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Article #52

(IVAN): LA SANGRE VIVA E INFINITA

#52
From: IVAN VALAREZO
Date: Sun, 27 May 2007 17:10
1311 lines
71289 bytes
S�bado, 26 de Mayo, a�o 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo, 
Guayaquil, Ecuador - Iberoam�rica 


(Este Libro fue Escrito por Iv�n Valarezo) 

(Felicidades a todos, en todo nuestro Ecuador, en estos d�as 
festivos por las victorias de "la Batalla de Pichincha", la 
cual significa tanto para nosotros, porque fue el comienzo de 
muchas m�s victorias en toda nuestra Am�rica, que aun hoy en 
d�a, se siguen alcanzando y ganando en la cara de nuestros 
adversarios. Que nuestro Dios bendiga por siempre, en el 
nombre de nuestro Se�or Jesucristo, a los hombres de buena fe 
y de buena voluntad, como nuestro libertador americano Sim�n 
Bol�var y el mariscal Antonio Jos� de Sucre, quienes so�aron 
forjar un mundo mejor para nuestros diversos pueblos en toda 
Am�rica, para siempre. S�, muchas felicidades a todos 
nuestros hermanos ecuatorianos por la victoria de La Batalla 
de Pichincha, la cual libero a la Republica de la Gran 
Colombia y luego a Quito, para que el Per� entonces, tambi�n, 
fuese libre, como el resto de nuestros hermanos y hermanas en 
toda Am�rica latina.)


LA SANGRE VIVA E INFINITA

Nuestro Dios nos creo en los poderes sobrenaturales de la 
sangre bendita de su �rbol de vida, su Hijo Santo, el Mes�as, 
porque es lo mejor que hay en el cielo y para que llevemos 
por siempre su imagen y vivamos conforme a su imagen y 
semejanza santa, en el para�so y en toda su nueva creaci�n 
venidera e inmortal. Por lo tanto, nosotros somos 
descendientes directos de Dios mismo y de su Hijo amado, el 
Se�or Jesucristo, para vivir la vida eterna, con todos sus 
beneficios celestiales de su Esp�ritu Santo y de sus tierras 
sagradas y gloriosas del para�so y del nuevo reino celestial, 
por ejemplo. 

Adem�s, esta es una bendici�n de Dios en nuestras vidas, de 
la cual Lucifer ha luchado mucho para arrebat�rnosla, porque 
desear�a que fuera para �l, pero no la podr� obtener jam�s, 
por su coraz�n malvado y rebelde infinitamente hacia Dios y 
hacia su �rbol de vida, �el Se�or Jesucristo! Y nuestro Padre 
Celestial no puede compartir su vida y su Casa Celestial con 
un ser tan rebelde como Lucifer y como sus muchos seguidores, 
�ngeles mentirosos y gentes de gran mentira y maldad eterna; 
por eso, ellos son mantenidos lejos de los bienes, 
privilegios y bendiciones de la vida sagrada del cielo, como 
todo pecador de toda la tierra. 

Entonces es por envidia que Lucifer nos ataca, cada vez que 
tiene la oportunidad de hacerlo as�, con sus mentiras en la 
boca de su esp�ritu de error y de sus �ngeles de gran maldad, 
por ejemplo. Y estos son esp�ritus de maldad que est�n en 
donde est�n las tinieblas del pecado, para seguir sus mismos 
ataques mentirosos y crueles en contra de Dios y de su obra 
inmortal, manifestada gloriosamente en la sangre viva e 
infinita de su �rbol de la vida, su Hijo amado, en el para�so 
y as� tambi�n en toda la tierra. 

Adem�s, la envidia de Lucifer hacia cada uno de nosotros, de 
todos los hombres, mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad 
entera, realmente, es tan grande y profunda, porque la sangre 
viva e infinita de Jesucristo nos puede perdonar nuestros 
pecados y, a la vez, limpiar y purificar de los males de las 
tinieblas del infierno y de sus seguidores. Y estos 
seguidores de Lucifer y de sus mentiras malvadas, pueden ser 
muy bien no s�lo �ngeles ca�dos, en sus millares por doquier, 
sino tambi�n pecadores y pecadoras de gran maldad en todos 
los lugares de la tierra, para hacer da�o a la obra bendita 
de Dios y de su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, a como de 
lugar. Lucifer est� desesperado (y har� lo que sea) para 
destruir a los hijos e hijas de Dios y de su verdad 
celestial.

Porque es por el poder de la mentira que Lucifer ha hecho 
mucho da�o a la obra de Dios, en los labios de la gente de 
maldad, desde los d�as del para�so y a trav�s de los tiempos 
de la tierra, para que la gloria del coraz�n del hombre no 
sea de Dios, sino que se pierda o sea de nadie. En vista de 
que, cada vez que el coraz�n del hombre le rinde gloria y 
honor al nombre sagrado de Dios, entonces muchas bendiciones, 
glorias y grandezas de santidades infinitas, aun no 
descubiertas por los �ngeles del cielo, se manifiestan para 
engrandecer aun mucho m�s que antes a nuestro Dios y a su 
Hijo amado, �el Se�or Jesucristo! 

Y estas bendiciones sobrenaturales y del m�s all� salen de 
nuestros corazones y de nuestras almas redimidas, por los 
poderes gloriosos e infinitos de la misma sangre del �rbol de 
la vida, nuestro salvador Jesucristo, para engrandecer mucho 
m�s que antes la vida y la gloria celestial del reino de los 
cielos y de sus seres muy santos, por cierto. Porque todo es 
glorificado y eternamente honrado por nuestros corazones, 
cuando alabamos, honramos, exaltamos, oramos a nuestro Padre 
Celestial en el esp�ritu de la sangre viva e infinita de 
nuestro salvador celestial, �el Se�or Jesucristo!, para que 
nuestro Padre Celestial sea glorificado y consagrado mucho 
m�s que antes por los �ngeles, en la tierra y en el reino 
celestial, tambi�n.

