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Article #228(IVÁN): EL QUE ESTÁ EN JESUCRISTO ES UN INFANTE DEL CIELO PARA DIOS
From: valarezo
Date: Mon, 02 Jun 2008 20:09
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Sábado, 31 de mayo, año 2008 de Nuestro Salvador Jesucristo, Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica (Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo) EL QUE ESTÁ EN JESUCRISTO ES UN INFANTE DEL CIELO PARA DIOS: De modo que sí alguno está en el Señor Jesucristo, es un recién nacido para nuestro Padre Celestial y para su Espíritu Santo que están en los cielos; las cosas viejas pasaron al olvido eterno, para jamás volver a ser recordadas; he aquí todas son hechas nuevas en Cristo Jesús, Señor nuestro, exclusivamente para los que aman a su Creador Celestial. Y sin el Señor Jesucristo nada podrá volver a ser nuevo para el hombre delante de Dios en el paraíso, en la tierra y así también en el nuevo reino venidero, eternamente y para siempre. Por lo tanto, el plan de Salvación de nuestro Padre Celestial para Adán y para cada uno de sus descendientes, comenzando con Eva, «era simplemente que tenia que volver a nacer del Espíritu de la Ley divina del paraíso y del nuevo reino celestial, para entrar a la vida eterna». Y sin este nuevo nacimiento voluntario y personal de cada uno de sus hijos e hijas, entonces no podían jamás no sólo permanecer a vivir sus vidas normales del paraíso, sino que también jamás podrían ser parte de la nueva vida venidera. Cómo en la nueva vida infinita de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, por ejemplo, con tan sólo volver a nacer, en un momento de fe y de obediencia a nuestro Padre Celestial y a su Espíritu Santo, al comer del fruto de vida eterna del Árbol de la vida, su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo! Y, por ello sin esta comida celestial del Árbol de Dios, «entonces Adán ni ninguno de sus descendientes podía hacer jamás del cielo su morada infinita, ni mucho menos conocer el verdadero amor de Dios al verle a Él cara a cara», tal cual como siempre su Hijo le ha conocido desde la antigüedad. Por cuanto, para llegar a alcanzar no sólo la gloria de vivir en el cielo, sino de conocer al misma tiempo el Creador del cielo y de la tierra, «entonces se requiere vivir en el Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos de Dios», totalmente honrado por el Espíritu de una sangre santa, poderosa, feliz y expiatoria, como la de Jesucristo. Porque sólo el Señor Jesucristo es el cumplimiento cabal del Espíritu de Los Diez Mandamientos en el paraíso, en la tierra y así también en la nueva era venidera del nuevo reino celestial; porque, además, «sólo el Señor Jesucristo es la vida perfecta de Los Diez Mandamientos divinos de Dios, eternamente y para siempre». O también podríamos decir que la vida de Los Diez Mandamientos es el Señor Jesucristo o el gran rey Mesías de todos los tiempos, el Ángel del Señor o el Hijo de David, por ejemplo. Porque sólo el Señor Jesucristo, para nuestro Padre Celestial y para toda su verdad y justicia infinita y, además de todo redentora, «es el Espíritu glorioso e infinitamente cumplido de Los Diez Mandamientos eternos en su corazón santo y así también en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera». En vista de que, mayor Espíritu del Señor Jesucristo para agradar el corazón santísimo de nuestro Padre Celestial y, a la vez, el corazón del hombre y de la mujer de todas las familias de las naciones de toda la tierra, en verdad, no existe otro igual, en el cielo ni menos en la tierra, para siempre. Entonces el que ama el Espíritu de la Ley de Dios y de Moisés, «en realidad está amando al Señor Jesucristo en lo íntimo de su corazón y de su espíritu humano, como Dios manda, para gloria y honra de nuestro Padre Celestial en la tierra y en el cielo, para siempre». Y esto es ya el engrandecimiento del espíritu de la paz y de la felicidad insondable del corazón sagrado de nuestro Padre Celestial, de su Espíritu Santo y así también de sus huestes angelicales del cielo y del hombre y de la mujer de fe, de toda la tierra, por ejemplo. Por lo tanto, sin el Señor Jesucristo en el corazón de Adán y así también de cada uno de sus descendientes, en sus millares, en el paraíso y en la tierra, «entonces nuestro Dios no puede jamás comenzar la nueva vida eterna de la nueva ciudad celestial»; y esto no sólo es tristeza para el cielo, sino para la tierra también. En la medida en que, es totalmente imposible comenzar la nueva vida eterna en el corazón y en la vida del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de la humanidad entera, «sí el Espíritu de Los Diez Mandamientos no ha sido cumplido cabalmente en su vida espiritual, por medio de la invocación del Señor Jesucristo». Y estas son profundas tinieblas de males terribles de Satanás y de su espíritu de error por todos lados, en la vida del hombre de toda la tierra, comenzando por los lugares altos y celestes del más allá, como el paraíso, por ejemplo, «porque fue ahí