mismo y a cada una de sus criaturas muy santas" para su nueva vida infinita del nuevo reino celestial, "como sus �ngeles y los hombres, mujeres, ni�os y ni�as" de la humanidad entera. Y aunque todo esto terrible ha sido verdad siempre, desde los d�as del para�so y hasta nuestros d�as, por ejemplo, para con Ad�n y para con cada uno de sus descendientes, en sus millares, en todos los lugares de la tierra, pero a pesar de todo: "la voluntad perfecta de nuestro Dios, ni de su Espirita Santo, no cambian jam�s". Es decir, "que el esp�ritu de la sangre y del nombre milagroso del �rbol Vivo no ha perdido poder alguno: para limpiar, para lavar, para santificar y para justificar a cada uno de los siervos de Dios", de todos los hombres, mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad entera, comenzando con Ad�n y Eva, en el para�so, por ejemplo. Es por eso, que a pesar de tanta maldad, violencia y muchas cosas terribles que han tomado lugar en todos los lugares de la tierra, para destruir a toda vida humana, "a�n as�, la palabra de Dios es predicada por el poder sobrenatural del Esp�ritu de Dios, sin cambiar jam�s, a diestra ni a siniestra", para bien infinito de muchos. Es decir, tambi�n, "que el mismo llamado que Dios le hizo a Ad�n" para que comiese y bebiese de su Hijo, el Se�or Jesucristo, como el fruto del �rbol de la vida en el epicentro del para�so "a�n est� en vigencia", hoy en d�a, para todo aquel que crea en su coraz�n e invoque con sus labios �su nombre santificador! Y s�lo entonces "nuestro Padre Celestial pueda ser glorificado infinitamente una vez m�s", como muchas veces lo ha sido as� desde la antig�edad, en los corazones y en las vidas de sus huestes angelicales del reino de los cielos, por ejemplo, "para gloria y para honra de nuestro Dios, en cada uno de los corazones", de nuestro linaje humano. Y es aqu�, "cuando t� mismo le das la gloria y la honra desde tu coraz�n santificado infinitamente por la invocaci�n del nombre del Se�or Jesucristo", para bien de tu alma viviente y para bien de muchos, tambi�n, en muchos lugares de la tierra. Entonces "en confiar en el SE�OR, por amor a su Hijo amado", el Se�or Jesucristo, "es lo mejor que puedes hacer para tu alma viviente", mi estimado hermano y mi estimada hermana, en estos d�as tan cruciales para ti, para los tuyos y para la humanidad entera, tambi�n. LOS CONF�O A JESUCRISTO, PORQUE �L SANTIFICARA SUS ALMAS Pues a�n, hoy en d�a, mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas, "los conf�o en actitud de suplica a nuestro Padre Celestial y a la palabra de su gracia infinita", como en la antig�edad, "a aquel que tiene poder para edificar y para dar justicia entre los santificados de su �nico nombre glorioso", de la nueva vida eterna y celestial. Porque "el cielo y la tierra son para los hijos e hijas de Dios", es decir, de todos los que aman el esp�ritu de la verdad y de la justicia infinita de su fruto de vida eterna, "como los �ngeles del cielo y como t� mismo, hoy en d�a", mi estimado hermano y hermana, por ejemplo, en toda la tierra. Entonces "estos son de todos aquellos que verdaderamente aman a nuestro Dios y a su �rbol de la vida eterna", el cual est� en su epicentro celestial del m�s all�, "dando vida a todo aquel que cree" en su coraz�n e invoca con sus labios: el nombre viviente y milagroso de su Hijo amado del para�so, �el Se�or Jesucristo! Y "esto es gloria y honra infinita para nuestro Padre Celestial", en tu coraz�n y en tu alma viviente, mi estimado hermano y hermana: "gracias al esp�ritu de fe, de nuestro Padre Abraham y de Isaac por el esp�ritu glorioso de la sangre y del nombre santo de nuestro �nico y suficiente salvador de nuestras vidas eternas", �el Cordero Escogido! Visto que, "mejor amigo y mayor salvador que el Se�or Jesucristo no hubo otro igual para Israel y para los que amen a su Dios y Fundador de sus vidas", en el para�so, en la antig�edad y, hoy en d�a, en todos los lugares de la tierra y as� tambi�n en la nueva vida vendiera, del nuevo reino angelical. Por lo tanto, "hay poder de santificaci�n" para bendici�n y para salvaci�n eterna de nuestros corazones y de nuestras almas vivientes, "�nicamente en la invocaci�n del nombre milagroso y santificador de nuestro Se�or Jesucristo", delante de la presencia gloriosa e infinitamente sagrada de nuestro Padre Celestial y de su Esp�ritu Santo. Porque "cuando el nombre del Se�or Jesucristo se instala en el coraz�n" del hombre, de la mujer, del ni�o y de la ni�a de la humanidad entera: "entonces muchos milagros, maravillas y hasta prodigios en los cielos y en la tierra comienzan uno tras otros": unos se ven otros no, "pero Dios est� obrando secretamente en el coraz�n que lo ama". Puesto que, "el que ama a Dios", por m�s que desee amar en su coraz�n, como Ad�n y Eva, por ejemplo, en el para�so, "pero s� Cristo no vive en su coraz�n", entonces "no lo ama en la verdad y en la justicia salvadora e infinitamente santificadora de Dios", para su coraz�n y para su alma viviente, para la eternidad. Adem�s, esta verdad y justicia salvadora y santificadora de Dios "es el fruto del �rbol de la vida eterna del para�so", su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! Y "como �l no hay otro igual" en el para�so, en todos los lugares del reino de los cielos, ni en la tierra de nuestros tiempos, ni mucho menos en la nueva era venidera de Dios y de sus huestes celestiales de La Nueva Jerusal�n Santa y �nica del cielo, por ejemplo. Pues por �ste mismo nombre celestial, nuestro Dios "no s�lo nos ha creado en sus manos santas", sino que tambi�n "nos ha dado vida en abundancia", para vivirla infinitamente, "no solamente en la tierra sino en su nuevo reino venidero", para gloria y para honra de su nombre salvador y eternamente milagroso. Porque "la meta de nuestro Dios es alcanzar ese reino inmortal", el cual siempre so�� en su coraz�n sagrado, desde los