Por lo tanto, es el esp�ritu de la sangre del pacto eterno 
entre Dios y el hombre de la humanidad entera, "la del 
G�lgota", la que nos limpia de todo pecado y regenera 
nuestros esp�ritus, almas, corazones y cuerpos espirituales y 
terrenales, para servir a nuestro Dios d�a y noche y por 
siempre en la tierra y en el para�so. Entonces �sta sangre 
viva e infinita del para�so ha descendido a nosotros para 
rescatarnos, con los poderes y autoridades de parte de 
nuestro Padre Celestial, para que Lucifer y cada uno de sus 
seguidores, como �ngeles ca�dos y gentes de gran mentira, 
sean derrotados diariamente y por siempre, en la eternidad 
venidera de su condena infinita del m�s all�. 

Porque todos nuestros enemigos, sean �ngeles rebeldes o 
gentes de gran maldad, ya han sido condenados, por sus mismas 
palabras y por sus mismas acciones, porque no han cre�do en 
sus corazones, ni jam�s honraron con sus labios: al dador de 
la vida eterna, la sangre viva e infinita, el �rbol de la 
vida, �el Se�or Jesucristo! Realmente nuestros enemigos, como 
todo pecador y pecadora de la tierra viven en los poderes 
terribles del fruto o de la sangre manchada por el pecado y 
la rebeli�n del �rbol de la ciencia del bien y del mal, 
cuando nosotros vivimos por los poderes reales e infinitos de 
la sangre del �rbol de la vida, �el Hijo de Dios! 

Es decir, que nosotros vivimos en la luz del �rbol de la 
vida, llena de bendiciones y de protecciones infinitas en 
contra de los males del pecado y de nuestros enemigos 
eternos, cuando nuestros enemigos, en sus millares, en todos 
los lugares, viven en las profundas tinieblas del fruto 
prohibido del �rbol de la ciencia, del bien y del mal. Por lo 
tanto, nuestros enemigos est�n perdidos infinitamente en sus 
delitos y pecados, por creer en la mentira y en la maldad del 
esp�ritu de error, cuando nosotros estamos vivos y nuestros 
nombres escritos en "el libro de la vida", porque hemos 
cre�do a la verdad y a la justicia del Esp�ritu Santo de 
Dios. 

Y esta verdad y justicia del Esp�ritu de Dios se hizo 
realidad en nuestras vidas, cuando descendi� del cielo y se 
introdujo en el vientre virgen de la hija de David, de la 
Casa de Israel, para entregarnos ese coraz�n y cuerpo 
sagrado, lleno de la vida de la sangre viva e infinita, la 
cual nos redimir�a del pecado infinitamente. Porque era s�lo 
el Hijo de Dios, el Se�or Jesucristo, quien descender�a del 
para�so, para vivir entre nosotros y as� cumplir y hasta 
honrar infinitamente la Ley de Dios y de Mois�s, no s�lo en 
su coraz�n, sino tambi�n en el coraz�n de cada hombre, mujer, 
ni�o y ni�a de la humanidad entera, para bien de muchos. 

Aqu� se cumpli� la promesa hecha por Dios a los antiguos, de 
que �l mismo escribir�a su Ley Celestial en los corazones de 
todos los hombres de la tierra, con su propia mano, para que 
sea cumplida y m�s no deshonrada. Deshonrado su Ley Sagrada, 
como siempre lo han hecho los rebeldes a Dios y a su gran rey 
Mes�as, como Ad�n y Eva en el para�so o como en Israel, por 
ejemplo, desde el mismo d�a que la recibieron de manos de 
Mois�s, para encender la ira de Dios en contra de ellos 
mismos. 

Encender la ira divina, por sus pecados y rebeliones 
infinitas de un becerro de oro en sus manos, al cual adoraban 
como su libertador, en vez, de honrar y exaltar en sus 
corazones, aquel que vive infinitamente y tiene con �l, en su 
coraz�n y en su cuerpo inmolado, la sangre viva e infinita 
que limpia el alma del pecado. Entonces en �ste d�a terrible 
para la historia de la humanidad, el hombre ciego y pecador 
peca en contra Dios y de la sangre viva e infinita, al creer 
en su coraz�n y confesar con sus labios, de que hab�a sido 
ese �dolo de oro de cuatro patas, el que los hab�a liberado 
de las manos crueles de sus enemigos. 

Realmente este fue un pecado terrible en contra de la sangre 
bendita, del �rbol de la vida del para�so, por la cual Dios 
no quer�a perdonar; pero como su misericordia fue mayor que 
su ira, entonces decidi� posponer el castigo de �ste terrible 
pecado para el juicio final de todas las cosas, en el �ltimo 
d�a de la tierra. Y, hoy en d�a, �sta misma sangre viva e 
infinita, clama por ti, mi estimado hermano y mi estimada 
hermana, no s�lo para perdonar tus pecados, lo cual es muy 
importante para ver la vida eterna y sus riquezas, pero para 
sanar tu vida y protegerte de los males de tus enemigos, como 
Lucifer y su serpiente antigua, por ejemplo. 

En vista de que, tus enemigos son muchos y no se han cansado 
de atacarte d�a y noche, desde el d�a que comenzaron a atacar 
a Ad�n y a Eva en el para�so, en el m�s all�, por ejemplo, en 
donde empez� tu misma vida con tu pecado original, la que 
vives hoy en d�a, en la tierra. Entonces la sangre viva del 
para�so clama por ti (y por los tuyos tambi�n), para 
despertarte de tus tinieblas y de tu ceguera espiritual y 
veas a Cristo Jes�s, tu �nico verdadero amigo en esta tierra 
y en tu nueva vida venidera del nuevo reino celestial, para 
llenar tu coraz�n y tu alma de la luz de su sangre milagrosa. 

Y lo �nico que tienes que hacer para responder a su llamado, 
realmente, es aceptarla en tu vida, al orar a nuestro Dios 
que est� en los cielos, en el nombre sagrado de su Hijo 
amado, el Se�or Jesucristo, para que perdone tus pecados y te 
bendiga desde el mismo cielo y para�so del �rbol Vivo con sus 
bendiciones infinitas. Y as� Dios mismo llene tu vida de su 
nueva luz celestial e infinita de su �rbol Viviente, su Hijo 
amado, el Mes�as, para que las tinieblas de tus males de 
siempre, como los que agobian tu coraz�n, tu mente, tu alma, 
tu esp�ritu y tu cuerpo humano, entonces se vayan de tu vida 
y no vuelvan m�s a ti.

