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1 total messages Started by IVAN VALAREZO Sat, 01 Sep 2007 22:17
(IVAN): SANTIFICACION
#180
Author: IVAN VALAREZO
Date: Sat, 01 Sep 2007 22:17
1396 lines
76116 bytes
 
S�bado, 01 de septiembre, a�o 2007 de Nuestro Salvador 
Jesucristo, Guayaquil, Ecuador - Iberoam�rica 


(Este Libro fue Escrito por Iv�n Valarezo)


 SANTIFICACI�N: 

Nuestro Padre Celestial despu�s de haber formado al hombre, 
en su imagen y conforme a su semejanza celestial en el cielo, 
entonces "tenia que santificarlo" para que �l y su linaje 
humano vivan infinitamente, en el para�so y en su nuevo reino 
celestial. Es decir, tambi�n, de que de �ste mismo d�a, en el 
reino de los cielos, como en su lugar muy santo del m�s all�, 
Dios comenz� (y con la ayuda id�nea de siempre de su Esp�ritu 
Santo) "su obra infinita de santificar" a cada hombre, mujer, 
ni�o y ni�a del linaje humano del para�so y de toda la 
tierra. 

Entonces nuestro Padre Celestial introduce por vez primera al 
hombre: "a la santificaci�n perfecta de la salud y de la 
salvaci�n eterna del �rbol de la vida, su Hijo amado", �el 
Cristo! Aqu�, los ojos y el coraz�n de Ad�n "sienten la 
presencia del Se�or Jesucristo", como una llenura celestial e 
infinita, en todo su cuerpo y en toda su alma viviente, 
tambi�n, para no olvidarlo jam�s, por los siglos de los 
siglos en la eternidad celestial. Y es por esta raz�n, que 
nosotros "podemos despertar de nuestras tinieblas" para vez 
la luz de Cristo y vivir en su santificaci�n infinita en 
nuestras vidas, en la tierra y para la eternidad.

En verdad, fue nuestro Dios quien realmente "le predica al 
hombre" su primer palabra de vida y de salud infinita, "el 
evangelio infinito del para�so" y de todos los tiempos de los 
�ngeles y de la humanidad entera, para que coma y beba por 
siempre de su fruto de vida eterna. Y este fruto de vida 
eterna, en el para�so y as� tambi�n en todos los lugares de 
la creaci�n celestial de Dios, era la misma vida perfecta y 
sumamente honrada de su Ley Viviente, "Los Diez Mandamientos 
de la vida antigua", de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! 

Porque s�lo si cre�a en su coraz�n y as� com�a y beb�a de 
Jesucristo, entonces iba a ser su coraz�n y su alma santa, 
"santificada a�n mucho m�s que antes", como mucho m�s que en 
el d�a de su formaci�n, en las manos de Dios, para que viva 
para su Dios y para su Esp�ritu Santo, eternamente y para 
siempre. Dado que, "sin la santificaci�n del fruto del �rbol 
de la vida", entonces ning�n ser creado por Dios y por su 
Esp�ritu Santa iba a seguir viviendo su vida eterna, en el 
para�so, ni en ning�n otro lugar de toda la creaci�n de Dios, 
como la tierra y La Nueva Jerusal�n Santa e Infinita del 
nuevo cielo venidero, por ejemplo.

Es m�s, sin el fruto de vida eterna, en el coraz�n del 
hombre, entonces su esp�ritu y su alma humana "corr�an el 
peligro de contaminarse con las mentiras" y las maldades de 
Lucifer y de sus �ngeles ca�dos. Porque s�lo la verdad y la 
justicia redentora de la sangre del Se�or Jesucristo pueden 
destruir infinitamente: toda mentira, maldad, pecado, 
enfermedad y muerte eterna del pecado de las tinieblas de 
Lucifer y de sus �ngeles ca�dos, por ejemplo. Y nuestro Dios 
"no deseaba permitir" este mal terrible de mentiras y de 
muertes, en la vida de Ad�n, ni en la vida de ninguno de sus 
descendientes, en sus millares, en toda su creaci�n 
celestial. 

Pues viendo Dios el peligro que tenia la vida de Ad�n en el 
para�so y as� tambi�n cada uno de sus descendientes, de los 
que nacer�an en el para�so, despu�s de �l, entonces le dijo 
con gran urgencia en su voz sagrada a Ad�n: "Come del fruto 
del �rbol de la vida, para que vivas, y as� no morir�s 
jam�s". Pero "Ad�n no entend�a el llamado de Dios", porque 
"a�n estaba sintiendo las tinieblas del polvo de la tierra", 
de donde Dios mismo lo hab�a sacado con sus manos santas, 
para formarlo en un ser viviente, para gloria y para honra de 
su nombre santo, en el para�so, en la tierra y en toda su 
creaci�n infinita, del m�s all�. 

Y aqu� Lucifer pens� en destruir la vida de Ad�n y de cada 
uno de sus descendientes, para que no conociesen jam�s en sus 
corazones y en sus almas eternas: "al dador de la vida, el 
�rbol de la vida, el Hijo amado de Dios, �el gran rey Mes�as 
de Israel y de las naciones de toda la tierra!" Ad�n "crey� a 
Lucifer", para mal infinito de su coraz�n y de su alma 
viviente. Y cuando Ad�n crey� a Lucifer, entonces su coraz�n 
y su alma "dejaron de ser santos y comenzaron a morir en su 
cuerpo humano", el cual Dios mismo hab�a formado del polvo de 
la tierra en su imagen y conforme a su semejanza celestial, 
para que conozca a su Dios y as� entonces viva infinitamente 
con �l, en el cielo. 

En este d�a, "Ad�n cambia su vida de luz", por la vida de las 
profundas tinieblas del coraz�n perdido de Lucifer y de cada 
uno de sus �ngeles ca�dos, para mal eterno de su linaje 
humano, en el para�so y en toda la tierra, tambi�n. Adem�s, 
nuestro Padre Celestial estaba "muy quebrantado de coraz�n" y 
de esp�ritu: al ver lo que Ad�n hab�a hecho con su vida y la 
vida de todos sus descendientes y hasta la misma vida sagrada 
del Se�or Jesucristo, no s�lo en el cielo, sino en toda la 
tierra, tambi�n. 

Nuestro Padre Celestial cuando "se entera" del error de Ad�n, 
entonces no culpa de pronto a Lucifer, por haberlo enga�ado 
con sus mentiras, sino que "se acerco a Ad�n" para pedirle 
cuenta de lo que hab�a hecho, al comer del fruto prohibido, 
"desobedeciendo a su llamado para vivir con �l", la nueva 
vida eterna de su nuevo reino celestial. En realidad, Ad�n 
"no acepto culpa alguna", en ning�n momento, cuando Dios se 
la reclamaba, sino que dijo: - "La serpiente que t� pusiste 
en el Ed�n a m� me enga�o por los labios de Eva". 

Y, entonces culpa a Eva igual que a la serpiente, "tratando 
de justificarse a s� mismo" de su terrible error delante de 
Dios, por haber hecho algo muy malo para �l y para su linaje 
humano, para siempre. (En verdad, Ad�n "hab�a introducido la 
muerte" no s�lo en el para�so, sino tambi�n en el resto de la 
creaci�n de Dios, como la tierra de nuestros d�as, por 
ejemplo. Es por eso, que todo hombre vive en la amenaza 
constante de muerte, si Cristo no es rey en su coraz�n eterno 
delante de su Creador. ) 

Ad�n confuso y lleno de miedo en su coraz�n, al sentir las 
tinieblas del poder del pecado y de su muerte eterna, 
entonces "busca escapar la muerte" y su mal eterno del fuego 
del infierno y del lago de fuego, tambi�n. Porque Ad�n "sabia 
muy bien" en su coraz�n, que ya era demasiado tarde y no 
pod�a retractarse (o alejarse) de sus palabras ni de sus 
acciones equivocadas, por las cuales hab�a abierto su coraz�n 
al enemigo eterno de Dios, sin que s� de cuenta de que esto 
era lo que hacia, en aquel momento, al creer en sus mentiras 
mortales. 

Entonces Dios "castiga" a la serpiente, castiga a Ad�n y 
castiga tambi�n a Eva, "por haber desobedecido" a la palabra 
sagrada de su Ley Santa del para�so, de no comer jam�s del 
�rbol de la ciencia del bien y del mal (porque este mandato 
del para�so es para todos �ngeles y hombres, tambi�n, por 
igual). Pero de Lucifer, "Dios no dice nada de nada", en 
aquel d�a, sino que se reservo a s� mismo sus palabras de 
juicio para con �l, sus mentiras y sus muchas malas acciones 
terribles, para con el �rbol de la vida y para con la obra 
sagrada de sus manos, el hombre, como ahora, t� mismo mi 
estimado hermano. 

Adem�s de esto, el SE�OR "no le dice nada" a Lucifer delante 
de Ad�n y Eva, en aquel d�a del primer pecado del hombre y 
del linaje humano, "porque su castigo ya est� escrito en los 
�ltimos d�as de su vida inicua", en la tierra y del m�s all�, 
tambi�n. Pues en aquel d�a venidero del gran juicio de Dios y 
de todas las cosas, entonces Lucifer ha de ser castigado con 
cada uno de los suyos, en el fuego eterno del lago de fuego, 
su muerte final, para no volverse a levantar jam�s, ni hacer 
pecar a nadie con sus mentiras de siempre. 

Mientras tanto, "Ad�n mor�a por su pecado paulatinamente", en 
su coraz�n perdido en las tinieblas del m�s all�, sin tener 
ninguna centella de luz de vida en su coraz�n y en toda su 
alma viviente, tambi�n. Ya que, la luz que hab�a visto y 
conocido en su Dios, como en el d�a de su creaci�n, "ya no la 
ve�a en s� mismo", ni en todo su coraz�n y ni en todo su 
cuerpo humano, "porque mor�a" delante de Dios y de su reino 
celestial por culpa de su grave error. 