en donde empezó el pecado del hombre para mal eterno de muchos lamentablemente». Porque todos los que están en el espíritu de error de Adán, ciertamente van camino hacia la condena eterna de la muerte del fuego perpetuo del infierno y del lago de fuego también, «para jamás volver a tener la oportunidad de ver la nueva vida eterna de Dios y del Árbol de la vida», ¡nuestro Señor Jesucristo! Y éste camino es ancho y lleno de muchos placeres mundanos de la vida pecadora y rebelde al nombre sagrado de nuestro Padre Celestial y de su Hijo amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo!; pero el camino al cielo, sin duda alguna, «es la verdad y la misma vida de nuestro Señor Jesucristo». Es por eso que era indispensable para Adán comer del fruto del Árbol de la vida, cuanto antes mejor, no sólo para él mismo sino también para todo su linaje humano, para que así comience a vivir desde ahora la vida infinita del cielo, «tal cual como Dios los había creado para esta gran obra celestial de sus manos santas». Porque la nueva vida infinita del nuevo reino sempiterno, en el transcurso del tiempo, es una obra santa, gloriosa y justa de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo para vivir por fin eternamente con sus huestes angelicales, «y el hombre es una de sus partes muy importantes, si no la más importante de todas ellas, con toda seguridad». Ya que de Adán y de sus hijos, el paraíso y así también la tierra y los demás lugares creados por nuestro Padre Celestial, por su Espíritu Santo y por su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, «iban a ser poblados de pueblos, naciones y reinos para que por fin conozcan a su Creador y a su único nombre salvador del cielo». Y este nombre salvador de nuestro Padre Celestial, en el cielo y así también en toda la tierra, es el de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo!, «para hacer a las naciones y sus familias junto con sus religiones autóctonas volver a nacer en el Espíritu Sagrado de las ordenanzas eternas del cielo». Por lo tanto, mayor nombre santísimo de nuestro Padre Celestial, lleno de vida y de salud eterna de milagros, maravillas y de prodigios sobrenaturales, para el paraíso y para toda la tierra de la humanidad entera, no hay otro igual, eternamente y para siempre, «para por fin despertar, sanar y así librar al hombre de su muerte segura del infierno». Es por eso que nuestro Padre Celestial nos ha dado, nos ha confiado, sin escatimar nada de Él mismo, su nombre muy santo, lleno de los dones de su Espíritu Santísimo de su Ley viviente, «para que escapemos la muerte del más allá y así sigamos viviendo entonces nuestras nuevas vidas infinitas, aún más allá de lo imposible». Para que todo aquel que invoque su nombre antiguo y misterioso, entonces al instante, como en un momento de fe y de oración, escape cada una de las más terribles tinieblas de Satanás y de sus ángeles caídos, para librar su alma preciosa de muchos males y enfermedades terribles y, sobre todo, de la muerte segura y cruel del infierno. Porque sólo nuestra fe, basada en el Espíritu de la vida y de la sangre expiatoria de nuestro Salvador Jesucristo nos puede librar de los males de la tierra y así también de los del mundo de los muertos, como del ángel de la muerte; por ende, «sin el nombre del Señor Jesucristo, entonces nadie puede tener vida alguna jamás». Dado que, para nuestro Creador, el vivir en perfecta santidad del Espíritu de Sus Diez Mandamientos es, en si, sin duda alguna, el haber comido ya del fruto del Árbol de la vida eterna, su gran rey Mesías, ¡nuestro Salvador Jesucristo!; de otra manera, «no podemos vivir en paz con Dios, ni menos gozar ninguna de sus bendiciones infinitas para siempre». Y esto es de miedo espantoso, para no decir más, que nuestro Padre Celestial esté airado constantemente con cada uno de nosotros en el reino de los cielos, porque no podemos honrar el Espíritu de sus ordenanzas sagradas en nuestros corazones, «ya que el Espíritu de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, no está en nuestro diario vivir como debe ser». Y este es un pecado mortal de cada día, el cual no sólo ha destruido a muchas vidas ingenuas y engañadas, sino que también han muerto perdidos en las profundas tinieblas de Satanás y de sus ángeles caídos en sus corazones atormentados por sus propios males, «porque viven lejos de toda verdad y justicia cumplida de las ordenanzas celestiales sólo en Jesucristo». Además, nuestro Padre Celestial no desea ver el sufrir constante de Satanás en el corazón ni menos en la vida preciosa de ninguno de sus hijos e hijas, «sino la felicidad y la alegría infinita de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, al tan sólo creer en su nombre santo para ser librarse de muchos males ocultos, por ejemplo». Porque todos los que hemos nacido del espíritu de la vida y de la sangre pecadora y rebelde de Adán, sin duda alguna, «somos rebeldes infinitamente no sólo a nuestro Padre Celestial, sino también al Espíritu y a cada palabra de nuestro fruto del