JESUCRISTO SE DIO ASIMISMO, PARA LIMPIARNOS CON SU SANGRE

Al que no conoci� pecado, por nosotros el SE�OR le hizo 
pecado para que descendiese hasta la pobreza de nuestras 
vidas y as� entonces levantarnos de la nada: a la gloria m�s 
sublime del cielo y de toda la nueva vida del SE�OR y de sus 
huestes angelicales. Con el prop�sito de que cada uno de 
nosotros, en nuestros millares, de todas las razas, linajes, 
pueblos, familias, tribus y reinos de la tierra, entonces sea 
hecho verdad y justicia de Dios, s�lo posible en �l, en su 
Hijo muy amado, �el Se�or Jesucristo! 

Porque era necesario que nuestro Padre Celestial nos salvase 
del poder del pecado y de sus muchas tinieblas, por medio de 
una vida santa y sumamente honrada, la cual descendiese de 
las riquezas del cielo a la pobreza de la tierra, para no 
s�lo regresar al para�so, sino mucho m�s que esto. Y esto fue 
realmente para vivir una vida sana, santa y saludable, como 
ninguna otra, en sus nuevas tierras con nuevos cielos, en el 
nuevo reino celestial, en donde la pobreza y la maldad del 
pecado y de sus profundas tinieblas de Lucifer y de sus 
�ngeles ca�dos no existen, para siempre, en ning�n ser creado 
del SE�OR. 

Por lo tanto, un cordero o un becerro o un toro de las 
manadas israel�es no pod�an satisfacer los requisitos de una 
vida sana, santa y eternamente saludable y apta para vivir 
con nuestro Dios y sus huestes de �ngeles gloriosos de la 
nueva vida perenne, del nuevo reino celestial, como La Nueva 
Jerusal�n Santa e infinita, por ejemplo. En verdad, nos 
encontr�bamos en un l�o muy serio y sin salida alguna, en 
todos nuestros contornos de todo lo que es (y ha de ser) 
nuestra vida humana, en toda la vida del mundo entero, para 
escapar los males del pecado y de su muerte eterna, no s�lo 
en la tierra sino tambi�n del infierno infinitamente violento 
y tormentoso. 

Ten�amos nuestra sangre llena de pecados, mentiras y las 
maldiciones de enfermedades y de muertes terribles de parte 
de Lucifer y de su coraz�n perdido en tinieblas y destrucci�n 
eterna para cada uno de nosotros, comenzando con Ad�n y Eva, 
por ejemplo, por haber comido del fruto prohibido, en vez, 
del fruto del �rbol de la vida, infinita de Dios. De hecho, 
�sta misma sangre nuestra tenia que ser reemplazada o 
regenerada por una sangre buena, que no s�lo nos borre, 
limpie y purifique de nuestros pecados y de sus muchas 
profundas tinieblas de enfermedades que vienen a nosotros del 
m�s all�, de parte de Lucifer y de sus �ngeles ca�dos, por 
ejemplo, sino mucho m�s que esto. 

Y esto era que la nueva sangre, no pod�a ser de la tierra o 
de cualquier animal de sacrificio o de hombres, sino del 
mismo para�so, para darnos poder y vida en abundancia, para 
nosotros entonces poder vivir nuestras vidas, por las cuales 
fuimos creados en Dios y en su Esp�ritu Santo, para s�lo 
vivirla por su �rbol Viviente, Jesucristo. Porque no es 
posible que sangres de animales de sacrificio u hombres 
pecadores de la tierra nos puedan dar de sus sangres, para 
nosotros entonces poder ser hechos libres de nuestros pecados 
y males eternos, en la tierra y en el m�s all�, tambi�n, y 
as� poder entrar a la nueva vida infinita del nuevo reino de 
los cielos. 

Esto no es as�, para ning�n hombre, mujer, ni�o y ni�a de la 
humanidad entera, porque no existe sangre de animal o humana 
que nos pueda llevar de regreso a la vida celestial de la 
antig�edad, la del para�so de Ad�n y Eva, por ejemplo. 
Entonces la �nica sangre que nos pod�a (y aun nos puede) 
limpiar, santificar, sanar y llenar de vida en abundancia, 
realmente, es la misma sangre gloriosa de nuestro Se�or 
Jesucristo, el �rbol de la vida eterna del para�so y de toda 
la nueva creaci�n de Dios y de sus huestes celestiales, en la 
tierra y en el m�s all�, tambi�n. 

Es por eso, que el SE�OR desde el principio le requiri� a 
Ad�n y a Eva comer y beber solamente del fruto del �rbol de 
la vida, para que de esta manera �nica, no s�lo se pudiera 
quedar a vivir en el para�so, sino que ambos crecer�an 
espiritualmente hasta llegar a ser tan santos y gloriosos, 
como su mismo Creador. Porque para esto Dios mismo los saco 
con sus propias manos del fondo de las profundas tinieblas de 
la tierra, para formarlos con la ayuda id�nea de su Esp�ritu 
Santo, en su imagen y conforme a su semejanza sagrada, "s�lo 
posible", por medio del fruto del �rbol de la vida, su 
"Cordero Escogido y su sangre bendita", �el Se�or Jesucristo! 

Puesto que, es la sangre del Se�or Jesucristo, la del �rbol 
de la vida, la que nos lleva de regreso al para�so y nos 
permite permanecer a vivir en ella con Dios y sus �ngeles 
celestiales, para no s�lo comer y beber del Se�or Jesucristo, 
sino tambi�n de los frutos de los millares de �rboles que 
existen en el para�so. Porque la sangre del hombre y de la 
mujer tienen que ser compatibles con la sangre del �rbol de 
la vida de Dios, para entonces quedarse a vivir en el 
para�so, de otra manera, no es posible la vida para ning�n 
ser viviente, como el pecador o la pecadora vivir en el cielo 
y con su Dios.

Entonces viviremos en el para�so para comer y beber s�lo del 
�rbol de la vida y de sus millares de frutos y �rboles 
creados por Dios y su Esp�ritu, los cuales s�lo nos hacen 
bien y, a la vez, nos dan salud infinita en nuestras sangres 
y en nuestros cuerpos espirituales y glorificados, en la 
sangre bendita de nuestro Jesucristo. Porque la verdad es que 
el �rbol de la ciencia del bien y del mal ha de estar ah�, en 
su lugar, en el epicentro del para�so, pero ya no nos har� 
m�s da�o, como se lo hizo a Ad�n y a Eva primero, por 
desobediencia a la palabra bendita del SE�OR, por ejemplo. 