primeros d�as de la antig�edad y a�n hasta en nuestros d�as, tambi�n, "el cual s�lo podr� hacerse una realidad infinita" en la vida gloriosa de su Hijo, �el Se�or Jesucristo!, "s� tan s�lo creemos en �l", desde hoy. Porque es por el esp�ritu sobrenatural de nuestra fe, "por la cual nuestro Dios hace maravillas, milagros y prodigios" en los cielos y en toda la tierra, tambi�n, "para bendecirnos, para rescatarnos, para sanarnos, para liberarnos y para darnos vida en abundancia", desde hoy y por siempre en el nuevo infinito celestial, "el cual se aproxima ya", para muchos. Entonces "Dios ha puesto (o ha creado) un lugar muy especial en el coraz�n", no s�lo de los �ngeles, "sino tambi�n de Ad�n y de cada uno de sus descendientes, en sus millares", de todas las razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, "para que reciban y honren" por siempre: "el nombre de su Hijo amado", �el Mes�as! Porque "sin el nombre del Se�or Jesucristo viviendo en nuestros corazones", entonces "�l no nos puede bendecir, no nos pude liberar de muchos males, ni menos nos va a dar salvaci�n y paz eterna para nuestros corazones y para nuestras almas vivientes", en esta vida, ni en la venidera, "porque su Ley no ha sido honrada en nosotros", con Cristo. Ese es el problema de todo hombre, desde siempre, la santificaci�n perfecta de la Ley de Dios y del Mes�as en su coraz�n, en su esp�ritu, en su cuerpo y en toda su alma viviente, tambi�n, para la eternidad venidera. Realmente, "fue por esta raz�n que nuestro Dios deseo instalar a Jesucristo en el coraz�n de Ad�n y de Eva", en sus primeros d�as de vida en el para�so, "para entonces �l hacer lo mismo con cada uno de sus descendientes, en sus millares, en las naciones de la tierra, para que vivan, honrando su Ley Sagrada", por siempre. Pues as� como "nuestro Dios tiene un lugar muy especial para su Hijo amado en su coraz�n sant�simo", entonces "as� tambi�n en el coraz�n de Ad�n y de cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera", para que "est�n infinitamente conectados a su Dios y Creador de sus vidas", en la tierra y en el para�so, infinitamente. Porque "as� es que se vive en el cielo, con el nombre sagrado del gran rey Mes�as viviendo en el coraz�n eterno de cada uno de los seres vivientes del m�s all�", de la eternidad antigua y de la venidera, tambi�n, "ya sea �ngel del cielo u hombre, mujer, ni�o o ni�a de todo el linaje humano", por ejemplo. Y "sin el nombre del Se�or Jesucristo, como fruto de vida eterna", en el coraz�n del �ngel del cielo o de Ad�n y de cada uno de sus descendientes, "entonces su vida personal es totalmente imposible vivirla delante de nuestro Padre Celestial y de sus huestes angelicales", para siempre. Entonces "es un requisito muy importante en el coraz�n del �ngel del cielo y as� tambi�n de Ad�n y de sus reto�os", en sus millares, "tener el nombre del Se�or Jesucristo viviendo, como el fruto de la vida eterna", para vivir la vida celestial con Dios y con su Esp�ritu Santo, "rodeado por siempre de sus huestes angelicales", para siempre. Porque "nuestro Dios ha creado al hombre del polvo de la tierra para que tenga vida y salud infinita", en �l y en su Esp�ritu Santo, "solamente conectado por siempre al nombre de su fruto de vida eterna", en su coraz�n, en su esp�ritu, en su alma viviente y en todo su cuerpo humano, "para gloria de su nombre sagrado". Es m�s, "as� como los �ngeles no pueden vivir sin el nombre de su fruto de vida eterna", el Se�or Jesucristo, "pues as� tambi�n Ad�n y cada uno de sus descendientes, en sus millares", en todos los lugares de la tierra, "comenzando con Eva", su esposa, por ejemplo, en el para�so del Jard�n del Ed�n, "y hoy contigo", tambi�n. Y, hoy mismo contigo tambi�n, mi estimado hermano y mi estimada hermana, "s� tan s�lo crees en tu coraz�n y confiesas su santificaci�n celestial, al invocar su nombre sagrado con tus labios" para vida y para salud eterna de tu alma y de tu cuerpo humano. Porque "t� tienes poder para invocar el nombre del Se�or Jesucristo", as� mismo, ni m�s ni menos, "como los �ngeles del cielo lo han venido haciendo desde siempre", desde los primeros d�as de la antig�edad y hasta nuestros d�as, por ejemplo. Y, adem�s, los �ngeles, en sus millares, en el cielo, "esperan por ti, pacientemente, para que invoques el nombre santificador", el cual les da vida, salud, felicidad y gloria infinita a sus corazones y a sus esp�ritus celestes aun mucho m�s que antes y para siempre, en la nueva eternidad celestial. Entonces entre todos los seres creados del cielo, del para�so y de la tierra, "los �nicos que pueden creer en sus corazones y confesar con sus labios el nombre santificador de nuestro Padre Celestial es el �ngel del cielo y el hombre, la mujer, el ni�o y la ni�a de la humanidad entera", sin hacer excepci�n de persona alguna, jam�s. Porque todos nosotros, comenzando con Ad�n y Eva, por ejemplo, "somos creaci�n perfecta de la imagen y conforme a la semejanza divina de nuestro Dios y Padre Celestial" que est� en los cielos, "excepto los �ngeles del cielo", en sus diferentes rangos de gloria y de honra infinita. Supuesto que, ning�n �ngel, a�n entre los m�s glorioso y poderosos del reino de los cielos, en sabidur�a, poder y perfecci�n celestial, "no fue jam�s creado en la imagen ni conforme a la semejanza de Dios, ni del Se�or Jesucristo, ni de su Esp�ritu Santo", s�lo Ad�n y cada uno de sus hijos e hijas, en toda la creaci�n celestial. Y es por esta raz�n, que cada uno de nosotros, en nuestros millares, en todos los lugares de la tierra, "s� creemos a nuestro Padre Celestial por medio de su Hijo amado", el Se�or Jesucristo, entonces "estamos infinitamente conectados a �l y a su Esp�ritu Santo" d�a y noche y por siempre en la eternidad venidera, del nuevo reino celestial. Adem�s, "podemos creer en nuestros corazones en el Se�or Jesucristo" y, a la vez, "confesar su nombre santo