Árbol de la vida del paraíso y de la nueva era venidera», ¡nuestro Señor Jesucristo! Por ello, tenemos problemas en nuestras vidas y los enemigos gratuitos no nos faltan jamás, y hasta aún de los que menos pensamos, porque el espíritu de error de Adán en nuestras vidas, «infelizmente atrae las tinieblas junto con los males de otros, para añadir más aflicción y dolor a nuestras vidas, ya agobiadas por los males comunes de cada día». Porque el espíritu de error de Adán en nuestras vidas de cada día atrae, muchas veces sin que nos demos cuenta de nada, como piedra magnética, tinieblas escondidas y traicioneras de gente que jamás pensamos conocer en nuestras vidas de tierras lejanas, «para añadir más mal a nuestras almas infinitas ya agobiadas por la rivalidad terrible de Satanás». Y Satanás nos envidia terriblemente, porque somos la gloria de Dios, «como que somos, por ejemplo, sin duda alguna, la misma imagen y semejanza celestial y perfecta de su Árbol de vida eterna del nuevo reino venidero, para no pecar jamás, sino sólo vivir en la paz y la felicidad eterna del cielo». Es por eso que tenemos que volver a nacer del Espíritu Santo de Los Diez Mandamiento cumplidos en la vida y la sangre expiatoria del Señor Jesucristo, «para escapar el espíritu de error y de rebelión de Adán y Eva hacia Dios y hacia su gran rey Mesías de todos los tiempos, el Hijo de David», ¡nuestro Señor Jesucristo! De otra manera, no podremos jamás escapar nuestras propias tinieblas de siempre, ni muchos menos las tinieblas de otras gentes, sino que moriremos cada vez más, como cada día que viene a nuestros días de vida por toda la tierra, para oscurecer aun más que antes nuestros corazones en las más profundas tinieblas de Satanás y de su infierno sin compasión. Entonces si somos rebeldes a nuestro Padre Celestial y a su Jesucristo, por inicio, «pues moriremos indefectiblemente en este mismo espíritu de error y de rebelión eterna de Adán y de Eva hacia nuestro Salvador celestial y hacia cada una de sus muy ricas bendiciones infinitas», para jamás conocer la felicidad añorada de nuestros corazones y de nuestras almas eternas. En verdad, esta es una muerte cruel de nuestros corazones y de nuestras almas eternas, de la cual nuestro Padre Celestial está haciendo todo lo posible y hasta lo imposible también, «para redimirnos de sus males escondidos y terribles, por medio del Espíritu sagrado de la vida y de la sangre expiatoria de su Hijo amado», ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque «éste espíritu de rebelión», el cual comenzó en el paraíso, en el día que Adán y Eva comieron del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, cuando no estaban supuestos a comer de él, «es eterno en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera para muerte segura, en el infierno». Y, por lo tanto, es éste mismo espíritu de error hacia el fruto del Árbol de la vida del paraíso y de La Nueva Jerusalén Colosal, «el cual te hace no sólo pecar día y noche y sin cesar ante nuestro Creador, sino que es el mismo espíritu rebelde, el cual te lleva hacia tu día final en el infierno tormentoso». Es por eso que estamos llamados, por nuestro Creador y por su Espíritu Santo, a escapar éste terrible mal de nuestras vidas, «el cual empezó, desdichadamente, en el corazón de Eva y luego se regó hacia a Adán y cada uno de sus descendientes en toda la tierra» (como hoy en día contigo y conmigo, para morir atormentados en el infierno). Además, nuestro Padre Celestial no nos forma en sus manos santas, para que seamos esclavos del pecado y de sus muchos males eternos, ni víctimas del ángel de la muerte ni mucho menos propiedad personal para los caprichos de Satanás, «sino que nos creo en su imagen y conforme a semejanza gloriosa para vivir infinitamente en La Nueva Jerusalén Celestial». Es por eso que, hoy en día, tenemos una entrada asegurada en el libro de la vida, para entrar a la vida eterna en la tierra y en el paraíso de nuevo, «y esta vez para quedarnos con Él, porque hemos vuelto a nacer del Espíritu cumplido por Jesucristo de la Ley divina, para sólo conocer el bien eterno». Por ello, desde ahora en adelante, estamos en el Señor Jesucristo, viviendo confiados, para sólo recibir el bien del cielo y de su Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos, para que nos supla cada una de nuestras necesidades, «y sin que jamás nos falte su favor ni su protección constante de nuestro Padre Celestial y Fundador de nuestras vidas eternas», ¡el Todopoderoso! Porque nuestro Padre Celestial es el Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra y de todas sus cosas, «y su Hijo amado es el único Árbol de la vida eterna del paraíso, de la tierra y así también de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Entonces nuestro Hacedor piensa en nuestro bienestar día y noche y, simultáneamente, se preocupa mucho por cuando nos ve vulnerable ante los ataques crueles del pecado y de Satanás, «para que jamás recibamos en nuestras vidas el Espíritu de la sangre santísima y expiatoria de