Realmente, viviremos felices y libres del mal del pecado y de 
su muerte, porque Lucifer ya no existir� m�s, como hoy en d�a 
vive aun, a pesar de la gran derrota que sufri� delante del 
SE�OR y del Se�or Jesucristo, en el d�a de la crucifixi�n y 
de la resurrecci�n de entre los muertos en el Tercer D�a, por 
ejemplo. Entonces como Dios mismo hizo al Se�or Jesucristo 
que sufriera el poder del pecado y de su mal eterno en el 
madero, aunque jam�s peco, para que entonces descendiera a la 
terrible pobreza de nuestro estado espiritual del infierno, y 
desde ah� levantarnos muy alto y hasta la nueva vida infinita 
del nuevo reino celestial, en el m�s all�. 

Adem�s, nuestro Dios hizo todo este gran milagro, s�lo en la 
vida de su Hijo amado, por el poder sobrenatural de su misma 
sangre viviente, viviendo en el coraz�n de cada uno de los 
hombres, mujeres, ni�os y ni�as de las naciones, para 
entonces cumplir la Ley del para�so y as� darle vida nueva a 
su humanidad infinita y celestial. Porque a parte de eso, 
ning�n ser viviente pod�a realmente conocer a su �rbol de 
vida y de salud infinita, para entonces regresar a su vida 
normal del cielo y vivir eternamente en la verdad y en la 
justicia gloriosa y sumamente honrada de su Creador, �el 
Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera! 

Esto era totalmente imposible para la vida de la humanidad 
entera, sin Cristo Jes�s en su sangre, sea quien sea la 
persona del ayer y de hoy en d�a, en toda la creaci�n de 
Dios, en el para�so y en toda la tierra, tambi�n. Por eso, 
damos gracias a nuestro Padre Celestial por ofrecerle su 
fruto del �rbol de la vida a Ad�n y a cada uno de sus 
descendientes, tambi�n, de todas las razas, pueblos, linajes, 
tribus y reinos del mundo entero, comenzando con Eva, por 
supuesto, para alcanzar como hoy mismo, por ejemplo, el bien 
perdido de la vida eterna del para�so. 

Ya que, es �sta misma sangre bendita del Se�or Jesucristo, su 
Hijo amado, la cual nos mantiene vivos hoy en d�a y en toda 
la tierra, para muy pronto, si nuestro Dios nos se tarda m�s, 
entonces regresar a nuestras vidas normales del para�so y del 
nuevo reino celestial, como La Nueva Jerusal�n Dios, la que 
desciende del cielo. Y si �sta misma sangre sagrada y antigua 
del para�so viene a ti, mi estimado hermano, as� como vino en 
su d�a a Ad�n y a Eva, entonces no cometas el mismo error y 
rebeli�n de nuestros progenitores celestiales, al no comer y 
beber del �rbol de la vida, sino has todo lo contrario, y 
ac�ptala en tu vida ilimitadamente. 

Porque si aceptas a Jesucristo como tu �rbol de la vida y de 
salud infinita de tu coraz�n y de tu alma, entonces los 
poderes sobrenaturales de la misma sangre sagrada y antigua 
del para�so, comenzara a bendecir tu vida (y la de los tuyos 
tambi�n), como jam�s has sido bendecido en toda tu vida y en 
la eternidad venidera. En realidad, s�lo la sangre del Se�or 
Jesucristo es la mejor para el hombre, la mujer, el ni�o y la 
ni�a de la humanidad entera, para perdonar pecados y 
limpiarlos de los poderes terribles de las enfermedades, de 
las cuales azotan el coraz�n, el alma y la vida humana, de 
parte de Lucifer y de sus �ngeles ca�dos, por ejemplo. 

Es por eso, que el que no tiene la sangre bendita y antigua 
del para�so obrando en sus poderes y autoridades celestiales 
de parte de nuestro Padre Celestial, entonces es muy f�cil 
atacado por el poder del enemigo y de sus muchas tinieblas, 
para que su coraz�n, su esp�ritu, su alma y su cuerpo 
enfermen, y mueran en las tinieblas. Porque todo aquel que 
enferma y muere, entonces enferma y muere en las profundas 
tinieblas del pecado de Lucifer y de sus �ngeles ca�dos, para 
descender a su lugar eterno, en el bajo mundo del m�s all�, 
como el abismo, el infierno y posteriormente, despu�s del 
juicio: la segunda muerte final de su alma perdida, el lago 
de fuego.

TENEMOS PERD�N DE PECADO, S�LO EN LA SANGRE DE JESUCRISTO

Por esta raz�n, s�lo en el Se�or Jesucristo tenemos redenci�n 
celestial e infinita para nuestras almas, por medio de su 
sangre, el perd�n de nuestras transgresiones de la Ley del 
Para�so, seg�n las riquezas de su gracia, la cual hizo 
sobreabundar en todo poder y entendimiento para con cada uno 
de nosotros, en la tierra y en la eternidad, tambi�n. Es por 
eso, que la sangre del Se�or Jesucristo jam�s debe de faltar 
en nuestras vidas d�a a d�a; nuestro Dios nos la entrego en 
su abundancia infinita, para que jam�s nos falte ninguna de 
sus muchas bendiciones y poderes sobrenaturales, para 
derrotar al enemigo, en todo momento de nuestras vidas, por 
la tierra y en el m�s all�, tambi�n. 

Porque la verdad fue para Ad�n, la cual no entendi� jam�s y 
hasta que fue demasiado tarde, que el �nico poder 
sobrenatural del m�s all�, como en el para�so, por ejemplo, 
que le pod�a librar de cada una de las artima�as de Lucifer, 
como sus mentiras y dem�s maldades mortales, era la misma 
sangre bendita del �rbol de la vida. Porque s�lo en el fruto 
del �rbol de la vida hay poder para el coraz�n, para el alma 
y para el cuerpo de Ad�n y de cada uno de sus descendientes, 
en el para�so y en toda la creaci�n celestial, eternamente y 
para siempre, desde hoy mismo y hasta la nueva eternidad 
venidera de Dios y de su humanidad infinita. 

