🚀 go-pugleaf

RetroBBS NetNews Server

Inspired by RockSolid Light RIP Retro Guy

1 total messages Started by IVAN VALAREZO Mon, 02 Apr 2007 16:00
(IV�N): LA GRACIA PERPETUA
#130
Author: IVAN VALAREZO
Date: Mon, 02 Apr 2007 16:00
1319 lines
71491 bytes
S�bado, 31 de marzo, a�o 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo, 
Guayaquil, Ecuador - Iberoam�rica 

(Felicidades a ECUAVISA y a TELEVISTAZO por sus cuarenta a�os 
de servicio profesional y de alta calidad a la comunidad 
ecuatoriana. Y tambi�n muchas felicidades por ese ni�o que 
les ha nacido, en estos d�as, de parte de Gabriela Baer, 
comunicadora profesional de contacto directo, engrandeciendo 
as� el elenco de ECUAVISA. Que nuestro Padre Celestial 
bendiga al ni�o, hoy en d�a y por siempre, en el nombre 
glorioso de nuestro Se�or y salvador celestial, �el Se�or 
Jesucristo!, para que cada paso de su vida por la tierra sea 
para bien y para gloria infinita de nuestro Dios y Padre 
Celestial de nuestras vidas infinita, en la tierra y en el 
cielo, tambi�n, eternamente y para siempre. �
Congratulaciones, por igual, a todos los nuevos padres y 
madres del Ecuador entero que abrazan a sus reci�n nacidos, 
por vez primera o por muchas veces m�s!)

(Este Libro fue Escrito por Iv�n Valarezo) 


LA GRACIA PERPETUA

La gracia del para�so es nuestra, porque emana del �rbol de 
la vida, el Se�or Jesucristo, a todo ser viviente del cielo y 
de la tierra. Y con �sta gracia celestial, el �ngel del cielo 
y as� tambi�n todo hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad 
entera, tiene comuni�n perfecta con Dios y con su Esp�ritu 
Santo d�a a d�a y por siempre, en la eternidad venidera. 

Es por eso, que todo lo que es del Se�or Jesucristo es muy 
fundamental en la vida del hombre, en la tierra y en el 
para�so, tambi�n, para el infinito, porque somos del 
infinito; as� como Dios es del infinito, pues, as� tambi�n 
cada uno de todos nosotros, en nuestros millares, en toda la 
tierra, somos del infinito. Es por eso, que la gracia 
maravillosa y todopoderosa del para�so es muy esencial para 
nuestros corazones y para nuestro diario vivir, en el 
para�so, en la tierra y en La Nueva Jerusal�n Santa y 
Perfecta del cielo, por ejemplo.

Entonces debemos de dar gracias a nuestro Dios y a su 
Jesucristo d�a y noche en nuestras vidas por su gran obra 
sobrenatural, que no s�lo ha cumplido y exaltado la Ley en la 
vida del hombre, pero tambi�n le ha puesto fin al pecado y a 
su �ngel de la muerte, en el infierno. Porque la gracia 
todopoderosa e infinita del �rbol de la vida y de su Ley le 
ha puesto fin al pecado y al �ngel de la muerte, en la vida 
de cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera. Y 
esta gracia del para�so y perpetua s�lo existe para nosotros, 
eternamente y para siempre.

Porque el Se�or Jesucristo naci� entre los hombres, para 
vivir la Ley y llevarla a los �rboles cruzados de Ad�n y Eva, 
sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusal�n, 
en Israel, para ponerle fin al pecado y hacer entonces que el 
Esp�ritu de la Ley se convierta en la gracia infinita de 
siempre, del para�so. La �nica gracia celestial de Dios, la 
cual redime el alma del hombre de todos sus males, y lo lleva 
entonces de regreso a su lugar de siempre, el cielo, el 
para�so, para que siga viviendo su vida infinita, en la 
inmensidad gloriosa de Dios y de su �rbol de vida eterna, de 
la brillante eternidad celestial.

Entonces la gracia milagrosa de la gran obra eterna de 
nuestro redentor, el Se�or Jesucristo, nos libra de todo 
pecado, de toda enfermedad y de toda muerte eterna, en la 
tierra y en el m�s all�, tambi�n, como en el bajo mundo del 
infierno y del lago de fuego, por ejemplo. �sta gracia 
infinita de Dios s�lo es posible en la vida del hombre, si 
tan s�lo cree en su coraz�n y as� confiesa con sus labios: el 
nombre salvador del Hijo amado de Dios, �el Se�or Jesucristo! 

Ya que, s�lo el Se�or Jesucristo es la plenitud de la gracia 
verdadera, justiciera, santificadora y salvadora de Ad�n y de 
cada uno de sus descendientes, en sus millares, de todas las 
razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra. Por 
eso, cuando Ad�n y Eva comieron del fruto prohibido del �rbol 
de la ciencia, del bien y del mal, entonces en el mismo 
para�so, por vez primera, deshonraron la Ley Divina y 
mataron, de golpe, su gracia infinita, la cual se encontraba 
individualmente de todo hombre, en la vida gloriosa y 
sumamente honrada de nuestro salvador, �el Se�or Jesucristo!

Por lo tanto, el Se�or Jesucristo no pudo hacer nada por Ad�n 
y Eva, en el para�so, ni por ninguno de sus descendientes, en 
el d�a que estaban de pie delante de su Dios y Creador de sus 
vidas, por culpa de su rebeli�n; pues ambos hab�an violado la 
Ley y su gracia celestial, del fruto de la vida eterna. Algo 
que ambos jam�s debieron haber hecho, por ninguna raz�n de 
sus vidas celestiales, para quebrantar la palabra y el 
mandato directo de Dios, de no comer del fruto prohibido 
jam�s, pero si del fruto de la vida eterna, su Hijo amado, su 
�nico gran rey Mes�as para sus vidas, en la eternidad del 
infinito. 

En aquel d�a, nuestro Dios s�lo ve�a su Ley quebrantada en la 
vida de Ad�n y de cada uno de sus descendientes, en sus 
millares, en toda su creaci�n, para juzgarlos d�a y noche y 
hasta que se arrepientan terminantemente por sus pecados, por 
sus rebeliones, por sus culpas infinitas, en contra de su 
palabra y de su gracia celestial. Pues bien, lo que hab�a 
sido gracia y paz para Ad�n y los suyos, entonces no quedaba 
nada en el para�so, sino total desamparo y destrucci�n por 
doquier en el cielo, de todo lo bueno que hab�an conocido en 
el reino de Dios y de sus huestes celestiales, tambi�n. 

No quedaba nada delante de Dios, porque el Se�or Jesucristo 
hab�a sido rechazado y, a la vez, herido mortalmente por las 
palabras de Ad�n y de Eva, al creer a la mentira de Lucifer y 
de su fruto prohibido, para mal de sus vidas y de los dem�s, 
tambi�n, por doquier en toda la creaci�n y hasta nuestros 
d�as. Y �ste esp�ritu de la gracia, de la Ley y del �rbol de 
la vida, era muy importante en el para�so, para que Ad�n 
pudiese seguir viviendo con los suyos en �l. 

Pero como Cristo hab�a sido rechazado, por lo tanto, anulado 
su poder sobrenatural de su fruto de vida y de su gracia 
infinita, entonces no pod�a hacer nada por ninguno de ellos, 
hasta que el esp�ritu de la gracia de la Ley sea en el 
para�so y por toda la creaci�n, tambi�n, restaurada a su 
gloria anterior y de siempre. Es por eso, que al Se�or 
Jesucristo s�lo le quedo, en aquel d�a de la ca�da de Ad�n, 
nacer del vientre virgen de una de las hijas del hombre, no 
en el para�so, sino en la tierra de nuestros d�as, como en la 
tierra escogida por Dios, para �ste gran prop�sito infinito 
para bien de la humanidad entera. 

Con el fin de que la Ley sea vivida en su vida y cumplida, al 
mismo tiempo, en su coraz�n y en el coraz�n de todos los 
hombres, mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad entera, 
comenzando con Ad�n y Eva, por ejemplo, aun muertos, sobre la 
cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusal�n, en 
Israel. Para ponerle fin al pecado, de una vez por todas y 
para siempre, y entonces volver as� abrir el esp�ritu de los 
poderes sobrenaturales de la gracia infinita de la Ley de 
Dios, cumplida y sumamente honrada, en la vida de nuestro 
Se�or Jesucristo, en la tierra y en el para�so, eternamente y 
para siempre. 

Para que todo hombre que desee acercarse a su Dios y a su 
trono de la gracia y de la misericordia, para pedirle el 
perd�n de su alma y la sanidad de su cuerpo y de su vida 
total, tambi�n, en la tierra y en el cielo, entonces lo pueda 
hacer, sin ning�n problema alguno. Lo pueda hacer realmente 
d�a y noche y por siempre su oraci�n, en el nombre sagrado de 
su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo!, para que ning�n mal 
da�e su vida ni sus tierras, ni que ning�n bien jam�s le 
falte en su vida ni en la de los suyos, tambi�n, en todos los 
d�as de su vida y para siempre. 