nuestro Señor Jesucristo, para sólo entonces comenzar a entender toda verdad y justicia salvadora». Ciertamente, Satanás es un mentiroso y cobarde ante toda verdad y justicia salvadora de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo para bien de Israel y de las naciones de la tierra; por lo tanto, «nuestro Dios conoce muy bien a los malvados y inescrupulosos, para darles su merecido en su día y en su hora, sin más tardar». Entonces «si amamos a Dios y a su Ley santísima, pues entonces amamos de verdad al Espíritu Salvador de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, aunque no lo hayamos visto aún, como los antiguos lo vieron cara a cara, por ejemplo», cuando ministraba a las multitudes de Israel para sanar sus cuerpos y liberarlos de las tinieblas de Satanás. Porque es el Espíritu de la sangre expiatoria, la cual es viviente, llena de poderes del cielo y de la tierra y, por tanto, nos llena de las bendiciones de nuestro Dios «para entonces nosotros poder alejarnos de las tinieblas y así empezar una nueva vida maravillosa, como la que él quiere, llena del conocimiento sagrado de su Jesucristo». Porque el que conoce al Señor Jesucristo, «entonces para nuestro Creador ha vuelto a nacer para él y para su nueva vida infinita, llena de su Espíritu Santo, el cual es para cada uno de nosotros», en nuestros millares, en toda la tierra, el gozo, el poder, la gloria, la santidad y la salud que necesitamos diariamente y para siempre. Porque con el Espíritu del Señor Jesucristo instalado en nuestros corazones, entonces estamos con Dios para crecer siempre en muchos de sus atributos gloriosos y espirituales de nuestras vidas, «para sólo conocer el amor de las cosas siempre»; pero sin el Señor Jesucristo, «entonces estamos con Satanás y lejos de toda verdad y justicia celestial y salvadora, para nuestras almas infinitas». Y esto es una muerte cruel y segura en la tierra y en el infierno también, eternamente y para siempre; por ello, nuestro Dios está luchando cada día junto con su Espíritu de amor eterno en contra de Satanás, «para que este mal no sea una realidad jamás para ninguno de sus hijos e hijas de todas las familias de la tierra». Es decir, que si estamos con Satanás, como desde cuando nacimos en la carne y la sangre de nuestros padres, «entonces estamos lejos de Dios por culpa del pecado de Adán y Eva del paraíso, para seguir pecado para siempre desastrosamente; pero si recibimos al Señor Jesucristo, «entonces estamos vivos antes Dios, para ser árboles de buen fruto a cada instante». Porque las manos de nuestro Dios nos crea en su imagen y conforme a su semejanza celestial, para ser siempre el bien de todos, y más no para que seamos el mal de nadie jamás; es decir, que estamos llamados por Dios ha estar siempre en el espíritu del Señor Jesucristo y más no en el espíritu de error de Adán. Porque si nuestro Salvador Jesucristo es el Árbol de la vida del paraíso y del mundo entero, pues nosotros también, tal cual como él mismo, «para ser infinitamente árboles de vida y de bendición eterna no sólo para los nuestros, sino potencialmente para cada familia de las naciones, para jamás sufrir el mal eterno, sino gozar por siempre del bien angelical». Porque todos los que están en el Señor Jesucristo, pues son los verdaderos árboles del paraíso, para dar por siempre frutos de salud y de bendición eterna para todos, en toda la creación de Dios; pero si permanecemos en el espíritu de error de Adán y Eva, entonces somos instrumento de Satanás, para destrucción y muerte eterna en el infierno. Y nuestro Dios no nos creo, para que seamos el mal favorito de Satanás, sino para el bien eterno de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo; «porque sólo nuestro Señor Jesucristo es la alegría eterna del corazón de Dios y así también de cada uno de nuestros corazones, en la tierra y en la eternidad infinita». Y esta alegría infinita del Señor Jesucristo no tiene principio ni fin, sino que desde siempre y para siempre ha existido en el corazón de Dios, en su Espíritu Santo y en cada uno de sus ángeles fieles a él y a su nombre santo, y así pues también hoy en día con nosotros de todas las familias de la tierra. Es decir, si tan sólo creemos en el Señor Jesucristo en nuestros corazones y confesamos su nombre santísimo y misterioso con nuestros labios, pues seremos felices eternamente y para siempre; «y esto es para volver a nacer no en el Espíritu quebrantado de la Ley divina, sino del Espíritu infinitamente cumplido de la Ley celestial en nuestro Salvador Jesucristo». Por lo tanto, si hemos vuelto a nacer del Espíritu de Dios, y ya no vivimos en el espíritu de error, «pues entonces todas las bendiciones del cielo y de la tierra vienen una a una a nosotros, cada vez que la necesitemos para nosotros o para los nuestros, por ejemplo, en cualquier lugar de toda la tierra». Y sí esto es así con cada uno de nosotros, de acuerdo a la voluntad perfecta de nuestro Creador y de su Espíritu Santo, gracias al nacimiento sin pecado y vida gloriosa y fructífera del Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos, «pues entonces tenemos que vivir en el Espíritu de Jesucristo cada día, para gozar de muchos favores del cielo siempre». Porque el favor de Dios está siempre presente únicamente con los que están viviendo día a día en el Espíritu del Señor Jesucristo, y más no los que están viviendo en el espíritu de error y rebelde en contra de toda verdad y justicia infinita de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo, por ejemplo. Y sí esto es así, pues entonces tenemos que huir del espíritu de error y de Satanás, cuanto antes mejor, «para volver a nacer no de la carne y del espíritu de Adán, sino de la carne y del Espíritu de la sangre y de la vida santísima del paraíso, para comenzar a sentir a Dios y a su Espíritu Santo ininterrumpidamente». Y este Espíritu de la carne y de la sangre santísima del cielo es, sin duda alguna, el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo; y sólo así podremos realmente volver a nacer en la tierra y para el paraíso, para ser declarados por nuestro Dios: «libres de Satanás y de sus pecados eternos, para no morir jamás, sino vivir felices infinitamente». Entonces sólo nuestro Padre Celestial puede remover de nuestras vidas a Satanás y a cada uno de sus pecados terribles, «sí tan sólo confiamos en él y en el Espíritu glorioso de la sangre expiatoria de nuestro Señor Jesucristo, para despertar de las tinieblas en donde estamos, para entonces vivir una vida mejor y abundante del nuevo reino celestial desde hoy». Ya que, sólo el Señor Jesucristo nos puede librar de cada uno de los males terribles de Satanás y del fruto prohibido del árbol de la ciencia del bien y del mal, «sí únicamente permanecemos en él, para que ya no sólo no pequemos más, sino para que ya no muramos más para Satanás y para su mundo interminable del infierno. Es por eso que es importante para nosotros permanecer siempre en el Espíritu de la fe, por la sangre y la vida expiatoria del Señor Jesucristo, «para librarnos cada día de nuestras vidas de los poderes de Satanás y del infierno, y sólo entonces nuestros corazones y nuestras mentes podrán comenzar a ver la luz de nuestra verdadera vida eterna del paraíso». Es decir, que tenemos que volver a nacer, «para salir del espíritu de error y de maldad eterna de Adán y de su fruto prohibido del pecado, la rebelión, de las enfermedades y de muchos males más», incluyendo hasta la misma muerte terrible de nuestras almas infinitas en la tierra y en el lago de fuego eterno, por ejemplo. Y sin éste nacimiento del Espíritu de Dios y de su Árbol de la vida en nuestros corazones, «entonces no tenemos ningún chance o oportunidad alguna de volver a ver la vida del paraíso», como Adán y Eva la vieron antes de morir en sus pecados de rebelión ante el Señor Jesucristo, al comer del fruto prohibido para mal de muchos. Es decir, que «el fruto del árbol prohibido aún está en nosotros, y es por eso que somos rebeles desdichadamente a muchas cosas que son de Dios si no de todas, como no amar al Señor Jesucristo, por inicio», como el mejor amigo de nuestras almas y de nuestras vidas en la tierra y así también en la eternidad también, por ejemplo. Porque todo aquel que nace de la sangre rebelde de Adán, pues come del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, «es decir, que ha nacido del espíritu de error y rebelión, por inicio, hacia Dios y hacia su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, para mal eterno de su vida y la de muchos también, trágicamente». Aparte de eso, el que cree en Jesucristo entonces nace automáticamente del Árbol de la vida, como el Hijo de Dios, ya sea en el paraíso o en la tierra, pues ahora vive para la vida celestial de La Nueva Jerusalén Celestial, «en donde viviremos por siempre todos nosotros, en la carne y en la sangre sagrada de nuestro Salvador Jesucristo». Porque la verdad es que nadie podrá jamás vivir en la nueva vida santa del nuevo reino sempiterno, como en La Nueva Jerusalén Celestial, «sí primeramente no ha vuelto a nacer en la carne ni en la sangre expiatoria de nuestro Señor Jesucristo»; es más «ni al paraíso podrá regresar el primer pecador, Adán, sin la sangre expiatoria del Señor Jesucristo». Porque sólo el Señor Jesucristo es el pan del cielo, el fruto de la vida de cada hombre, mujer, niño y niña, «para escapar cada día el mal de Satanás, y así vivir por fin libre de la mancha del pecado desde hoy, en sus corazones y en sus mentes, para sólo conocer el amor y la verdad de Dios infinitamente». Porque todos han nacido en la tierra, por inicio, desde Caín y Abel, los primeros hijos de Adán en al tierra, en el espíritu rebelde del fruto prohibido del árbol de la ciencia del bien y del mal, «y así también cada uno de nosotros, en todas las naciones, por ejemplo, salvo el Árbol de la vida», ¡el Hijo de David! En vista de que, de acuerdo a la Escritura, el Espíritu de Dios descendió del cielo y entro en el vientre virgen de la hija de David, para que a los nueve meses de embarazo, «entonces nos diera la