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Started by IVAN VALAREZO
Mon, 02 Jul 2007 13:38
(IV�N): UN NUEVO CORAZ�N DE DIOS EN NOSOTROS
Author: IVAN VALAREZO
Date: Mon, 02 Jul 2007 13:38
Date: Mon, 02 Jul 2007 13:38
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S�bado, 30 de Junio, a�o 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo, Guayaquil, Ecuador - Iberoam�rica (Este Libro fue Escrito por Iv�n Valarezo) (NUESTRO PROFUNDO SENTIR ES PARA LOS SOLDADOS ESPA�OLES CA�DOS EN EL CUMPLIMIENTO DE SU LLAMADO Nuestras enteras condolencias son para los soldados espa�oles ca�dos en el cumplimiento de su deber de mantener la paz, en una regi�n vol�til, como lo es el L�bano desde hace muchos a�os atr�s ya. Seis soldados espa�oles perdieron sus vidas, cuando iban por sus caminos para preservar la paz y la vida de muchos: Tres de ellos eran de ascendencia espa�ola y los otros tres de ascendencia colombiana. Sentimos mucho la desaparici�n de cada uno de ellos y, a la vez, oramos al SE�OR por sus familiares, quienes han tenido que sufrir el dolor de ver que sus hijos, hermanos y amigos para toda la vida, ya no est�n a sus lados como antes. En el momento de sus expiraciones, fueron levantados al cielo para encontrarse con su Dios y Creador de sus nuevas vidas infinitas, del nuevo reino celestial venidero. Ellos viven felices al lado del SE�OR, porque sus corazones y sus almas infinitas ya gozan del fruto del �rbol de la vida de Dios, el cual ha estado esperando por ellos, desde el comienzo de todas las cosas, en el epicentro del para�so, en donde Ad�n y Eva lo encontraron en su primer encuentro con �l, como �el Cristo! Por lo tanto, ellos son muy felices con el SE�OR en el para�so y esperan volver a ver a sus muy amados, en el mismo lugar, en donde comen y beben de la vida eterna del Se�or Jesucristo, como nuestro Padre Celestial la ha establecido que sea as�, desde mucho antes de la fundaci�n del cielo y de la tierra. En verdad, ellos ahora piden y oran al SE�OR, por medio del fruto del �rbol de la vida eterna, por el bien y la tranquilidad de sus familias, para que sus pasos sean bendecidos por el SE�OR, a donde sea que est�n en toda la tierra. Y seguir�n orando por sus muy amados hasta siempre, hasta que se vuelvan a ver una vez m�s, y esta vez para la eternidad en el seno del SE�OR, en el nuevo reino de los cielos, de la nueva vida infinita, la cual no conocer� jam�s el pecado, ni su violencia, tampoco, para siempre. Seguiremos orando al SE�OR, en el nombre sagrado de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, por la paz y el sosiego de las familias de las victimas espa�olas y colombianas, tambi�n, para que nuestro SE�OR los bendiga profundamente en sus vidas, las cuales han cambiado mucho, desde el momento que sus hijos subieron al para�so, para estar con su redentor celestial.) (Felices Fiestas de Julio a todo Guayaquil 2007. Este libro se lo dedico a cada una de sus familias, dentro y fuera de su gran ciudad natal, en su mes de celebraciones culturales por su libre elecci�n como ciudad de la Gran Colombia y posteriormente de Ecuador. Que nuestro Padre Celestial siga bendiciendo a nuestros pueblos en todas nuestras ciudades americanas, y que s�lo la paz, el amor, la verdad, la justicia, la uni�n en el Esp�ritu de Dios y su prosperidad infinita reinen en nuestras familias d�a a d�a y por siempre, en el poder glorioso de la invocaci�n de nuestro salvador celestial, �el Se�or Jesucristo! �Felices Fiestas de Julio a todos! �Am�n!) UN NUEVO CORAZ�N DE DIOS EN NOSOTROS Nuestro Dios necesita cambiar nuestros corazones y su esp�ritu humano, tambi�n, no con cualquier coraz�n de �ngeles o de otros seres santos del cielo, sino por el mismo coraz�n y esp�ritu sagrado de su �rbol de vida, �el Se�or Jesucristo! Ese es el coraz�n de Dios, y ese es el coraz�n que Dios so�� para el hombre de su creaci�n infinita. Porque s�lo del coraz�n, del esp�ritu de la sangre y de la vida del Se�or Jesucristo, ha de vivir en su nueva vida infinita del nuevo reino de los cielos, en el m�s all�, y m�s no con el coraz�n y con su esp�ritu rebelde de siempre de Ad�n y de Eva, en la vida de sus descendientes, por ejemplo. Ya que, esto es pecado y profundas tinieblas para nuestro Dios, para su Esp�ritu Santo y para sus huestes angelicales del reino celestial. Y sin el coraz�n y el esp�ritu de su Hijo amado, nuestro Padre Celestial no desea vivir con ning�n �ngel del cielo, ni con ning�n hombre, mujer, ni�o o ni�a de la humanidad entera, comenzando con Ad�n y Eva, por ejemplo. Fue por esta raz�n, de que despu�s de Dios haber creado al hombre en sus manos santas, entonces luego lo llevo a la presencia sagrada de su �rbol de vida eterna, para que de �l reciba, por medio de su fruto de vida, de su esp�ritu y de su coraz�n santo, en su pecho y en toda su vida, tambi�n. Y s�lo as� Dios iba a estar feliz y contento con Ad�n y con cada uno de sus descendientes, en todos los lugares del para�so y de su inmensa creaci�n, tambi�n. Porque Dios desea vivir en perfecta paz, felicidad y gloria infinita de su nueva vida del nuevo reino de los cielos, como la nueva ciudad celestial del cielo, prometida a los patriarcas de la antig�edad de Israel: La Nueva Jerusal�n Santa e Infinita del gran rey Mes�as y de sus pueblos eternos. De hecho, esto era algo muy importante de Dios hacer en la vida de Ad�n y de cada uno de sus descendientes, para as� entonces asegurarse, de que su esp�ritu de amor hacia �l y hacia su nombre santo, iba a ser muy bien recibido y sin problema alguno, en cada uno del coraz�n de ellos, para siempre. Porque Dios necesitaba al hombre y a la mujer, que le conociesen a �l, como su Dios y como su �nico Creador Celestial, "por el esp�ritu de amor y de santidad infinita", los cuales s�lo pueden ser posibles y emanar del coraz�n sagrado, del pacto eterno de la sangre milagrosa, de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! Porque, adem�s, nuestro Padre Celestial no puede esperar gloria y honra del coraz�n del hombre, de la mujer, del ni�o y de la ni�a de toda la tierra, si no tienen un coraz�n y un esp�ritu en sus pechos, como el coraz�n y el esp�ritu noble de su �rbol de vida, el gran rey Mes�as, por ejemplo. Dado que, es totalmente imposible que un ser viviente, como los �ngeles del cielo o como los hombres del para�so o de la tierra, entonces puedan realmente servirle a �l y a su nombre santo, si el coraz�n y el esp�ritu del Se�or Jesucristo no est�n en ellos, en la tierra o en el reino de los cielos, por ende. Adem�s, nadie podr� jam�s conocer a Dios, ni menos entenderle, como s�lo el coraz�n sagrado del Se�or Jesucristo: "le conoce y le entiende, en su esp�ritu sobrenatural e infinitamente glorioso, tambi�n". Y es por �sta raz�n, que el hombre est� en un grave problema espiritual con su Creador, porque en su pecho no est� el coraz�n, ni el esp�ritu noble del Se�or Jesucristo, el fruto de la vida, el cual Dios le ofreci� a Ad�n y a Eva, para que ambos vivan y le conozcan, para servirle infinitamente en el cielo. Por lo tanto, no hay nada, ni nadie, en toda la gloria del reino de los cielos y de la tierra, tambi�n, que verdaderamente le pueda entregar �ste coraz�n y con su esp�ritu bendito del Se�or Jesucristo, si no es el mismo Esp�ritu Santo de Dios. Porque si hubiese existido alguien adem�s del Esp�ritu Santo y del Se�or Jesucristo, que le puedan proveer al hombre ese coraz�n y ese esp�ritu divino en su pecho, para vivir y gozar la vida eterna, siempre sirviendo a Dios y a su nombre santo, entonces ya hace mucho tiempo atr�s que Dios mismos lo hubiese revelado al mundo entero. Pero no es as�; no hay nadie igual al Esp�ritu de Dios y al Se�or Jesucristo, para que pongan, por gracia y misericordia infinita de Dios: un coraz�n y con su esp�ritu noble, igual al del fruto de la vida eterna, del �rbol de vida de Dios, su Hijo amado, �el Mes�as del para�so y de todos los tiempos! Porque es s�lo el Esp�ritu Santo, a trav�s de la palabra, el nombre y la obra sagrada de Jesucristo, la cual fue llevada acabo sobre los �rboles cruzados de Ad�n y Eva, sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusal�n, para bendecir al hombre de la tierra y as� ninguno de ellos pierda su bendici�n jam�s. Es por eso, que si nosotros deseamos complacer a Dios en nuestras vidas, entonces tenemos que pedirle al SE�OR que "env�e a su Esp�ritu Santo" a nuestros corazones y a nuestros esp�ritus humanos, tambi�n, para que nos bendiga d�a y noche, con el coraz�n y con el esp�ritu bendito e infinitamente obediente a la Ley de Dios, del Se�or Jesucristo. Porque es s�lo el Esp�ritu de Dios quien puede realmente entrar en nuestros corazones y en nuestros esp�ritus humanos, en cualquier lugar y a en cualquier hora del d�a, para transformarlos milagrosamente en el coraz�n y en el esp�ritu sagrado del �rbol de la vida, nuestro �nico salvador celestial, �el Gran Rey Mes�as del para�so y de la humanidad entera! Y s�lo as� entonces poseeremos en nuestros pechos un coraz�n nuevo y un esp�ritu noble, mayor que los �ngeles del cielo e igual como el del Se�or Jesucristo, para conocer a Dios y agradarle a �l, en toda su verdad, sabidur�a y justicia infinita, en la tierra y en el cielo, para siempre. Es por eso, que "el