para santificarnos" d�a y noche y por siempre delante de nuestro Dios, "porque tenemos el esp�ritu y el potencial de hacerlo as�", en la tierra y en la nueva vida infinita de La Nueva Jerusal�n Celestial y Perfecta del cielo. Es por eso, "que nuestro Dios nos ha dado de su Esp�ritu Santo y de su Ley Eterna", para que "seamos infinitamente saturados de su verdad, de su justicia y de su santificaci�n salvadora", en nuestros corazones y en nuestras almas vivientes, "para comenzar desde ya a vivir y a gozar la vida eterna", �nicamente con su fruto de vida. Porque "la santificaci�n que nuestro Dios nos ha entregado en el esp�ritu de fe y de salvaci�n de nuestras vidas en la tierra", para posteriormente entrar a la nueva vida de su nuevo reino celestial, "es para hoy, para comenzar a vivirla y a gozarla ya, s� tan s�lo creemos en su Hijo y confesamos su nombre" con nuestros labios. Puesto que, "la santificaci�n" de nuestros corazones, de nuestros esp�ritus, de nuestras almas y de nuestros cuerpos humanos: "s�lo ha de ser posible" en el para�so y en la tierra, de nuestros d�as, por ejemplo: "s� tan s�lo centramos nuestra fe, y confesamos con nuestros labios": el nombre sagrado de su Hijo, nuestro salvador infinito del para�so, �el Se�or Jesucristo! De otra manera, "nosotros no podremos jam�s ser santificados" delante de nuestro Dios, ni de su Esp�ritu, ni de sus �ngeles de su nueva vida infinita: "sino que viviremos en eterna deshonra de nuestros corazones y de nuestras almas eternas d�a y noche y por siempre en la eternidad venidera", como en el bajo mundo de los muertos, por ejemplo. Y "nuestro Dios no desea �ste mal" para ninguno de todos los hombres, mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad entera, que ha creado (o que ha formado) en sus manos, "para que lleven por siempre su imagen y su semejanza divina delante de su presencia sagrada", en su nueva vida celestial, de nuevas tierras y con nuevos cielos eternos. Entonces "si, hoy en d�a, haz o�do de la palabra y del nombre del Se�or Jesucristo es porque nuestro Padre Celestial desea bendecir tu vida", como jam�s has sido bendecido, "s�lo con el esp�ritu de fe, de la invocaci�n de tus labios, en un momento de oraci�n y de fe, con el nombre de tu santificaci�n eternal", �nuestro Se�or Jesucristo! Y "si confiesas con tus labios el nombre del Se�or Jesucristo", delante de tu Dios y Creador de tu vida, "entonces habr�s sido santificado y justificado para que tu nombre sea escrito en el libro de la vida" desde hoy, "para empezar a vivir por tu Dios", como haz de vivir tu nueva vida eterna, en el nuevo reino celestial. Es decir, que "desde el momento que haz orado delante de tu Dios y Fundador de tu vida, en el nombre sagrado de su Hijo amado", entonces "has sido santificado y confirmado delante de �l", en el nuevo reino celestial, "para que comiences a vivir su vida eterna en tu coraz�n y en toda tu alma viviente, tambi�n", para siempre. Y "esto es vida, para ti y para los tuyos"; la misma vida eterna en la que nuestro Padre Celestial te formo en sus manos, para que la vivas "s�lo en la vida de su Hijo amado", el �rbol de la vida, "su Jesucristo y t� Jesucristo, tambi�n", desde el momento que entra en tu vida y para la eternidad. LLAMADOS SOMOS PARA SER SANTIFICADOS EN JESUCRISTO Ha sido por esta raz�n que nuestro Padre Celestial te ha formado en sus manos sagradas en su imagen y conforme a su semejanza infinita, mi estimado hermano, "para que no seas como los �ngeles del cielo", sino mucho m�s, "como �l mismo: santo, puro, firme y perfecto, para siempre, para amar sobrenaturalmente al Se�or Jesucristo", como te ama igual a ti. (Si, Dios te ama a ti igual, ni m�s ni menos, que a su Hijo amado, el gran rey Mes�as de la eternidad venidera, el Cristo.) Porque para nuestro Dios "s�lo el amor de su Hijo amado en el coraz�n de los �ngeles y as� tambi�n del linaje del hombre es que realmente cuenta para �l", en el para�so, en la tierra y as� tambi�n en el nuevo reino de los cielos. En la medida en que, "ninguna otra vida", que no sea la del �rbol de la vida, "entonces no tiene santidad perfecta para glorificar y para honrar por siempre el nombre sagrado de nuestro Padre Celestial", en el para�so, en la tierra y as� tambi�n en la nueva eternidad venidera de �ngeles y del linaje humano, por ejemplo. Es por eso, que "nuestro Padre Celestial busca poder y amor infinito del cielo" en cada uno de nosotros, en nuestros millares, en todos los lugares del para�so, del reino de los cielos y de la tierra, adem�s de sus muchos �ngeles sant�simos de toda la vida, como es l�gico. Y "esto es de amarle a �l", tu �nico Dios y tu �nica salvaci�n, de verdad e infinitamente en tu coraz�n eterno y celestial, tambi�n, "s�lo por medio del esp�ritu de la sangre y de la vida gloriosa y sumamente honrada de su Hijo amado", �el Se�or Jesucristo! Porque "nuestro Dios jam�s deseo otra vida diferente para sus criaturas" en el reino de los cielos, "que no sea la vida misma de su Hijo amado", el �rbol de la �nica vida eterna del cielo agradable por siempre a su coraz�n y a su alma sant�sima, el Mes�as Celestial, �el Cristo para toda una vida infinita! Es por eso, "que el Se�or Jesucristo es abundancia de vida eterna y de santificaci�n perdurable en ti", mi estimado hermano y mi estimada hermana, hoy en d�a, como en el d�a de tu formaci�n, en las manos de tu Dios y de su Esp�ritu Santo. (Pi�nsalo bien, "las manos de Dios formo tu cuerpo humano, para la vida eterna, para que seas una copia exacta como �l", en la nueva vida infinita de su nuevo reino celestial; por ello, "la santificaci�n del Se�or Jesucristo es de suma importancia para tu alma eterna", hoy m�s que nunca, como en el d�a de tu formaci�n, en el cielo.) Adem�s, "nuestro Dios nos ha dado un coraz�n, puro, santo, perfecto e infinitamente amoroso para s�lo amarle a �l", por los poderes sobrenaturales del esp�ritu