sangre interminable de la vida eterna en su Hijo amado, el Hijo de David», ¡el gran rey Mesías de todos los tiempos! Porque era necesario que el gran rey Mesías naciese de su misma sangre santa y expiatoria, pero sin la mancha del pecado de la sangre rebelde de Adán, por ejemplo: «porque la sangre rebelde de Adán ya había quebrantado el Espíritu de la Ley en el paraíso, al rehusar comer de su fruto de vida eterna, Jesucristo, para mal eterno de todos». Entonces sólo con una sangre nueva y sumamente santa y gloriosa del Hijo de David, no sólo él mismo podía nacer en la tierra libre del pecado de Adán, «sino que también cada uno de sus descendientes, al creer en su nombre santo, para volver a nacer en el paraíso literalmente, pero esta vez libre del espíritu de la sangre pecadora de Adán». Porque es la sangre pecadora de Adán en nuestras venas la que ofende constantemente a Dios y a su Ley santísima y, por tanto, nos maldice y enferma siempre, «y más no así con la sangre santísima y expiatoria del Señor Jesucristo, el Santo de Israel y de la humanidad entera, pues ella nos salva y nos llena de bendiciones abundantemente». Ya que, sin el Espíritu de la vida y de la sangre expiatoria del gran rey Mesías no podíamos jamás volver a nacer, ni mucho menos vivir en paz con nuestro Dios y con su Espíritu Santo para siempre, en la tierra ni menos en el nuevo reino celestial. Y, ahora si el Espíritu de Dios entro en el vientre virgen de la hija de David, para que a los nueve meses de embarazo el Hijo de David naciese en la tierra prometida de Israel, cumpliendo así la promesa de Dios de salvar a Israel de sus pecados con su rey Mesías, «pues entonces Jesucristo es tu Mesías también infinitamente». Y sí recibes, hoy en día, al Señor Jesucristo en tu corazón, como tu Mesías (el único Salvador perfecto de tu vida), pues entonces ya no estás viviendo en el espíritu de error ni de las maldiciones eternas de Satanás, sino todo lo contrario. Realmente «estás viviendo en el Espíritu de la vida y de la sangre santísima e intercesora por ti, la cual clama a Dios con su voz santísima día y noche, para que jamás te falte ninguno de sus muchos favores celestiales, terrenales e infinitos, por ejemplo, en tu vida ni en la vida de los tuyos tampoco». Porque para esto nos dio su sangre santísima y misteriosa nuestro Señor Jesucristo, «para que su misma sangre santa venga a ser nuestra sangre de vida, de salud, de paz, de felicidad y de bendiciones eternas y, a la vez clame por nosotros diariamente ante nuestro Hacedor, y así no nos falte ningún bien del cielo, ni de la tierra, jamás». Dado que, la promesa de salvación y de bendición eterna viene hacia cada uno de nosotros, aun cuando no habíamos nacido en la tierra, por nuestro Padre Celestial, «para tocar nuestras vidas en un día como hoy, por ejemplo, llena de amor, paz, gozo y felicidad infinita del Espíritu de Los Diez Mandamientos infinitamente cumplidos para todos nosotros y para siempre». Porque sin el cumplimiento cabal del Espíritu de las ordenanzas de Dios y de su Espíritu Santo, entonces la posibilidad de una vida nueva en la tierra y en el nuevo reino sempiterno es totalmente imposible; pero gracias a nuestro Señor Jesucristo, «porque él sí cumplió con el Espíritu de la Ley, para siempre y para todos nosotros también, con certeza». Es más, nadie podría jamás cumplir el Espíritu de Los Diez Mandamientos en todos los días de su vida, salvo nuestro Salvador Jesucristo, «para ponerle fin a la sangre de Adán y así finalmente empezar la nueva vida infinita con la sangre de Jesucristo, sólo soñada por Dios mismo desde la antigüedad, para La Nueva Jerusalén Celestial y Soberana, por ejemplo». Es por eso que el nacimiento virgen del Espíritu de Dios en el vientre de la hija de David era necesario, para darnos al gran rey Mesías de todos los tiempos, el Hijo de David, «y así entonces hacernos infinitamente parte de su carne santa y de su sangre sacrificada, llena de vida eterna para todo el mundo y para siempre». Es decir, también, que al fin del embarazo de la joven virgen, «quien rompió su virginidad, y salió de ella, fue, sin duda alguna, el mismo Espíritu de Dios hecho carne y sangre reparadora, como el único prometido de Dios para Israel desde la antigüedad, para darnos el Hijo de Dios», ¡el único Salvador posible de Israel y del mundo entero! Y esta es la única salvación posible y eterna de Dios y de su Espíritu Santo, hoy en día, para cada uno de nosotros, de todas las familias, naciones, pueblos, pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, «para así no seguir viviendo en el poder del pecado ni de la muerte eterna de Satanás, sino todo lo contrario». Y esto es de vivir día y noche y por siempre, como de ahora en adelante, y en la eternidad venidera también, «únicamente en el milagro glorioso y salvador del Espíritu Santísimo de la carne y de la sangre santificadora del Señor Jesucristo, su Hijo amado», ¡el Santo de Israel y de la humanidad entera! Porque esta es la única manera correcta de vivir delante de