aceptar al Se�or Jesucristo" en nuestros corazones y en nuestros esp�ritus humanos, creyendo en �l y confesando su nombre milagroso con nuestros labios, es lo correcto delante de Dios, de su Esp�ritu Santo y de sus huestes celestiales, hoy en d�a y para siempre, en la eternidad venidera. POR ESO DICE EL SE�OR: LES DAR� UN CORAZ�N NUEVO Y UN ESP�RITU NOBLE Les dar� un coraz�n nuevo y pondr� un esp�ritu noble dentro de ustedes, en toda la tierra. Pues quitar� de su carne el coraz�n rebelde y de piedra, para darles un coraz�n nuevo y de carne santa, tambi�n, les dec�a nuestro SE�OR a los antiguos, porque deseaba que le amasen infinitamente, como su Hijo amado y sus huestes celestiales le han amado s�lo a �l, a trav�s de los siglos y hasta nuestros d�as, por ejemplo. Es por eso, que nuestro Dios siempre se mostr� a los antiguos, como un Dios misericordioso, perdonador del pecado y abundante en amor y bondad infinita, para que le conozcan por su nombre santo �nicamente, en sus corazones y en sus esp�ritus humanos. Adem�s, es por eso, que nuestro Dios ha creado muchas cosas gloriosas en el infinito y as� tambi�n en toda la tierra, para la gloria venidera de su nombre santo, en su nuevo reino de los cielos. Y desde que Dios decidi� engrandecer su nombre glorioso, en los corazones de todos sus seres creados del reino de los cielos, entonces no ha dejado de crear muchas cosas, y aun tiene planes para mayores cosas jam�s pensadas por los �ngeles del cielo, ni por los hombres del para�so o de la tierra, de nuestros d�as, por ejemplo. Es por eso, que nuestro Dios crea al hombre de toda la tierra y luego a la mujer, como Ad�n y Eva en el para�so, por ejemplo, para que su nombre sea "sumamente glorificado en sus corazones", s�lo por medio del nombre sagrado del �rbol de la vida, su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! Porque sin el nombre del Se�or Jesucristo viviendo en nuestros corazones, entonces nuestro coraz�n no funciona, sino que se enga�a a s� mismo y se pierde infinitamente, en las profundas tinieblas, ya existentes en su coraz�n, por las mentiras de Lucifer y de la serpiente antigua del Ed�n, por ejemplo. Y si nuestro coraz�n no funciona, como Dios lo preparo en el pecho del hombre, en el d�a de su formaci�n para que viva en el para�so, entonces "no le conocer� jam�s, ni menos le amara", como �l desea ser amado por el hombre y sus descendientes, para vivir la vida infinita de su nombre glorioso, en el nuevo cielo. Es m�s, nuestro Dios nos creo en su coraz�n y con sus pensamientos m�s profundos y gloriosos de su vida sagrada, para no s�lo librarnos de las tinieblas y darnos de su vida muy preciada, sino tambi�n para darnos su mismo coraz�n, lleno por siempre de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, para alcanzar nuevas glorias para su nombre santo. Y esto es algo muy glorioso, por cierto, que Dios jam�s "lo ha hecho con ninguno de los �ngeles" del reino de los cielos, desde los primeros d�as de la antig�edad y hasta nuestros d�as, por ejemplo, para alcanzar mayores glorias y honras a su nombre santo, en el cielo y as� tambi�n, en todos los lugares de la tierra. Por lo cual, la lucha de nuestro Dios para glorificar su nombre santo es cada vez mayor que antes, para darnos una vida mejor de la que hayamos conocido con Ad�n y Eva en el para�so o de la tierra, de nuestros d�as, por ejemplo. En vista de que, nuestro Dios nos ha creado para alcanzar grandes cosas en nuestros corazones y en nuestras vidas, tambi�n, si s�lo confiamos en �l, por medio del fruto del �rbol de la vida, su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! Adem�s, nuestro Dios "lucha d�a y noche" por cada uno de nosotros, de la misma manera que tuvo que luchar por Ad�n, por ejemplo, en el d�a de su creaci�n, para liberarlo de las profundas cadenas de muerte eterna, de las profundas tinieblas del coraz�n de la tierra y del m�s all�, tambi�n, como el bajo mundo de la oscuridad. Entonces nuestro Dios sabia muy bien, como un minero que explota la tierra, en busca de minerales y tesoros escondidos, pues as� Dios encontr� al hombre en el fondo de la tierra, y lo levanto porque en �l hab�a gloria y honra infinita para su vida y para su nombre santo, para siempre, en la nueva vida infinita del cielo. Adem�s, porque desde el d�a que nuestro Dios nos libero, por medio de Ad�n, de las profundas tinieblas del polvo de la muerte y con sus manos sagradas, las cuales jam�s las hab�a ensuciado con el polvo de la tierra, entonces lo hizo por mayor amor a su nombre santo, que en el d�a que crea a los �ngeles santos. Es por eso, que Dios s� gloria infinitamente en la creaci�n del hombre en sus manos santas, como la obra mayor que haya logrado en su vida sagrada en el reino de los cielos, y tambi�n lo desea hacer asimismo en todos los lugares de la tierra, pero con la ayuda id�nea de su Esp�ritu santo y de su Jesucristo. Y, hoy en d�a, nuestro Dios nos desea liberar a un nivel m�s alto, para alejarnos de todas las profundas tinieblas del polvo de la tierra y del mundo bajo de los muertos para siempre, cuanto m�s lejos mejor, no con Ad�n como en el principio, sino con su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! Y esto es algo infinitamente glorioso para cualquier alma, para cualquier coraz�n y para cualquier vida infinita. (Y �sta es la misma vida tuya, mi estimado hermano y mi estimada hermana, por la cual Dios la ha creado para su gran obra final, de su nuevo reino venidero.) Porque parece que cuanto m�s cerca nos mantenemos a la tierra y sus tinieblas, el peligro de contaminarnos con sus pecados, mentiras y maldades eternas, es cada vez mayor que antes, lo cual hace que nuestras vidas peligren en caer en el mal eterno, por ejemplo, como sucedi� con Ad�n y Eva en el cielo, para caer en la tierra. Y nuestro Dios no desea ver "el mal del para�so" volverse a repetir con ninguno de sus seres muy amados, de todos los hombres, mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad entera, que aman en sus corazones y en sus esp�ritus eternos: su fruto de vida y de salud eterna, �el Se�or Jesucristo! Entonces en el principio con Ad�n, nuestro Dios nos pudo rescatar de las profundas tinieblas de la tierra, para vivir con su imagen y con su semejanza perfecta en el para�so y en toda la tierra, tambi�n. Pero, hoy en d�a, Dios nos desea rescatar de las profundas tinieblas del mundo bajo de los muertos, como del infierno y el lago de fuego, nuestra segunda muerte del alma, s�lo por medio de su Hijo amado, para darnos vida no s�lo en la tierra, en el para�so, sino tambi�n en la nueva Jerusal�n Santa e Infinita del cielo. Porque Ad�n ascendi� de las profundas tinieblas de la tierra, por los poderes sobrenaturales de la mano de Dios, pero el Se�or Jesucristo descendi� del cielo, de los lugares m�s brillantes que el sol del m�s all�, de la vida gloriosa y sumamente honrado del reino de los cielos, por ejemplo. Por ello, con Ad�n regresamos al bajo mundo de la muerte, la perdici�n eterna de las profundas tinieblas de las mentiras del m�s all� de Lucifer y de sus �ngeles ca�dos, pero no as� con Cristo. En verdad, con nuestro Se�or Jesucristo viviendo en nuestros corazones no es as�, con ninguno de nosotros jam�s, por m�s pecadores que seamos delante de Dios, sino todo lo contrario. Ciertamente con el Se�or Jesucristo somos "levantados" por los poderes sobrenaturales de los �rboles cruzados de Ad�n y Eva, sobre la cima de la roca eterna, que descienden del cielo, tambi�n, y que recibieron la sangre del pacto eterno entre Dios y el hombre, para que entonces cada uno de nosotros se levante al cielo m�s all� de los �ngeles. Entonces las tinieblas de la muerte eterna, de donde salimos primero nos reclaman d�a y noche para que regresemos a ellas, como en el principio, reclamo la vida de Ad�n, de Eva y de sus descendientes, tambi�n. Pero la luz del bien eterno del �rbol de la vida, del Esp�ritu de Dios y de las huestes celestiales de nuestro Padre Celestial, "nos reclama" as� mismo, pero con mayor clamor infinito del nombre de Dios, para que no volvamos jam�s a la oscuridad de antes, sino que ascendamos a la luz del cielo, para la eternidad venidera. Porque nosotros no somos de las tinieblas, aunque salimos de ellas, en el d�a de nuestra formaci�n en las manos de Dios, pues, somos de Dios y de la gran obra infinita de sus manos santas, para su nueva creaci�n venidera y de su nueva vida celestial, la cual no conocer� el pecado, ni el fin de las cosas, jam�s. Es por eso, que nuestro Dios seguir� haciendo estas cosas maravillosas por nosotros, porque �l es misericordioso para con cada uno de nosotros, en toda la tierra; no queriendo jam�s que ninguno de nosotros vuelva a las tinieblas del m�s all� o que muera en el pecado de su coraz�n, de no conocer al Se�or Jesucristo, sino todo lo contrario. Ciertamente, Dios desea que nosotros, sin que falte ninguno, entonces veamos la vida eterna, tal como �l siempre la ha conocido a trav�s de los siglos, por medio de su Hijo, el Se�or Jesucristo, en el cielo, en la tierra y as� tambi�n en su nueva vida infinita de su nuevo reino celestial, como la gran Jerusal�n Santa e Infinita. Puesto que, s�lo el Se�or Jesucristo es el �rbol de la vida, en el reino de los cielos, en el