"Mor�a Ad�n", como todo pecador y como toda pecadora, de hoy 
en d�a, en toda la tierra, muere d�a y noche, "porque hab�a 
hecho lo incorrecto" delante de su Dios y de su Hijo amado, 
el gran rey Mes�as del para�so y del nuevo reino de los 
cielos, de Dios y de su humanidad infinita. Ad�n "hab�a 
cambiado la santificaci�n de Dios", por lo que "no era 
santo" para su coraz�n, ni para la vida infinita de ninguno 
de los suyos, en toda la creaci�n celestial del para�so, de 
la tierra y de La Nueva Jerusal�n Santa e Infinita del cielo. 

Pero aunque todo esto fue basado en hechos en aquellos d�as 
de vida de Ad�n, en el para�so y posteriormente en toda la 
tierra, como en el d�a que era clavado sobre la roca eterna 
al cuerpo del �rbol de la vida, el gran rey Mes�as, entonces 
"volv�a a vivir Ad�n y Eva igual", para Dios y para la 
eternidad. Ad�n volv�a a la vida eterna, porque Dios "lo amo 
mucho en su coraz�n sagrado", a�n cuando hab�a errado 
gravemente en contra de su fruto de vida eterna, su Hijo 
amado, �el Se�or Jesucristo! 

En verdad, "Ad�n vuelve a Dios y a su luz de vida eterna" 
como antes y hasta con mayor gloria, porque "al fin de 
cuentas recibe a Cristo en su coraz�n", como cualquier 
pecador o pecadora de toda la tierra, de hoy en d�a y de 
siempre. Porque, adem�s, "Ad�n hab�a recibido santidad del 
mismo para�so", en donde naci�, para su alma viviente "al 
recibir del Se�or Jesucristo vida" en abundancia: gracias al 
cumplimiento de la Ley y el fin del pecado del para�so, en la 
tierra escogida de Dios, para llevar acabo esta gran obra 
infinita de santificaci�n, para bien eterno de todo el linaje 
humano. 

Es por esta raz�n, "que todos pueden vivir en Cristo", desde 
ahora e infinitamente, "por su santidad inigualable del 
para�so", y hoy en d�a, en toda la tierra, tambi�n, s� tan 
s�lo "invocan su nombre sagrado" delante de Dios y de su 
Esp�ritu Santo, por amor a la verdad y a la justicia del 
cielo. Porque "si la Ley de Dios y de Mois�s vive en sus 
corazones", gracias a Jesucristo, "entonces ya son 
santificados, ya son lavados, ya son purificados por la 
sangre del pacto eterno", derramada en su lugar santo de 
Dios, por amor al cumplimiento, honra y exaltaci�n infinita 
de la Ley Viviente, �Los Dios Mandamientos de la Nueva 
Eternidad de Dios! Porque la Ley de Dios y de Mois�s est� con 
nosotros, en la tierra y en nuestros corazones, para honrarla 
y para cumplirla por medio del gran rey Mes�as, "pero es 
realmente para vivirla impecablemente", en la nueva vida 
celestial de Dios y de sus huestes angelicales del nuevo 
cielo y con nuevas tierras infinitas, de la nueva eternidad 
venidera.

YA HAN SIDO LAVADOS, SANTIFICADOS Y PURIFICADOS EN LA SANGRE 
DEL MES�AS

Porque la realidad es que "todos han pecado" y, por tanto, 
"han sido destituidos de la gloria de Dios", en el para�so y 
en toda la tierra, tambi�n, para mal eterno de muchos. Y 
"todos han pecado, como el primer pecado de Lucifer y de sus 
�ngeles ca�dos o como el mismo Ad�n en el para�so", por 
ejemplo, "porque no hay amor" en sus corazones para con su 
Dios y para con su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, el �nico 
posible salvador y santificador del alma del hombre de toda 
la tierra. 

Es decir, que no aman, "ni sabr�n amar" infinitamente: la 
verdad y la justicia de Dios, ni la de su Hijo amado, el 
Se�or Jesucristo, ni la de su Esp�ritu Sant�simo, si no se 
humillan ante �l y ante su palabra sagrada, la bendita Ley 
Eterna de Dios y de Mois�s. Porque toda palabra de la Ley de 
Dios tiene que cumplirse y honrarse infinitamente, en el 
coraz�n y en el alma eterna de cada hombre, mujer, ni�o y 
ni�a de la humanidad entera, as� como es honrada y exaltada 
en los corazones de los �ngeles del cielo, �nicamente por los 
poderes sobrenaturales de la santificaci�n del Se�or 
Jesucristo, por ejemplo. Porque �nicamente la Ley Eterna de 
Dios santifica el alma del hombre, mujer, ni�o y ni�a, si se 
la cumple, invocando el nombre del Se�or Jesucristo, ya que 
�l es el �nico que naci� en Israel para honrarla 
infinitamente en nosotros y en los �ngeles del cielo, por 
supuesto, como de costumbre, desde la antig�edad y para 
siempre.

Y hasta que "no se humillen" delante de su Creador y de su 
�nica salvaci�n eterna, entonces todos son enemigos de Dios, 
para verg�enza de sus corazones y de sus almas vivientes, en 
esta vida y en la venidera, tambi�n, eternamente y para 
siempre. En otras palabras, el que peca, realmente, "es tan 
enemigo de Dios", como siempre lo ha sido Lucifer y cada uno 
de sus �ngeles ca�dos, por ejemplo, desde los d�as de la gran 
rebeli�n angelical en el reino de los cielos, y del hombre, 
tambi�n, en el para�so y en toda la tierra, como de nuestros 
d�as y de siempre. 

Adem�s, "muchos de estos" eran algunos de ustedes, mis 
estimados hermanos y mis estimadas hermanas, "pero ya han 
sido lavados, santificados y, a la vez, justificados 
infinitamente en el esp�ritu de la sangre, del nombre del 
Se�or Jesucristo y del Esp�ritu de nuestro Dios", para que 
vivan delante de Dios, de su Esp�ritu Santo y de su 
Jesucristo, para siempre. Es decir, para que cada uno de 
ustedes, en sus millares, en todos los lugares de la tierra, 
"sea delante de Dios santo, perfecto e infinitamente justo, 
tan justo como los mismos �ngeles de Dios", por ejemplo, como 
s� jam�s hubiesen pecado, desde el d�a de su formaci�n, en 
las manos sagradas de nuestro Padre Celestial, en la patria 
celestial. 

Porque es necesario y, a la vez, "la lucha muy personal" de 
nuestro Padre Celestial, de su Hijo amado, de su Esp�ritu 
Santo y de sus �ngeles del cielo: "para que el hombre vuelva 
a ser tan santo, en las manos de Dios", como en el d�a de su 
formaci�n celestial e infinita, en el m�s all�. Porque "la 
santidad" de cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad 
entera: "quedo" en el m�s all� (esperando por el pronto 
retorno del hombre), "desde el d�a que crey� en su coraz�n", 
desafortunadamente, a las palabras mentirosas de Lucifer, por 
boca de la serpiente antigua, "al no comer" y beber del Se�or 
Jesucristo. 

Es por eso, que aunque no lo puedas creer en tu coraz�n 
eterno, mi estimado hermano y mi estimada hermana, a pesar de 
tus muchos pecados que hayas cometido en tu vida, "Dios te 
perdona" cada uno de ellos en su coraz�n sagrado e 
infinitamente glorioso, "por medio de su Hijo amado", �el 
Se�or Jesucristo!, porque "desea que vivas" inmortalmente. Y 
"te hace tan limpio y tan libre de tus males eternos", no 
importando jam�s tus pecados, "como la misma sangre santa e 
infinitamente gloriosa del pacto eterno de su Hijo amado", en 
tu coraz�n, en tu esp�ritu, en tu alma viviente y en todo tu 
cuerpo humano, tambi�n, "para que seas santo eternamente" 
delante de �l, en la eternidad. 

Porque vuelvo a decirte lo mismo otra vez: "para Dios es muy 
importante que t� vuelvas a ser tan santo, como sus �ngeles 
sagrados", como en el d�a que formaba tu cuerpo en sus manos 
sagradas, para gloria y para honra infinita de su imagen y de 
su semejanza perfecta en ti y en cada uno de los tuyos, 
tambi�n. As� pues, todos "los que deseen ver la vida eterna", 
y vivirla infinitamente con su Dios y con su �rbol de la 
vida, como en el nuevo reino de los cielos, "entonces tienen 
que haber sido perdonados de sus pecados, por la invocaci�n 
santificadora de sus labios humanos", del nombre bendito de 
su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! 

Dado que, "no hay otra invocaci�n de la boca" de los labios 
del hombre, de la mujer, del ni�o y de la ni�a de la 
humanidad entera, "para que puedan volver a ser santos, 
limpios, libres, sagrados y justificados perpetuamente" 
delante de su Dios y de su Esp�ritu Santo, en la tierra y en 
el para�so, eternamente y para siempre. Por lo tanto, "ning�n 
pecador, ni ninguna pecadora, podr� jam�s ver la vida", ni 
menos vivir infinitamente en la nueva eternidad celestial de 
Dios y de sus huestes celestiales, en La Nueva Jerusal�n 
Santa y Perfecta del cielo, "si no le cree a su Dios", por 
medio de la santificaci�n perfecta y celestial "de la 
invocaci�n del Mes�as", �el Cristo!

Ya que, "es necesario que el esp�ritu de la santificaci�n 
infinita" de nuestro Padre Celestial y de su �rbol de la 
vida, el gran rey Mes�as, "sea en el coraz�n" de cada hombre, 
mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera, "as� como en las 
huestes celestiales", por ejemplo, para que "vean la gloria 
de Dios eternamente" en la eternidad. Es por eso, que "la 
escritura siempre ha declarado indiscutiblemente" d�a y 
noche, desde los d�as de la antig�edad y hasta nuestros d�as, 
por ejemplo, de que "sin santidad" (la santidad perfecta del 
fruto del �rbol de la vida), "entonces nadie podr� ver a su 
Dios jam�s", en est� vida, ni en la venidera, tampoco, 
eternamente y para siempre. 