Adem�s, fue por esta raz�n, de que Dios requiri� de Ad�n y de 
cada uno de sus descendientes, comenzando con Eva, por 
ejemplo, de que ten�an que comer y beber siempre del  fruto 
del �rbol de la vida, el Se�or Jesucristo, en el epicentro 
del para�so, para que sus cuerpos perennemente se mantuviesen 
con esa vitalidad infinita, del reino celestial. Hoy en d�a, 
lo mismo es verdad para todo hombre, mujer, ni�o y ni�a de 
todas las familias de las naciones del mundo entero, de los 
que ya han vivido sus vidas, de los que aun est�n viviendo 
sus vidas y de los que han de venir a vivir sus vidas en la 
tierra, en edades futuras, por ejemplo. 

Es decir, que la sangre del Se�or Jesucristo jam�s debi� 
faltar para Ad�n y Eva en el para�so, si realmente quer�an 
seguir viviendo con Dios y con sus huestes de �ngeles 
gloriosos y sumamente honrados, del reino de los cielos. Por 
lo tanto, lo mismo es verdad para con nosotros en toda la 
tierra, en esta hora del d�a y por siempre ha de ser verdad, 
igual, en la nueva vida celestial del nuevo reino celestial y 
de su �rbol de vida infinita, rodeado por siempre de sus 
huestes celestiales y de naciones de gentes redimidas por su 
sangre infinita.  

En vista de que, la sangre del Se�or Jesucristo jam�s perdi� 
ning�n valor espiritual para con Dios en el para�so, como en 
el d�a que Ad�n y Eva la rechazaron en sus vidas, al no comer 
del fruto del �rbol de vida, la sangre viva e infinita del 
nuevo reino venidero. Ni tampoco ha perdido ning�n valor 
espiritual el Se�or Jesucristo en nuestras vidas humanas, 
sino que todo lo contrario; realmente, la sangre de Cristo ha 
ganado m�s valor que antes en el coraz�n de los �ngeles del 
cielo y as� tambi�n en los corazones de los hombres, mujeres, 
ni�os y ni�as de la humanidad entera, aunque jam�s le han 
visto. 

Y, hoy en d�a, esta misma sangre viva e infinita toca la 
puerta de tu coraz�n, mi estimado hermano y mi estimada 
hermana, para perdonar tus pecados, librarte de todas tus 
culpas y males eternos, para que no pierdas ninguna de las 
bendiciones de tu Padre Celestial que est� en los cielos, por 
ejemplo. Adem�s, este es un valor espiritual de perd�n, 
bendici�n, sanidad y de salvaci�n de nuestras almas, en la 
tierra y en el para�so, llena de sus muchas y m�s ricas 
gloriosas bendiciones de nuestro Padre Celestial, de su Hijo 
amado, de su Esp�ritu Santo y de sus millares de �ngeles, 
arc�ngeles, serafines, querubines y dem�s seres santos del 
reino celestial.  

Es decir, tambi�n, que cada vez que la sangre del Se�or 
Jesucristo se manifiesta en nuestras vidas, entonces mucho 
m�s de ella llegamos a conocer en nuestros corazones, en 
nuestras almas, en nuestros esp�ritus y cuerpos humanos, en 
la tierra y en el para�so, como en el nuevo reino celestial: 
La Nueva Jerusal�n Santa e Infinita del cielo, por ejemplo. 
Porque la verdad es que aun no conocemos muchos de los 
poderes y autoridades sobrenaturales de la sangre viviente 
del Se�or Jesucristo, para bendecir nuestras vidas terrenales 
y celestiales, tambi�n, como en el m�s all�, de la nueva era 
venidera de Dios y de sus huestes celestiales, del nuevo 
reino de los cielos. 

En la medida en que, sabemos muy bien que la sangre del Se�or 
Jesucristo perdona pecados, bendice profundamente y sana las 
almas, los esp�ritus y los cuerpos humanos de los hombres, 
mujeres, ni�os y ni�as de la humanidad entera, sin jam�s 
dejar sin su bendici�n a ninguno de ellos, en toda la 
creaci�n terrenal y celestial, a la misma vez. Y, adem�s, 
sobre todas las cosas, la sangre de Jesucristo tiene poder 
para levantarnos de entre los muertos y volver a vestir 
nuestros huesos, con carne, m�sculos, �rganos y piel, como 
Dios nos formo, tal como siempre hemos sido (y seremos), como 
hombres y mujeres, en nuestras nuevas vidas infinitas, de la 
eternidad venidera del nuevo reino celestial, por ejemplo. 

Porque la verdad es tambi�n que la sangre viva del Se�or 
Jesucristo tiene cada una de "todas las informaciones 
gen�ticas" de cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad 
entera, para volverlo a bendecir en su cuerpo, alma y 
esp�ritu humano con mucha m�s gloria que antes, aun mucho 
mayores que Ad�n y Eva, en el para�so, por ejemplo. Por lo 
tanto, la sangre del Se�or Jesucristo es tan importante en la 
vida de la humanidad entera, por muchas razones, de la misma 
manera que fue tan importante para Ad�n y Eva, por ejemplo, 
para que no pequen jam�s, sino que obedezcan y vivan por 
siempre sus vidas eternas con su Dios y con su Jesucristo, en 
el cielo. 

Y sin la sangre viva e infinita del Se�or Jesucristo, 
entonces no hay expiaci�n de pecado alguno para ning�n 
hombre, mujer, ni�o y ni�a, de todas las familias, razas, 
pueblos, linajes, tribus y reinos del mundo entero, desde los 
d�as del para�so y hasta la nueva eternidad venidera. En 
realidad, todo hombre y toda mujer morir� infinitamente en su 
coraz�n, luego en su alma y finalmente en su cuerpo y 
esp�ritu humano, hasta que muerda el polvo de la muerte, en 
la tierra y en el m�s all�, tambi�n, como en el infierno o el 
lago de fuego, la segunda muerte del �ngel ca�do y del alma 
perdida. 