para�so, en la tierra y as� tambi�n en la nueva eternidad venidera del nuevo reino celestial, de �ngeles y de la nueva humanidad eterna e infinita. Entonces "la meta" de nuestro Dios para con cada uno de nosotros, de todas las familias, razas, pueblos, linajes y reinos del mundo entero, es de "quitarnos" �ste coraz�n de piedra, que el pecado lo ha transformado en algo horroroso y pecador, para �l y para su vida sagrada del cielo, por un coraz�n nuevo y con esp�ritu un noble. Adem�s, este coraz�n nuevo y con un esp�ritu noble, que nuestro Dios nos ha dado, no ha sido tanto como el de Ad�n o de Eva, en el para�so, o como alguno de sus �ngeles m�s gloriosos y portentoso del reino de los cielos, sino que mucho m�s que todo esto santo y glorioso para nuestro Dios. Realmente ha sido el mismo coraz�n y con el mismo esp�ritu de vida de la sangre sagrada de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, que nuestro Dios nos ha dado a cada uno de nosotros, para que nos "elevemos" aun m�s alto aun que todas las tinieblas, de donde nos rescato, para llenarnos de la luz m�s brillante que el sol. Por milagro, esta luz m�s brillante que el sol es de la misma vida de siempre del �rbol de la vida, no tanto del reino de los cielos, de hoy en d�a, por ejemplo, sino de una vida y de un reino mayor que todos los anteriores, el cual no tendr� fin jam�s, como La Nueva Jerusal�n Santa e Infinita. Adem�s, este nuevo reino no conocer� el fin jam�s como los anteriores, "porque el coraz�n y el esp�ritu de su gran rey Mes�as reinaran infinitamente, en nuestros corazones y en nuestros esp�ritus, para no volver a pecar, ni menos alejarnos de nuestro Dios, como Ad�n y Eva se alejaron en el principio, para mal eterno de muchos delante de Dios". Y, hoy en d�a, nuestro Padre Celestial, por los poderes sobrenaturales del nombre sagrado de su Hijo amado y de su Esp�ritu Santo, entonces est� removiendo los corazones de piedra y los esp�ritus rebeldes hacia �l y hacia su Ley Sagrada, de los pechos de todos los hombres, mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad entera, porque los quiere santos. Y nuestro Padre Celestial hace estas cosas maravillosas d�a y noche, para darnos del coraz�n de carne y del esp�ritu glorioso del gran rey Mes�as, para que entonces le podamos conocer a �l, como nuestro Dios y Creador de nuestras vidas, en esta vida y en la venidera tambi�n, como en el nuevo m�s all�. Ya que, en el para�so no conoceremos jam�s a Dios, as� como en la tierra de nuestros d�as, si no es por medio de la palabra y por la ense�anza del Se�or Jesucristo, en nuestros corazones y en nuestras vidas, tambi�n, las cuales vienen a nosotros d�a y noche y hasta que la luz que est� en nosotros se encienda. Y esto ha de ser, como Dios mismo prometi� a los antiguos y a la humanidad entera, para nosotros "vivir una vida larga y totalmente nueva", en la nueva vida venidera del nuevo reino celestial de su �rbol de vida y de su humanidad infinita, rodeados por siempre de sus huestes celestiales del Esp�ritu Santo de Dios, por ejemplo. Entonces mi estimado hermano y mi estimada hermana, si desde hoy mismo deseases escapar de tu coraz�n de carne junto con su esp�ritu rebelde a tu Dios y a su fruto de vida eterna, para poder conocer las bendiciones gloriosas de una vida sumamente perfecta y llena de ricos sabores de la vida celestial, muy bien "lo puedes hacer", hoy. Lo puedes hacer muy bien, en un momento de fe y de oraci�n, si tan s�lo crees en tu coraz�n y as� mismo confiesas con tus labios al Se�or Jesucristo, para comenzar a cambiar tu vida por la vida sant�sima de Dios y de su mismo �rbol de vida, para que tus ojos dejen de ver las tinieblas de siempre. Ahora, al dejar t� de ver las tinieblas de siempre, de tu coraz�n y de tu alma manchada por el pecado, s�lo entonces podr�s ver la luz m�s brillante que el sol y que es, a la misma vez, la misma vida de Dios y de los �ngeles del cielo, �el Se�or Jesucristo! Porque s�lo el Se�or Jesucristo es la vida de Dios en todos los seres santos del cielo y as� tambi�n en toda la tierra, hoy en d�a y para siempre, en la eternidad venidera. En otras palabras, para cambiar tu vida de las tinieblas de Lucifer y de sus mentiras, a la luz de la vida santa y eternamente glorioso de Dios y de su Esp�ritu Santo, entonces lo �nico que tienes que hacer es "cambiar" tu coraz�n de piedra, por el coraz�n y el esp�ritu de vida de su Hijo, �el Se�or Jesucristo! Y s�lo entonces conocer�s en tu coraz�n, lo que jam�s pensaste conocer: "la verdadera vida infinita, por la cual nuestro Dios te libero del lodo de la tierra, en el d�a de tu creaci�n, para formarte no s�lo en su imagen y conforme a su semejanza, sino mucho m�s que esto". Efectivamente, esto fue para darte, en un d�a como hoy, por ejemplo, del coraz�n, del Esp�ritu Santo y de la mente sagrada y sumamente gloriosa de su Hijo amado, el Mes�as, para que s�lo veas la luz de la nueva vida eterna y no tropieces nunca m�s en tus mismas tinieblas de tu coraz�n y de siempre. Por ende, si recibes al Se�or Jesucristo en tu coraz�n, como tu Mes�as Celestial, como el Hijo amado de Dios, como el sumo sacerdote de todos los tiempos, en el cielo y en la tierra y como tu �nico y suficiente redentor, entonces habr�s cambiado tu coraz�n y su esp�ritu humano, por uno mejor. Y esto es realmente un coraz�n y con su esp�ritu muy bueno para ti, el cual ha descendido del cielo y de parte de Dios, en el pecho del Se�or Jesucristo para que vivas hoy e infinitamente, en tu nueva vida celestial del nuevo reino de los cielos, como en La Nueva Jerusal�n Santa e Infinita del cielo, por ejemplo. TODO ES HECHO NUEVO EN EL SE�OR JESUCRISTO Entonces si alguno vive en la fe, de nuestro redentor, el Se�or Jesucristo, nueva criatura es para Dios, para su Esp�ritu Santo y para sus huestes celestiales en el reino celestial; ciertamente, las cosas viejas de su coraz�n pasaron, para el olvido eterno; he aqu� todas son hechas nuevas, en la luz de una nueva vida angelical e infinita. Y nuestro Dios hace todas estas cosas por nosotros, en todos los lugares de la tierra, desde los d�as de la antig�edad y hasta nuestros d�as, por ejemplo, porque nos ama, en el �nico amor sobrenatural y eterno de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! En efecto, �ste es un amor sobrenatural, el cual nuestro Dios mismo le manifest� a Ad�n y a cada uno de sus descendientes, en su vida celestial del para�so, pero la rechaza (el hombre) por ignorancia, por "falta de conocimiento" en su coraz�n sobre el Se�or Jesucristo, su �nico verdadero amigo en el cielo y en la tierra, para siempre. Porque si Ad�n hubiese conocido al Se�or Jesucristo, "como el Hijo de Dios", como el fruto del �rbol de la vida, para su coraz�n y para su alma eterna, entonces no le hubiese rechazado jam�s, sino que le hubiese hecho parte de su vida autom�ticamente, para la eternidad venidera, sin jam�s tener que conocer el pecado y sus tinieblas. Y as� Dios hubiese sido muy feliz en el para�so con Ad�n y con cada uno de sus descendientes, tambi�n, en sus millares, de todas las razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de toda la tierra, para siempre. Pero como nosotros sabemos muy bien, Ad�n rechaza el amor del Se�or Jesucristo, y al rechazar por error y por enga�o el amor de Dios, como su fruto de vida y de salud eterna, para seguir viviendo su vida celestial en el para�so, entonces dejo de vivir para Dios y para su nueva vida infinita, de su nuevo reino celestial. Aqu� es cuando el hombre muere, en su coraz�n, en su esp�ritu, en su alma, en su cuerpo y en su vida tambi�n, angelical y terrenal; y Dios "comenz� a luchar por su salvaci�n", por medio de su Esp�ritu Santo y la vida gloriosa y sumamente honrada de su Hijo, el Se�or Jesucristo, �el �rbol de su �nica vida eterna! Y es por esta raz�n, que no s�lo Ad�n muere sino tambi�n su esposa Eva y cada uno de sus descendientes, en sus millares, y hasta tocar la vida gloriosa y sumamente honrada del �rbol de la vida, el Mes�as, para sacrificar su vida dolorosamente sobre el madero y sobre la cima de la roca eterna, en Jerusal�n, en Israel. Y s�lo de �sta manera �nica y sobrenatural, entonces Dios pod�a "destruir el pecado y rescatarlo de las profundas tinieblas" de su mismo coraz�n infinitamente muerto y con su esp�ritu rebelde tambi�n, porque el Se�or Jesucristo no era "rey y amigo", a la vez, en su vida del para�so y de la tierra, tambi�n, para siempre. Es por eso, que era de suma importancia que el Se�or Jesucristo dejase correr su sangre santa, de su coraz�n y de sus venas por todo su cuerpo, como "lavando y limpiando" al hombre de sus muchos pecados, para darle vida en abundancia, en esta vida y en la venidera, igual, para siempre. Entonces sin m�s demora alguna el Se�or Jesucristo, como un "gran amigo y hermano" del hombre, a la vez, entonces entrega su sangre sagrada en la tierra y en la misma ciudad escogida por Dios mismo, para "salvar la vida" de sus muy amados por Dios y por �l mismo: el hombre y la mujer de la humanidad entera. Y el Se�or Jesucristo nace, vive para entrar en la vida del hombre y de la mujer de Israel y de la humanidad entera, para "cumplir infinitamente" la Ley de Dios y de Mois�s y as� luego morir sobre los �rboles cruzados de