Por lo tanto, "hay poderes extraordinarios y de gran 
extensi�n espiritual", fuera de nuestro mundo, de hoy en d�a 
y de siempre, por ejemplo, "s�lo en el esp�ritu de la 
santificaci�n del nombre sumamente honrado del Se�or 
Jesucristo viviendo en nuestros corazones y en nuestras almas 
infinitas", tambi�n, en la tierra y en el para�so, 
eternamente y para siempre. Y "como �ste poder santificador 
del Se�or Jesucristo" en nuestros corazones, en nuestros 
esp�ritus y en nuestras almas humanas, "no hay otro igual 
delante de Dios", en el cielo, ni menos en la tierra, "como 
la de su fruto de vida eterna", nuestro �nico y suficiente 
salvador celestial, �el Se�or Jesucristo!, --entonces 
viviremos en pecados-si no creemos ya. 

Entonces todos los que hemos pecado, "hemos pecado igual", ni 
m�s ni menos, "como Ad�n y Eva pecaron", por ejemplo, en el 
d�a que decidieron comer del fruto prohibido del �rbol de la 
ciencia del bien y del mal, en vez, de comer y de beber del 
fruto de la vida, como Dios mismo se lo hab�a se�alado a 
Ad�n. Y "Dios llama a Ad�n a comer" y a beber del fruto del 
�rbol de la vida: "porque aunque hab�a sido creado perfecto" 
en sus manos santas: "a�n as�, necesitaba de la santidad 
dotada de hermosura" del �rbol de la vida para poder vivir y 
ver a su Dios y Creador de su alma infinita, en el para�so, 
por ejemplo. 

Pero, desdichadamente "Ad�n se olvida del llamado divino", 
por un corto tiempo, lo suficiente para que se descuide de 
Eva, "y caiga en un error terrible", del cual le fue dif�cil 
levantarse �l mismo y a los suyos, tambi�n, en sus millares, 
en muchos lugares de la tierra, como hoy en d�a, contigo, por 
ejemplo, mi estimado hermano y hermana. Porque "el que ha 
ca�do en el poder del pecado no s� levantara jam�s" de su mal 
eterno, "si no es con la ayuda de Dios y de su gran rey 
Mes�as", �el Se�or Jesucristo! 

Es por eso, que "el mandato de Dios" fue para Ad�n primero, 
de "comer de todos los �rboles" del Jard�n del Ed�n y "hasta 
del fruto del �rbol de la vida", tambi�n, "pero jam�s del 
fruto prohibido" (no importando jam�s las circunstancias de 
su vida, por ejemplo, para hacerlo as� con el fruto del mal 
eterno). Porque "en el d�a que de �l comiese", entonces su 
coraz�n, su esp�ritu, su alma viviente y su cuerpo humano y 
perfecto en la imagen y semejanza celestial, "pecar�a en 
contra de �l mismo", de su Dios y de su �rbol Viviente, "para 
mal de sus d�as venideros" y de los suyos, tambi�n, en toda 
la creaci�n celestial. 

Y Ad�n "peca", para mal eterno de todos. Aparentemente, "Ad�n 
no entendi� el sentido profundo de la importancia divina del 
llamado de Dios", en aquel d�a tan crucial para su vida y 
para la vida de los suyos, tambi�n, por doquier, en todo lo 
largo y lo ancho del para�so y de la tierra, de nuestros d�as 
y de siempre, por ejemplo. De hecho, "en �ste terrible d�a de 
desobediencia y de rebeli�n", Ad�n y sus descendientes, en 
sus millares, "llegar�an a ser enemigos de Dios, como los 
malvados, perversos e imp�os �ngeles ca�dos del cielo", por 
ejemplo, "para mal de sus vidas" en el para�so y en toda la 
creaci�n de Dios, como en la tierra, de nuestros d�as. 

Y, entonces Lucifer y cada uno de sus �ngeles ca�dos, 
"enemigos eternos" de la verdad y de la justicia infinita de 
nuestro Padre Celestial y de su Hijo: "pueden incidir, y 
hasta en muchos casos entrar", en el coraz�n y en la vida del 
pecador y de la pecadora, para ofender a�n mucho m�s a Dios y 
a su Jesucristo. "Y as� hacerlos", a cada uno de ellos y 
hasta todos si fuese posible, "tan desobedientes y tan 
rebeldes al fruto del �rbol de la vida", del reino de los 
cielos y de toda la tierra, tambi�n, para los �ngeles y para 
la humanidad entera, �el Se�or Jesucristo! 

Es decir, que "cuando Dios desea hacer" a sus seres creados: 
santos y honrados delante de su presencia sagrada, "tal cual 
como su Hijo amado", entonces "Lucifer y sus �ngeles ca�dos 
hacen todo lo contrario" con cada uno de ellos, "para 
destruir la voluntad perfecta e infinitamente sagrada del 
coraz�n" de nuestro Padre Celestial que est� en los cielos. Y 
esto es de hacerlos: "tan rebeldes, tan malvados, tan 
mentirosos y hasta tan imp�os, como ellos mismos", como las 
m�s profundas tinieblas del mal, "para que as� ninguno de 
ellos ya no pueda ser jam�s tan santo y tan glorioso", como 
los �ngeles del cielo "y hasta como su propio fruto de vida 
eterna", su Hijo, �el Se�or Jesucristo! 

Es decir, tambi�n, que Lucifer y sus �ngeles ca�dos "no s�lo 
quer�an destruir al fruto del �rbol de la vida", el Se�or 
Jesucristo, "sino tambi�n a Dios mismo y a cada una de sus 
criaturas muy santas" para su nueva vida infinita del nuevo 
reino celestial, "como sus �ngeles y los hombres, mujeres, 
ni�os y ni�as" de la humanidad entera. Y aunque todo esto 
terrible ha sido verdad siempre, desde los d�as del para�so y 
hasta nuestros d�as, por ejemplo, para con Ad�n y para con 
cada uno de sus descendientes, en sus millares, en todos los 
lugares de la tierra, pero a pesar de todo: "la voluntad 
perfecta de nuestro Dios, ni de su Espirita Santo, no cambian 
jam�s". 

Es decir, "que el esp�ritu de la sangre y del nombre 
milagroso del �rbol Vivo no ha perdido poder alguno: para 
limpiar, para lavar, para santificar y para justificar a cada 
uno de los siervos de Dios", de todos los hombres, mujeres, 
ni�os y ni�as de la humanidad entera, comenzando con Ad�n y 
Eva, en el para�so, por ejemplo. Es por eso, que a pesar de 
tanta maldad, violencia y muchas cosas terribles que han 
tomado lugar en todos los lugares de la tierra, para destruir 
a toda vida humana, "a�n as�, la palabra de Dios es predicada 
por el poder sobrenatural del Esp�ritu de Dios, sin cambiar 
jam�s, a diestra ni a siniestra", para bien infinito de 
muchos. 

Es decir, tambi�n, "que el mismo llamado que Dios le hizo a 
Ad�n" para que comiese y bebiese de su Hijo, el Se�or 
Jesucristo, como el fruto del �rbol de la vida en el 
epicentro del para�so "a�n est� en vigencia", hoy en d�a, 
para todo aquel que crea en su coraz�n e invoque con sus 
labios �su nombre santificador! Y s�lo entonces "nuestro 
Padre Celestial pueda ser glorificado infinitamente una vez 
m�s", como muchas veces lo ha sido as� desde la antig�edad, 
en los corazones y en las vidas de sus huestes angelicales 
del reino de los cielos, por ejemplo, "para gloria y para 
honra de nuestro Dios, en cada uno de los corazones", de 
nuestro linaje humano. 

Y es aqu�, "cuando t� mismo le das la gloria y la honra desde 
tu coraz�n santificado infinitamente por la invocaci�n del 
nombre del Se�or Jesucristo", para bien de tu alma viviente y 
para bien de muchos, tambi�n, en muchos lugares de la tierra. 
Entonces "en confiar en el SE�OR, por amor a su Hijo amado", 
el Se�or Jesucristo, "es lo mejor que puedes hacer para tu 
alma viviente", mi estimado hermano y mi estimada hermana, en 
estos d�as tan cruciales para ti, para los tuyos y para la 
humanidad entera, tambi�n.

LOS CONF�O A JESUCRISTO, PORQUE �L SANTIFICARA SUS ALMAS

Pues a�n, hoy en d�a, mis estimados hermanos y mis estimadas 
hermanas, "los conf�o en actitud de suplica a nuestro Padre 
Celestial y a la palabra de su gracia infinita", como en la 
antig�edad, "a aquel que tiene poder para edificar y para dar 
justicia entre los santificados de su �nico nombre glorioso", 
de la nueva vida eterna y celestial. Porque "el cielo y la 
tierra son para los hijos e hijas de Dios", es decir, de 
todos los que aman el esp�ritu de la verdad y de la justicia 
infinita de su fruto de vida eterna, "como los �ngeles del 
cielo y como t� mismo, hoy en d�a", mi estimado hermano y 
hermana, por ejemplo, en toda la tierra. 

Entonces "estos son de todos aquellos que verdaderamente aman 
a nuestro Dios y a su �rbol de la vida eterna", el cual est� 
en su epicentro celestial del m�s all�, "dando vida a todo 
aquel que cree" en su coraz�n e invoca con sus labios: el 
nombre viviente y milagroso de su Hijo amado del para�so, �el 
Se�or Jesucristo! Y "esto es gloria y honra infinita para 
nuestro Padre Celestial", en tu coraz�n y en tu alma 
viviente, mi estimado hermano y hermana: "gracias al esp�ritu 
de fe, de nuestro Padre Abraham y de Isaac por el esp�ritu 
glorioso de la sangre y del nombre santo de nuestro �nico y 
suficiente salvador de nuestras vidas eternas", �el Cordero 
Escogido! 