bendito de su fruto de vida eterna, de su �rbol Eterno: "porque sin �l no vivimos o no somos nada para Dios y para su nueva vida eterna", para siempre. Y "nuestro Padre Celestial no nos ha creado en sus manos santas", para que no seamos nada, sino "para que seamos mucho m�s que los �ngeles del cielo, y tan importantes y gloriosos como la vida misma de su �rbol de la vida eterna", su Hijo amado, �el gran rey Mes�as celestial de Israel y de toda la tierra! Es decir, tambi�n, que nuestro Dios "no nos ha formado" en sus manos santas, "como a un ni�o, sino como a hombres rectos y perfectos", en el esp�ritu de su amor bendito, en esta vida y en la venidera: "para que siempre vivamos para �l, en la sabidur�a absoluta del conocimiento de su fruto de vida eterna", su Jesucristo Celestial. Porque "Ad�n no fue ni�o, bebe, nene o infante, jam�s, sino hombre desde el primer pensamiento del coraz�n de Dios", para formarlo en sus manos sagradas para su nueva vida infinita, de su nuevo reino celestial. "Tambi�n podemos decir que Ad�n naci� como hombre del coraz�n y de la mente sagrada de nuestro Padre Celestial, de su Esp�ritu Santo y del Se�or Jesucristo"; es decir, de igual forma, "que Ad�n no fue ni�o jam�s en el coraz�n de Dios, sino un hombre perfecto, como su mismo Hijo amado", para su gloria infinita en la eternidad. Porque "Ad�n no sali� del vientre de una mujer, sino que la mujer sali� de �l", de su quinta costilla y mientras dorm�a, su esposa Eva, para que sea por siempre su ayuda id�nea en cada momento de su vida, eternamente y para siempre, "para gloria, honra y santidad infinita de nuestro Dios y de su �rbol de vida eterna". Adem�s, "ambos fueron concebidos en el coraz�n de nuestro Padre Celestial", primero Ad�n y luego Eva, "no como ni�os sino como hombres para el servicio sagrado a su nombre santo, s�lo por medio de la vida honrada y sumamente gloriosa de su Hijo amado", el �rbol de la vida eterna, del nuevo reino celestial y de toda la tierra, tambi�n. Entonces "nuestro Dios desea que todos entendamos �sta gran verdad infinita" en nuestros corazones, desde nuestros primeros d�as de vida en el para�so: "para que ya no seamos peque�os", en nuestra manera de pensar y de razonar en las cosas de nuestro Dios y de su Hijo amado, "sino como hombres bien aconsejados por su Ley y por Esp�ritu Santo". Es por esta raz�n, "que la llenura del Esp�ritu de Dios" en nuestros corazones, en nuestras vidas, en nuestras almas vivientes y en nuestros cuerpos humanos: "es de suma importancia para nuestro crecimiento y conocimiento espiritual de nuestro Dios, de su Jesucristo y de su Ley Infinitamente Honrada". Es decir, "para que ya no seamos ni�os", agitados a la deriva y llevados a cualquier parte por movimientos de doctrinas, por complot, fingimiento, farsa de hombres que para actuar con enga�o, entonces emplean con viveza las mentiras de los antiguos mentirosos (el Vaticano): "sino que siguiendo la verdad con amor, crezcamos en su justicia" hacia aquel que es nuestra verdadera cabeza: � Jesucristo! Entonces nuestro Padre Celestial "nos ha llamado a creer por siempre en su verdad infinita, su Ley Eternal", por ejemplo, "la cual nos lleva d�a y noche a su justicia perfecta e infinita" de nuestros corazones y de nuestras almas vivientes: "de invocar su nombre santo y sumamente milagroso de su Hijo amado", �el Se�or Jesucristo! Porque "as� como invocamos su nombre" en todos los lugares de la tierra, por amor a su fruto de vida, el Se�or Jesucristo: "entonces tambi�n lo haremos igual en nuestras vidas celestiales de largos d�as gloriosos e infinitos del nuevo reino venidero", por ejemplo; es m�s: "hoy mismo, hay gentes de la antig�edad invocando su mismo nombre" en el para�so. En vista de que, "es esta verdad y justicia gloriosa de invocar el nombre sagrado de su Hijo amado es que nos santifica" para acercarnos a �l m�s y m�s "hacia una vida justa" y, al mismo tiempo, "a una comunicaci�n perfecta con �l y con su Esp�ritu Santo", en la tierra y en la nueva eternidad venidera. Porque "sin la vida justa y la comunicaci�n perfecta del Se�or Jesucristo", como nuestro �nico fruto de vida eterna del para�so, de toda la tierra y, claro, del nuevo reino venidero, "entonces ninguno de nosotros", en nuestros millares, de todas las razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, "vera a su Dios", jam�s. Porque "sin el Se�or Jesucristo en nuestros corazones es imposible ver, conocer, ni mucho menos amar a nuestro Padre Celestial y a su Esp�ritu Santo" que est�n en los cielos, hoy en d�a y para siempre, en la eternidad venidera de sus nuevas vidas celestiales e infinitas, libres de la mancha terrible de la mentira y del pecado. Y "esto es verdad no s�lo con Ad�n en el para�so, sino tambi�n con cada uno de sus descendientes", en sus millares, de todas las naciones en la tierra "y as� mismo en la nueva vida infinita" del nuevo reino celestial, del m�s all�, por ejemplo, como el para�so y como en La Nueva Jerusal�n Santa y Eternal del cielo. Es decir, tambi�n, "que esta santificaci�n del alma y del coraz�n" de Ad�n y de cada uno de todos los hombres, mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad entera, "tenia que comenzar en el para�so", para entonces poder ingresar perfectamente santificados, delante de Dios y de su Esp�ritu Santo, a la nueva vida eterna, de la nueva patria celestial. Porque "sin santidad es totalmente imposible que el coraz�n" de Ad�n, y as� tambi�n de cada uno de sus millares de descendientes, "pueda ver a su Dios y Fundador de su vida", en la tierra, ni mucho menos en el m�s all�, como en el para�so o como en el nuevo reino de Dios. En el m�s all�, "como en La Nueva Jerusal�n prometida a los antiguos y a todos los hombres, mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad entera", por ejemplo, "de todos los que hayan comido y bebido" de la cena del SE�OR y de su Mes�as, "el