Ad�n y Eva, sobre la cima de la roca eterna, para resucitar gloriosamente en el Tercer D�a. Porque en el Tercer D�a de la resurrecci�n, no s�lo Jesucristo iba a resucitar de entre los muertos, venciendo as� al pecado y al �ngel de la muerte, en sus mismas profundas tinieblas del bajo mundo de los muertos, sino que se levantar�a glorioso con una nueva vida, llena de la Ley de Dios y de Israel, para todos. Y esto es para todos los que aman a Dios y a su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, por supuesto, siempre rodeado de su Esp�ritu Santo y de sus huestes celestiales, en el cielo y en la tierra, tambi�n, para por fin cumplir una de las obras m�s sublimes de Dios, una vez m�s, en el mundo. Porque despu�s de nuestro Dios haber dicho y hecho todo en la tierra, por culpa del pecado, entonces desea transformar a la tierra en "un para�so angelical y celestial", para gloria de su nombre, y para siempre, en el coraz�n y en el esp�ritu noble del hombre salvo por la sangre del Se�or Jesucristo. Entonces era en la ciudad de Jerusal�n, en donde el gran rey Mes�as tenia que entregar su vida por la vida del hombre, y m�s no en otro lugar del mundo, para entonces �l mismo poder reinar sobre el trono de David, de acuerdo a la promesa hecha a David mismo y a los antiguos patriarcas de Israel, por ejemplo. Es decir, tambi�n que el Se�or Jesucristo descendi� del cielo con "la luz y los poderes" sobrenaturales de nuestro Creador, para no s�lo darnos luz, desde la tierra escogida por Dios mismo para esta gran obra, sino para volvernos a dar vida en abundancia, en la tierra y en el para�so, tambi�n y luego "recogernos" para la nueva vida infinita. Porque la nueva vida celestial e infinita de Dios se acerca cada vez al cielo y a toda la tierra, y el hombre tiene que estar "preparado" para esta nueva vida venidera del nuevo reino celestial, de su �rbol de vida, de su Esp�ritu Santo y de sus huestes celestiales, envolviendo a la humanidad entera para servir a Dios, infinitamente. Entonces Dios tenia que enviar primero a su Esp�ritu Santo con grandes poderes y autoridades muy especiales, por cierto, de su nombre santo, para comenzar "la liberaci�n" del hombre de la tierra y as� entregarle abiertamente a su Hijo amado, con todo su coraz�n sagrado y con su esp�ritu noble, tambi�n. Entregarle p�blicamente a su Hijo amado, como su "Cordero Escogido", en su tierra escogida y sobre la cima de la roca eterna, clavado a los �rboles secos y sin vida de Ad�n y Eva, para limpiarnos de nuestros pecados y males eternos, para que podamos vivir, como Dios mismo y como los �ngeles viven, con sus corazones infinitamente muy felices. Y al mismo tiempo, cada uno de nosotros, primero con el Se�or Jesucristo, Ad�n y Eva "levantados hacia el para�so", para luego entrar a vivir la paz y la gloria infinita del gran reino celestial, en la nueva eternidad venidera de Dios y de sus hijos e hijas, de la nueva humanidad celestial e infinita. Entonces todo aquel que vive, en el esp�ritu del Se�or Jesucristo, es un "nuevo hombre", una nueva mujer, un nuevo ni�o o una nueva ni�a, para Dios, para su Esp�ritu Santo y para sus huestes celestiales; todas las cosas viejas de su vida anterior ya no existen para Dios, como sus malas palabras y sus malas acciones. Porque todas estas cosas terribles, las cuales destruyen la vida del �ngel y as� tambi�n la del hombre y la de la mujer de toda la tierra, son del pecado que naci� primero en el coraz�n de Lucifer y luego en el coraz�n de los �ngeles ca�dos y del hombre pecador, de igual forma. Es decir, tambi�n que cuando el pecado muere en nosotros, por los poderes sobrenaturales del Se�or Jesucristo, entonces todas las mentiras, maldades, calumnias, enga�os, falsedades, "mueren" asimismo, en nuestros corazones, en nuestras vidas del pasado, del presente y del futuro, para siempre. De hecho, s�lo las cosas buenas de Dios, "creadas" en el Se�or Jesucristo existen para Dios: como su verdad, su mente, su justicia, su santidad, su inteligencia, su poder, su sabidur�a, su paz y sus muchas bendiciones sobrenaturales de su nueva vida celestial, en la tierra y as� tambi�n en el para�so y en el nuevo reino de los cielos. Entonces el que vive creyendo en su coraz�n y as� confiesa con sus labios: el nombre y la vida del Se�or Jesucristo, para Dios es una nueva criatura, es decir, un nuevo ser viviente, no de la tierra y de sus tinieblas, como su vida pasada, sino "un ser santo", totalmente nuevo para vivir su vida infinita, en el para�so. Y para Dios no hay pecador o pecador, que �l no pueda cambiar su vida, por una vida nueva y totalmente gloriosa, como si jam�s "haya cometido" un solo pecado o una sola maldad, en su coraz�n y en toda su vida, tambi�n, en la tierra, en el para�so y en el nuevo reino venidero. Es m�s, Dios puede hacer su vida tan santa y tan gloriosa, no tanto como de los �ngeles del cielo, aunque esto es algo muy glorioso y noble para nuestro Padre Celestial, para su Esp�ritu Santo y para su �rbol de vida infinita, sino mucho m�s que esto. Realmente, Dios tiene el poder sobrenatural de su palabra y de su nombre sagrado, para "cambiar la vida de pecado", de cualquier hombre, mujer, ni�o o ni�a de la humanidad entera, a que sea como la vida exacta, ni m�s ni menos, de su �rbol de vida, su Hijo amado, �el Mes�as! Y as� vivir la vida gloriosa del Se�or Jesucristo infinitamente, aun cuando el pecador o la pecadora haya pecado todos los d�as de su vida, desde el d�a que comenz� a conocer lo bueno y lo malo, entonces en ese d�a, ese hombre o esa mujer, ha de comenzar a conocer el amor de Dios, hacia su nueva vida celestial. Y todo esto lo hace Dios, en la vida de cualquier hombre, mujer, ni�o o ni�a de toda la tierra, si tan s�lo cree en su coraz�n y as� confiesa con sus labios, en una oraci�n de fe, por ejemplo, el nombre sagrado del Se�or Jesucristo, para perd�n de sus pecados y para bendici�n infinita de su alma viviente. Porque s�lo en el nombre, glorioso y sumamente honrado del Se�or Jesucristo, es donde nuestro Dios ha "puesto su fe", su amor, su verdad, su justicia, su santidad, su paz, su gloria y su vida: llena de milagros, maravillas y de prodigios para cada uno de sus hijos e hijas de las naciones, comenzando con Israel, por ejemplo, como siempre. Es decir, tambi�n, que con tan s�lo nosotros creer en nuestros corazones y confesar con nuestros labios el nombre sagrado e infinitamente milagroso de nuestro salvador, el Se�or Jesucristo, entonces todos los poderes de los dones del Esp�ritu Santo "comenzaran a obrar" en nuestras vidas d�a y noche y sin cesar, para derrotar al enemigo y colmarnos de ricas bendiciones. Y esto ha de ser, como en el principio de todas las cosas, en el para�so, por ejemplo, y as� tambi�n en toda la tierra, para limpiarnos de nuestros pecados y de sus tinieblas y, a la vez, llenarnos de muchas bendiciones sobrenaturales del para�so y de la tierra, como de las que vemos y de las que no (vemos). Entonces los que creen en el Se�or Jesucristo son nuevos hombres, nuevas mujeres, nuevos ni�os y nuevas ni�as, para Dios, para su Esp�ritu Santo y para sus huestes celestiales del reino del cielo; todo lo de su coraz�n antiguo pasa al olvido eterno, para dar paso a todo lo nuevo de su coraz�n y de su nuevo esp�ritu noble. VESTIRSE EN LA VERDAD Y EN LA JUSTICIA DEL NUEVO HOMBRE Entonces "renu�vense", todos ustedes, en el esp�ritu de su mente, y v�stanse del nuevo hombre flamante y glorioso, el cual ha sido creado a semejanza divina de Dios, en justicia y santidad de verdad perfecta e infinita, de su Esp�ritu Santo y de su �rbol de vida eterna, �el Se�or Jesucristo! Porque la verdad es que cada uno de nosotros, "es perfecto en la sangre y en el nombre sagrado de nuestro salvador celestial", en la tierra y as� tambi�n en el para�so, eternamente y para siempre. (Tengo que volver a decir lo mismo una vez m�s, por razones de "enfatizar" una gran verdad celestial: Esto es de que cada uno de nosotros es perfecto, en "la sangre" y en "el nombre sagrado" de nuestro eterno salvador, el Se�or Jesucristo, en el cielo, en la tierra y en el nuevo reino venidero, tambi�n, eternamente y para siempre. Y esta verdad celestial e infinita del SE�OR y de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo no la cambia nadie en el coraz�n de todos los hombres, mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad entera, porque "el Esp�ritu de Dios lucha" por cada uno de ellos d�a y noche y por siempre, para salvaguardarlos del mal del enemigo eterno, Lucifer.) Porque todos somos hechura de las manos de Dios, desde el comienzo de todas las cosas, en el reino de los cielos, para gloria infinita de Dios. Y si somos hechura de las manos de Dios, entonces somos perfectos, indiscutiblemente, eternamente para siempre, en la eternidad venidera del nuevo reino de los cielos. Porque la verdad es que totalmente imposible que las manos sagradas de Dios hayan creado algo por error, sino todo lo contrario. Todo lo que Dios crea con sus manos, fue bueno, santo, puro, perfecto, glorioso, como la misma Ley de Mois�s y de Israel, por ejemplo, fue escrita con el dedo de Dios, para entreg�rsela al hombre, como "la mente del Mes�as", sobre la cima del Sina� y en las manos de Mois�s, tambi�n, para