Visto que, "mejor amigo y mayor salvador que el Se�or 
Jesucristo no hubo otro igual para Israel y para los que amen 
a su Dios y Fundador de sus vidas", en el para�so, en la 
antig�edad y, hoy en d�a, en todos los lugares de la tierra y 
as� tambi�n en la nueva vida vendiera, del nuevo reino 
angelical. Por lo tanto, "hay poder de santificaci�n" para 
bendici�n y para salvaci�n eterna de nuestros corazones y de 
nuestras almas vivientes, "�nicamente en la invocaci�n del 
nombre milagroso y santificador de nuestro Se�or Jesucristo", 
delante de la presencia gloriosa e infinitamente sagrada de 
nuestro Padre Celestial y de su Esp�ritu Santo. 

Porque "cuando el nombre del Se�or Jesucristo se instala en 
el coraz�n" del hombre, de la mujer, del ni�o y de la ni�a de 
la humanidad entera: "entonces muchos milagros, maravillas y 
hasta prodigios en los cielos y en la tierra comienzan uno 
tras otros": unos se ven otros no, "pero Dios est� obrando 
secretamente en el coraz�n que lo ama". Puesto que, "el que 
ama a Dios", por m�s que desee amar en su coraz�n, como Ad�n 
y Eva, por ejemplo, en el para�so, "pero s� Cristo no vive en 
su coraz�n", entonces "no lo ama en la verdad y en la 
justicia salvadora e infinitamente santificadora de Dios", 
para su coraz�n y para su alma viviente, para la eternidad. 

Adem�s, esta verdad y justicia salvadora y santificadora de 
Dios "es el fruto del �rbol de la vida eterna del para�so", 
su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! Y "como �l no hay otro 
igual" en el para�so, en todos los lugares del reino de los 
cielos, ni en la tierra de nuestros tiempos, ni mucho menos 
en la nueva era venidera de Dios y de sus huestes celestiales 
de La Nueva Jerusal�n Santa y �nica del cielo, por ejemplo. 

Pues por �ste mismo nombre celestial, nuestro Dios "no s�lo 
nos ha creado en sus manos santas", sino que tambi�n "nos ha 
dado vida en abundancia", para vivirla infinitamente, "no 
solamente en la tierra sino en su nuevo reino venidero", para 
gloria y para honra de su nombre salvador y eternamente 
milagroso. Porque "la meta de nuestro Dios es alcanzar ese 
reino inmortal", el cual siempre so�� en su coraz�n sagrado, 
desde los primeros d�as de la antig�edad y a�n hasta en 
nuestros d�as, tambi�n, "el cual s�lo podr� hacerse una 
realidad infinita" en la vida gloriosa de su Hijo, �el Se�or 
Jesucristo!, "s� tan s�lo creemos en �l", desde hoy.

Porque es por el esp�ritu sobrenatural de nuestra fe, "por la 
cual nuestro Dios hace maravillas, milagros y prodigios" en 
los cielos y en toda la tierra, tambi�n, "para bendecirnos, 
para rescatarnos, para sanarnos, para liberarnos y para 
darnos vida en abundancia", desde hoy y por siempre en el 
nuevo infinito celestial, "el cual se aproxima ya", para 
muchos. Entonces "Dios ha puesto (o ha creado) un lugar muy 
especial en el coraz�n", no s�lo de los �ngeles, "sino 
tambi�n de Ad�n y de cada uno de sus descendientes, en sus 
millares", de todas las razas, pueblos, linajes, tribus y 
reinos de la tierra, "para que reciban y honren" por siempre: 
"el nombre de su Hijo amado", �el Mes�as!

Porque "sin el nombre del Se�or Jesucristo viviendo en 
nuestros corazones", entonces "�l no nos puede bendecir, no 
nos pude liberar de muchos males, ni menos nos va a dar 
salvaci�n y paz eterna para nuestros corazones y para 
nuestras almas vivientes", en esta vida, ni en la venidera, 
"porque su Ley no ha sido honrada en nosotros", con Cristo. 
Ese es el problema de todo hombre, desde siempre, la 
santificaci�n perfecta de la Ley de Dios y del Mes�as en su 
coraz�n, en su esp�ritu, en su cuerpo y en toda su alma 
viviente, tambi�n, para la eternidad venidera. Realmente, 
"fue por esta raz�n que nuestro Dios deseo instalar a 
Jesucristo en el coraz�n de Ad�n y de Eva", en sus primeros 
d�as de vida en el para�so, "para entonces �l hacer lo mismo 
con cada uno de sus descendientes, en sus millares, en las 
naciones de la tierra, para que vivan, honrando su Ley 
Sagrada", por siempre. 

Pues as� como "nuestro Dios tiene un lugar muy especial para 
su Hijo amado en su coraz�n sant�simo", entonces "as� tambi�n 
en el coraz�n de Ad�n y de cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de 
la humanidad entera", para que "est�n infinitamente 
conectados a su Dios y Creador de sus vidas", en la tierra y 
en el para�so, infinitamente. Porque "as� es que se vive en 
el cielo, con el nombre sagrado del gran rey Mes�as viviendo 
en el coraz�n eterno de cada uno de los seres vivientes del 
m�s all�", de la eternidad antigua y de la venidera, tambi�n, 
"ya sea �ngel del cielo u hombre, mujer, ni�o o ni�a de todo 
el linaje humano", por ejemplo. 

Y "sin el nombre del Se�or Jesucristo, como fruto de vida 
eterna", en el coraz�n del �ngel del cielo o de Ad�n y de 
cada uno de sus descendientes, "entonces su vida personal es 
totalmente imposible vivirla delante de nuestro Padre 
Celestial y de sus huestes angelicales", para siempre. 
Entonces "es un requisito muy importante en el coraz�n del 
�ngel del cielo y as� tambi�n de Ad�n y de sus reto�os", en 
sus millares, "tener el nombre del Se�or Jesucristo viviendo, 
como el fruto de la vida eterna", para vivir la vida 
celestial con Dios y con su Esp�ritu Santo, "rodeado por 
siempre de sus huestes angelicales", para siempre. 

Porque "nuestro Dios ha creado al hombre del polvo de la 
tierra para que tenga vida y salud infinita", en �l y en su 
Esp�ritu Santo, "solamente conectado por siempre al nombre de 
su fruto de vida eterna", en su coraz�n, en su esp�ritu, en 
su alma viviente y en todo su cuerpo humano, "para gloria de 
su nombre sagrado". Es m�s, "as� como los �ngeles no pueden 
vivir sin el nombre de su fruto de vida eterna", el Se�or 
Jesucristo, "pues as� tambi�n Ad�n y cada uno de sus 
descendientes, en sus millares", en todos los lugares de la 
tierra, "comenzando con Eva", su esposa, por ejemplo, en el 
para�so del Jard�n del Ed�n, "y hoy contigo", tambi�n. 

Y, hoy mismo contigo tambi�n, mi estimado hermano y mi 
estimada hermana, "s� tan s�lo crees en tu coraz�n y 
confiesas su santificaci�n celestial, al invocar su nombre 
sagrado con tus labios" para vida y para salud eterna de tu 
alma y de tu cuerpo humano. Porque "t� tienes poder para 
invocar el nombre del Se�or Jesucristo", as� mismo, ni m�s ni 
menos, "como los �ngeles del cielo lo han venido haciendo 
desde siempre", desde los primeros d�as de la antig�edad y 
hasta nuestros d�as, por ejemplo. Y, adem�s, los �ngeles, en 
sus millares, en el cielo, "esperan por ti, pacientemente, 
para que invoques el nombre santificador", el cual les da 
vida, salud, felicidad y gloria infinita a sus corazones y a 
sus esp�ritus celestes aun mucho m�s que antes y para 
siempre, en la nueva eternidad celestial.

Entonces entre todos los seres creados del cielo, del para�so 
y de la tierra, "los �nicos que pueden creer en sus corazones 
y confesar con sus labios el nombre santificador de nuestro 
Padre Celestial es el �ngel del cielo y el hombre, la mujer, 
el ni�o y la ni�a de la humanidad entera", sin hacer 
excepci�n de persona alguna, jam�s. Porque todos nosotros, 
comenzando con Ad�n y Eva, por ejemplo, "somos creaci�n 
perfecta de la imagen y conforme a la semejanza divina de 
nuestro Dios y Padre Celestial" que est� en los cielos, 
"excepto los �ngeles del cielo", en sus diferentes rangos de 
gloria y de honra infinita. 

Supuesto que, ning�n �ngel, a�n entre los m�s glorioso y 
poderosos del reino de los cielos, en sabidur�a, poder y 
perfecci�n celestial, "no fue jam�s creado en la imagen ni 
conforme a la semejanza de Dios, ni del Se�or Jesucristo, ni 
de su Esp�ritu Santo", s�lo Ad�n y cada uno de sus hijos e 
hijas, en toda la creaci�n celestial. Y es por esta raz�n, 
que cada uno de nosotros, en nuestros millares, en todos los 
lugares de la tierra, "s� creemos a nuestro Padre Celestial 
por medio de su Hijo amado", el Se�or Jesucristo, entonces 
"estamos infinitamente conectados a �l y a su Esp�ritu 
Santo" d�a y noche y por siempre en la eternidad venidera, 
del nuevo reino celestial. 

Adem�s, "podemos creer en nuestros corazones en el Se�or 
Jesucristo" y, a la vez, "confesar su nombre santo para 
santificarnos" d�a y noche y por siempre delante de nuestro 
Dios, "porque tenemos el esp�ritu y el potencial de hacerlo 
as�", en la tierra y en la nueva vida infinita de La Nueva 
Jerusal�n Celestial y Perfecta del cielo. Es por eso, "que 
nuestro Dios nos ha dado de su Esp�ritu Santo y de su Ley 
Eterna", para que "seamos infinitamente saturados de su 
verdad, de su justicia y de su santificaci�n salvadora", en 
nuestros corazones y en nuestras almas vivientes, "para 
comenzar desde ya a vivir y a gozar la vida eterna", 
�nicamente con su fruto de vida. 