Pero aunque esto siempre ha sido la ley de la vida en la 
tierra, desde que el hombre vive en ella, realmente volver� a 
ver la vida, s� en su coraz�n y durante los d�as de su vida: 
Honro al Se�or Jesucristo, delante de Dios y de su Esp�ritu 
Santo, para gloria y para honra infinita de su nombre 
sagrado. Porque esta es la promesa de vida y de salvaci�n 
infinita que Dios le ofreci� primero a Ad�n y para todo aquel 
que ame y honre por siempre a su Hijo amado, en su esp�ritu y 
en su vida, con tan s�lo creer en su coraz�n e invocar con 
sus labios su perd�n de pecados y salvaci�n de su vida.

Entonces es importante que todo coraz�n del hombre, mujer, 
ni�o y ni�a de toda la tierra, honre el nombre sagrado del 
Se�or Jesucristo, para que la sangre viviente del pacto 
eterno comience a vivir en su coraz�n, en su alma, en su 
esp�ritu y en su cuerpo humano, para sanarlo de sus males y 
hasta que regrese al para�so. Porque es s�lo lo que la sangre 
del Se�or Jesucristo ha hecho en nuestros corazones, almas, 
cuerpos y esp�ritus humanos, lo que realmente nos dar� 
poderes especiales y sobrenaturales, desde hoy mismo, para 
poder volver a nuestros hogares celestiales del para�so, al 
lado de nuestro Dios y de su �rbol de vida, nuestro redentor 
infinito, �el Se�or Jesucristo!

JES�S NACI� DE UNA VIRGEN Y NOS DIO SU SANGRE VIVA E INFINITA

Pero cuando se acerco la riqueza de la eternidad, entonces 
Dios envi� al Se�or Jesucristo, nacido de virgen y bajo la 
Ley de Mois�s y de Israel, tambi�n, para que redimiese a los 
que viv�an bajo la maldici�n de la Ley, a fin de que sean 
hechos leg�timamente hijos de Dios, para la nueva vida 
infinita del nuevo reino celestial. Porque nuestro Dios jam�s 
se tarda en enviar a su Hijo amado a Israel, para redimirnos 
de los poderes terribles del pecado, por haber transgredido 
en contra de la Ley del para�so, al no comer del fruto de la 
vida eterna, la sangre viva e infinita del pacto eterno, por 
rebeld�a de sus progenitores celestiales, Ad�n y Eva, por 
ejemplo. 

De suerte que, el servir a Dios es �nicamente comer del fruto 
de la vida, eso es todo (o el todo de todo) para nosotros 
vivir; es decir, tambi�n, que el servir a Dios es cumplir y 
exaltar por siempre su Ley Santa y Eternamente honrada, la 
del para�so y la de la tierra escogida de Cana�n, Israel, por 
ejemplo. Es m�s, para nuestro Padre Celestial el cumplir y 
honrar su Ley Sagrada es comer y beber de ella, del pan y de 
la copa de vino, su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo!, para 
alejarnos de las tinieblas y entrar a la luz m�s brillante 
que el Sol, el Mes�as de la nueva eternidad venidera. 

Es decir, tambi�n, que el creer en el Se�or Jesucristo, como 
su Hijo amado, es comer y beber de la Ley del para�so y de la 
vida eterna del nuevo reino celestial, hoy en d�a y por 
siempre en el infinito. Dado que, la nueva eternidad 
celestial de Dios es La misma Nueva Jerusal�n Eterna, la que 
Dios so�� desde siempre con el hombre y sus �ngeles de toda 
la vida, la que desciende del cielo m�s alto que el cielo de 
los �ngeles, por ejemplo. Por lo tanto, para nuestro Padre 
Celestial el amar y honrar su Ley Sagrada es verdaderamente 
amarle a �l, en el esp�ritu y en la verdad infinita de su 
fruto del �rbol de la vida eterna; es decir, amarle s�lo en 
la sangre viva e infinita del pacto eterno del hombre del 
mundo y de su Mes�as, �el Se�or Jesucristo! 

Entonces, hoy en d�a, �ste fruto de la vida eterna de Dios y 
del Se�or Jesucristo para cada uno de sus hijos e hijas, de 
todas las razas, pueblos, linajes, tribus y reinos del mundo 
entero, comenzando con Ad�n y Eva en el para�so, por ejemplo, 
es la sangre antigua del �rbol de la vida, su Hijo amado, �el 
Mes�as! Porque para nuestro Padre Celestial su �rbol de la 
sangre viva e infinita es la Ley de Mois�s y de Israel, o a 
la inversa, la Ley del para�so es su �rbol de la sangre viva 
e infinita de la vida eterna, �el Mes�as!, para �ngeles del 
cielo, para la tierra y para la nueva creaci�n venidera del 
nuevo angelical. 

Es por eso, que esta Ley Celestial de la sangre y del �rbol 
de la vida, para bien de todo �ngel del cielo y as� tambi�n 
para todo hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera, 
no la cambia nadie, jam�s; porque escrito est� en las 
Escrituras antiguas: la vida est� en la sangre del ser 
viviente. Porque desde el d�a que Ad�n y Eva pecaron en 
contra de Dios, desde entonces violaron la Ley Infinita de 
sus vidas, en esta vida y en la venidera, tambi�n, para no 
volver a ver la vida jam�s, por sus culpas y por sus pecados; 
pero esto no cambio la Ley Divina en ninguno de sus muchos y 
gloriosos significados. 

Realmente, la Ley permaneci� santa, perfecta, pura y muy 
gloriosa, por cierto, en el para�so y en todos los lugares 
del reino de los cielos y hasta que entr� en la tierra por 
vez primera, desde las alturas del Sina�, en el desierto de 
Egipto, cuando los hebreos caminaban hacia la tierra 
prometida, para poseerla y entonces ver al Mes�as. Y esto es 
algo que Dios ha deseado hacer tambi�n en el coraz�n de cada 
hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera, sin hacer 
jam�s excepci�n de persona alguna, pero el esp�ritu de error 
de las mentiras de Lucifer y de la serpiente aun luchan en 
contra de Dios y de su Ley Sagrada, para mal de muchos. 