Visto que, s�lo el Se�or Jesucristo es el autor de nuestra 
gracia infinita, como lo fue en su d�a para Ad�n y Eva, en el 
para�so antes que ambos violaran el mandato de la Ley de Dios 
y de su fruto de vida eterna, la gracia de Si�n, el santo de 
Israel y de la humanidad entera, �el Se�or Jesucristo! Porque 
sabe nuestro Dios muy bien en su coraz�n, que ning�n hombre, 
mujer, ni�o o ni�a de la humanidad entera, podr� jam�s vivir 
sin la gracia del Se�or Jesucristo y de su Ley cumplida y 
sumamente honrada en su vida, en la tierra ni en el para�so, 
ni menos en el nuevo reino celestial, por ejemplo, 
eternamente  y para siempre. 

Es por eso, que el Se�or Jesucristo es muy trascendental e 
imprescindible para la vida del hombre, en el para�so y en 
todos los lugares de la tierra, del ayer y de siempre, para 
poder entonces vivir en la verdad, en la justicia, en la 
santidad perfecta de la Ley de Dios y del reino de los 
cielos. La Ley de Dios y del para�so eternamente cumplida por 
Cristo mismo, en el coraz�n, en el alma y en todo su esp�ritu 
humano y eterno, en la tierra y en el para�so, tambi�n, para 
agradar a su Dios y Creador de su nueva vida infinita, para 
miles de siglos venideros, en el m�s all�, en su nuevo reino 
celestial. 

Pues bien, la gracia de Dios es parte del coraz�n de nuestro 
Padre Celestial y de su Esp�ritu Santo, para enriquecimiento 
sobrenatural de su vida eterna, en el para�so, en la tierra y 
en el nuevo reino de los cielos, como en La Nueva Jerusal�n 
Santa e Infinita del cielo. Pues as� tambi�n debe de ser en 
el coraz�n de cada uno de sus seres creados �ngeles del cielo 
y hombres, mujeres, ni�os ni�as de la humanidad entera, para 
que siempre haya armon�a infinita entre el cielo y la tierra, 
entre Dios y toda vida del para�so y de la tierra, 
eternamente y para siempre. 

Si, la gracia de nuestro Se�or Jesucristo es m�s poderosa que 
todos los poderes del mal del pecado y de su muerte eterna, 
en la tierra y en el bajo mundo de los muertos, tambi�n, para 
siempre. Con la gracia de nuestro Se�or Jesucristo entonces 
"el favor de Dios" reina en nuestras vidas d�a y noche y m�s 
no el pecado ni su muerte eterna, en la tierra ni en el m�s 
all�. 

Y si la gracia de Cristo reina en tu vida, porque habr�s 
cre�do en �l y en su gran obra redentora, de donde ha salido 
el fin del pecado y la gracia sobrenatural de vida y de salud 
infinita de la Ley cumplida y eternamente honrada de Dios, 
entonces le podr�s pedir a Dios lo que desee tu coraz�n. Y �l 
mismo te lo otorgara todo, ni m�s ni menos, s�lo con creer en 
tu coraz�n en el nombre sagrado de su Hijo amado, el Se�or 
Jesucristo, para bien de tu vida y para bien de muchos, 
igualmente, en todos los lugares de la tierra y del para�so, 
tambi�n, en el cielo, por ejemplo. 

Puesto que, si la gracia del �rbol de la vida est� en ti, por 
el poder del esp�ritu de tu fe, en su Hijo amado, entonces tu 
lugar infinito, tu hogar eterno del para�so, espera por tu 
pronto retorno a tu vida antigua del cielo y de siempre. 
Porque jam�s debiste haberla abandonado, esa vida tan grande, 
tan gloriosa, tan honrada del cielo, por la falta de la 
gracia del Se�or Jesucristo, en la vida de Ad�n y Eva, por 
ejemplo. Pero como ambos se burlaron de la gracia de Cristo 
con las palabras de Lucifer, rompiendo as� la Ley del 
para�so, entonces tuvieron que perder sus vidas celestiales.

Y el que se burlare de Cristo, su �nica gracia redentora de 
su vida en la tierra y en el para�so, tambi�n, entonces 
nuestro Dios mismo lo llamara a cuentas, para que responda 
por la maldad de su coraz�n y de su vida hacia �l y hacia su 
Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! Porque nadie se podr� 
burlar de la gracia salvadora de su �rbol Viviente, como lo 
hicieron Ad�n y Eva, por ejemplo, en el para�so, y se queden 
sin su castigo justo en sus vidas, ya sea en el cielo o en la 
tierra, a nuestro Dios le da igual, siempre y cuando se le 
haga justicia a su Jesucristo.

SI, AS� ES: DIOS MISMO SE BURLARA DE LOS QUE SE BURLAN DE SU 
GRACIA

Ciertamente nuestro Padre Celestial se burlar� de los que se 
burlan en su gran d�a, pero a los humildes conceder� gracia, 
que Ad�n y Eva perdieron en el para�so, al no comer y beber 
de su fruto de vida eterna, su Hijo amado, �el Se�or 
Jesucristo!, cada vez que invoquen su nombre santo, en sus 
corazones y con sus labios. Porque no es posible que los que 
se han burlado de la gracia del Se�or Jesucristo, entonces 
vivan para contarlo a los imp�os, como ellos mismos. 

Por lo tanto, los sabios poseer�n honra delante de su 
presencia santa, porque entienden a su Hijo amado en sus 
corazones y en sus esp�ritus humanos, pero no as� con los 
necios. Los necios morir�n en sus tinieblas eternas, si no se 
arrepienten de sus males infinitos de sus corazones y de sus 
almas vivientes, tambi�n, de no creer en la verdad, la 
justicia y la santidad perfecta del esp�ritu de la gracia de 
la Ley y de su gran rey Mes�as, el Cristo. 

Ciertamente, los necios cargar�n con la afrenta de sus 
pecados, por los siglos de los siglos, en el m�s all�, entre 
llamas ardientes del fuego eterno del infierno; es m�s, la 
afrenta de sus burlas jam�s se alejara de sus corazones, 
durante los d�as de su vida por la tierra ni aun en su 
castigo eterno del lago de fuego. Los necios jam�s volver�n a 
conocer lo que es vivir en paz, en sus vidas, por sus culpas, 
por sus pecados y por sus grandes maldades hechas en contra 
de su Dios tan santo y tan justo, como s�lo lo ha sido 
nuestro Padre Celestial y su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, 
desde la eternidad y hasta la eternidad venidera. 

Por ello, todo lo que haya sido vida y felicidad en sus vidas 
pecadoras y rebeldes al Se�or Jesucristo, entonces se tornara 
en llamas de tormentos eternos, porque ya no hay m�s gracia 
protectora para sus vidas de parte del �rbol de la vida, el 
Se�or Jesucristo, para siempre. Y porque, adem�s, el lago de 
fuego ha sido creado s�lo para los necios, para que reciban 
su segunda muerte final, la muerte de la vida de todo pecador 
y pecadora que haya vivido su vida de maldad en contra de la 
Ley Celestial y del Se�or Jesucristo, en �sta vida, en �sta 
tierra, de hoy y de siempre. 

Y nuestro Dios ha de castigar a los que se burlan de su 
gracia infinita, porque no es posible que su Hijo amado sea 
burlado, ni ninguno de los suyos, tampoco, por ning�n pecador 
en el para�so ni en ning�n lugar de toda su creaci�n, como en 
la tierra de nuestros d�as, por ejemplo. Porque el que se 
burla del Se�or Jesucristo y de su esp�ritu de gracia, 
alcanzada sobre la cima de la roca eterna, con su alma santa 
y con su sangre viviente, para la expiaci�n del pecado, 
entonces ya no tendr� otra vida santa y otra sangre bendita, 
para hacer expiaci�n por su vida, en el altar de Dios, para 
siempre. 

Es por eso, que todo lo que el hombre sembrare en la tierra, 
durante los d�as de su vida, entonces eso mismo ha de recoger 
en el d�a final, delante de Dios y de su �rbol de vida, ni 
m�s ni menos. Es decir, tambi�n, de que si el hombre sembr� 
para bien, entonces para bien ha de recoger; pero si hizo lo 
contrario, sembrando lo malo en todos los d�as de su vida por 
la tierra, entonces s�lo el mal ha de recoger d�a y noche y 
hasta que finalmente su alma perd�a en sus profundas 
tinieblas, caiga en el infierno. 

Porque toda palabra y acci�n de la vida del hombre y de la 
mujer est� escrita en los libros de Dios en los cielos, para 
ser abiertos en el d�a del juicio final de todas las cosas, 
en el m�s all�. Porque nuestro Dios es justo, y �l jam�s se 
ha burlado de nadie que haya sido justo con su Hijo amado, el 
Se�or Jesucristo, delante de su presencia santa, en el 
para�so y en la tierra, sino todo lo contrario. Nuestro Dios 
ha amado a todo hombre, mujer, ni�o y ni�a que ha sido justo 
con su Hijo amado, el Se�or Jesucristo.

Pero a los imp�os, s�lo les espera todas sus malas palabras y 
malas acciones escritas en los libros del cielo, para su 
juicio y su castigo final, en el lago de fuego, en el m�s 
all�. Y nuestro Dios jam�s se ha agradado de la muerte del 
imp�o y del necio, sino todo lo contrario. Nuestro Dios 
siempre ha deseado que ellos se acerquen a �l, por medio de 
su gracia infinita y redentora de sus vidas, su Hijo amado, 
el Se�or Jesucristo, para que vivan y dejen de morir para 
siempre. 