fruto perfecto de la vida eterna", nuestro �nico Se�or Jesucristo, ni m�s ni menos. Por lo tanto, "el llamado de Ad�n para que coma del fruto del �rbol de la vida", el Se�or Jesucristo, "fue para santificar su vida", para que pueda entonces seguir viviendo en el para�so y as� posteriormente "entrar a su nueva vida infinita", de su nuevo reino celestial, con cada uno de sus hijos e hijas para la eternidad. Dado que, la verdad es que, "s� Ad�n se santificaba primero: comiendo y bebiendo del fruto del �rbol de la vida", el Se�or Jesucristo, "entonces cada uno de sus hijos e hijas, en sus millares, iban a ser igualmente santificados" delante de Dios, para la nueva vida infinita del nuevo reino de los cielos, en el m�s all�, por ejemplo. Porque "sin la santificaci�n del fruto del �rbol de la vida nadie podr� vivir jam�s en paz y en la felicidad absoluta de su alma y de su coraz�n eterno", en el reino de los cielos, en el para�so, ni a�n en toda la tierra, ni mucho menos en La Nueva Jerusal�n Santa y Perfecta del cielo. Entonces "fue precisamente nuestro Padre Celestial quien le ense�a esta gran verdad a Ad�n primero, como su �nico maestro, Dios y salvador de su vida", en el para�so y en toda la creaci�n celestial, "para que viva entonces santificado para su Dios", con la vida misma de su �rbol de la vida eterna, su Mes�as Celestial y para la eternidad. Pero "Ad�n no entendi� nada de nada del Se�or Jesucristo", sino hasta que come del fruto prohibido, en vez de comer del fruto de la vida eterna, "el �nico posible gran rey Mes�as de su vida celestial y de la vida de cada uno de sus descendientes", en todas las naciones de la tierra, hoy en d�a y para siempre. Y, adem�s, "como lo neg� con su coraz�n y con sus labios", entonces "ya no tenia una segunda oportunidad para recibirlo en su coraz�n, ni confesarlo con su boca, como su �nico fruto de vida eterna", en su vida celestial del para�so, para seguir viviendo infinitamente con su linaje humano y celestial, por ejemplo. "A no ser que muriese primero, como �rbol seco y sin vida", como Eva, su esposa, tambi�n, "para entonces ser clavados al Se�or Jesucristo juntos", para que sean santos para Dios en su Ley Bendita e Infinita y en sus nuevas vidas eternas, del nuevo reino celestial: "en donde la santidad reina infinitamente, en Dios y en sus criaturas celestes". Porque "la santidad del Se�or Jesucristo une infinitamente al hombre con su Dios y salvaci�n eterna de su �nica vida", en la nueva vida celestial, del nuevo reino venidero, en la tierra y en el cielo, tambi�n, para siempre. DIOS SANTIFICA A TODA COSTA AL HOMBRE: GRACIAS A JESUCRISTO Entonces "convencido" de esto: "de que nuestro Padre Celestial ha sido aquel quien con su infinito amor comenz� la buena obra de santificaci�n divina en cada uno de ustedes", comenzando con Ad�n, en el para�so, por ejemplo, desde mucho antes de la fundaci�n del cielo y de la tierra, "para que gocen de la Ley Divina", en sus corazones eternos. Pues bien, "poco a poco la perfeccionar�" hasta el d�a de la venida de su Hijo, el Se�or Jesucristo, a Israel "para llevarse con �l a los que han cre�do en sus corazones y, a la vez, han confesado con sus labios su nombre salvador de sus almas infinitas", para entrar a su nueva vida eternal, del nuevo para�so celestial. En donde "todos nosotros", comenzando con Ad�n y Eva, "seremos tan perfectos como la Ley de Dios y de Mois�s, en el cielo, para la nueva eternidad celestial". Porque para vivir en el cielo y delante de Dios, el �ngel tiene que ser perfecto como la Ley de Mois�s y de Israel, ni mas ni menos, y as� tambi�n cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera, s�lo posible con el Se�or Jesucristo en sus corazones, por supuesto. Porque "cada vez que Dios lea nuestras vidas del pasado, del presente y del futuro, entonces leer� palabra por palabra, letra por letra, tilde por tilde y significado por significado eterno en nuestros corazones y en nuestras almas vivientes s�lo su Ley Perfecta del para�so: gracias a la sangre del Se�or Jesucristo, la cual nos santifica de todo pecado". Y "como la Ley de Dios y de Mois�s es perfecta en nuestras vidas o nosotros somos tan perfectos a la Ley del Mes�as", por ejemplo, "gracias a la santificaci�n infinita de la sangre del pacto eterno", del Hijo de David, el Mes�as, "entonces entraremos a vivir la vida eterna con nuestro �nico Padre Celestial" que est� en los cielos. Porque nuestro Padre Celestial "ha formado nuevas mansiones invulnerables, en tierras y en cielos libres del mal y de la amenaza de la presencia terrible del pecado", para sus �ngeles y para Ad�n y su linaje humano e infinito, "por amor a su Ley Viviente, por amor a su gran rey Mes�as, el Hijo de David", �el �nico Cristo Celestial! Ya que, toda buena obra, "Dios mismo la empez� en cada uno de ustedes", mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas, "desde mucho antes de la fundaci�n del reino celestial y de la tierra, tambi�n, para glorificarse mucho m�s que en la antig�edad", en su nueva �poca de vida infinita, del nuevo m�s all� celestial: �Y todo gracias al Mes�as! Y, por esta raz�n, "nuestro Dios tiene que perfeccionar en sus corazones y en sus almas vivientes su obra perfecta en todos ustedes", �nicamente "con el esp�ritu de fe, de sus corazones eternos, al creer en su Hijo amado y confesar con sus labios su santificaci�n eternal, para vivir la felicidad infinita", desde ya, de la nueva �poca de vida celestial. Dado que, "el reino de Dios es para sus hijos e hijas del linaje humano de Ad�n, para que le sirvan por siempre, con la presencia de sus �ngeles eternos a su nombre santo e infinitamente glorioso", del nuevo m�s all� venidero, "fundado exclusivamente para su Hijo amado y para su Esp�ritu Santo", por ejemplo, para la nueva eternidad celestial. Entonces "nadie podr� ser feliz, en el para�so, en la tierra, ni en La Nueva Jerusal�n