Porque "la santificaci�n que nuestro Dios nos ha entregado en 
el esp�ritu de fe y de salvaci�n de nuestras vidas en la 
tierra", para posteriormente entrar a la nueva vida de su 
nuevo reino celestial, "es para hoy, para comenzar a vivirla 
y a gozarla ya, s� tan s�lo creemos en su Hijo y confesamos 
su nombre" con nuestros labios. Puesto que, "la 
santificaci�n" de nuestros corazones, de nuestros esp�ritus, 
de nuestras almas y de nuestros cuerpos humanos: "s�lo ha de 
ser posible" en el para�so y en la tierra, de nuestros d�as, 
por ejemplo: "s� tan s�lo centramos nuestra fe, y confesamos 
con nuestros labios": el nombre sagrado de su Hijo, nuestro 
salvador infinito del para�so, �el Se�or Jesucristo! 

De otra manera, "nosotros no podremos jam�s ser 
santificados" delante de nuestro Dios, ni de su Esp�ritu, ni 
de sus �ngeles de su nueva vida infinita: "sino que viviremos 
en eterna deshonra de nuestros corazones y de nuestras almas 
eternas d�a y noche y por siempre en la eternidad venidera", 
como en el bajo mundo de los muertos, por ejemplo. Y "nuestro 
Dios no desea �ste mal" para ninguno de todos los hombres, 
mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad entera, que ha creado 
(o que ha formado) en sus manos, "para que lleven por siempre 
su imagen y su semejanza divina delante de su presencia 
sagrada", en su nueva vida celestial, de nuevas tierras y con 
nuevos cielos eternos. 

Entonces "si, hoy en d�a, haz o�do de la palabra y del nombre 
del Se�or Jesucristo es porque nuestro Padre Celestial desea 
bendecir tu vida", como jam�s has sido bendecido, "s�lo con 
el esp�ritu de fe, de la invocaci�n de tus labios, en un 
momento de oraci�n y de fe, con el nombre de tu santificaci�n 
eternal", �nuestro Se�or Jesucristo! Y "si confiesas con tus 
labios el nombre del Se�or Jesucristo", delante de tu Dios y 
Creador de tu vida, "entonces habr�s sido santificado y 
justificado para que tu nombre sea escrito en el libro de la 
vida" desde hoy, "para empezar a vivir por tu Dios", como haz 
de vivir tu nueva vida eterna, en el nuevo reino celestial. 

Es decir, que "desde el momento que haz orado delante de tu 
Dios y Fundador de tu vida, en el nombre sagrado de su Hijo 
amado", entonces "has sido santificado y confirmado delante 
de �l", en el nuevo reino celestial, "para que comiences a 
vivir su vida eterna en tu coraz�n y en toda tu alma 
viviente, tambi�n", para siempre. Y "esto es vida, para ti y 
para los tuyos"; la misma vida eterna en la que nuestro Padre 
Celestial te formo en sus manos, para que la vivas "s�lo en 
la vida de su Hijo amado", el �rbol de la vida, "su 
Jesucristo y t� Jesucristo, tambi�n", desde el momento que 
entra en tu vida y para la eternidad.

LLAMADOS SOMOS PARA SER SANTIFICADOS EN JESUCRISTO

Ha sido por esta raz�n que nuestro Padre Celestial te ha 
formado en sus manos sagradas en su imagen y conforme a su 
semejanza infinita, mi estimado hermano, "para que no seas 
como los �ngeles del cielo", sino mucho m�s, "como �l mismo: 
santo, puro, firme y perfecto, para siempre, para amar 
sobrenaturalmente al Se�or Jesucristo", como te ama igual a 
ti. (Si, Dios te ama a ti igual, ni m�s ni menos, que a su 
Hijo amado, el gran rey Mes�as de la eternidad venidera, el 
Cristo.) Porque para nuestro Dios "s�lo el amor de su Hijo 
amado en el coraz�n de los �ngeles y as� tambi�n del linaje 
del hombre es que realmente cuenta para �l", en el para�so, 
en la tierra y as� tambi�n en el nuevo reino de los cielos. 

En la medida en que, "ninguna otra vida", que no sea la del 
�rbol de la vida, "entonces no tiene santidad perfecta para 
glorificar y para honrar por siempre el nombre sagrado de 
nuestro Padre Celestial", en el para�so, en la tierra y as� 
tambi�n en la nueva eternidad venidera de �ngeles y del 
linaje humano, por ejemplo. Es por eso, que "nuestro Padre 
Celestial busca poder y amor infinito del cielo" en cada uno 
de nosotros, en nuestros millares, en todos los lugares del 
para�so, del reino de los cielos y de la tierra, adem�s de 
sus muchos �ngeles sant�simos de toda la vida, como es 
l�gico. 

Y "esto es de amarle a �l", tu �nico Dios y tu �nica 
salvaci�n, de verdad e infinitamente en tu coraz�n eterno y 
celestial, tambi�n, "s�lo por medio del esp�ritu de la sangre 
y de la vida gloriosa y sumamente honrada de su Hijo amado", 
�el Se�or Jesucristo! Porque "nuestro Dios jam�s deseo otra 
vida diferente para sus criaturas" en el reino de los cielos, 
"que no sea la vida misma de su Hijo amado", el �rbol de la 
�nica vida eterna del cielo agradable por siempre a su 
coraz�n y a su alma sant�sima, el Mes�as Celestial, �el 
Cristo para toda una vida infinita! 

Es por eso, "que el Se�or Jesucristo es abundancia de vida 
eterna y de santificaci�n perdurable en ti", mi estimado 
hermano y mi estimada hermana, hoy en d�a, como en el d�a de 
tu formaci�n, en las manos de tu Dios y de su Esp�ritu Santo. 
(Pi�nsalo bien, "las manos de Dios formo tu cuerpo humano, 
para la vida eterna, para que seas una copia exacta como �l", 
en la nueva vida infinita de su nuevo reino celestial; por 
ello, "la santificaci�n del Se�or Jesucristo es de suma 
importancia para tu alma eterna", hoy m�s que nunca, como en 
el d�a de tu formaci�n, en el cielo.) 

Adem�s, "nuestro Dios nos ha dado un coraz�n, puro, santo, 
perfecto e infinitamente amoroso para s�lo amarle a �l", por 
los poderes sobrenaturales del esp�ritu bendito de su fruto 
de vida eterna, de su �rbol Eterno: "porque sin �l no vivimos 
o no somos nada para Dios y para su nueva vida eterna", para 
siempre. Y "nuestro Padre Celestial no nos ha creado en sus 
manos santas", para que no seamos nada, sino "para que seamos 
mucho m�s que los �ngeles del cielo, y tan importantes y 
gloriosos como la vida misma de su �rbol de la vida eterna", 
su Hijo amado, �el gran rey Mes�as celestial de Israel y de 
toda la tierra! 

Es decir, tambi�n, que nuestro Dios "no nos ha formado" en 
sus manos santas, "como a un ni�o, sino como a hombres rectos 
y perfectos", en el esp�ritu de su amor bendito, en esta vida 
y en la venidera: "para que siempre vivamos para �l, en la 
sabidur�a absoluta del conocimiento de su fruto de vida 
eterna", su Jesucristo Celestial. Porque "Ad�n no fue ni�o, 
bebe, nene o infante, jam�s, sino hombre desde el primer 
pensamiento del coraz�n de Dios", para formarlo en sus manos 
sagradas para su nueva vida infinita, de su nuevo reino 
celestial. 

"Tambi�n podemos decir que Ad�n naci� como hombre del coraz�n 
y de la mente sagrada de nuestro Padre Celestial, de su 
Esp�ritu Santo y del Se�or Jesucristo"; es decir, de igual 
forma, "que Ad�n no fue ni�o jam�s en el coraz�n de Dios, 
sino un hombre perfecto, como su mismo Hijo amado", para su 
gloria infinita en la eternidad. Porque "Ad�n no sali� del 
vientre de una mujer, sino que la mujer sali� de �l", de su 
quinta costilla y mientras dorm�a, su esposa Eva, para que 
sea por siempre su ayuda id�nea en cada momento de su vida, 
eternamente y para siempre, "para gloria, honra y santidad 
infinita de nuestro Dios y de su �rbol de vida eterna". 

Adem�s, "ambos fueron concebidos en el coraz�n de nuestro 
Padre Celestial", primero Ad�n y luego Eva, "no como ni�os 
sino como hombres para el servicio sagrado a su nombre santo, 
s�lo por medio de la vida honrada y sumamente gloriosa de su 
Hijo amado", el �rbol de la vida eterna, del nuevo reino 
celestial y de toda la tierra, tambi�n. Entonces "nuestro 
Dios desea que todos entendamos �sta gran verdad infinita" en 
nuestros corazones, desde nuestros primeros d�as de vida en 
el para�so: "para que ya no seamos peque�os", en nuestra 
manera de pensar y de razonar en las cosas de nuestro Dios y 
de su Hijo amado, "sino como hombres bien aconsejados por su 
Ley y por Esp�ritu Santo". 

Es por esta raz�n, "que la llenura del Esp�ritu de Dios" en 
nuestros corazones, en nuestras vidas, en nuestras almas 
vivientes y en nuestros cuerpos humanos: "es de suma 
importancia para nuestro crecimiento y conocimiento 
espiritual de nuestro Dios, de su Jesucristo y de su Ley 
Infinitamente Honrada". Es decir, "para que ya no seamos 
ni�os", agitados a la deriva y llevados a cualquier parte por 
movimientos de doctrinas, por complot, fingimiento, farsa de 
hombres que para actuar con enga�o, entonces emplean con 
viveza las mentiras de los antiguos mentirosos (el Vaticano): 
"sino que siguiendo la verdad con amor, crezcamos en su 
justicia" hacia aquel que es nuestra verdadera cabeza: �
Jesucristo! 