Porque nuestro Dios s�lo desea ver verdad, justicia y 
santidad perfecta en la vida de cada hombre, mujer, ni�o y 
ni�a de la humanidad entera, para que vean por siempre la 
vida y jam�s la muerte del infierno o del lago de fuego, por 
ejemplo, ni ning�n mal desconocido o escondido del m�s all�, 
para destruir sus vidas. Es por eso, que nuestro Padre 
Celestial llama a Ad�n primero y luego a Eva ha comer por 
siempre de su fruto de vida eterna, porque s�lo su Hijo amado 
es la gracia verdadera y salvadora de todo hombre, mujer, 
ni�o y ni�a del para�so y as� tambi�n de toda la tierra, de 
nuestros d�as y de siempre. 

Y �sta gracia divina del para�so est�, hoy en d�a, con cada 
uno de nosotros, en todos los lugares del mundo, como lo 
estuvo con Ad�n y Eva en sus d�as de vida celestial, en el 
para�so, para que coman y beban de �l, eternamente y para 
siempre, junto con los suyos y los �ngeles del cielo, 
tambi�n, por ejemplo. Y toda �sta gracia celestial, s�lo es 
posible, hoy en d�a, como lo fue con Ad�n y Eva en el 
para�so, en tan s�lo creer en el coraz�n y confesar con los 
labios: el nombre sagrado de su Hijo amado, �el Se�or 
Jesucristo! 

S�lo el Se�or Jesucristo es la gracia redentora de Dios para 
la humanidad entera, de hoy y de siempre. Porque fuera del 
Se�or Jesucristo no hay ninguna verdad, justicia ni santidad 
posible, para ninguno de sus seres creados, por m�s santos 
que sean en el cielo, como los �ngeles, o en la tierra, como 
los hombres y mujeres de toda su creaci�n, por ejemplo. Y 
cada uno de ellos, en sus millares, necesita de la gracia de 
Dios y del Se�or Jesucristo para ver la vida eterna, desde la 
tierra y hasta finalmente entrar de lleno, en el nuevo reino 
de los cielos. 

Adem�s, sin la gracia del Se�or Jesucristo, entonces no hay 
vida alguna posible para ese hombre o para esa mujer, sea 
quien sea la persona, en la tierra o en el para�so, 
eternamente y para siempre. Entonces el que ha recibido a su 
Hijo amado, en su coraz�n, como su �nico salvador personal, 
en esta vida y en la venidera, tambi�n, est� cumpliendo con 
su Dios, con su Esp�ritu Santo y con su Ley Suprema, desde el 
momento que ha invocado el nombre sagrado del Se�or 
Jesucristo con sus labios, en su vida. 

Y esto es verdad, salud, paz, justicia, santidad y vida 
infinita para ese hombre y para esa mujer, en la tierra y as� 
tambi�n, lo mismo, en el para�so o en La Nueva Jerusal�n 
Santa e Infinita del cielo, por ejemplo. Por lo tanto, el tal 
ya no se est� burl�ndose de la verdad, justicia y santidad de 
su Creador, sino que habr� cumplido con �l, su Dios y Se�or 
de su vida, eternamente y para siempre, en todo lo que es la 
palabra y la Ley Divina, s�lo posible en la vida del Se�or 
Jesucristo, su �nico posible salvador celestial. 

Adem�s, esto es, por cierto, vida y salud en abundancia para 
su vida y para la vida de muchos, en la tierra y en el 
para�so, tambi�n, desde hoy mismo y eternamente y para 
siempre, en la eternidad venidera de Dios y de su �rbol de 
vida. Efectivamente, esto es el poder de la gracia de Dios en 
la vida del hombre, de la mujer, del ni�o y de la ni�a de la 
humanidad entera, desde el para�so y en la tierra, tal como 
Dios llamo a Ad�n y a Eva que le obedecieran a �l, para 
cumplir toda verdad, justicia y santidad celestial, para 
vivir infinitamente. 

Es por esta raz�n, que siempre ha sido bueno, y jam�s por 
dem�s, de recibir y de honrar por siempre el nombre sagrado 
de toda la verdad, justicia y santidad de nuestro Padre 
Celestial que est� en los cielos, para que �l jam�s sea 
burlado por nuestros corazones, ni por nuestros labios y 
vidas infinitas, de nuestros esp�ritus humanos. Porque el que 
no tiene a Cristo Jes�s viviendo en su coraz�n, entonces vive 
burl�ndose de su Dios y Creador de su vida, en la tierra y en 
el para�so, tambi�n; es decir, que su vida no tiene ninguna 
bendici�n de la gracia verdadera e infinita de la vida santa 
del para�so y de nuestro Padre Celestial, en la tierra. 

Ya que, el que no ha vivido, con su coraz�n y con su esp�ritu 
humano, el amor y la vida de su �rbol de vida, entonces ha 
ca�do en el mismo error de Ad�n y Eva del para�so, para 
perdici�n y condena eterna por sus palabras y por sus 
acciones equivocadas, delante del fruto de la vida, �el Se�or 
Jesucristo! Y para nuestro Dios esto es pecado, en el para�so 
y por toda la tierra, tambi�n, ni m�s ni menos. Realmente, 
esto es algo, o un mal terrible, que Dios jam�s ha deseado 
ver en ninguno de sus seres amados, como �ngeles del cielo u 
hombres y mujeres de la humanidad entera, del ayer y de 
siempre. 

Puesto que, todo aquel que honra a su Hijo amado, el Se�or 
Jesucristo, entonces ha honrado su palabra y su Ley Viviente, 
la cual jam�s ha de morir en �sta vida ni en la venidera, 
tampoco. Porque los cielos y la tierra han de pasar, pero 
jam�s la palabra que ha salido de la boca de Dios, sino todo 
lo contrario. 

La palabra de Dios ha de seguir llenando los corazones y las 
vidas de los �ngeles del cielo y as� tambi�n de todo hombre, 
mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera, de la verdad, 
vida, salud, justicia, amor, paz, sabidur�a y muchos poderes 
y maravillas sobrenaturales de su �rbol Viviente, su Hijo, el 
Se�or Jesucristo, eternamente y para siempre. Para que 
entonces �l jam�s sea burlado de ninguno de sus enemigos, ni 
menos de ninguno de sus seres creados, como �ngeles del cielo 
y hombres, mujeres, ni�os y ni�as del para�so y de la tierra, 
tambi�n, en la nueva eternidad venidera de su nuevo reino 
celestial, por ejemplo. 

Porque el cielo y con sus nuevas tierras del m�s all�, 
realmente, no conocen la burla ni la maldad de ning�n rebelde 
o pecadora a su nombre, palabra o la Ley Santa de su Hijo 
amado, sino todo lo contrario. Todo es vida, en el nuevo 
reino de Dios. Es m�s, el Esp�ritu de la vida santa del nuevo 
reino de Dios s�lo conoce del amor, la verdad, la justicia y 
la santidad infinita del fervor de la vida eterna y sumamente 
gloriosa, de su �rbol de la vida, �el Soberano de Israel y de 
la humanidad entera!, �el Hijo de David, el Cristo! 

Es por eso, que todo aquel que ha recibido al Se�or 
Jesucristo en su coraz�n y en toda su vida, como su �nico y 
suficiente salvador de su alma eterna, por los poderes 
sobrenaturales de su nombre y de su sangre bendita, entonces 
ya no vive en �l o en ella, el esp�ritu de la burla, sino 
todo lo contrario. Realmente ahora vive en su coraz�n el 
Esp�ritu de la vida eterna, el Esp�ritu Santo y su Hijo 
amado, el Cristo de Israel y de la humanidad entera, �el 
Se�or Jesucristo! 

Y �ste Esp�ritu Divino y de Jesucristo ya no permitir� el 
esp�ritu de la burla que viva m�s en el coraz�n de aquel 
hombre, mujer, ni�o o ni�a, sino que s�lo los frutos de la 
vida y de la salud eterna, vivir�n y se manifestaran d�a y 
noche en aquella vida humana y bendecida eternamente, por la 
gracia de Cristo. Y �ste Esp�ritu de Dios ha de ser por 
siempre s�lo lleno del amor de Dios y de los milagros, 
maravillas, prodigios del cielo y de la tierra, en la vida de 
aquel hombre o mujer, eternamente y para siempre, en la 
tierra y en el nuevo reino de los cielos, para el gozo 
infinito del coraz�n de nuestro Dios. 

Por ende, s�lo as� los entendidos, los sabios de Dios y de su 
Esp�ritu Santo, han de vivir felices y eternamente gozos en 
sus corazones, bendecidos por la palabra y por la Ley de 
Dios, porque realmente habr�n entendido el amor de Dios, 
manifestado plenamente en la vida gloriosa e infinita del 
evangelio vivo, de nuestro Se�or Jesucristo. Y no as� con los 
necios, ellos seguir�n viviendo en sus profundas tinieblas 
del m�s all�, de donde jam�s han salido, desde el comienzo de 
las cosas y hasta nuestros d�as, por ejemplo, para ver la luz 
viviente del Se�or Jesucristo, su Hijo amado, en sus 
corazones y en sus almas eternas, en esta vida y en la 
venidera, tambi�n. 