del cielo, si no ha cre�do en su coraz�n, ni ha confesado con sus labios: el nombre sagrado de su Hijo amado", �el Se�or Jesucristo!, "para ser lleno del esp�ritu de la santificaci�n, del fruto del �rbol de la vida, para su alma viviente". Puesto que, "todos los que han decidido vivir sus vidas, sin la santificaci�n del esp�ritu del fruto, del �rbol de la vida eterna, entonces han sido removidos de la tierra sagrada del reino de los cielos, para no volver a ver la vida jam�s"; y esto es "muerte eterna para �ngeles rebeldes y para hombres pecadores y mujeres pecadoras", tambi�n. Porque "nadie que no viva en el esp�ritu de la santificaci�n, del fruto del �rbol de la vida, podr� realmente permanecer a vivir su vida eterna en el cielo y delante de Dios y de sus huestes de �ngeles sant�simos", por ejemplo, ya que, "no serian jam�s compatibles en sus corazones y en sus esp�ritus vivientes, para su Esp�ritu Santo". Es m�s, "esto es un imposible eterno", en el cielo con todas las criaturas de Dios y de su �rbol de la vida, "que el hombre y el �ngel vivan juntos sin santidad alguna de Dios y de su fruto de vida eterna", en sus corazones, en sus esp�ritus, en sus almas y en sus cuerpos humanos (o celestiales), �el Mes�as! Como consecuencia de lo cual, "�ste fue precisamente el problema que Lucifer y sus �ngeles ca�dos experimentaron", durante sus d�as de vida en el reino de los cielos: "pues ninguno de ellos hab�a comido realmente, ni bebido del �rbol de la vida, por lo tanto, ten�an que salir del cielo, cuanto antes mejor". Y "los �ngeles insurrectos no comieron de Cristo por ser rebeldes a la verdad y a la justicia infinita de Dios y de su Ley Viviente": es decir, "que no hab�a santidad alguna en Lucifer ni en ninguno de sus �ngeles rebeldes a Dios y a su gran rey Mes�as", el �rbol de la vida, �el Cristo Celestial e Infinito! Pues bien, "s� com�an y beb�an del fruto del �rbol de la vida, el cual es la verdad y la justicia infinita del Se�or Jesucristo, para satisfacer el coraz�n de Dios y de su Ley en toda verdad y en toda santificaci�n celestial de la vida gloriosa y sumamente honrada de nuestro Dios, entonces no hubiesen pecado nunca delante de �l". Es m�s, "jam�s hubiesen sido despedidos" de sus vidas celestiales del reino de los cielos, "sino que hubiesen seguido gozando del amor a la verdad, la justicia y la santificaci�n de nuestro Padre Celestial, �nicamente posible por medio del Se�or Jesucristo", el fruto de vida eterna para todos los �ngeles del cielo, grandes y peque�os, por igual. Pero "como eran enemigos del fruto del �rbol de la vida", entonces "no pod�an quedarse en el cielo, ni un momento m�s", desde el instante que se declararon en rebeli�n en contra de �l y de nuestro Padre Celestial que est� en los cielos, por ejemplo. Porque "sin la santidad del fruto del �rbol de la vida, Jesucristo, no pueden vivir delante de Dios", ni un s�lo instante m�s y para siempre. Y como Lucifer ni ninguno de sus �ngeles ca�dos pudieron permanecer delante de Dios, en sus vidas por las cuales Dios mismo los hab�a creado, por el poder de su palabra y de su nombre santo, entonces "nuestro Padre Celestial no pudo empezar su obra muy especial en ninguno de ellos", como planeaba hacerlo, para la nueva eternidad celestial. O, caso contrario, "c�mo lo ha hecho con cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera, para que tengan vida y lleven por siempre su imagen y su semejanza celestial en perfecta santidad", comenzando con Ad�n y Eva en el para�so, por ejemplo, "por medio del fruto de la vida eterna, de su nuevo reino celestial", �el Se�or Jesucristo! Entonces "como Ad�n y Eva no comieron del fruto del �rbol de la vida, para santificar sus corazones sobre el monte del epicentro del para�so, sino que se rebelaron a la �nica santificaci�n celestial de sus vidas delante de Dios, en fin, tuvieron que morir" y m�s no en el para�so sino en la tierra, de nuestros d�as. Porque "en la tierra se volver�an �rboles secos y sin vida por el poder del pecado y de sus profundas tinieblas de Lucifer, para ser cortados como palos para sostener la santidad celestial sobre todo lo alto, entre el cielo y la tierra", "santidad redentora" la cual hab�an rechazado en sus vidas en el para�so y delante de Dios, tambi�n. Por ello, "Dios escogi� una tierra muy especial para Ad�n y Eva, para que cruzados como palos secos y sin vida", entonces "sean clavados con clavos a la santidad perfecta de su Hijo amado, el �rbol de la vida eterna, para que cumplan la Ley de Dios, en sus vidas eternas", para la eternidad venidera. Y "ambos tuvieron que recibir la santidad del Se�or Jesucristo en sus manos y en sus pies, pero con clavos y sangre sagrada del pacto eterno entre Abraham, Isaac y Dios", porque "�sta santificaci�n del Se�or Jesucristo es esencial para sus almas vivientes y para sus nuevas vidas eternas", en el para�so y en el nuevo reino venidero, tambi�n, eternamente. Y as�, "Ad�n y Eva ya no podr�n jam�s negarse a la santificaci�n infinita del Se�or Jesucristo y de su sangre bendita del pacto eterno, para que s�lo conozcan una nueva vida infinitamente gloriosa"; una vida "llena del conocimiento del amor de Dios hacia su Ley y a su gran rey Mes�as", �el Cristo del Israel de todos los tiempos! "El hombre y la mujer tuvieron que recibir con clavos y con sangre sagrada, tambi�n, la santificaci�n perfecta de la vida santa del para�so y del nuevo reino de los cielos para volver a arrancar sus vidas eternas pero sin pecado", porque "con sus corazones lo hab�an negado y con sus labios, para verg�enza eterna de muchos". Por lo tanto, "ambos ya no pod�an recibir en sus corazones, ni confesar con sus labios, la santidad salvadora de su gran rey Mes�as", entonces "ten�an que recibirlo por fin en sus nuevas vidas infinitas, clavados a la santidad del fruto del �rbol de la vida, para la eternidad venidera de nuevas tierras y con nuevos