nuestro Creador para Adán y así también para cada uno de nosotros, de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos del mundo, «para que la sangre del Señor Jesucristo bendiga su nombre santísimo, y más no lo ignore como siempre lo ha hecho la sangre rebelde de Adán». Porque cada uno de nosotros, comenzando con Adán en el paraíso, fue creado en las manos de Dios, en su imagen y conforme a su semejanza divina, «para ser por siempre y para siempre tal cual como el Señor Jesucristo ha sido en su vida santísima del reino celestial delante de Él y de su Espíritu Santo, por ejemplo». Es decir, también, que cada uno de nosotros es una copia exacta del Señor Jesucristo delante de Dios, «sí tan sólo invocamos su nombre salvador y creemos en su obra santísima», la cual lleva acabo sobre el monte santo de Jerusalén, para fin de la sangre rebelde de Adán y el comienzo de la sangre obediente y expiatoria en todos nosotros. Entonces sólo esa es la voluntad perfecta de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo para con cada uno de nosotros, en nuestros millares, en todos las familias de las naciones de la tierra, «de exclusivamente llevar la santidad, la verdad y la vida santa y perfecta de su Hijo amado para siempre, en la tierra y en el cielo». Porque es la sangre santísima y expiatoria del Señor Jesucristo la cual nos da vida y salud infinita día a día, «porque clama con su voz favorecedora por cada uno de nosotros continuamente delante de nuestro Padre Celestial, para que ningún mal del enemigo jamás nos haga daño a nosotros ni a ninguno de los nuestros, por ejemplo». Porque es la sangre rebelde de Adán, la cual nos lleva por el camino de la maldición eterna por su voz mentirosa, para enfermarnos y finalmente dejarnos caer a nuestra mala suerte eterna en el infierno, por ejemplo, para jamás volver a conocer el amor, la verdad y la justicia de Dios y de su Jesucristo en nuestras vidas. Es decir, que con el Señor Jesucristo ya viviendo en nuestras vidas, «entonces para nuestro Hacedor cada verdad, cada santidad, cada justicia, cada milagro, cada maravilla, cada prodigio y cada poder sobrenatural que haya salido de Él, absolutamente viene a ser de nosotros también infinitamente»; porque para esto nos creo Dios, «para que seamos como su Jesucristo en todo y para siempre». Es por eso que debemos estar llenos del Espíritu Santo de la sangre aclamadora y viviente del Señor Jesucristo, para que estemos siempre felices y ricos en santidad delante de nuestro Dios y de su Espíritu Santo, y más no pobres y maldecidos por Satanás y por su gente del engaño eterno, por causa de la sangre mentirosa de Adán en nosotros. Además, el día se acerca ya, «cuando cada uno de nosotros seamos revestidos de los huesos, de la carne, de la sangre y de la vida santísima de nuestro Señor Jesucristo», tal cual como Dios nos crea inicialmente en el cielo, en su imagen y conforme a su semejanza celestial, para jamás volver a conocer el mal, sino sólo el bien. Y es el Espíritu de esta sangre santísima de Jesucristo que está en los cielos, «la que nos devuelve la vida eterna hoy», la cual Satanás se la quiso robar para él, para que no solamente no sea salpicada sobre el altar del monte santo de Jerusalén para fin del pecado, sino también para que no sea salpicada sobre nosotros jamás. Porque es en la sangre del Señor Jesucristo, «en donde nuestro Padre Celestial nos ha dado su misma vida eterna, es decir, una vida mayor y muy poderosa de la que Adán y Eva perdieron en el paraíso, al comer rebeldemente del fruto prohibido para mal de sus vidas y de la de sus hijos por doquier, por ejemplo». Entonces cuando invocamos al Señor Jesucristo como nuestro único y suficiente salvador de nuestras vidas, «lo que estamos haciendo es volver a nacer en nuestros corazones y en nuestros espíritus humanos», de acuerdo a la voluntad perfecta de Dios, para ser hechos sus hijos, «de la misma manera cuando el Señor Jesucristo nació de la hija de David, por ejemplo». Por ello, cuando recibimos a Jesucristo como nuestro salvador personal de nuestras almas infinitas, no sólo nos perdona y nos libera instantáneamente de los males del infierno, «sino que nos hace nacer de nuevo, pero en su mismo Espíritu Santo, para darnos vida y salud infinita, como sí hubiésemos nacido del vientre virgen de su madre biológica, por ejemplo». Entonces era necesario que el Ángel del Señor entrase en el vientre virgen de la hija de David, «para darnos ese nuevo nacimiento sin igual de vida y de salud eterna, y sólo así cada uno de nosotros pueda volver a nacer del vientre virgen también, pero sin la sangre pecadora de Adán», para seguir infinitamente la vida eterna de Jesucristo. Además, sólo así no sólo escaparemos del poder del infierno sino también de cada una de las profundas tinieblas de la misma muerte eterna del ángel de la muerte y de Satanás, «para entrar por fin a la vida eterna y aun mientras vivimos en el mundo, como sí ya viviéramos en el paraíso y con nuestro Árbol de la vida, por ejemplo». Porque los que nacen