Los necios han de seguir sus caminos de siempre y hasta la 
eternidad, en donde caer�n entre las llamas ardientes de la 
ira de Dios, en el infierno, para jam�s volver a tener la 
oportunidad, como hoy en d�a, por ejemplo, de llegar a un 
entendimiento sano y concreto en sus corazones, de que el 
Se�or Jesucristo es "el SE�OR". Y esto seria para ellos, la 
fe del esp�ritu de la gracia divina y salvadora de sus vidas 
y de sus almas eternas, para que mueran para el pecado y 
vivan por siempre para la gracia redentora, de la Ley de Dios 
y de su gran rey Mes�as, �el Se�or Jesucristo! 

Pero, desdichadamente, los necios han de morir en el esp�ritu 
de su burla infinita hacia su Dios y Creador de sus vidas, al 
no creer en sus corazones de que el Se�or Jesucristo es su 
unig�nito, desde la antig�edad y hasta siempre, por ejemplo, 
como en nuestros d�as, en todos los lugares de la tierra y de 
su humanidad infinita. Porque s�lo su Hijo amado es la 
verdadera justicia, santidad y gracia salvadora e infinita 
para el coraz�n y la vida de los �ngeles del cielo y as� 
tambi�n para todo hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad 
entera, incluy�ndote a ti y a cada uno de los tuyos, tambi�n, 
mi estimado hermano y mi estimada hermana. Y, entonces no 
mueras jam�s la muerte de Ad�n y de su pecado original del 
para�so, por ejemplo.

AD�N MATA A TODOS CON SU PECADO, PERO LA GRACIA DE CRISTO LES 
DA VIDA ETERNA EN ABUNDANCIA, NO OBSTANTE

As� que, como la ofensa de Ad�n alcanz� a la humanidad 
entera, desde el para�so y hasta toda la tierra, tambi�n, sin 
hacer jam�s excepci�n de persona alguna, para la condenaci�n 
infinita de sus almas vivientes, como hoy en d�a en tu vida, 
tambi�n, mi estimado hermano y mi estimada hermana. Pues as� 
tambi�n la justicia realizada por el Se�or Jesucristo alcanz� 
a todos los hombres, mujeres, ni�os y ni�as, tambi�n, para la 
justificaci�n de vida eterna en la tierra de nuestros d�as y 
en la tierra del nuevo m�s all� de Dios y de sus huestes 
celestiales, como en La Nueva Jerusal�n Santa e Infinita del 
reino celestial. 

Y esto es gracia divina e incansable para el hombre pecador 
de toda la tierra, como Ad�n, por ejemplo, en el para�so; 
pero la tenemos hoy en d�a, a nuestra disposici�n, a nuestro 
alcance con tan s�lo creer e invocarla, en nuestros corazones 
y con nuestros labios, gracias a los poderes sobrenaturales 
de nuestro Se�or Jesucristo, el salvador del mundo. Porque 
como por la desobediencia de un solo pecador, muchos fueron 
constituidos pecadores; tambi�n, pues igual, por la 
obediencia de su Hijo amado, el Cristo de Israel y de la 
humanidad entera, entonces muchos ser�n constituidos justos y 
dignos de la nueva vida infinita, del nuevo reino de los 
cielos, en la tierra y en el m�s all�. 

Por ello, s�lo esto es la vida eterna para nuestro Padre 
Celestial, en el coraz�n y en el alma viviente de todo 
hombre, mujer, ni�o y ni�a, de las naciones de toda la 
tierra, de que tan s�lo crean en sus corazones y as� 
confiesen con sus labios a su Hijo amado, �el Cristo del ayer 
y de siempre! Y esto es como los �ngeles del cielo, por 
ejemplo, de que su Jesucristo es su �nica gracia infinita de 
sus vidas, en la tierra y en el para�so, tambi�n, para Ad�n y 
cada uno de sus descendientes, desde hoy y eternamente y para 
siempre, en la nueva eternidad venidera, de la vida del nuevo 
reino de los cielos. 

Es por eso, que nuestro Dios envi� su Ley Santa a la vida del 
hombre, desde el comienzo de las cosas con Israel, por 
ejemplo, con el prop�sito no s�lo de marcar el pecado, sino 
tambi�n para darle a conocer al pecador que est� pecando, 
osea haciendo cosas malas ante su Dios, con sus palabras y 
con sus acciones rebeldes. Palabras y acciones rebeldes, las 
cuales no producen ning�n bien a nadie ni menos gracia alguna 
para Dios para entonces bendecirlos, como ha bendecido a su 
Hijo amado, el Se�or Jesucristo, eternamente y para siempre, 
en el para�so y en la tierra, tambi�n, para bien de muchos en 
todas las naciones del mundo, por ejemplo. 

De hecho, esto es pecado para muerte, como cualquier rebeli�n 
del hombre, para Dios en el para�so y en la tierra, tambi�n. 
Y cuando esto sucedi�, es decir, cuando se engrandec�a el 
pecado en la vida del hombre rebelde e inmoral, entonces 
sobreabund� la gracia de nuestro Se�or Jesucristo, para 
perdonar el pecado y darle vida al coraz�n y al alma viviente 
del hombre que desease ver a su Dios y Creador de su nueva 
vida infinita, en el cielo. 

En vista de que, s�lo por medio de la verdad, de la justicia 
y de la santidad perfecta del �rbol de la vida, es que 
nuestro Padre Celestial puede perdonar todo pecado, en el 
coraz�n y en el alma viviente del hombre, de la mujer, del 
ni�o y de la ni�a de la humanidad entera, del ayer y de 
siempre. Para que as� como el pecado rein� para muerte, desde 
la ca�da de Ad�n, de la gracia de Dios en el para�so, por 
ejemplo, pues entonces la gracia reine no s�lo en el para�so, 
sino por toda la tierra por la justicia, para una nueva vida 
infinita, s�lo posible por medio del fruto de la vida eterna, 
nuestro Se�or Jesucristo. 

Porque la realidad es que s�lo el Se�or Jesucristo es la 
verdad, la justicia, la santidad y la vida eterna de Ad�n y 
de cada uno de sus descendientes, en el para�so y por toda la 
tierra, tambi�n, comenzando con Eva, por ejemplo. Y esto es 
sigue siendo la verdad celestial, desde la antig�edad y hasta 
nuestros d�as, por ejemplo, para bendecir a todo hombre, 
mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera, de todas las 
razas, pueblos, linajes, tribus y reinos del mundo entero, 
sin jam�s hacer excepci�n de ning�n ser humano, eternamente y 
para siempre. 

Para que entonces cada uno de ellos, en sus millares, llegue 
a tener una relaci�n y comuni�n perfecta con su Dios y 
consigo mismo, en la tierra y en el para�so, desde hoy mismo 
y para siempre, en la eternidad venidera, del nuevo reino de 
los cielos, de Dios y de su �rbol de vida eterna, �el Se�or 
Jesucristo! Porque no era imparcial para un Dios justo del 
cielo y de la tierra, de que todo hombre y mujer se pierdan 
eternamente y para siempre, en el poder del pecado de un s�lo 
pecador, como Ad�n en el para�so, por ejemplo. 

Ad�n quien realmente quebranta la Ley de Dios, en su coraz�n 
y en toda su vida, sin jam�s haberla conocido palabra por 
palabra y letra por letra, como la conocemos hoy en d�a, en 
toda la tierra, por ejemplo. Porque la Ley de Dios dice no 
mataras� Pero Ad�n mata al Se�or Jesucristo primero, al no 
comer y beber de sus frutos, en el para�so, cuando tuvo la 
oportunidad de hacerlo as� en su vida, para bien de muchos, 
sino que hizo todo lo contrario. 

Como muy bien sabemos ya, Ad�n comi� del fruto prohibido, 
para destrucci�n de toda vida en el para�so y as� tambi�n en 
toda la tierra, de hoy en d�a y de siempre, para que jam�s 
vuelvan a conocer a su Dios y Creador de sus vidas, por medio 
del Se�or Jesucristo, el �nico salvador posible de la 
humanidad entera. Entonces la desobediencia de un s�lo 
pecador es muerte para todos, en el para�so o en toda la 
tierra, sea quien sea la persona o �ngel. Pues as� tambi�n, 
la obediencia de una sangre santa y justa, entonces es la 
obediencia de todos en el para�so y en toda la tierra, de hoy 
en d�a y de siempre, en la eternidad venidera del nuevo reino 
de Dios y de su humanidad infinita, redimida por los poderes 
de la sangre de Cristo, para la eternidad. 

Porque en la convicci�n del pecado de Ad�n, todos fueron 
constituidos pecadores por el esp�ritu de su maldad, en 
contra del �rbol de la vida, Cristo Jes�s, Se�or nuestro, 
sean culpables o no. Pues as� tambi�n en la gracia infinita 
del Se�or Jesucristo, por tan s�lo haber cumplido y exaltado 
la Ley en el Israel de siempre, entonces los que creen en sus 
corazones y as� confiesan su nombre santo, son constituidos 
hijos e hijas para Dios, eternamente y para siempre, de todos 
los hombres, mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad entera. 