Entonces nuestro Padre Celestial "nos ha llamado a creer por 
siempre en su verdad infinita, su Ley Eternal", por ejemplo, 
"la cual nos lleva d�a y noche a su justicia perfecta e 
infinita" de nuestros corazones y de nuestras almas 
vivientes: "de invocar su nombre santo y sumamente milagroso 
de su Hijo amado", �el Se�or Jesucristo! Porque "as� como 
invocamos su nombre" en todos los lugares de la tierra, por 
amor a su fruto de vida, el Se�or Jesucristo: "entonces 
tambi�n lo haremos igual en nuestras vidas celestiales de 
largos d�as gloriosos e infinitos del nuevo reino venidero", 
por ejemplo; es m�s: "hoy mismo, hay gentes de la antig�edad 
invocando su mismo nombre" en el para�so. 

En vista de que, "es esta verdad y justicia gloriosa de 
invocar el nombre sagrado de su Hijo amado es que nos 
santifica" para acercarnos a �l m�s y m�s "hacia una vida 
justa" y, al mismo tiempo, "a una comunicaci�n perfecta con 
�l y con su Esp�ritu Santo", en la tierra y en la nueva 
eternidad venidera. Porque "sin la vida justa y la 
comunicaci�n perfecta del Se�or Jesucristo", como nuestro 
�nico fruto de vida eterna del para�so, de toda la tierra y, 
claro, del nuevo reino venidero, "entonces ninguno de 
nosotros", en nuestros millares, de todas las razas, pueblos, 
linajes, tribus y reinos de la tierra, "vera a su Dios", 
jam�s. 

Porque "sin el Se�or Jesucristo en nuestros corazones es 
imposible ver, conocer, ni mucho menos amar a nuestro Padre 
Celestial y a su Esp�ritu Santo" que est�n en los cielos, hoy 
en d�a y para siempre, en la eternidad venidera de sus nuevas 
vidas celestiales e infinitas, libres de la mancha terrible 
de la mentira y del pecado. Y "esto es verdad no s�lo con 
Ad�n en el para�so, sino tambi�n con cada uno de sus 
descendientes", en sus millares, de todas las naciones en la 
tierra "y as� mismo en la nueva vida infinita" del nuevo 
reino celestial, del m�s all�, por ejemplo, como el para�so y 
como en La Nueva Jerusal�n Santa y Eternal del cielo. 

Es decir, tambi�n, "que esta santificaci�n del alma y del 
coraz�n" de Ad�n y de cada uno de todos los hombres, mujeres, 
ni�os y ni�as de la humanidad entera, "tenia que comenzar en 
el para�so", para entonces poder ingresar perfectamente 
santificados, delante de Dios y de su Esp�ritu Santo, a la 
nueva vida eterna, de la nueva patria celestial. Porque "sin 
santidad es totalmente imposible que el coraz�n" de Ad�n, y 
as� tambi�n de cada uno de sus millares de descendientes, 
"pueda ver a su Dios y Fundador de su vida", en la tierra, ni 
mucho menos en el m�s all�, como en el para�so o como en el 
nuevo reino de Dios. 

En el m�s all�, "como en La Nueva Jerusal�n prometida a los 
antiguos y a todos los hombres, mujeres, ni�os y ni�as de la 
humanidad entera", por ejemplo, "de todos los que hayan 
comido y bebido" de la cena del SE�OR y de su Mes�as, "el 
fruto perfecto de la vida eterna", nuestro �nico Se�or 
Jesucristo, ni m�s ni menos. Por lo tanto, "el llamado de 
Ad�n para que coma del fruto del �rbol de la vida", el Se�or 
Jesucristo, "fue para santificar su vida", para que pueda 
entonces seguir viviendo en el para�so y as� posteriormente 
"entrar a su nueva vida infinita", de su nuevo reino 
celestial, con cada uno de sus hijos e hijas para la 
eternidad. 

Dado que, la verdad es que, "s� Ad�n se santificaba primero: 
comiendo y bebiendo del fruto del �rbol de la vida", el Se�or 
Jesucristo, "entonces cada uno de sus hijos e hijas, en sus 
millares, iban a ser igualmente santificados" delante de 
Dios, para la nueva vida infinita del nuevo reino de los 
cielos, en el m�s all�, por ejemplo. Porque "sin la 
santificaci�n del fruto del �rbol de la vida nadie podr� 
vivir jam�s en paz y en la felicidad absoluta de su alma y de 
su coraz�n eterno", en el reino de los cielos, en el para�so, 
ni a�n en toda la tierra, ni mucho menos en La Nueva 
Jerusal�n Santa y Perfecta del cielo. 

Entonces "fue precisamente nuestro Padre Celestial quien le 
ense�a esta gran verdad a Ad�n primero, como su �nico 
maestro, Dios y salvador de su vida", en el para�so y en toda 
la creaci�n celestial, "para que viva entonces santificado 
para su Dios", con la vida misma de su �rbol de la vida 
eterna, su Mes�as Celestial y para la eternidad. Pero "Ad�n 
no entendi� nada de nada del Se�or Jesucristo", sino hasta 
que come del fruto prohibido, en vez de comer del fruto de la 
vida eterna, "el �nico posible gran rey Mes�as de su vida 
celestial y de la vida de cada uno de sus descendientes", en 
todas las naciones de la tierra, hoy en d�a y para siempre. 

Y, adem�s, "como lo neg� con su coraz�n y con sus labios", 
entonces "ya no tenia una segunda oportunidad para recibirlo 
en su coraz�n, ni confesarlo con su boca, como su �nico fruto 
de vida eterna", en su vida celestial del para�so, para 
seguir viviendo infinitamente con su linaje humano y 
celestial, por ejemplo. "A no ser que muriese primero, como 
�rbol seco y sin vida", como Eva, su esposa, tambi�n, "para 
entonces ser clavados al Se�or Jesucristo juntos", para que 
sean santos para Dios en su Ley Bendita e Infinita y en sus 
nuevas vidas eternas, del nuevo reino celestial: "en donde la 
santidad reina infinitamente, en Dios y en sus criaturas 
celestes". Porque "la santidad del Se�or Jesucristo une 
infinitamente al hombre con su Dios y salvaci�n eterna de su 
�nica vida", en la nueva vida celestial, del nuevo reino 
venidero, en la tierra y en el cielo, tambi�n, para siempre.

DIOS SANTIFICA A TODA COSTA AL HOMBRE: GRACIAS A JESUCRISTO

Entonces "convencido" de esto: "de que nuestro Padre 
Celestial ha sido aquel quien con su infinito amor comenz� la 
buena obra de santificaci�n divina en cada uno de ustedes", 
comenzando con Ad�n, en el para�so, por ejemplo, desde mucho 
antes de la fundaci�n del cielo y de la tierra, "para que 
gocen de la Ley Divina", en sus corazones eternos. Pues bien, 
"poco a poco la perfeccionar�" hasta el d�a de la venida de 
su Hijo, el Se�or Jesucristo, a Israel "para llevarse con �l 
a los que han cre�do en sus corazones y, a la vez, han 
confesado con sus labios su nombre salvador de sus almas 
infinitas", para entrar a su nueva vida eternal, del nuevo 
para�so celestial. 

En donde "todos nosotros", comenzando con Ad�n y Eva, 
"seremos tan perfectos como la Ley de Dios y de Mois�s, en el 
cielo, para la nueva eternidad celestial". Porque para vivir 
en el cielo y delante de Dios, el �ngel tiene que ser 
perfecto como la Ley de Mois�s y de Israel, ni mas ni menos, 
y as� tambi�n cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad 
entera, s�lo posible con el Se�or Jesucristo en sus 
corazones, por supuesto. Porque "cada vez que Dios lea 
nuestras vidas del pasado, del presente y del futuro, 
entonces leer� palabra por palabra, letra por letra, tilde 
por tilde y significado por significado eterno en nuestros 
corazones y en nuestras almas vivientes s�lo su Ley Perfecta 
del para�so: gracias a la sangre del Se�or Jesucristo, la 
cual nos santifica de todo pecado". 

Y "como la Ley de Dios y de Mois�s es perfecta en nuestras 
vidas o nosotros somos tan perfectos a la Ley del Mes�as", 
por ejemplo, "gracias a la santificaci�n infinita de la 
sangre del pacto eterno", del Hijo de David, el Mes�as, 
"entonces entraremos a vivir la vida eterna con nuestro �nico 
Padre Celestial" que est� en los cielos. Porque nuestro Padre 
Celestial "ha formado nuevas mansiones invulnerables, en 
tierras y en cielos libres del mal y de la amenaza de la 
presencia terrible del pecado", para sus �ngeles y para Ad�n 
y su linaje humano e infinito, "por amor a su Ley Viviente, 
por amor a su gran rey Mes�as, el Hijo de David", �el �nico 
Cristo Celestial! 

Ya que, toda buena obra, "Dios mismo la empez� en cada uno de 
ustedes", mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas, 
"desde mucho antes de la fundaci�n del reino celestial y de 
la tierra, tambi�n, para glorificarse mucho m�s que en la 
antig�edad", en su nueva �poca de vida infinita, del nuevo 
m�s all� celestial: �Y todo gracias al Mes�as! Y, por esta 
raz�n, "nuestro Dios tiene que perfeccionar en sus corazones 
y en sus almas vivientes su obra perfecta en todos ustedes", 
�nicamente "con el esp�ritu de fe, de sus corazones eternos, 
al creer en su Hijo amado y confesar con sus labios su 
santificaci�n eternal, para vivir la felicidad infinita", 
desde ya, de la nueva �poca de vida celestial. 