Israel y para las naciones. De hecho, esta es una verdad, por la cual nuestro Padre Celestial ha luchado mucho en contra de cada una de las profundas tinieblas de la tierra y del m�s all�, tambi�n, desde los primeros d�as de la antig�edad y hasta nuestros d�as, por ejemplo, sin jam�s cansarse de defendernos, de cada uno de los males del enemigo eterno, Lucifer. Porque es necesario que cada uno de nosotros conozcamos en nuestros corazones, de una vez por todas y para siempre, de que "somos perfectos" para Dios, tan perfectos como los �ngeles y tan gloriosos como el �rbol de la vida, porque as� est� escrito en "la Ley de la sangre del Mes�as", en el cielo y en la tierra, tambi�n. Adem�s, esta es una lucha "en contra del enemigo", no s�lo con su palabra y con su nombre santo, sino con sus propias manos, tambi�n, como un buen guerrero, como un buen luchador, en el frente de batalla, como quien lucha por una verdad y una justicia infinitamente justa, para el bien venidero de la nueva eternidad celestial del hombre. Es decir, que las manos de Dios junto con su Esp�ritu y los frutos de su �rbol de vida y de salud eterna nos han formado, a cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, no a que seamos pecadores, comenzando con Ad�n en el para�so, sino para "perfecci�n". Es m�s, desde el d�a que nuestro Dios nos crea en sus manos santas, su coraz�n y su alma sagrada han sido muy felices, por la maravilla de su gran obra celestial e infinita, de sus manos eternas: el hombre y su humanidad infinita, en el para�so, en la tierra y as� tambi�n para el nuevo reino de los cielos. Y si esto es as�, entonces no debemos, por nada del mundo, dejarnos de enga�ar por las mentiras, las artima�as del coraz�n y de los labios de Lucifer y de sus �ngeles ca�dos, en los corazones de gente de gran mentira, de gran calumnia y de gran maldad, en muchos lugares de la tierra, para da�ar al hombre, como siempre. Porque nosotros estamos llamados por Dios mismo: ha creer s�lo su verdad infinita, su justicia por su amor infinito, los cuales se encuentran exclusivamente en el coraz�n, en la sangre y en la vida gloriosa del �rbol de la vida, su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! Es por eso, que es muy importante para el coraz�n, para el alma, para el esp�ritu y para el cuerpo humano, de todo hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera, el Se�or Jesucristo, ya sea en el para�so, en la tierra o en la nueva gran ciudad de Dios: �La Jerusal�n Santa e Infinita del cielo! Porque el enemigo siempre nos va a decir todo lo contrario, a lo que Dios y sus manos santas han hecho con cada uno de nosotros, en los cielos, en el para�so y, en estos d�as, en las manos y vida gloriosa de su Esp�ritu Santo y de su Hijo amado, el gran rey Mes�as de todos los tiempos. Y el enemigo de Dios hace todas estas maldades terribles en contra de nosotros, para atacar y destruir "ese amor infinito entre Dios y su Hijo amado", el cual es real y verdadero, en los corazones de los �ngeles del cielo y as� tambi�n en los corazones de todos los hombres, mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad entera. Por lo tanto, nosotros tenemos que defendernos, con "las armaduras celestiales" de Dios y de su Esp�ritu Santo, las cuales son poderosas en nuestros corazones y con nuestros labios, cada vez que invocamos el nombre sagrado de nuestro salvador, �el Se�or Jesucristo!, para liberarnos y darnos vida y bendiciones eternas a cada uno de nosotros, en toda la tierra. Porque si no invocamos el nombre sagrado de nuestro coraz�n, de nuestra alma eterna, de nuestra vida infinita, para "ayudarnos y defendernos" de nuestros enemigos, como Lucifer y sus �ngeles ca�dos, por ejemplo, entonces permanecemos en tinieblas eternas, como antes que Dios nos rescatase del polvo de la tierra, para moldearnos en su imagen y conforme a su semejanza eterna. Y �ste es un mal terrible, que un coraz�n humano con su esp�ritu noble de parte de Dios, no desea jam�s para s� mismo, ni aun para sus enemigos, ni mucho menos para sus allegados. Adem�s, nosotros no tenemos ninguna otra ayuda del cielo y de la tierra, que no sea nuestro mismo Creador de nuestras almas y de nuestras nuevas vidas celestiales, en su Esp�ritu Santo y en su Hijo amado, el Se�or Jesucristo; es m�s, ni los �ngeles nos pueden ayudar, si Dios no se los permite. Es por eso, que tenemos que confiar en nuestro Dios y en su palabra santa, cada vez que damos un paso hacia delante en cualquier lugar de toda la tierra y as� tambi�n en nuestras nuevas vidas infinitas, del nuevo reino de los cielos, como en La Nueva Jerusal�n Santa e Infinita del m�s all�. Y tenemos que confiar en nuestro Dios y en su Jesucristo, porque hemos sido llamados por Dios y por sus manos santas, desde las profundas tinieblas de la tierra, para "creer para todo y en todo" lo que es de Dios, s�lo en el nombre sagrado de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! Adem�s, si comenzamos a creer en otras cosas, que no sean de Dios y de su Jesucristo, entonces nuestro coraz�n no funcionara jam�s; y si nuestro coraz�n no funciona, entonces no podremos ser felices, ni menos vivir en la tierra, ni en el m�s all�, como en el para�so o como en el nuevo reino de los cielos, por ejemplo. En verdad, aun permanecemos en las profundas tinieblas del m�s all�, como si estuvi�semos muertos, "viviendo" en el polvo de la muerte eterna, como del bajo mundo de las almas y de los esp�ritus rebeldes e infinitamente perdidos, en el infierno, porque jam�s "honraron en sus corazones" a Dios, ni a su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! Pero si confiamos en nuestro Dios, al igual que los antiguos confiaron en �l y en su nombre sagrado, entonces los dardos del enemigo, de sus muchas mentiras, calumnias y maldades y hasta a veces indescriptibles, "no nos har�n da�o", ni menos tocar nuestras vidas, en la tierra, ni en el para�so, en nuestras nuevas vidas infinitas con el SE�OR. Es m�s, nada ni nadie nos podr� hacer ning�n mal jam�s, porque "seremos" como los �ngeles del cielo o como el mismo Se�or Jesucristo, "protegidos" por Dios y por su Esp�ritu Santo, para siempre y, adem�s, porque son ellos quienes no tienen ning�n enemigo en el infierno que pueda realmente herir sus corazones, para hacerles da�o y destruir sus vidas. En verdad, "seremos invisibles" para el coraz�n, los ojos y la mente (de muchas calumnias y de gran maldad) de Lucifer y de sus �ngeles ca�dos, hoy en d�a y por siempre en el m�s all�, como en el para�so o como en la nueva gran ciudad celestial e infinita del cielo, La Jerusal�n del gran rey Mes�as, �el Cristo! Entonces si hoy mismo, mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas, comienzan a creer en su Dios y en su Jesucristo, como debi� de ser desde el comienzo de todas las cosas con Ad�n y Eva en el para�so y as� tambi�n con cada uno de ustedes, en todos los lugares de la tierra, entonces ser�n transformadas sus vidas, �milagrosamente! Porque nuestro Padre Celestial tiene poder para transformar sus vidas, "milagrosamente, maravillosamente" y aun hasta con prodigios de los cielos y de la tierra, para gloria y para honra infinita de su nombre santo, no solo en la tierra, sino tambi�n en el para�so, para siempre. Como en sus nuevas vidas celestiales, de su nuevo reino venidero, en el m�s all�, de la nueva eternidad venidera, para que vivamos por siempre felices con �l, cumpliendo su verdad y su justicia infinita, "exclusivamente manifestada" a cada uno de nosotros, en nuestros millares, en todas las naciones de la tierra, en el nombre del Se�or Jesucristo, por ejemplo. Entonces todos ustedes est�n llamados, mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas, ha obedecer a su Dios y Creador de sus vidas, "visti�ndose" como los �ngeles del cielo, en las vestiduras y con el coraz�n y el esp�ritu infinitamente noble del �rbol de la vida, �el Se�or Jesucristo! Porque solamente en el Se�or Jesucristo: cada hombre, cada mujer, cada ni�o y cada ni�a, "tiene una vestidura real y de justicia infinita", para vestir y llevar con �l o con ella, en la tierra y as� tambi�n, en su nueva vida infinita, del nuevo reino de los cielos, en el m�s all�. Para entonces disfrutar infinitamente en su pecho con "un coraz�n perfecto y un esp�ritu noble", del fruto del �rbol de la vida, para saborear y para gozar con el SE�OR y con su Esp�ritu Santo: la nueva vida infinita de la nueva eternidad celestial, en la tierra y en el para�so, tambi�n, d�a y noche y para siempre. HOY, DIOS HA RECONCILIADO A LOS QUE CREEN EN SU HIJO AMADO A ustedes tambi�n, aunque en otro tiempo estaban apartados y eran enemigos eternos por tener "la mente ocupada", en las malas obras del maligno, pues, ahora los ha reconciliado nuestro Dios por los poderes sobrenaturales, de la misma vida gloriosa y sumamente sagrada, de su Hijo amado, �el Santo de Israel y de las naciones! Porque era s�lo en la vida gloriosa y perfectamente vivida de su Hijo amado, en la tierra escogida de Israel y bajo la Ley Divina, por la cual Dios mismo los iba a reconciliar con �l, en la tierra y as� tambi�n en el para�so, para que sus vidas sean de �l y m�s no del enemigo, Lucifer, por ejemplo. Por lo tanto, todo aquel que cree en el Se�or Jesucristo