Porque el Se�or Jesucristo es la gracia infinita y salvadora 
de la humanidad entera, que ha salido de la Ley, cumplida y 
exaltada en el coraz�n y en la sangre del pacto eternal del 
Se�or Jesucristo sobre los arboles cruzados y sin vida de 
Ad�n y Eva, en las afueras de Jerusal�n, en Israel, por 
ejemplo, para fin del pecado. Y, hoy en d�a, �sta gran 
salvaci�n de tu vida y de tu alma viviente, realmente, ha 
llegado a ti, mi estimado hermano y mi estimada hermana, para 
que creas en tu verdad, en tu justicia y en tu santidad, s�lo 
posible en el fruto de la vida, el Se�or Jesucristo, para que 
regreses a tu lugar eterno, el para�so. 

En la medida en que, nadie podr� jam�s regresar al para�so de 
Dios y de su �rbol de vida celestial, si verdaderamente no ha 
comido y bebido del fruto de la vida, su Hijo amado, el Se�or 
Jesucristo de Israel y de la humanidad entera, del ayer y de 
siempre. Porque s�lo la gracia del Se�or Jesucristo al 
cumplir la Ley de Dios, en el para�so o en la tierra, 
realmente destruye el pecado del alma perdida en sus 
tinieblas eternas y entonces le da vida abundantemente al 
hombre, la mujer, al ni�o y la ni�a con la verdad y la 
justicia santificadora de nuestro redentor, �el Se�or 
Jesucristo! 

Por eso, si hoy oyes a tu Dios, llamarte para que comas y 
bebas de su fruto de vida eterna, entonces no hagas lo que 
Eva y luego Ad�n hizo, despreciar la vida eterna en su 
coraz�n y en su alma viviente, para mal de muchos. Pero si 
haces lo correcto, en tu alma. Y esto es en creer en tu 
coraz�n y de confesar con tus labios al Se�or Jesucristo, 
entonces salvaras tu vida y la de muchos tambi�n, con tu fe, 
centrada en la gracia redentora e infinita del Hijo de Dios, 
en muchos lugares de la tierra, de una manera u otra, pero al 
fin ser� as� para gloria de Dios. 

Porque la palabra divina tiene poder cuando es cre�da en su 
verdad, en su justicia y en su santidad sin igual, en el 
coraz�n del hombre, de la mujer, del ni�o y de la ni�a, 
�nicamente en el nombre del Se�or Jesucristo, sin im�genes ni 
�dolos de talla (para no ofender la Ley, como Ad�n en el 
para�so, por ejemplo). Porque exclusivamente el Se�or 
Jesucristo es la �nica gracia salvadora del para�so y de toda 
la tierra, para Ad�n y para cada uno de sus descendientes, en 
sus millares, de toda las razas, pueblos, linajes, tribus y 
reinos de toda la tierra, del ayer y de siempre, tambi�n. 

Para que de esta manera, como el pecado de Ad�n y Eva reino 
para muerte en el para�so y en toda la tierra, desde la 
antig�edad y hasta nuestros d�as, por ejemplo. Pues as� 
tambi�n, por la gracia del Se�or Jesucristo, por haberse 
cumplido la Ley en su coraz�n y en su sangre viva, entonces 
sea verdad, justicia y santidad en el coraz�n de cada hombre, 
mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera, comenzando con 
Ad�n y Eva, sobre la cima de la roca eterna, en las afueras 
de Jerusal�n, por ejemplo. 

Porque la gracia que salvar�a al hombre, s�lo seria posible 
si la palabra de la Ley fuese honrada y exaltada en el 
coraz�n y en la sangre del Se�or Jesucristo, para luego ser 
clavada a las manos y los pies de Ad�n y Eva junto con el 
cuerpo de Cristo, para fin del pecado y cumplimiento de la 
gracia redentora. Y s�lo as�, en esta humildad de Dios y de 
su verdad infinita, todo hombre, mujer, ni�o y ni�a de toda 
la tierra, que crea en su coraz�n y confiese con sus labios 
el nombre sagrado del Se�or Jesucristo, entonces podr� 
regresar a su lugar eterno, para seguir viviendo su vida 
celestial, libre del pecado y de la maldad eterna. 

Puesto que, por la gracia del Se�or Jesucristo somos salvos, 
y no por la obra de ning�n hombre o mujer del para�so o de la 
tierra de todos los tiempos, por ejemplo. Porque ninguna obra 
del hombre podr� jam�s producir el esp�ritu de la gracia 
salvadora de su coraz�n y de su alma eterna, s�lo la obra 
infinita de la vida gloriosa del Se�or Jesucristo realmente 
produce el esp�ritu de la gracia infinita, para el bien 
eterno de Ad�n y de cada uno de sus descendientes, comenzando 
con Eva. 

Y �ste esp�ritu de la gracia celestial es la cual 
salvaguardara a todo pecador de sus propios pecados y de su 
muerte eterna, en la tierra y en el infierno, tambi�n, hoy en 
d�a y por siempre, en la eternidad venidera del m�s all�, si 
s�lo cree en la gracia redentora alcanzada por la Ley en la 
sangre de Jesucristo. Por lo tanto, sin �ste esp�ritu de la 
gracia salvadora del Se�or Jesucristo nadie jam�s podr� ver 
la vida eterna, en el para�so, ni menos a su Hacedor, �el 
Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera! 

En la medida que, es el esp�ritu de la gracia del Se�or 
Jesucristo que gu�a d�a y noche, por monta�as, por valles, 
por mares, por r�os y por desiertos del mundo al alma 
viviente del hombre hacia su Creador y hacia su vida 
infinita, en el nuevo reino de los cielos, en el m�s all�. Es 
por eso, que estamos llamados por Dios mismo, ha honrar y ha 
exaltar al Se�or Jesucristo, en nuestros corazones, desde hoy 
mismo en las tinieblas de nuestros corazones y de la tierra, 
tambi�n, y hasta entrar por fin a la eternidad y a la gloria 
infinita del nuevo reino de Dios y de su �rbol Viviente, �el 
Se�or Jesucristo! 

Dado que, ha sido exclusivamente el Se�or Jesucristo quien 
realmente ha cumplido, honrado y exaltado la Ley de Dios y de 
Mois�s, desde el coraz�n de la tierra y hasta lo m�s sumo del 
reino de los cielos, aun m�s all� del reino de los �ngeles, 
por ejemplo. Y nuestro Dios es complacido en el Se�or 
Jesucristo, porque s�lo �l ha podido cumplir y exaltar su Ley 
santa, en cada uno de nuestros corazones, en nuestros 
millares, de todas las razas, pueblos, linajes, tribus y 
reinos de toda la tierra. 

Y esto es el esp�ritu de la primer gracia redentora del 
para�so, llena de verdad, justicia, amor y santidad para 
todos los que aman a su Creador y a su vida infinita, su 
�rbol de la vida eterna, �el Se�or Jesucristo! Porque s�lo el 
Se�or Jesucristo descendido del para�so, como Ad�n y Eva, por 
ejemplo, para nacer y vivir la Ley, e ir a la cruz del 
G�lgota para ser clavado sobre los arboles cruzados del 
pecador y de la pecadora, sobre la cima de la roca eterna, en 
las afueras de Jerusal�n, en Israel, para ponerle fin al 
pecado. 

Alguien una vez me dijo, que a la cruz de Cristo no hab�a 
subido mujer alguna. Y yo le dije que estaba equivocado. 
Porque Eva estaba clavada con Ad�n y el Se�or Jesucristo para 
recibir el perd�n de Dios por haber quebrantado su palabra, 
su Ley, en el para�so, al comer del fruto prohibido, cuando 
deb�a haber comido s�lo del fruto de la vida, �el Cristo! 
Porque s�lo por medio de la Ley cumplida en cada palabra, en 
cada letra, en cada tilde y en cada significado eterno, 
entonces el fin del pecado era posible, y el comienzo del 
esp�ritu de la gracia redentora en la vida del hombre, 
tambi�n, eternamente y para siempre, en la tierra y en el 
para�so, para la humanidad entera. 

Es por eso, que ning�n hombre, mujer, ni�o o ni�a de Israel y 
de las naciones, realmente, jam�s pudo cumplir y exaltar la 
Ley en su vida, hasta que Cristo llega a ellos, en sus 
corazones y en sus esp�ritus humanos, s�lo por el poder 
sobrenatural del esp�ritu de la fe, de su nombre milagroso. 
Porque la �nica manera que la Ley de Dios pod�a ser cumplida 
en la vida del hombre de toda la tierra, tenia que ser 
vivi�ndola, y luego ser colgado de una cruz con clavos en sus 
manos y en sus pies, para derramar su sangre. 

Es decir, derramar su vida por la tierra y hasta que muera y 
descienda al coraz�n del mundo, en donde estaban las tablas 
de Ley, esperando para ser libradas de la oscuridad profunda 
e infinita del bajo mundo de los muertos, por ejemplo, para 
ascender luego a la nueva vida, libre del poder del pecado y 
de la muerte, tambi�n. Y por esta gran obra personal del 
Se�or Jesucristo, es que todo hombre, mujer, ni�o y ni�a de 
la humanidad entera, sin que nadie se quede afuera del bien 
de Dios, puede realmente gozar de los bienes eternos del 
esp�ritu de la gracia redentora del para�so, para no morir 
jam�s, sino s�lo vivir la vida eterna de la Ley Divina. 