cielos infinitos". "Pero no as� con su linaje, ni con ning�n de sus hijos e hijas, por m�s pecadores que sean, en la tierra y en toda la creaci�n de Dios y de su �rbol de vida eterna", el gran rey Mes�as de la eternidad celestial. Ya que, "aunque hayan negado a Dios y a su Hijo amado muchas veces en sus corazones y con sus labios, pues, a�n as�, pueden creer y santificar sus vidas con sus labios: invocando el nombre del Se�or Jesucristo", como su �nico fruto de vida eterna, para alcanzar a la �nica felicidad celestial de sus corazones eternos, en el para�so. Es decir, "que s�lo Ad�n y Eva fueron clavados al Se�or Jesucristo, porque ya no pod�a invocar su nombre para santificarse, es decir, para que la santidad del para�so sea entonces de una vez por todas y para siempre: una realidad en sus corazones y en sus almas infinitas, como Dios lo quiso por vez primera en el cielo. Y esto seria en cada uno de ellos, desde el momento que creyeron en �l en sus corazones y confesaron con sus labios su nombre santificador, en el otro mundo (o en el para�so), por ejemplo". Pero "no as� jam�s con ninguno de sus hijos e hijas de Ad�n", porque cada uno de ellos, como t� y yo, hoy en d�a, mi estimado hermano y mi estimada hermana, "aunque hayamos rechazado a Jesucristo en nuestras vidas, a�n as�, hay esperanza de vida y de salud eterna, s� tan s�lo confesamos su santidad celestial", �a Jesucristo! Porque la verdad es que nuestro Dios, con la ayuda id�nea de su Esp�ritu Santo y de su Hijo amado, "ha creado al hombre, comenzando con Ad�n para que vivan con �l infinitamente en su nueva vida celestial", de su nuevo reino venidero, "y m�s no para que vivan sin Cristo y mueran luego, bajo la mentira del enemigo de sangre fr�a". Entonces "el que se pierde en las profundas tinieblas de su pecado, entonces ser� porque est� ciego como Lucifer, por ejemplo, en su coraz�n y en toda su alma, tambi�n", en esta vida y para la nueva era de vida eterna de Dios y su Hijo amado (el Se�or Jesucristo rodeado infinitamente por su Esp�ritu Santo y por sus huestes angelicales). Porque "haga lo que haga o deje de hacer Lucifer" con sus �ngeles ca�dos en contra de Dios y de su �rbol de vida, en el coraz�n de cada hombre, mujer, ni�o y ni�a, "Dios se va a glorificarse, de una manera u otra, estableciendo su voluntad santa e infinita de su nueva vida celestial, en cada uno de ellos". En su d�a final, "Dios va a ver que todas sus criaturas, sean �ngeles del cielo u hombres y mujeres de la humanidad entera infinitamente santificados, �nicamente en la invocaci�n perfecta del reino de los cielos, del esp�ritu de la sangre y de la vida eterna de su Hijo amado", �el Se�or Jesucristo! Porque "todos han de glorificar y", a la vez, "han de honrar su nombre sagrado en sus corazones y con sus rodillas dobladas delante de Dios, para declarar p�blicamente, de que el Se�or Jesucristo es su Hijo", el �nico gran rey Mes�as de Israel y de la humanidad entera, en esta vida y en la venidera tambi�n y para siempre. Y s�lo entonces "el esp�ritu del pecado y de la rebeli�n, el cual empez� en el coraz�n de Ad�n y de Eva, por ejemplo, cuando creyeron a las mentiras antiguas de Lucifer, por boca de la serpiente del Jard�n del Ed�n, en aquel momento venidero Dios habr� cumplido su obra santificadora, en cada uno de ellos y de todo su linaje humano". Y esto ha de ser infinitamente, "para su nueva vida celestial de su nuevo reino sempiterno: gracias a la verdad y a la santificaci�n de nuestro salvador del para�so y de todas las naciones de la tierra, de nuestros dias, el Hijo de David", �el �nico gran rey Mes�as Celestial de Israel y de la humanidad entera! El amor (Esp�ritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo es contigo. �Cultura y paz para todos, hoy y siempre! D�gale al Se�or, nuestro Padre Celestial, de todo coraz�n, en el nombre del Se�or Jesucristo: Nuestras almas te aman, Se�or. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, tambi�n, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el Se�or Jesucristo. LOS �DOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS Es por eso que los �dolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre Celestial y de su Esp�ritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en �sta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quiz� que el fin de todos los males de los �dolos termine, cuando llegues al fin de tus d�as. Pero esto no es verdad. Los �dolos con sus esp�ritus inmundos te seguir�n atormentando d�a y noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males est� aqu� contigo, en el d�a de hoy. Y �ste es el Se�or Jesucristo. Cree en �l, en esp�ritu y en verdad. Usando siempre tu fe en �l, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible de los �dolos y de sus huestes de esp�ritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos tambi�n, en la eternidad del reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de d�a en d�a honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos �ngeles. Y t� con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oraci�n, cada tilde, cada categor�a de bendici�n terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada se�or�o, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del d�a de hoy y de la tierra santa del m�s all�, tambi�n, en el reino de Dios y de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo!, �El Todopoderoso de Israel y de las naciones! S�LO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS Esta es la �nica ley santa de Dios y del Se�or Jesucristo en tu coraz�n, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo as�, desde los d�as de la antig�edad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos: PRIMER MANDAMIENTO: "No tendr�s otros dioses delante de m�". SEGUNO MANDAMIENTO: "No te har�s imagen, ni ninguna semejanza de lo que est� arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinar�s