Dado que, "el reino de Dios es para sus hijos e hijas del 
linaje humano de Ad�n, para que le sirvan por siempre, con la 
presencia de sus �ngeles eternos a su nombre santo e 
infinitamente glorioso", del nuevo m�s all� venidero, 
"fundado exclusivamente para su Hijo amado y para su Esp�ritu 
Santo", por ejemplo, para la nueva eternidad celestial. 
Entonces "nadie podr� ser feliz, en el para�so, en la tierra, 
ni en La Nueva Jerusal�n del cielo, si no ha cre�do en su 
coraz�n, ni ha confesado con sus labios: el nombre sagrado de 
su Hijo amado", �el Se�or Jesucristo!, "para ser lleno del 
esp�ritu de la santificaci�n, del fruto del �rbol de la vida, 
para su alma viviente". 

Puesto que, "todos los que han decidido vivir sus vidas, sin 
la santificaci�n del esp�ritu del fruto, del �rbol de la vida 
eterna, entonces han sido removidos de la tierra sagrada del 
reino de los cielos, para no volver a ver la vida jam�s"; y 
esto es "muerte eterna para �ngeles rebeldes y para hombres 
pecadores y mujeres pecadoras", tambi�n. Porque "nadie que no 
viva en el esp�ritu de la santificaci�n, del fruto del �rbol 
de la vida, podr� realmente permanecer a vivir su vida eterna 
en el cielo y delante de Dios y de sus huestes de �ngeles 
sant�simos", por ejemplo, ya que, "no serian jam�s 
compatibles en sus corazones y en sus esp�ritus vivientes, 
para su Esp�ritu Santo". 

Es m�s, "esto es un imposible eterno", en el cielo con todas 
las criaturas de Dios y de su �rbol de la vida, "que el 
hombre y el �ngel vivan juntos sin santidad alguna de Dios y 
de su fruto de vida eterna", en sus corazones, en sus 
esp�ritus, en sus almas y en sus cuerpos humanos (o 
celestiales), �el Mes�as! Como consecuencia de lo cual, "�ste 
fue precisamente el problema que Lucifer y sus �ngeles ca�dos 
experimentaron", durante sus d�as de vida en el reino de los 
cielos: "pues ninguno de ellos hab�a comido realmente, ni 
bebido del �rbol de la vida, por lo tanto, ten�an que salir 
del cielo, cuanto antes mejor". 

Y "los �ngeles insurrectos no comieron de Cristo por ser 
rebeldes a la verdad y a la justicia infinita de Dios y de su 
Ley Viviente": es decir, "que no hab�a santidad alguna en 
Lucifer ni en ninguno de sus �ngeles rebeldes a Dios y a su 
gran rey Mes�as", el �rbol de la vida, �el Cristo Celestial e 
Infinito! Pues bien, "s� com�an y beb�an del fruto del �rbol 
de la vida, el cual es la verdad y la justicia infinita del 
Se�or Jesucristo, para satisfacer el coraz�n de Dios y de su 
Ley en toda verdad y en toda santificaci�n celestial de la 
vida gloriosa y sumamente honrada de nuestro Dios, entonces 
no hubiesen pecado nunca delante de �l". 

Es m�s, "jam�s hubiesen sido despedidos" de sus vidas 
celestiales del reino de los cielos, "sino que hubiesen 
seguido gozando del amor a la verdad, la justicia y la 
santificaci�n de nuestro Padre Celestial, �nicamente posible 
por medio del Se�or Jesucristo", el fruto de vida eterna para 
todos los �ngeles del cielo, grandes y peque�os, por igual. 
Pero "como eran enemigos del fruto del �rbol de la vida", 
entonces "no pod�an quedarse en el cielo, ni un momento m�s", 
desde el instante que se declararon en rebeli�n en contra de 
�l y de nuestro Padre Celestial que est� en los cielos, por 
ejemplo. Porque "sin la santidad del fruto del �rbol de la 
vida, Jesucristo, no pueden vivir delante de Dios", ni un 
s�lo instante m�s y para siempre.

Y como Lucifer ni ninguno de sus �ngeles ca�dos pudieron 
permanecer delante de Dios, en sus vidas por las cuales Dios 
mismo los hab�a creado, por el poder de su palabra y de su 
nombre santo, entonces "nuestro Padre Celestial no pudo 
empezar su obra muy especial en ninguno de ellos", como 
planeaba hacerlo, para la nueva eternidad celestial. O, caso 
contrario, "c�mo lo ha hecho con cada hombre, mujer, ni�o y 
ni�a de la humanidad entera, para que tengan vida y lleven 
por siempre su imagen y su semejanza celestial en perfecta 
santidad", comenzando con Ad�n y Eva en el para�so, por 
ejemplo, "por medio del fruto de la vida eterna, de su nuevo 
reino celestial", �el Se�or Jesucristo! 

Entonces "como Ad�n y Eva no comieron del fruto del �rbol de 
la vida, para santificar sus corazones sobre el monte del 
epicentro del para�so, sino que se rebelaron a la �nica 
santificaci�n celestial de sus vidas delante de Dios, en fin, 
tuvieron que morir" y m�s no en el para�so sino en la tierra, 
de nuestros d�as. Porque "en la tierra se volver�an �rboles 
secos y sin vida por el poder del pecado y de sus profundas 
tinieblas de Lucifer, para ser cortados como palos para 
sostener la santidad celestial sobre todo lo alto, entre el 
cielo y la tierra", "santidad redentora" la cual hab�an 
rechazado en sus vidas en el para�so y delante de Dios, 
tambi�n. 

Por ello, "Dios escogi� una tierra muy especial para Ad�n y 
Eva, para que cruzados como palos secos y sin vida", entonces 
"sean clavados con clavos a la santidad perfecta de su Hijo 
amado, el �rbol de la vida eterna, para que cumplan la Ley de 
Dios, en sus vidas eternas", para la eternidad venidera. Y 
"ambos tuvieron que recibir la santidad del Se�or Jesucristo 
en sus manos y en sus pies, pero con clavos y sangre sagrada 
del pacto eterno entre Abraham, Isaac y Dios", porque "�sta 
santificaci�n del Se�or Jesucristo es esencial para sus almas 
vivientes y para sus nuevas vidas eternas", en el para�so y 
en el nuevo reino venidero, tambi�n, eternamente. 

Y as�, "Ad�n y Eva ya no podr�n jam�s negarse a la 
santificaci�n infinita del Se�or Jesucristo y de su sangre 
bendita del pacto eterno, para que s�lo conozcan una nueva 
vida infinitamente gloriosa"; una vida "llena del 
conocimiento del amor de Dios hacia su Ley y a su gran rey 
Mes�as", �el Cristo del Israel de todos los tiempos! "El 
hombre y la mujer tuvieron que recibir con clavos y con 
sangre sagrada, tambi�n, la santificaci�n perfecta de la vida 
santa del para�so y del nuevo reino de los cielos para volver 
a arrancar sus vidas eternas pero sin pecado", porque "con 
sus corazones lo hab�an negado y con sus labios, para 
verg�enza eterna de muchos". 

Por lo tanto, "ambos ya no pod�an recibir en sus corazones, 
ni confesar con sus labios, la santidad salvadora de su gran 
rey Mes�as", entonces "ten�an que recibirlo por fin en sus 
nuevas vidas infinitas, clavados a la santidad del fruto del 
�rbol de la vida, para la eternidad venidera de nuevas 
tierras y con nuevos cielos infinitos". "Pero no as� con su 
linaje, ni con ning�n de sus hijos e hijas, por m�s pecadores 
que sean, en la tierra y en toda la creaci�n de Dios y de su 
�rbol de vida eterna", el gran rey Mes�as de la eternidad 
celestial. 

Ya que, "aunque hayan negado a Dios y a su Hijo amado muchas 
veces en sus corazones y con sus labios, pues, a�n as�, 
pueden creer y santificar sus vidas con sus labios: invocando 
el nombre del Se�or Jesucristo", como su �nico fruto de vida 
eterna, para alcanzar a la �nica felicidad celestial de sus 
corazones eternos, en el para�so. Es decir, "que s�lo Ad�n y 
Eva fueron clavados al Se�or Jesucristo, porque ya no pod�a 
invocar su nombre para santificarse, es decir, para que la 
santidad del para�so sea entonces de una vez por todas y para 
siempre: una realidad en sus corazones y en sus almas 
infinitas, como Dios lo quiso por vez primera en el cielo. Y 
esto seria en cada uno de ellos, desde el momento que 
creyeron en �l en sus corazones y confesaron con sus labios 
su nombre santificador, en el otro mundo (o en el para�so), 
por ejemplo". 

Pero "no as� jam�s con ninguno de sus hijos e hijas de Ad�n", 
porque cada uno de ellos, como t� y yo, hoy en d�a, mi 
estimado hermano y mi estimada hermana, "aunque hayamos 
rechazado a Jesucristo en nuestras vidas, a�n as�, hay 
esperanza de vida y de salud eterna, s� tan s�lo confesamos 
su santidad celestial", �a Jesucristo! Porque la verdad es 
que nuestro Dios, con la ayuda id�nea de su Esp�ritu Santo y 
de su Hijo amado, "ha creado al hombre, comenzando con Ad�n 
para que vivan con �l infinitamente en su nueva vida 
celestial", de su nuevo reino venidero, "y m�s no para que 
vivan sin Cristo y mueran luego, bajo la mentira del enemigo 
de sangre fr�a". 

Entonces "el que se pierde en las profundas tinieblas de su 
pecado, entonces ser� porque est� ciego como Lucifer, por 
ejemplo, en su coraz�n y en toda su alma, tambi�n", en esta 
vida y para la nueva era de vida eterna de Dios y su Hijo 
amado (el Se�or Jesucristo rodeado infinitamente por su 
Esp�ritu Santo y por sus huestes angelicales). Porque "haga 
lo que haga o deje de hacer Lucifer" con sus �ngeles ca�dos 
en contra de Dios y de su �rbol de vida, en el coraz�n de 
cada hombre, mujer, ni�o y ni�a, "Dios se va a glorificarse, 
de una manera u otra, estableciendo su voluntad santa e 
infinita de su nueva vida celestial, en cada uno de ellos". 