Y, hoy en d�a, gracias al Se�or Jesucristo ning�n hombre, 
mujer, ni�o o ni�a de la humanidad entera, no tendr� jam�s 
que ser clavado en un madero, como Cristo lo fue en su d�a 
con Ad�n y Eva, como arboles cortados y cruzados, para que su 
pecado sea muerto y la Ley cumplida en su vida, para alcanzar 
la gracia. Porque el Se�or Jesucristo ya lo ha hecho por una 
sola vez y eternamente y para siempre, para el bien de cada 
uno de nosotros, en nuestros millares, del ayer y de siempre. 

Porque s�lo el Se�or Jesucristo pod�a vivir la Ley y 
exaltarla en su vida y en su sangre santa, tambi�n, sobre el 
altar de Dios, en la tierra y en el cielo, para ponerle fin 
de una vez por todas al pecado de Ad�n y Eva, en el coraz�n 
de todo hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera. 
Entonces hoy m�s que nunca el coraz�n y el alma eterna del 
hombre y de la mujer de toda la tierra, podr� realmente gozar 
de la gracia del para�so, llena de los milagros, maravillas y 
prodigios sobrenaturales para enriquecer su vida y la vida de 
muchos en toda la creaci�n de Dios, del ayer y de siempre. 

Y esto es verdad, porque el pecado del hombre esta muerto, no 
importa su n�mero o cuan grande sea en la tierra o en el 
para�so, como el pecado de Ad�n, por ejemplo; la �nica gracia 
verdadera y salvadora de Cristo lo ha destruido todo, por 
completo, para gloria infinita de nuestro Padre Celestial que 
est� en los cielos. Y, hoy en d�a, s�lo la gracia de nuestro 
Se�or Jesucristo deber�a reinar d�a y noche y por siempre en 
nuestros corazones y en nuestras vidas de nuestro diario 
vivir, en la tierra y en el para�so, tambi�n, eternamente y 
para siempre.
 
EL PECADO NO TIENE EL PODER DE ANTES, PORQUE LA GRACIA REINA

Es por esta raz�n, de que el pecado no se ense�orear� de 
ustedes ya m�s, porque ninguno de ustedes est� bajo la 
antigua Ley del para�so, sino bajo la Ley en Cristo, la cual 
es la gracia del fruto de vida eterna, del �nico �rbol de 
Dios del para�so y de la tierra, su Hijo amado �el Se�or 
Jesucristo! Porque ha sido el Se�or Jesucristo quien ha hecho 
que el esp�ritu de la gracia redentora de todo hombre, mujer, 
ni�o y ni�a, salga de la Ley de Dios, al �l mismo cumplirla y 
exaltarla con su vida y con su misma sangre saludable, sobre 
los arboles cruzados de Ad�n y Eva, en las afueras de 
Jerusal�n, en Israel. 

Porque si el Se�or Jesucristo no hubiese sido clavado a los 
�rboles cruzados de Ad�n y Eva, entonces la Ley no hubiese 
sido cumplida en los primeros transgresores del para�so, por 
ende, no hubiese fin del primer pecado, ni el esp�ritu de la 
gracia hubiese salido de la Ley, sino que seguir�amos muerto 
bajo ella, muertos eternamente y para siempre. Pero como el 
Se�or Jesucristo si fue clavado a los �rboles cruzados de 
Ad�n y Eva, entonces el fin del pecado llega a Israel para 
empezar de nuevo todo, para que la gracia redentora reine 
sobre el para�so, la tierra y en el nuevo reino celestial, 
m�s no la muerte, como ha sido toda la vida del hombre sobre 
la tierra. 

Entones todo aquel que crea en su coraz�n y as� confiese su 
nombre santo con sus labios, tiene la verdad, la justicia y 
la santidad perfecta del esp�ritu de la gracia, para que Dios 
mismo le perdone sus pecados y llene de vida y de salud 
infinita su vida, en la tierra y en el para�so, tambi�n, para 
siempre. Porque la �nica manera que se le pod�a poner fin al 
pecado de Ad�n, en el coraz�n de cada uno de sus 
descendientes, como t� y yo, hoy en d�a, mi estimado hermano 
y mi estimada hermana, era si s�lo el Se�or Jesucristo 
cumpl�a la Ley con su cuerpo clavado sobre el altar, en 
Israel y en el para�so, tambi�n. 

Por cuanto, primero Ad�n y Eva ten�an que cumplir la Ley 
quebrantada por ellos mismos, en el para�so, pero con el 
Se�or Jesucristo clavado junto con ellos y con sangre santa 
uni�ndolos para siempre, entren el cielo y el para�so, para 
que entonces la gracia redentora obre milagrosamente, en la 
vida de muchos de sus descendientes, para salvaci�n infinita. 
Y s�lo as�, despu�s de Ad�n y Eva haberse reconciliado con la 
Ley de Dios, por medio de clavos y sangre del Se�or 
Jesucristo, entonces cada uno de sus hijos e hijas, en toda 
la creaci�n, pod�a realmente comenzar a vivir la bendici�n de 
la Ley cumplida de Dios y de Mois�s en sus vidas, para la 
nueva eternidad celestial. 

De otra manera, la gracia de Dios no pod�a salir del esp�ritu 
de la Ley para cumplir toda verdad, justicia y santidad en 
todo hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera, para 
que vea la vida desde ya, en la tierra y en su d�a eterno, en 
el para�so, para la eternidad venidera del nuevo reino 
celestial. Es m�s, era imposible que la gracia salga de la 
Ley misma, si aun Ad�n y Eva no se reconciliasen con ella, 
por medio del Se�or Jesucristo en sus vidas, aunque est�n 
muertos en sus delitos y pecados, aun ten�an que hacerlo as�, 
para que entonces el cumplimiento de la Ley llegue a sus 
hijos e hijas en toda la creaci�n. 

Es por eso, que debemos de dar gracias d�a y noche a nuestro 
Dios por el Se�or Jesucristo, porque s�lo �l ha hecho posible 
que haya gracia en la tierra y en el para�so, a la vez, para 
todos los que aman la palabra y la Ley de Dios y de Mois�s, 
por ejemplo, en sus corazones eternos. Porque para que el 
hombre vea la vida eterna, entonces tiene que haber gracia en 
la tierra y as� tambi�n en el para�so, por el poder 
sobrenatural de haberse la Ley de Dios cumplido en sus 
corazones y en sus vidas eternas, tambi�n. 

En la medida en que, si en el para�so hubiese existido gracia 
en el coraz�n y en la vida de Ad�n, entonces el hombre se 
hubiese quedado a vivir su vida en el cielo, eternamente y 
para siempre. Pero como no exist�a gracia celestial e 
infinita para Ad�n ni para ninguno de sus descendientes en 
sus corazones, porque la palabra de Dios (la Ley) hab�a sido 
quebrantada y deshonrada, entonces el hombre tuvo que salir a 
buscarla, para poder entonces regresar a su lugar de siempre 
en el cielo mucho despu�s y s�lo con la ayuda de Cristo. 

De otra manera, el hombre ni ninguno de los suyos podr�a 
jam�s vivir ni menos quedarse a morir en el para�so, por 
haber violado el mandato de Dios, de no comer del fruto 
prohibido, por ejemplo. Y esto es as� y hasta hoy en d�a, por 
ejemplo, en el para�so y en todo el reino de los cielos, como 
en la tierra de nuestros d�as, tambi�n. Porque quien primero 
deshonra la Ley fue Eva y luego Ad�n, en el para�so; puesto 
que, ambos no conoc�an la Ley, pero Dios los sostuvo 
responsables de ella, para honrarla por siempre, por medio de 
su fruto de vida, su Hijo, en el para�so y en toda su vida 
eterna en el nuevo reino celestial. 

Porque la realidad infinita es que sin Ley no hay vida, no 
hay verdad, no hay justicia ni menos santidad para nadie, 
�ngel u hombre, en el para�so, en la tierra, ni menos en La 
Nueva Jerusal�n Santa e Infinita del cielo, eternamente y 
para siempre. Pero como Eva la deshonro y luego Ad�n tambi�n, 
porque ambos comieron del mismo fruto prohibido, el cual es 
la deshonra de la Ley de Dios y del Se�or Jesucristo, 
entonces Dios tuvo que castigarlos por su desobediencia, a 
fin de que alg�n d�a la cumplan en sus vidas, para la nueva 
vida celestial del nuevo reino infinito, por ejemplo. 

Y la desobediencia de Ad�n y Eva fue de que ellos debieron de 
haber comido de los arboles del para�so y del fruto de la 
vida eterna, tambi�n, su Hijo amado, pero jam�s debieron 
tocar ni menos comer del fruto prohibido del �rbol de la 
ciencia del bien y del mal, para no deshonrar la Ley Infinita 
del para�so. Porque si la Ley es quebrantada y deshonrada en 
el para�so o en la tierra, entonces no hay fin de pecado ni 
menos el esp�ritu de la gracia ha de salir de ella ni del 
Se�or Jesucristo, menos a�n, por culpa del primer pecado de 
los transgresores eternos del cielo, Ad�n y Eva, por ejemplo. 