Es por eso, que la Ley de Dios no ha sido honrada, ni 
exaltada, ni exclamada como tal por el pecador, vil, criminal 
y pagano de toda la tierra, sino que la verdad es otra, 
totalmente contraria a la voluntad perfecta de nuestro Dios 
que est� sentado en su trono de gloria infinita en los 
cielos, y lo ve todo. En realidad, todas estas gentes 
pecadoras, viles, mentirosas, criminales, hacedoras de la 
maldad, lo que han hecho, a trav�s de los tiempos, realmente 
es deshonrar cada palabra, cada letra, cada tilde y cada 
significado infinito, de la Ley de Dios y de la vida eterna 
de todo ser viviente del cielo y de la creaci�n. 

Pero nuestro Dios, en su sabidur�a infinita ha vencido �ste 
terrible mal en el coraz�n de los hombres, mujeres, ni�os y 
ni�as de la humanidad entera, al escribir su Ley Sagrada en 
sus corazones y con su dedo santo, tambi�n, para que los 
pecadores siempre se acuerden de ella, y as� ya no sigan 
haciendo sus mismas maldades de siempre. Entonces nuestro 
Dios, cuando llego su d�a se�alado, envi� a su �rbol de vida, 
su Hijo amado, para que naciese del vientre virgen de la hija 
de David, por el poder sobrenatural de su Esp�ritu, para que 
a los nueve meses nos diese un Cordero Sagrado y bajo la Ley, 
para que nos rescate de sus poderes y maldiciones infinitas. 

Porque cada uno de nosotros, de todas las familias, razas, 
pueblos, linajes, tribus y reinos de la humanidad entera, 
realmente ten�a que ser rescatado de nuestros pecados, por 
Jesucristo, no tanto de nuestras tumbas en las profundas 
tinieblas del mundo, eso ya lo hizo nuestro Dios en el 
principio, sino del mismo vientre de nuestras madres, pero 
virgen, esta vez. Es por eso, que el nacimiento del Se�or 
Jesucristo tenia que ser un nacimiento del vientre virgen de 
una de las hijas de David, de la tribu de Jud� y de la Casa 
de Israel, solamente y en su d�a, ni m�s ni menos, para 
cumplir las Escrituras, para gloria infinita de nuestro Padre 
Celestial que est� en los cielos. Y Dios lo tenia que hacer 
as� todo muy bien, en el vientre virgen de la joven hebrea, 
para vencer a las tinieblas y redimir a todo hombre, mujer, 
ni�o y ni�a de la humanidad entera, y as� no se pierda nadie 
en sus profundas tinieblas de su tumba com�n o del fuego del 
infierno, por ejemplo.

Porque nadie nos pod�a redimir de los poderes terribles de la 
maldici�n y de la muerte infinita de la Ley Inquebrantable y 
Sagrada del para�so, sino era el mismo fruto de la vida, la 
sangre del Se�or Jesucristo o, en otras palabras, la sangre 
viva e infinita del �rbol de la vida de la Nueva Jerusal�n 
Santa e Infinita. Porque es el esp�ritu de la sangre del 
cuerpo del �rbol de la vida que le da vida a todo hombre, 
mujer, ni�o y ni�a de toda la tierra, comenzando con Ad�n y 
Eva, en el para�so, por ejemplo. 

Por ello, �ste fue el �nico fruto de la vida del �rbol de 
Dios, el cual Dios mismo le ofreci� a Ad�n comer y beber para 
que vea la vida, en la tierra sagrada del para�so y en toda 
la nueva tierra y bendita del nuevo reino celestial, como La 
Nueva Jerusal�n que desciende del m�s all� de la antig�edad. 
Porque en la mente y en el coraz�n de Dios, desde los 
primeros d�as de la antig�edad, ya estaba so�ando  en la 
creaci�n de una Nueva Jerusal�n Santa, Perfecta e Infinita, 
en los cielos m�s alto que los �ngeles y de la humanidad 
entera --humanidad la cual crear�a posteriormente en su 
imagen y conforme a su semejanza sagrada--. 

Aqu� es cuando nuestro Dios pens� en ti, por vez primera, 
para rescatarte de las tinieblas del vientre de la virgen, 
con su Ley Bendita, la cual se quebr� en las manos de Mois�s 
y descendi� al abismo a esperar por Cristo, para que la 
levantase al cielo con los poderes de la sangre viva e 
infinita en tu coraz�n. Es por esta raz�n, que es muy 
importante que t� mismo creas en tu coraz�n y confieses con 
tus labios, la verdad redentora del Se�or Jesucristo viviendo 
en tu alma, mi estimado hermano, para que entonces por los 
poderes de la sangre viva e infinita te eleven al para�so, 
hoy y en tu ultim� d�a de vida en el mundo. 

Y si ya has pasado de la vida al polvo de la muerte, entonces 
en su gran d�a de la resurrecci�n de los muertos, Dios mismo 
te levantara de nuevo a la vida de la tierra y del nuevo 
reino celestial, para que vivas infinitamente, en donde 
comenzaste a dar tus primeros pasos de vida en el para�so, 
por ejemplo. Es decir, que si has cre�do en Jesucristo y 
confesado con tus labios su verdad y su justicia, entonces en 
la resurrecci�n, Dios mismo con los poderes sobrenaturales de 
la sangre viva te levantara de regreso a tu hogar infinito, 
para vivir con tus progenitores celestiales, Ad�n y Eva, para 
que veas y sientas tu verdadera vida, como nunca antes. 

Dado que, para esta vida celestial, es por la cual que Dios 
te ha creado del polvo de la tierra en sus manos sagradas, 
para que comas y bebas por siempre de su fruto de vida 
eterna, la sangre y el cuerpo bendito del �rbol de la vida, 
su fruto de vida infinita, su "Cordero Escogido", �el Se�or 
Jesucristo! Porque como Jesucristo no ha existido alguien 
mayor que �l, en el cielo ni menos en la tierra, para 
redimirte, sanarte, purificarte, santificarte y elevarte al 
para�so para que vivas tu verdadera vida, no la de la tierra, 
sino la de Dios, junto con �l y con sus huestes celestiales, 
s�lo en el poder de la sangre del pacto eterno.