y en su obra suprema, llevada acabo "al cumplir la Ley de Dios" en Israel y sobre la cima de la roca eterna, entonces tiene vida en Dios y en su Esp�ritu Santo, en la tierra y as� tambi�n en el para�so, eternamente y para siempre. Porque cuando Ad�n se aparto del fruto de la vida, el cual Dios mismo se la ofreci� a �l, para que le ame y as� entonces le pueda conocer en su coraz�n y en su alma, "lo hizo para el bien eterno", de cada uno de sus descendientes, como hoy en d�a contigo y con cada uno de los tuyos, tambi�n. Es por eso, que es muy bueno que comas y bebas siempre del fruto del �rbol, de la vida de Dios en la tierra, para que luego puedas entrar a la vida eterna, en el para�so y en su nueva ciudad celestial e infinita del cielo, La Nueva Jerusal�n Eterna e Infinita de Dios y de su gran rey Mes�as. Entonces "nadie podr� jam�s entrar" a la vida eterna del nuevo reino de los cielos, si es que aun no ha comido y bebido del fruto del �rbol de Dios, su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! As� como Ad�n y Eva no pudieron permanecer en el para�so, porque no comieron, ni bebieron de su comida y de su bebida eterna, el Se�or Jesucristo, pues as� tambi�n ha de ser Dios contigo y con los tuyos, tambi�n, si no comes y bebes de su Hijo amado, desde hoy mismo, por ejemplo, para vivir la eternidad. Adem�s, esta comida y bebida es una comida y bebida santa y exclusivamente para los �ngeles del para�so, para que el hombre coma y beba de �l, tambi�n, en esta vida y en la venidera, para empezar ya, la nueva vida de Dios y de su �rbol de vida eterna, en el nuevo reino celestial. De hecho, �ste es un reino, en el cual no habr� m�s pecado, ni el dolor por las profundas tinieblas de la tierra, ni del m�s all�, tambi�n, para seguir "agobiando y perturbando" nuestras vidas, como Lucifer lo ha venido haciendo as�, desde mucho tiempo atr�s, con sus mentiras y maldades de su coraz�n oscuro e infinitamente perdido, por ejemplo. Porque el coraz�n de Lucifer lo �nico que piensa, desde el d�a de su rebeli�n en el cielo con sus �ngeles rebeldes, ha sido lo mismo de siempre, de enfrentarse al Se�or Jesucristo y destruir su paz y su vida santa, llena de bendiciones, para los �ngeles fieles y para los hombres, mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad entera. Y estos son corazones y almas infinitamente fieles a Dios y a su Jesucristo, porque "aman" la verdad y la justicia de Dios, en su palabra, en su Ley Eterna, y en su nombre eternamente honrado y sumamente glorioso, sobre todas las cosas, en el cielo y por toda la tierra, tambi�n, para siempre. Entonces es precisamente por ellos, por los cuales nuestro Padre Celestial ha enviado a su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, al mundo: ha luchar y, tambi�n, ha defenderlos sobre todas las cosas del enemigo y de sus muchas maldades, en todos los lugares de la tierra, para que luego entren a sus nuevas vidas angelicales, del nuevo reino celestial. Adem�s, �ste es un reino, el cual nuestro Padre Celestial ha preparado en su coraz�n, todas sus cosas y con sus detalles infinitos para los �ngeles y as� tambi�n para la humanidad entera en su coraz�n y en sus pensamientos eternos, desde mucho antes de la fundaci�n, del reino de los cielos y la creaci�n de toda la tierra. Por lo tanto, esta reconciliaci�n, la cual nuestro Se�or Jesucristo ha tra�do al mundo, "la compro" con el precio sumamente caro del cielo y de toda la tierra, tambi�n, la cual no la pod�a pagar nadie con su oro, con su plata o con sus riquezas, sino s�lo con "la misma sangre sagrada" del Hijo de Dios, �el Se�or Jesucristo! Porque s�lo "la sangre bendita" del Se�or Jesucristo puede pagar el precio, del perd�n del pecado y el regalo de vida eterna, para todos los hombres, mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad entera, en el para�so y as� tambi�n por toda la tierra, eternamente y para siempre. Es por eso, que nuestro Padre Celestial le ofreci� a Ad�n y a Eva a comer y a beber s�lo del fruto de la vida eterna, el Se�or Jesucristo, para que puedan vivir infinitamente, sin jam�s tener que pecar con sus vidas, por enga�o del enemigo o por error propio. Pero esto fue algo que Ad�n y Eva jam�s entendieron en sus corazones, ni en sus esp�ritus humanos y hasta que fue ya demasiado tarde para ellos y para los suyos, en todos los lugares del para�so y as� tambi�n, en toda la tierra, de nuestros d�as, por ejemplo. Y aunque Ad�n y Eva pecaron y tuvieron que abandonar la tierra santa del para�so, ni aun as�, "Dios jam�s los dejo solos", en ning�n momento de sus vidas, en sus tierras celestiales o en la tierra, de nuestros d�as. Por lo tanto, nuestro Dios siempre estuvo con ellos, para "ayudarlos a vencer" el pecado y cada una de sus profundas tinieblas, en sus corazones y en sus vidas, para que no pequen m�s, por medio de la sangre del cordero del sacrificio rutinario, por ejemplo. Porque ambos, despu�s de haber pecado, tuvieron que ofrecer "un sacrifico de sangre" de los mejores de los corderos de toda la tierra, por sus ofensas, por sus pecados y por sus descendientes, tambi�n, "sobre el altar del SE�OR". Entonces nuestro Dios siempre tuvo control de sus vidas, en todos los d�as de sus andares por la tierra y hasta aun en los momentos m�s terribles y de gran peligro de sus vidas, tambi�n, por ejemplo. Y, hoy en d�a, es igual con nosotros; nuestro Padre Celestial tiene poder sobre nuestras vidas, para hacer muchas cosas gloriosas y sumamente santas, por las cuales nos creo en el principio de todas las cosas, para que "levantemos glorias y honras infinitas", desde nuestros corazones hacia �l y hacia su nombre santo, que est�n en los cielos. Es decir, que nuestro Dios "sigue requiriendo" de cada uno de nosotros, as� como con Ad�n y Eva en sus d�as en el para�so, a que comamos y bebamos de su fruto del �rbol de la vida, ni m�s ni menos, para que de nuestros corazones y de nuestras vidas "suban" al para�so: glorias y honras a su nombre santo. Porque para esto nuestro Padre Celestial nos ha creado en sus manos santas, de acuerdo al designio de su coraz�n sagrado desde el principio, para que "seamos vasos de gloria y de honra infinita", para �l y para su vida santa, la cual est� llena de las glorias celestiales e infinitas de sus huestes angelicales del reino nuevo reino venidero. Por lo tanto, nosotros tenemos que ser hechos hijos e hijas de �l, por los poderes sobrenaturales de nuestra fe, "centrada" en el esp�ritu de la sangre y de la vida gloriosa de su �rbol de vida eterna, para que entonces seamos transformados en seres santos, como sus �ngeles o como su mismo Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! Porque nuestro Padre Celestial requiere de nosotros, que seamos tan santos como sus �ngeles del cielo o tan santos como su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, para entonces �l poder recibir "verdadera gloria y suprema honra", para su nueva vida celestial e infinita y para su nombre sagrado y eternamente glorificado, en el nuevo reino de los cielos. Y la �nica manera, por la cual nosotros vamos a ser esos seres gloriosos y sumamente honrados para nuestro Dios y para su nombre, a pesar de que hemos nacido en pecado y en rebeli�n en contra de �l y de su Ley Divina en la tierra, va a ser por los poderes sobrenaturales del Se�or Jesucristo "actuando en nosotros". Porque son los poderes sobrenaturales del nacimiento, de la vida, de la ense�anza, de la Ley, de las sanidades, de milagros, de maravillas, de prodigios de su vida santa y de su crucifixi�n y muerte, sobre los �rboles cruzados de Ad�n y Eva, sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusal�n, "los que nos dan vida". Adem�s, nos seguir�n dando vida y sanidad infinita a nuestros corazones y a nuestras vidas, si tan s�lo "creemos en nuestros corazones" en su nombre sagrado y as� le confesamos en oraci�n delante de nuestro Padre Celestial, para perd�n de nuestros pecados y para "salvaci�n infinita" de nuestras almas eternas, en la tierra y en el para�so, tambi�n, para siempre. Porque han de ser estos mismo poderes sobrenaturales del m�s all� y de la sangre gloriosa del pacto eterno, los que nos "levantaran hacia el cielo", sea que estemos vivos o muertos, as� como el Se�or Jesucristo fue levantado del coraz�n de la tierra, para presentarse "resucitado" a sus disc�pulos y luego "muy santo" a nuestro Dios, en el cielo. Y cuando llegue ese d�a glorioso y sumamente sagrado para nuestro Dios y para nuestras almas infinitas, entonces "en nuestros mismos cuerpos de siempre" hemos de ser transformados al cuerpo perfecto y sumamente santo del Se�or Jesucristo, para que en aquel momento nosotros poder entrar al reino de los cielos y ver a nuestro Creador, por vez primera. Veremos al SE�OR por primera vez para la nueva vida infinita, aunque ya le hemos visto antes, con nuestros ojos, con nuestros corazones, con nuestros esp�ritus y con nuestras almas eternas, en el d�a de nuestra formaci�n en el cielo, porque fue �l mismo quien nos rescata de nuestras primeras tinieblas del m�s all�. Pero no "le recordamos hoy", f�cilmente, porque el esp�ritu del pecado y de la rebeli�n mentirosa de Ad�n, por creer en su coraz�n a las mentiras de Lucifer, de la boca de su esposa Eva y