Y es aqu� cuando Ad�n traspasa la Ley de Dios, sin haberla 
recibido aun de las manos de Mois�s, en las faldas del Sina�, 
como los israel�es la recibieron en su d�a en la antig�edad, 
por ejemplo, para s�lo cumplirla, honrarla y exaltarla 
eternamente y para siempre, en la vida gloriosa y sumamente 
honrada del �rbol Viviente, �el Se�or Jesucristo! Y desde 
�ste d�a adverso para el para�so y la humanidad entera, 
entonces el hombre y la mujer dejaron de vivir en la gracia 
de Dios, para vivir bajo la Ley misma que hab�an quebrantado 
para mal de sus vidas y de muchos tambi�n, en toda la 
creaci�n de Dios, y s�lo hasta que la honre alguien en sus 
vidas. 

Como consecuencia del pecado, por quebrantar la Ley del 
para�so, entonces ahora ten�an que cumplirla, honrarla y 
exaltarla todos los d�as de sus vidas y hasta la eternidad 
venidera; es decir, que no s�lo Ad�n y Eva ten�an que 
repararla en sus vidas sino tambi�n cada uno de sus 
descendientes, en sus millares, en todos los lugares de la 
tierra. Porque si Eva y Ad�n no hubiesen transgredido el 
mandato de Dios, de no comer del fruto prohibido, sino s�lo 
del fruto de la vida, entonces ninguno de ellos, ni menos sus 
descendientes, hubiese transgredido la Ley, para condena y 
muerte eterna de sus almas vivientes, en sus millares, por 
doquier, en toda la creaci�n. 

Pero como lo hicieron, Eva primero y luego Ad�n, comiendo del 
fruto prohibido, transgrediendo as� el mandato de Dios, la 
palabra inquebrantable de la Ley del para�so, entonces ahora 
ellos ten�an que honrarla, cumpli�ndola y exalt�ndola en sus 
vidas, y no en el para�so, porque el Se�or Jesucristo hab�a 
sido ofendido ah�, sino en todos los lugares de la creaci�n. 
Es decir, que ahora, el Se�or Jesucristo mismo tenia que 
nacer como hombre, no en el para�so, sino en la tierra, para 
encontrarse con la carne y con la sangre de Ad�n que hab�a 
quebrantado la Ley, para cumplirla, exaltarla y honrarla 
infinitamente en su carne, en su sangre, en su esp�ritu y en 
su vida misma, para que Ad�n viva. 

Es decir, para que Ad�n y para cada uno de sus descendientes, 
en sus millares, en todos los lugares de la tierra, 
comenzando con Eva, por ejemplo, cumpla y honre la Ley en su 
vida, y as� todos vean la vida eterna, desde la tierra y 
hasta m�s all� del infinito, como en el para�so o en La Nueva 
Jerusal�n. Porque todo hombre, mujer, ni�o y ni�a de la 
humanidad entera, est� en rebeli�n en contra de Dios, porque 
su mandato santo, su Ley del para�so, fue quebrantada por 
Ad�n cuando no comi� de la verdad, de la justicia, de la 
santidad, del amor y de la vida eterna de su Hijo amado, para 
mal eterno de muchos. 

Es por eso, que cuando el Se�or Jesucristo era clavado a los 
arboles cruzados secos y sin vida sobre la cima de la roca 
eterna de Dios, entonces los primeros clavos fueron puestos 
en las manos del Se�or, para introducirlos con sangre santa y 
de un pacto eterno, en las manos y los pies de Eva, porque 
ella peca primero. Y luego el tercer y cuarto clavo fueron a 
los pies de Ad�n, porque hab�a salido del polvo de la tierra, 
y porque se hab�a alejado de su Dios y de su Ley, 
quebrant�ndola mortalmente, al caminar hacia el �rbol 
prohibido, para comer de su fruto, fuera de limite de la Ley, 
para bendecir su vida con su gracia infinita. 

Porque cuando Ad�n y Eva comieron del fruto vedado por Dios, 
entonces transgredieron la palabra vida, la Ley del reino de 
los cielos en sus corazones y en los corazones de cada uno de 
sus descendientes, en sus millares, de todas las razas, 
pueblos, linajes, tribus y reinos de toda la tierra. Es 
decir, que ahora por la transgresi�n de la Ley de un s�lo 
pecador del para�so, entonces todos hab�an pecado con �l, por 
igual, en aquel momento de rebeli�n hacia Dios, su Ley de la 
vida eterna y su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, en todos 
los lugares de la creaci�n de Dios. 

Porque si Ad�n hubiese comido y bebido del �rbol de la vida, 
el Se�or Jesucristo, entonces �sta misma verdad, justicia, 
santidad, perfecci�n, amor hubiese pasado hacia cada uno de 
nosotros, en todos los lugares de la vida de la tierra, del 
ayer y de siempre, para vida, para salud y para felicidad 
infinita de nuestros corazones eternos. Pero como no fue as�, 
sino todo lo contrario, para mal eterno de ellos mismos y de 
muchos de sus descendientes, entonces nosotros tambi�n 
pecamos en contra de Dios, de su palabra, de su Ley y de la 
vida sagrada del para�so y del reino de los cielos, �el Se�or 
Jesucristo! 

Es decir, que estamos obligados, por mandato de Dios, ha 
cumplir, exaltar, honrar en nuestras vidas el mandato, la 
palabra vida de la Ley del cielo y del Se�or Jesucristo, 
desde hoy mismo y por siempre, en la eternidad venidera, del 
nuevo reino de los cielos, en la tierra y en el m�s all�, 
tambi�n. Es por �sta raz�n, m�s que ninguna otra, que el 
Se�or Jesucristo tenia que descender a la tierra y vivir 
entre los hombres, para cumplir, exaltar y honrar en su vida 
sagrada la Ley del para�so, para bien del para�so mismo y de 
su humanidad infinita, en toda su vasta creaci�n celestiales 
y terrenal, tambi�n. 

Y as� entonces finalmente subir a los arboles cruzados de 
Ad�n y Eva y con clavos y su misma sangre en sus manos y en 
sus pies, para exaltar el mandato de la Ley del para�so y de 
su vida eterna, el Se�or Jesucristo en sus vidas y en las 
vidas de sus descendientes, tambi�n, en toda la tierra. De 
otra manera, Ad�n y Eva no podr�an haber jam�s cumplido en 
sus vidas, en sus corazones y en sus almas eternas, el 
mandato eterno de la Ley del reino celestial, sino que 
hubiesen seguido perdidos eternamente y para siempre, entre 
las profundas tinieblas, de las primeras mentiras de Lucifer 
en sus corazones eternos, para mal y muerte de muchos. 

Pero como Ad�n y Eva recibieron la sangre del Se�or 
Jesucristo y con clavos en sus manos y en sus pies, y luego 
el mismo Se�or Jesucristo fue herido con la lanza del soldado 
romano en su quinta costilla para castigar a Eva, entonces 
Ad�n y Eva recibieron, lo que en vida no pudieron, la Ley 
cumplida, en sus corazones eternos. Y lo mismo puedes hacer 
t�, mi estimado hermano, sin tener que ser clavado a los 
arboles cruzados de Ad�n y Eva, para que cumplas la Ley con 
las heridas y la sangre del cuerpo santo del Se�or Jesucristo 
en tu coraz�n y en toda tu alma viviente, sino que s�lo 
tienes que creer en su gracia infinita para ti. 

Y esto agrada a nuestro Padre Celestial profundamente en su 
coraz�n sant�simo, para con ellos y para con sus 
descendientes, para que toda justicia, verdad, santidad y 
amor infinito sean cumplidos una a una en sus vidas, por el 
poder �nico y celestial de la gracia salvadora y antigua del 
para�so de la Ley Viva. Y esto es de la Ley del para�so 
honrada por nuestro Se�or Jesucristo, ni m�s ni menos, en su 
vida y sobre la roca eterna, en las afueras de Jerusal�n, en 
Israel, para ponerle fin al pecado de una vez por todas y 
para siempre, para que el mal de la muerte ya no tenga ning�n 
poder sobre ellos, infinitamente. 

Y s�lo as� entonces el esp�ritu de la gracia no s�lo llene de 
gracia celestial de la vida del para�so la vida de Ad�n y de 
Eva, aun cuando estando muertos todav�a en sus �rboles secos 
y sin vida, sino la vida de sus descendientes, tambi�n, en 
toda la tierra, por el poder de la predicaci�n del evangelio 
del cielo. Y estos son realmente hombres y mujeres de todos 
los cuales hab�an nacido y otros no aun, en sus millares, en 
todas las naciones de la tierra, para que vean la luz en sus 
tinieblas para vida y para salud infinita, con tan s�lo creer 
en sus corazones y confesar con sus labios el nombre 
milagroso del Se�or Jesucristo. 