de Adán viven en la vida de los problemas de Satanás para morir en el infierno, pero los que vuelven a nacer del Espíritu de Dios, al invocar al Señor Jesucristo en un momento de fe y de oración, pues entran al instante a vivir sus nuevas vidas infinitas y con todos sus poderes celestiales del paraíso. En otras palabras, el que nace en la tierra nace para vivir la vida pecadora y rebelde de Adán hacia Dios y hacia su fruto de vida y de salud, «pero los que vuelven a nacer en el Señor Jesucristo, en realidad nacen en la vida riquísima del Árbol de la vida del paraíso, para no enfermarse ni menos morir jamás». Y sólo así podremos estar para siempre, en esta vida y en la venidera también, «en el Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos cabalmente cumplidos en la vida sagrada de nuestro Señor Jesucristo», para jamás volver a conocer la amenazada de la muerte del infierno, sino únicamente la vida santísima del paraíso y de La Nueva Jerusalén Colosal del cielo. Pues para esto nuestro Padre Celestial nos crea en sus manos santísimas en el reino de los cielos, en su imagen y conforme a su semejanza celestial, «para jamás conocer la amenaza de la muerte eterna del infierno ni de sus maldiciones infinitas, sino sólo conocer la vida eterna del Árbol de la vida, su Hijo amado», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Porque toda la verdadera vida personal de nuestro Padre Celestial, sólo se encuentra en su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo; «y sin nuestro Señor Jesucristo para nuestro Padre Celestial y así también para el hombre de la tierra no hay vida que valga en esta vida ni en la venidera tampoco, eternamente y para siempre». Porque sólo el que está en el Señor Jesucristo puede permanecer delante de Dios y de su Espíritu Santo, «ya sea en el paraíso, en la tierra y así también en la nueva era venidera, como en La Nueva Jerusalén Colosal e Infinita, en donde todo es paz, amor y vida abundante y alegría sin igual para los hijos de Dios». Sí, sólo los que están en el Señor Jesucristo, para nuestro Padre Celestial y para su Espíritu Santo junto con sus huestes angelicales del cielo, es, en realidad, un recién nacido en la tierra para entrar desde ahora, a la nueva vida infinita de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo. Y, de ahora en adelante, eres una nueva criatura infinita, como de costumbre, pero esta vez lleno de vida y de los poderes sobrenaturales de la sangre santísima y sumamente purificadora del Árbol de la vida, tal como Dios deseo que fuese así contigo y con Adán, desde el principio de todas las cosas y del linaje humano en el paraíso. El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo es contigo. ¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre! Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo. LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche, (Deuteronomio 27: 15-26): “‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley perfecta de nuestro Padre Celestial), y la tenga en un lugar secreto!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las naciones! SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos: PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”. SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”. TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”. CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y lo santificó”. QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”. SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”. SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”. OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”. NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu prójimo”. DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”. Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra. Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas: ORACIÓN DEL PERDÓN Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”. Juan 14: NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR. ¡CONFÍA EN JESÚS HOY! MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY. - Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y su MUERTE. Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete): Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA. QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR. ¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____? ¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____? Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora: Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de Cristo a los demás. Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios. Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre. El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre. El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, para la eternidad. http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp?playertype=wm%20%20/// http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx http://radioalerta.com
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