En su d�a final, "Dios va a ver que todas sus criaturas, sean 
�ngeles del cielo u hombres y mujeres de la humanidad entera 
infinitamente santificados, �nicamente en la invocaci�n 
perfecta del reino de los cielos, del esp�ritu de la sangre y 
de la vida eterna de su Hijo amado", �el Se�or Jesucristo! 
Porque "todos han de glorificar y", a la vez, "han de honrar 
su nombre sagrado en sus corazones y con sus rodillas 
dobladas delante de Dios, para declarar p�blicamente, de que 
el Se�or Jesucristo es su Hijo", el �nico gran rey Mes�as de 
Israel y de la humanidad entera, en esta vida y en la 
venidera tambi�n y para siempre. 

Y s�lo entonces "el esp�ritu del pecado y de la rebeli�n, el 
cual empez� en el coraz�n de Ad�n y de Eva, por ejemplo, 
cuando creyeron a las mentiras antiguas de Lucifer, por boca 
de la serpiente del Jard�n del Ed�n, en aquel momento 
venidero Dios habr� cumplido su obra santificadora, en cada 
uno de ellos y de todo su linaje humano". Y esto ha de ser 
infinitamente, "para su nueva vida celestial de su nuevo 
reino sempiterno: gracias a la verdad y a la santificaci�n de 
nuestro salvador del para�so y de todas las naciones de la 
tierra, de nuestros dias, el Hijo de David", �el �nico gran 
rey Mes�as Celestial de Israel y de la humanidad entera!

El amor (Esp�ritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su 
Jesucristo es contigo.


�Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


D�gale al Se�or, nuestro Padre Celestial, de todo coraz�n, en 
el nombre del Se�or Jesucristo: Nuestras almas te aman, 
Se�or. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras 
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y 
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, tambi�n, para 
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el 
Se�or Jesucristo.

LOS �DOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los �dolos han sido desde siempre: un tropiezo 
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un 
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en 
tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre 
Celestial y de su Esp�ritu Eterno. Pero todo esto tiene un 
fin en tu vida, en �sta misma hora crucial de tu vida. Has de 
pensar quiz� que el fin de todos los males de los �dolos 
termine, cuando llegues al fin de tus d�as. Pero esto no es 
verdad. Los �dolos con sus esp�ritus inmundos te seguir�n 
atormentando d�a y noche entre las llamas ardientes del fuego 
del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de 
Dios. En verdad, el fin de todos estos males est� aqu� 
contigo, en el d�a de hoy. Y �ste es el Se�or Jesucristo. 
Cree en �l, en esp�ritu y en verdad. Usando siempre tu fe en 
�l, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos 
de la presencia terrible de los �dolos y de sus huestes de 
esp�ritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de 
los tuyos tambi�n, en la eternidad del reino de Dios. Porque 
en el reino de Dios su Ley santa es de d�a en d�a honrada y 
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos 
�ngeles. Y t� con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada 
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, 
cada palabra, cada oraci�n, cada tilde, cada categor�a de 
bendici�n terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, 
cada se�or�o, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada 
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas 
bendiciones de la tierra, del d�a de hoy y de la tierra santa 
del m�s all�, tambi�n, en el reino de Dios y de su Hijo 
amado, �el Se�or Jesucristo!, �El Todopoderoso de Israel y de 
las naciones!

S�LO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la �nica ley santa de Dios y del Se�or Jesucristo en 
tu coraz�n, para bendecirte, para darte vida y vida en 
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha 
venido diciendo as�, desde los d�as de la antig�edad, desde 
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendr�s otros dioses delante de m�". 

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te har�s imagen, ni ninguna semejanza 
de lo que est� arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni 
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinar�s ante ellas 
ni les rendir�s culto, porque yo soy Jehov� tu Dios, un Dios 
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, 
sobre la tercera y sobre la cuarta generaci�n de los que me 
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a 
los que me aman y guardan mis mandamientos". 
 
TERCER MANDAMIENTO: "No tomar�s en vano el nombre de Jehov� 
tu Dios, porque �l no dar� por inocente al que tome su nombre 
en vano". 

CUARTO MANDAMIENTO: "Acu�rdate del d�a del s�bado para 
santificarlo. Seis d�as trabajar�s y har�s toda tu obra, pero 
el s�ptimo d�a ser� s�bado para Jehov� tu Dios. No har�s en 
ese d�a obra alguna, ni t�, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu 
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que est� 
dentro de tus puertas. Porque en seis d�as Jehov� hizo los 
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y 
repos� en el s�ptimo d�a. Por eso Jehov� bendijo el d�a del 
s�bado y lo santific�". 
 
QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que 
tus d�as se prolonguen sobre la tierra que Jehov� tu Dios te 
da". 
 
SEXTO MANDAMIENTO: "No cometer�s homicidio". 

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometer�s adulterio". 

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robar�s". 

NOVENO MANDAMIENTO: "No dar�s falso testimonio en contra de 
tu pr�jimo". 
 
DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciar�s la casa de tu pr�jimo; no 
codiciar�s la mujer de tu pr�jimo, ni su siervo, ni su 
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu 
pr�jimo". 

Entr�gale tu atenci�n al Esp�ritu de Dios y d�shazte de todos 
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno 
de los tuyos, tambi�n. Hazlo as� y sin mas demora alguna, por 
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los 
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus 
�dolos y de sus im�genes de talla, aunque t� no lo veas as�, 
en �sta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, 
tambi�n. Y t� tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de 
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde 
los d�as de la antig�edad, para seguir destruyendo sus vidas, 
en el d�a de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos 
males en sus vidas, sino que s�lo �l desea ver vida y vida en 
abundancia, en cada naci�n y en cada una de sus muchas 
familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Se�or 
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y 
digamos juntos la siguiente oraci�n de Jesucristo delante de 
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y 
salvador de todas nuestras almas: 

ORACI�N DEL PERD�N

Padre nuestro que est�s en los cielos: santificada sea la 
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo 
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el 
cielo as� tambi�n en la tierra. El pan nuestro de cada d�a, 
d�noslo hoy. Perd�nanos nuestras deudas, como tambi�n 
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en 
tentaci�n, mas l�branos del mal. Porque tuyo es el reino, el 
poder y la gloria por todos los siglos. Am�n. 

Porque si perdon�is a los hombres sus ofensas, vuestro Padre 
Celestial tambi�n os perdonar� a vosotros. Pero si no 
perdon�is a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonar� 
vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Se�or Jes�s dijo, "Yo soy el CAMINO, y la 
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, 
sino es POR M�". Juan 14:

NADIE M�S TE PUEDE SALVAR.

�CONF�A EN JES�S HOY! 

MA�ANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. 

YA MA�ANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA 
TI Y LOS TUYOS, EN EL D�A DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de 
�ste MUNDO y su MUERTE.

Disp�nte a dejar el pecado (arrepi�ntete):

Cree que Jesucristo muri� por ti, fue sepultado y resucito al 
tercer d�a por el Poder Sagrado del Esp�ritu Santo y deja que 
entr� en tu vida y sea tu �NICO SALVADOR Y SE�OR EN TU VIDA.

QUIZ� TE PREGUNTES HOY: �QUE ORAR? O �C�MO ORAR? O �QU� 
DECIRLE AL SE�OR SANTO EN ORACI�N? -HAS LO SIGUIENTE, y di: 
Dios m�o, soy un pecador y necesito tu perd�n. Creo que 
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi 
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a 
venir a mi coraz�n y a mi vida, como mi SALVADOR.

�Aceptaste a Jes�s, como tu Salvador?  �S� _____?  O �No 
_____?

�Fecha? �S� ____?  O �No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de 
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada d�a para conocer mejor a Cristo. Habla con 
Dios, orando todos los d�as en el nombre de JES�S. Baut�zate 
en AGUA y en El ESP�RITU SANTO DE DIOS, adora, re�nete y 
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es 
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de 
Cristo a los dem�s.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros 
cristianos que los hermanos Pentecost�s o pastores del 
evangelio de Jes�s te recomienden leer y te ayuden a entender 
m�s de Jes�s y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros 
cristianos est�n disponibles en gran cantidad en diferentes 
temas, en tu librer�a cristiana inmediata a tu barrio, 
entonces visita a las librer�as cristianas con frecuencia, 
para ver que clase de libros est�n a tu disposici�n, para que 
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer m� libro que he escrito para ti, 
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su 
Hijo amado y as� comiences a crecer en �l, desde el d�a de 
hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la 
paz de Jerusal�n d�a a d�a y sin cesar, en nuestras 
oraciones. Porque �sta es la tierra, desde donde Dios lanzo 
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras 
bendiciones y salvaci�n eterna de nuestras almas vivientes. Y 
nos dice Dios mismo, en su Esp�ritu Eterno: "Vivan tranquilos 
los que te aman.  Haya paz dentro de tus murallas y 
tranquilidad en tus palacios, Jerusal�n". Por causa de mis 
hermanos y de mis amigos, dir� yo: "Haya paz en ti, siempre 
Jerusal�n". Por causa de la casa de Jehov� nuestro Dios, en 
el cielo y en la tierra: implorar� por tu bien, por siempre. 

El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el 
Esp�ritu de Dios a toda la humanidad, dici�ndole y 
asegur�ndole: - Qu� todo lo que respira, alabe el nombre de 
Jehov� de los Ej�rcitos, �el Todopoderoso! Y esto es, de toda 
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo 
coraz�n, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y 
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, 
como antes y como siempre, por la eternidad.


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