Ya que, s�lo el Se�or Jesucristo es la gracia perpetua y 
salvadora del para�so para cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de 
la humanidad entera, para que la vida eterna reine en �l y en 
ella y m�s no la muerte, como en Ad�n y Eva, en el cielo, por 
ejemplo. Entonces para que esperar m�s, reciba, mi estimado 
hermano y mi estimada hermana, el esp�ritu de la gracia 
perpetua de su alma infinita, con todos sus poderes 
sobrenaturales de milagros, maravillas y prodigios de los 
cielos y de la tierra, para su vida y para la vida infinita 
de cada uno de los tuyos, tambi�n, en toda la tierra. �Am�n, 
as� lo desea nuestro Padre Celestial, en sus vidas, por obra 
y gracia infinita de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo!

(�Muchas Felicidades a Gabriela Baer por su reci�n nacido y, 
tambi�n, a todos los nuevos padre y madres del Ecuador 
entero, que nuestro Dios y su Jesucristo los bendiga con m�s 
hijos e hijas, para el SE�OR y para su nuevo reino 
celestial!)

El amor (Esp�ritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su 
Jesucristo es contigo.


�Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


D�gale al Se�or, nuestro Padre Celestial, de todo coraz�n, en 
el nombre del Se�or Jesucristo: Nuestras almas te aman, 
Se�or. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras 
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y 
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, tambi�n, para 
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el 
Se�or Jesucristo.

LOS �DOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los �dolos han sido desde siempre: un tropiezo 
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un 
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en 
tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre 
Celestial y de su Esp�ritu Eterno. Pero todo esto tiene un 
fin en tu vida, en �sta misma hora crucial de tu vida. Has de 
pensar quiz� que el fin de todos los males de los �dolos 
termine, cuando llegues al fin de tus d�as. Pero esto no es 
verdad. Los �dolos con sus esp�ritus inmundos te seguir�n 
atormentando d�a y noche entre las llamas ardientes del fuego 
del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de 
Dios. En verdad, el fin de todos estos males est� aqu� 
contigo, en el d�a de hoy. Y �ste es el Se�or Jesucristo. 
Cree en �l, en esp�ritu y en verdad. Usando siempre tu fe en 
�l, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos 
de la presencia terrible de los �dolos y de sus huestes de 
esp�ritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de 
los tuyos tambi�n, en la eternidad del reino de Dios. Porque 
en el reino de Dios su Ley santa es de d�a en d�a honrada y 
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos 
�ngeles. Y t� con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada 
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, 
cada palabra, cada oraci�n, cada tilde, cada categor�a de 
bendici�n terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, 
cada se�or�o, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada 
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas 
bendiciones de la tierra, del d�a de hoy y de la tierra santa 
del m�s all�, tambi�n, en el reino de Dios y de su Hijo 
amado, �el Se�or Jesucristo!, �El Todopoderoso de Israel y de 
las naciones!

S�LO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la �nica ley santa de Dios y del Se�or Jesucristo en 
tu coraz�n, para bendecirte, para darte vida y vida en 
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha 
venido diciendo as�, desde los d�as de la antig�edad, desde 
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendr�s otros dioses delante de m�". 

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te har�s imagen, ni ninguna semejanza 
de lo que est� arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni 
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinar�s ante ellas 
ni les rendir�s culto, porque yo soy Jehov� tu Dios, un Dios 
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, 
sobre la tercera y sobre la cuarta generaci�n de los que me 
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a 
los que me aman y guardan mis mandamientos". 
 
TERCER MANDAMIENTO: "No tomar�s en vano el nombre de Jehov� 
tu Dios, porque �l no dar� por inocente al que tome su nombre 
en vano". 

CUARTO MANDAMIENTO: "Acu�rdate del d�a del s�bado para 
santificarlo. Seis d�as trabajar�s y har�s toda tu obra, pero 
el s�ptimo d�a ser� s�bado para Jehov� tu Dios. No har�s en 
ese d�a obra alguna, ni t�, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu 
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que est� 
dentro de tus puertas. Porque en seis d�as Jehov� hizo los 
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y 
repos� en el s�ptimo d�a. Por eso Jehov� bendijo el d�a del 
s�bado y lo santific�". 
 
QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que 
tus d�as se prolonguen sobre la tierra que Jehov� tu Dios te 
da". 
 
SEXTO MANDAMIENTO: "No cometer�s homicidio". 

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometer�s adulterio". 

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robar�s". 

NOVENO MANDAMIENTO: "No dar�s falso testimonio en contra de 
tu pr�jimo". 
 
DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciar�s la casa de tu pr�jimo; no 
codiciar�s la mujer de tu pr�jimo, ni su siervo, ni su 
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu 
pr�jimo". 

Entr�gale tu atenci�n al Esp�ritu de Dios y d�shazte de todos 
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno 
de los tuyos, tambi�n. Hazlo as� y sin mas demora alguna, por 
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los 
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus 
�dolos y de sus im�genes de talla, aunque t� no lo veas as�, 
en �sta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, 
tambi�n. Y t� tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de 
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde 
los d�as de la antig�edad, para seguir destruyendo sus vidas, 
en el d�a de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos 
males en sus vidas, sino que s�lo �l desea ver vida y vida en 
abundancia, en cada naci�n y en cada una de sus muchas 
familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Se�or 
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y 
digamos juntos la siguiente oraci�n de Jesucristo delante de 
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y 
salvador de todas nuestras almas: 

ORACI�N DEL PERD�N

Padre nuestro que est�s en los cielos: santificada sea la 
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo 
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el 
cielo as� tambi�n en la tierra. El pan nuestro de cada d�a, 
d�noslo hoy. Perd�nanos nuestras deudas, como tambi�n 
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en 
tentaci�n, mas l�branos del mal. Porque tuyo es el reino, el 
poder y la gloria por todos los siglos. Am�n. 

Porque si perdon�is a los hombres sus ofensas, vuestro Padre 
Celestial tambi�n os perdonar� a vosotros. Pero si no 
perdon�is a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonar� 
vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Se�or Jes�s dijo, "Yo soy el CAMINO, y la 
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, 
sino es POR M�". Juan 14:

NADIE M�S TE PUEDE SALVAR.

�CONF�A EN JES�S HOY! 

MA�ANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. 

YA MA�ANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA 
TI Y LOS TUYOS, EN EL D�A DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de 
�ste MUNDO y su MUERTE.

Disp�nte a dejar el pecado (arrepi�ntete):

Cree que Jesucristo muri� por ti, fue sepultado y resucito al 
tercer d�a por el Poder Sagrado del Esp�ritu Santo y deja que 
entr� en tu vida y sea tu �NICO SALVADOR Y SE�OR EN TU VIDA.

QUIZ� TE PREGUNTES HOY: �QUE ORAR? O �C�MO ORAR? O �QU� 
DECIRLE AL SE�OR SANTO EN ORACI�N? -HAS LO SIGUIENTE, y di: 
Dios m�o, soy un pecador y necesito tu perd�n. Creo que 
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi 
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a 
venir a mi coraz�n y a mi vida, como mi SALVADOR.

�Aceptaste a Jes�s, como tu Salvador?  �S� _____?  O �No 
_____?

�Fecha? �S� ____?  O �No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de 
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada d�a para conocer mejor a Cristo. Habla con 
Dios, orando todos los d�as en el nombre de JES�S. Baut�zate 
en AGUA y en El ESP�RITU SANTO DE DIOS, adora, re�nete y 
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es 
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de 
Cristo a los dem�s.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros 
cristianos que los hermanos Pentecost�s o pastores del 
evangelio de Jes�s te recomienden leer y te ayuden a entender 
m�s de Jes�s y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros 
cristianos est�n disponibles en gran cantidad en diferentes 
temas, en tu librer�a cristiana inmediata a tu barrio, 
entonces visita a las librer�as cristianas con frecuencia, 
para ver que clase de libros est�n a tu disposici�n, para que 
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer m� libro que he escrito para ti, 
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su 
Hijo amado y as� comiences a crecer en �l, desde el d�a de 
hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la 
paz de Jerusal�n d�a a d�a y sin cesar, en nuestras 
oraciones. Porque �sta es la tierra, desde donde Dios lanzo 
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras 
bendiciones y salvaci�n eterna de nuestras almas vivientes. Y 
nos dice Dios mismo, en su Esp�ritu Eterno: "Vivan tranquilos 
los que te aman.  Haya paz dentro de tus murallas y 
tranquilidad en tus palacios, Jerusal�n". Por causa de mis 
hermanos y de mis amigos, dir� yo: "Haya paz en ti, siempre 
Jerusal�n". Por causa de la casa de Jehov� nuestro Dios, en 
el cielo y en la tierra: implorar� por tu bien, por siempre. 

El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el 
Esp�ritu de Dios a toda la humanidad, dici�ndole y 
asegur�ndole: - Qu� todo lo que respira, alabe el nombre de 
Jehov� de los Ej�rcitos, �el Todopoderoso! Y esto es, de toda 
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo 
coraz�n, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y 
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, 
como antes y como siempre, por la eternidad.



http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp?
playertype=wm%20%20/// 




http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx




http://radioalerta.com
Thread Navigation

This is a paginated view of messages in the thread with full content displayed inline.

Messages are displayed in chronological order, with the original post highlighted in green.

Use pagination controls to navigate through all messages in large threads.

Back to All Threads