ante ellas ni les rendir�s culto, porque yo soy Jehov� tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generaci�n de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos". TERCER MANDAMIENTO: "No tomar�s en vano el nombre de Jehov� tu Dios, porque �l no dar� por inocente al que tome su nombre en vano". CUARTO MANDAMIENTO: "Acu�rdate del d�a del s�bado para santificarlo. Seis d�as trabajar�s y har�s toda tu obra, pero el s�ptimo d�a ser� s�bado para Jehov� tu Dios. No har�s en ese d�a obra alguna, ni t�, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que est� dentro de tus puertas. Porque en seis d�as Jehov� hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y repos� en el s�ptimo d�a. Por eso Jehov� bendijo el d�a del s�bado y lo santific�". QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus d�as se prolonguen sobre la tierra que Jehov� tu Dios te da". SEXTO MANDAMIENTO: "No cometer�s homicidio". SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometer�s adulterio". OCTAVO MANDAMIENTO: "No robar�s". NOVENO MANDAMIENTO: "No dar�s falso testimonio en contra de tu pr�jimo". DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciar�s la casa de tu pr�jimo; no codiciar�s la mujer de tu pr�jimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu pr�jimo". Entr�gale tu atenci�n al Esp�ritu de Dios y d�shazte de todos estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, tambi�n. Hazlo as� y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus �dolos y de sus im�genes de talla, aunque t� no lo veas as�, en �sta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, tambi�n. Y t� tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los d�as de la antig�edad, para seguir destruyendo sus vidas, en el d�a de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que s�lo �l desea ver vida y vida en abundancia, en cada naci�n y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra. Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Se�or Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la siguiente oraci�n de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas: ORACI�N DEL PERD�N Padre nuestro que est�s en los cielos: santificada sea la memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo as� tambi�n en la tierra. El pan nuestro de cada d�a, d�noslo hoy. Perd�nanos nuestras deudas, como tambi�n nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentaci�n, mas l�branos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Am�n. Porque si perdon�is a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial tambi�n os perdonar� a vosotros. Pero si no perdon�is a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonar� vuestras ofensas. Por lo tanto, el Se�or Jes�s dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR M�". Juan 14: NADIE M�S TE PUEDE SALVAR. �CONF�A EN JES�S HOY! MA�ANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. YA MA�ANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS TUYOS, EN EL D�A DE HOY. - Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de �ste MUNDO y su MUERTE. Disp�nte a dejar el pecado (arrepi�ntete): Cree que Jesucristo muri� por ti, fue sepultado y resucito al tercer d�a por el Poder Sagrado del Esp�ritu Santo y deja que entr� en tu vida y sea tu �NICO SALVADOR Y SE�OR EN TU VIDA. QUIZ� TE PREGUNTES HOY: �QUE ORAR? O �C�MO ORAR? O �QU� DECIRLE AL SE�OR SANTO EN ORACI�N? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios m�o, soy un pecador y necesito tu perd�n. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a venir a mi coraz�n y a mi vida, como mi SALVADOR. �Aceptaste a Jes�s, como tu Salvador? �S� _____? O �No _____? �Fecha? �S� ____? O �No _____? Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora: Lee la Biblia cada d�a para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando todos los d�as en el nombre de JES�S. Baut�zate en AGUA y en El ESP�RITU SANTO DE DIOS, adora, re�nete y sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de Cristo a los dem�s. Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos que los hermanos Pentecost�s o pastores del evangelio de Jes�s te recomienden leer y te ayuden a entender m�s de Jes�s y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos est�n disponibles en gran cantidad en diferentes temas, en tu librer�a cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a las librer�as cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros est�n a tu disposici�n, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios. Te doy las gracias por leer m� libro que he escrito para ti, para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y as� comiences a crecer en �l, desde el d�a de hoy y para siempre. El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusal�n d�a a d�a y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque �sta es la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras bendiciones y salvaci�n eterna de nuestras almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Esp�ritu Eterno: "Vivan tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios, Jerusal�n". Por causa de mis hermanos y de mis amigos, dir� yo: "Haya paz en ti, siempre Jerusal�n". Por causa de la casa de Jehov� nuestro Dios, en el cielo y en la tierra: implorar� por tu bien, por siempre. El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Esp�ritu de Dios a toda la humanidad, dici�ndole y asegur�ndole: - Qu� todo lo que respira, alabe el nombre de Jehov� de los Ej�rcitos, �el Todopoderoso! Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo coraz�n, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, por la eternidad. http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp? playertype=wm%20%20/// http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx http://radioalerta.com
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