de la serpiente del Ed�n, est� en nosotros, hasta que "Cristo nos rescate con su misma sangre", y esta vez ser� para siempre. Porque sabemos muy bien en nuestros corazones, ni aunque no los haya contado nadie, de que en el d�a que veamos al SE�OR entonces nuestro mismo coraz�n y nuestro esp�ritu humano "cambiaran infinitamente", para jam�s volver a ser los mismos de antes, de la vida del pecado y del mundo poco amistoso a Dios y a su Jesucristo, por ejemplo. Entonces en el Se�or Jesucristo ya no seremos los pecadores y rebeldes a Dios y a su fruto del �rbol de la vida eterna, sino que "seremos hechos", en un momento de fe y de milagro celestial, en hijos e hijas de Dios, para su nueva vida celestial del nuevo reino de los cielos, por inicio propio de Dios mismo. Porque nuestro Se�or Jesucristo nos habr� hecho una copia exacta de �l mismo, por inicio, como en el principio con su imagen y con su semejanza, para que delante de Dios seamos agradables a su vista, a su coraz�n, a su alma sagrada y a su misma vida sant�sima, desde aquel d�a en adelante y para miles de siglos venideros, tambi�n. Al fin, seremos "los seres santos", de los cuales nuestro Padre Celestial siempre so�� en su coraz�n y con su mente sagrada formar, en sus manos y con la vida misma, ni m�s ni menos, de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, para su nueva vida celestial e infinita del nuevo cielo venidero, de La Gran Jerusal�n Santa y Perfecta. En realidad, seremos como en la perfecta imagen y perfecta semejanza de Dios, porque "el Se�or Jesucristo habr� transformado nuestras vidas y nuestros esp�ritus humanos, con su propia vida y con su propio esp�ritu noble", para nunca m�s volver a ser pecadores rebeldes a Dios y a su Ley Bendita, sino obedientes a �l y a su palabra viva. Y como tenemos en cada uno de nosotros, la misma verdad, vida, salud, paz, gloria, bendici�n, justicia, santidad, perfecci�n, inteligencia, poder, sabidur�a, deidad, imagen, semejanza, "coraz�n y derecho eterno", de ser llamados hijo e hija de Dios, entonces por fin comenzaremos a gozar de la vida eterna, por la cual nuestro Dios nos crea en el principio, en el para�so. Al fin, seremos, cada uno de nosotros, "ese amor, ese servicio, esa vida", por la cual nuestro Padre Celestial siempre busco en su Hijo amado, en su Esp�ritu Santo y en cada uno de sus �ngeles del cielo, para empezar la nueva vida celestial e infinita del nuevo reino sempiterno del m�s all�. Y de esto es "la felicidad infinita del coraz�n sagrado" no s�lo de Dios, de su Esp�ritu Santo, de su Hijo amado, de sus �ngeles, sino tambi�n de cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera, hoy en d�a y para siempre, en la nueva vida infinita, con un mismo coraz�n y con un mismo esp�ritu para todos. Entonces si antes estaban perdidos en sus corazones y en sus esp�ritus rebeldes a Dios y a su Jesucristo, pues, hoy en d�a, Dios mismo los ha "reconciliado con �l y con su nombre sagrado", por medio del coraz�n y del esp�ritu noble del gran rey Mes�as de Israel y de las naciones, �el Hijo de David! EL VIEJO HOMBRE SE VA, EL NUEVO SE QUEDA PARA LA ETERNIDAD Pues entonces no desmayen jam�s, por ninguna raz�n, ni por el pecado de nadie, ni menos por el pecado de Ad�n y Eva, porque nuestro Dios "ya nos limpio" con la sangre pura y sagrada del pacto eterno; m�s bien, aunque se va esfumando nuestro hombre exterior, el interior, sin embargo, se va "desarrollando" d�a y noche en Jesucristo. Porque cada uno de nosotros va hacia delante, hacia la "transformaci�n perfecta" de la imagen y de la perfecta semejanza de nuestro Se�or Jesucristo, por medio de los poderes sobrenaturales de la sangre viviente del pacto eterno, para alcanzar no s�lo la vida eterna, sino tambi�n cada gloria y honra infinita para nuestro Dios que est� en los cielos. Ya que, nosotros hemos sido "extra�dos" del polvo de la tierra con las manos sagradas no de �ngeles sino del mismo Creador del cielo y de la tierra, para darnos vida en abundancia, para entonces alcanzar glorias y santidades jam�s alcanzadas por los �ngeles de los cielos, desde los d�as de la antig�edad y hasta nuestros d�as, por ejemplo. Porque en el reino de los cielos y as� tambi�n en todos los lugares de la tierra y de su inmensa creaci�n: Dios tiene glorias y honras perfectas de santidades celestiales e infinitas, que aun los �ngeles no conocen, pero nuestro Dios si las conoce, por que �l es omnisciente, omnipotente y omnipresente; es decir, que �l lo sabe todo. Pues: �S�lo �l es Dios, desde la eternidad y hasta la eternidad, para todos! Y estas nuevas glorias, de gran honra y de perfecta santidad para nuestro Padre Celestial, "alcanzaremos" cada uno de nosotros, si tan s�lo le somos fieles a su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! Porque s�lo en "el esp�ritu", de la sangre y de la vida gloriosa y sumamente honrada del gran rey Mes�as, es que est�n todos los poderes de bendici�n y de salvaci�n infinita, para que cada uno de nosotros "alcance", en nuestros corazones y con nuestros esp�ritus humanos, esas glorias celestiales, de su nombre santo y de su vida gloriosa, tambi�n. Y esto ha de ser as�, d�a a d�a y para siempre, no s�lo en la tierra sino tambi�n en nuestras nuevas vidas infinitas del nuevo reino de los cielos, por ejemplo: siempre y cuando, "le seamos fieles a �l y a su nombre santo", en nuestros corazones, por medio de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! Pues entonces, "estamos llamados por Dios mismo", por inicio paradis�aco, ha comenzar a servirle a �l, en el esp�ritu y en la verdad infinita de su Ley Viviente, la cual fue escrita, cumplida, honrada y exaltada hasta lo sumo, desde el coraz�n de la tierra y hasta lo m�s alto de los cielos de los cielos, en el m�s all�. Porque era necesario que la Ley Divina "saliese" del coraz�n del mundo y de sus profundas tinieblas, por los poderes sobrenaturales de la vida misma del Se�or Jesucristo, en el d�a de su "resurrecci�n", para entrar a la tierra en los corazones de la humanidad entera, y as� levantarse hacia el cielo con ella, para empezar la nueva vida infinita. Porque de otra manera, sin que la Ley de Dios y de Israel "se levante de las profundas tinieblas de la tierra", para regresar al hombre: cumplida, honrada y sumamente exaltada, en la vida del gran rey Mes�as, entonces el comienzo de una vida nueva para un nuevo reino celestial "era totalmente imposible". Ni mucho menos podr�amos entreg�rsela a nuestro Dios, a su Esp�ritu Santo y a sus huestes celestiales, "escrita en nuestros corazones", por la sangre del pacto eterno del Se�or Jesucristo, eternamente para siempre, tambi�n. Pero gracias al Se�or Jesucristo que no s�lo descendi� del cielo, por el poder del Esp�ritu Santo, para entrar en el vientre virgen de las profundas tinieblas, de la hija de David, en Israel, para "nacer" como un ser santo, como �l s�lo lo puede ser, en la tierra y en el cielo, sino que hizo mucho m�s que esto. Nuestro Se�or Jesucristo, en el d�a de su crucifixi�n y muerte, sobre los �rboles cruzados de Ad�n y Eva, y despu�s de haber derramado su misma vida y su sangre santa e infinita por Israel, entonces "entro en el vientre virgen" de las profundas tinieblas de la tierra, como para volver a nacer, como Ad�n, pero m�s santo que �l. Entr� en el vientre virgen de la tierra, como en el vientre de su madre biol�gica, Mar�a, para que "en el Tercer D�a levantarse �l mismo gloriosamente con las tablas de la Ley", infinitamente honradas y cumplidas, para gloria de Dios y de su humanidad infinita, en la tierra y as� tambi�n en el nuevo reino celestial y para siempre. Es por eso, que nuestro coraz�n les debe mucho a Dios y a su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, porque "han hecho tantas cosas muy buenas" para cada uno de nosotros, en la tierra y as� tambi�n en el para�so y en el nuevo reino de los cielos. Y estas son cosas que ninguno de nosotros jam�s pudo haber hecho con nuestras vidas y almas pecadoras, en la tierra y en el para�so, a la Ley de Dios y de Mois�s, por ejemplo, para alcanzar una nueva vida infinita, sumamente rica en bendiciones del nuevo cielo venidero, para �ngeles gloriosos y para la humanidad entera, tambi�n, por ejemplo. Entonces ha sido nuestro Se�or Jesucristo que no s�lo nos "ha entregado la vida eterna", la cual Ad�n y Eva perdieron en el para�so, cuando creyeron en sus corazones y comieron con sus bocas del fruto prohibido del �rbol de la ciencia, del bien y del mal, sino que tambi�n nos "ha dado de todo su ser santo". Nos ha dado de todo su ser santo, sin escatimar nada de nada de �l y de su vida infinitamente gloriosa, desde los primeros d�as de la antig�edad y hasta nuestros d�as, por ejemplo, como su coraz�n con su esp�ritu noble y sangre redentora, para alcanzar el perd�n, el fin de nuestra muerte y la ganancia de la vida eterna. Y esto es que nuestro salvador celestial nos "ha dado de su perfecci�n", de su santidad, de su amor, de su verdad, de su justicia, de su pureza, de su gloria, de sus poderes, de su sabidur�a, de sus buenas y ricas oraciones hacia nuestro Dios, adem�s, de su carne, de su sangre, de su alma y esp�ritu sant�simo, tambi�n. Porque "nuestro redentor sabe muy bien" que no viviremos nunca jam�s en la tierra, ni menos en el para�so o en el nuevo reino de los cielos, si no somos: de su carne, de su coraz�n, de su esp�ritu noble, de su sangre, de su alma sant�sima y, por ende, de sus buenas y ricas oraciones hacia Dios, tambi�n. Entonces "no desmayen" mis estimados hermanos, porque si nuestro hombre interior se va "desapareciendo" por el poder del pecado y de sus tinieblas, no obstante, nuestro nuevo hombre interior se va "engrandeciendo" d�a y noche y sin cesar, si tan s�lo le somos "fieles a Dios", por el amor y el nombre glorioso de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! Eso es lo que Dios pide de ti, mi estimado hermano y mi estimada hermana: un coraz�n nuevo y un esp�ritu noble en tu pecho para �l y para su nueva vida infinita en ti y en los tuyos, tambi�n, hoy en d�a y por siempre en el cielo. Y no como el coraz�n de carne que posees, hoy en d�a, en tu pecho: duro y rebelde al Mes�as del para�so y de todos los tiempos, pues entonces, sin m�s decir: te debes a ti mismo, para honra a Dios: un coraz�n bueno y un esp�ritu noble, como el de su Hijo, el Hijo de David, �el Cristo Celestial! El amor (Esp�ritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo es contigo. �Cultura y paz para todos, hoy y siempre! D�gale al Se�or, nuestro Padre Celestial, de todo coraz�n, en el nombre del Se�or Jesucristo: Nuestras almas te aman, Se�or. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, tambi�n, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el Se�or Jesucristo. LOS �DOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS Es por eso que los �dolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre Celestial y de su Esp�ritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en �sta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quiz� que el fin de todos los males de los �dolos termine, cuando llegues al fin de tus d�as. Pero esto no es verdad. Los �dolos con sus esp�ritus inmundos te seguir�n atormentando d�a y noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males est� aqu� contigo, en el d�a de hoy. Y �ste es el Se�or Jesucristo. Cree en �l, en esp�ritu y en verdad. Usando siempre tu fe en �l, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible de los �dolos y de sus huestes de esp�ritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos tambi�n, en la eternidad del reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de d�a en d�a honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos �ngeles. Y t� con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oraci�n, cada tilde, cada categor�a de bendici�n terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada se�or�o, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del d�a de hoy y de la tierra santa del m�s all�, tambi�n, en el reino de Dios y de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo!, �El Todopoderoso de Israel y de las naciones! S�LO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS Esta es la �nica ley santa de Dios y del Se�or Jesucristo en tu coraz�n, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo as�, desde los d�as de la antig�edad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos: PRIMER MANDAMIENTO: "No tendr�s otros dioses delante de m�". SEGUNO MANDAMIENTO: "No te har�s imagen, ni ninguna semejanza de lo que est� arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinar�s ante ellas ni les rendir�s culto, porque yo soy Jehov� tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generaci�n de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos". TERCER MANDAMIENTO: "No tomar�s en vano el nombre de Jehov� tu Dios, porque �l no dar� por inocente al que tome su nombre en vano". CUARTO MANDAMIENTO: "Acu�rdate del d�a del s�bado para santificarlo. Seis d�as trabajar�s y har�s toda tu obra, pero el s�ptimo d�a ser� s�bado para Jehov� tu Dios. No har�s en ese d�a obra alguna, ni t�, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que est� dentro de tus puertas. Porque en seis d�as Jehov� hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y repos� en el s�ptimo d�a. Por eso Jehov� bendijo el d�a del s�bado y lo santific�". QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus d�as se prolonguen sobre la tierra que Jehov� tu Dios te da". SEXTO MANDAMIENTO: "No cometer�s homicidio". SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometer�s adulterio". OCTAVO MANDAMIENTO: "No robar�s". NOVENO MANDAMIENTO: "No dar�s falso testimonio en contra de tu pr�jimo". DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciar�s la casa de tu pr�jimo; no codiciar�s la mujer de tu pr�jimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu pr�jimo". Entr�gale tu atenci�n al Esp�ritu de Dios y d�shazte de todos estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, tambi�n. Hazlo as� y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus �dolos y de sus im�genes de talla, aunque t� no lo veas as�, en �sta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, tambi�n. Y t� tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los d�as de la antig�edad, para seguir destruyendo sus vidas, en el d�a de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que s�lo �l desea ver vida y vida en abundancia, en cada naci�n y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra. Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Se�or Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la siguiente oraci�n de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas: ORACI�N DEL PERD�N Padre nuestro que est�s en los cielos: santificada sea la memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo as� tambi�n en la tierra. El pan nuestro de cada d�a, d�noslo hoy. Perd�nanos nuestras deudas, como tambi�n nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentaci�n, mas l�branos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Am�n. Porque si perdon�is a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial tambi�n os perdonar� a vosotros. Pero si no perdon�is a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonar� vuestras ofensas. Por lo tanto, el Se�or Jes�s dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR M�". Juan 14: NADIE M�S TE PUEDE SALVAR. �CONF�A EN JES�S HOY! MA�ANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. YA MA�ANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS TUYOS, EN EL D�A DE HOY. - Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de �ste MUNDO y su MUERTE. Disp�nte a dejar el pecado (arrepi�ntete): Cree que Jesucristo muri� por ti, fue sepultado y resucito al tercer d�a por el Poder Sagrado del Esp�ritu Santo y deja que entr� en tu vida y sea tu �NICO SALVADOR Y SE�OR EN TU VIDA. QUIZ� TE PREGUNTES HOY: �QUE ORAR? O �C�MO ORAR? O �QU� DECIRLE AL SE�OR SANTO EN ORACI�N? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios m�o, soy un pecador y necesito tu perd�n. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a venir a mi coraz�n y a mi vida, como mi SALVADOR. �Aceptaste a Jes�s, como tu Salvador? �S� _____? O �No _____? �Fecha? �S� ____? O �No _____? Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora: Lee la Biblia cada d�a para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando todos los d�as en el nombre de JES�S. Baut�zate en AGUA y en El ESP�RITU SANTO DE DIOS, adora, re�nete y sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de Cristo a los dem�s. Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos que los hermanos Pentecost�s o pastores del evangelio de Jes�s te recomienden leer y te ayuden a entender m�s de Jes�s y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos est�n disponibles en gran cantidad en diferentes temas, en tu librer�a cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a las librer�as cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros est�n a tu disposici�n, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios. Te doy las gracias por leer m� libro que he escrito para ti, para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y as� comiences a crecer en �l, desde el d�a de hoy y para siempre. El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusal�n d�a a d�a y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque �sta es la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras bendiciones y salvaci�n eterna de nuestras almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Esp�ritu Eterno: "Vivan tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios, Jerusal�n". Por causa de mis hermanos y de mis amigos, dir� yo: "Haya paz en ti, siempre Jerusal�n". Por causa de la casa de Jehov� nuestro Dios, en el cielo y en la tierra: implorar� por tu bien, por siempre. El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Esp�ritu de Dios a toda la humanidad, dici�ndole y asegur�ndole: - Qu� todo lo que respira, alabe el nombre de Jehov� de los Ej�rcitos, �el Todopoderoso! Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo coraz�n, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, por la eternidad. http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp? playertype=wm%20%20/// http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx http://radioalerta.com
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