JES�S EST� CON SU SANGRE EN EL LUGAR SANT�SIMO, PARA DARNOS 
SALVACI�N INFINITA

Entonces nuestro Se�or Jesucristo entr� de una vez por todas 
y para siempre en el lugar sant�simo del altar celestial de 
nuestro Padre Celestial, logrando as� eterna salvaci�n de 
nuestras almas infinitas, ya no mediante sangre de machos 
perfectos y sin tacha alguna en sus cuerpos de cabrunos ni de 
corderos ni de toros, sino mediante su propia sangre 
hacedora. Porque es la sangre sagrada y antigua del para�so, 
la que hace la diferencia entre Dios y el hombre, la mujer, 
el ni�o y la ni�a de la humanidad entera, para perdonar 
pecados y bendecir sus vidas, en un momento de oraci�n y de 
fe, en el nombre del Se�or Jesucristo, en la tierra y para la 
nueva eternidad venidera. 

Y sin �sta sangre bendita de su coraz�n y de su cuerpo santo, 
nuestro Jesucristo no pod�a entrar al lugar sant�simo del 
altar celestial de Dios, sino que tenia que permanecer fuera 
de �l, como todo ser viviente que aun no ha recibi� los 
beneficios y bendiciones de fe, de la sangre del pacto 
eterno, entre Dios y el hombre. Entonces fue por esta raz�n, 
que Jesucristo tenia que descender del cielo, para entrar en 
el vientre virgen, de una de las hijas de David, para que a 
los nueve meses, nos diese aquel coraz�n y cuerpo santo, 
lleno de la sangre redentora y del pacto eterno entre Dios y 
el hombre de la tierra, para entra al lugar sant�simo. 

Adem�s, s�lo as� entonces podamos cada uno de nosotros, de 
todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos 
del mundo entero, tener acceso al lugar sant�simo de Dios en 
el cielo, con tan s�lo creer en nuestros corazones y confesar 
con nuestros labios: la verdad y la justicia infinita que 
agradan al coraz�n de nuestro Padre Celestial, eternamente. Y 
esto es que el Se�or Jesucristo es su Hijo y SE�OR de la 
nueva vida eterna del nuevo reino de los cielos, como en el 
para�so y como en La Nueva Jerusal�n Celestial, por ejemplo, 
para todo �ngel y para todo hombre, mujer, ni�o y ni�a del 
mundo, s�lo fiel en su coraz�n a la sangre viva e infinita. 

En la medida en que, todos los que quieran ver la nueva vida 
eterna, en el nuevo reino de los cielos, entonces tienen que 
haber sido bendecidos, lavados y purificados en la sangre 
sagrada del gran rey Mes�as de todos los tiempos, el Hijo 
amado de Dios, �el Se�or Jesucristo! Porque ha sido nuestro 
Se�or Jesucristo quien realmente subi� al cielo desde 
nuestras tumbas, al lugar sant�simo del altar de nuestro 
Creador para interceder, mediar y reconciliarnos con �l, por 
medio de los poderes sobrenaturales de su misma sangre 
sant�sima, la cual deja correr para bien de muchos y el fin 
del pecado, sobre la cruz del G�lgota, por ejemplo. 

Y desde el d�a que el Se�or Jesucristo le puso fin al pecado 
de Ad�n y de cada uno de sus descendientes, entonces la 
muerte y sus enfermedades ya no tiene poder alguno sobre 
ninguno de nosotros, de los que hemos cre�do e invocado con 
nuestros labios su nombre redentor, para perd�n de pecados y 
salvaci�n infinita de nuestras vidas. Porque desde el d�a que 
comenzamos a creer e invocar su nombre, entonces se cumple la 
Escritura, en donde dice, que todo aquel que invoque su 
nombre bendito ser� salvo en los �ltimos d�as del poder del 
pecado y de su muerte eterna, en la tierra y en el m�s all�, 
como en el infierno o el lago de fuego. 

Porque todo aquel que no recibi� al Se�or Jesucristo en su 
coraz�n, entonces su nombre no est� escrito en "el libro de 
la vida"; por lo tanto, su vida corre el peligro de terminar 
entre las llamas ardientes de la ira de Dios, en el infierno 
y para finalmente caer en el lago de fuego, en el m�s all�. 
Sin embargo, si lo contrario fuese verdad en tu vida, mi 
estimado hermano, de que el esp�ritu de fe, de la sangre viva 
e infinita del Se�or Jesucristo ha entrado en tu coraz�n y en 
toda tu vida, tambi�n, entonces comenzaras a ser bendecido 
por ella con muchos de sus poderes sobrenaturales de 
milagros, maravillas y hasta prodigios, tambi�n. 

Porque es el esp�ritu de fe, en la sangre bendita del Se�or 
Jesucristo, la cual realmente nos da poder y muchos bienes 
sobrenaturales para protegernos d�a y noche de los males del 
pecado y de las profundas tinieblas del enemigo infinito de 
nuestras almas eternas, en la tierra y en el para�so, 
tambi�n, para la eternidad venidera. Es decir, tambi�n de que 
Dios mismo te proteger�, como protege a sus �ngeles 
celestiales de los males de Lucifer y de sus �ngeles ca�dos, 
por amor infinito de su coraz�n sagrado hacia la verdad y la 
justicia infinita de la sangre gloriosa y eternamente 
milagrosa del fruto de su �rbol de vida eterna, �el Se�or 
Jesucristo! 

Por ende, nada ni nadie podr� realmente hacerte ning�n mal en 
todos los d�as de tu vida por la tierra, si el esp�ritu de la 
sangre del Se�or Jesucristo reina en tu coraz�n, para cumplir 
cada una de las promesas divinas, hecha a sus amados de la 
antig�edad de Israel, desde el comienzo de las cosas, por 
amor a ti. Y esto es de perd�n de pecados, protecci�n 
infinita de los males del enemigo en sus vidas y alcanzar las 
m�s ricas y gloriosas bendiciones de la nueva vida celestial 
e infinita del nuevo reino de Dios, en la tierra y en el 
cielo, tambi�n, para la nueva eternidad venidera de �ngeles y 
de su eterna humanidad regenerada. 

Porque tanto como los �ngeles del cielo y as� tambi�n la 
humanidad entera ha sido bendecida y regenerada inmensamente 
por tan s�lo ingerir vida del fruto de la vida eterna, el 
Se�or Jesucristo, ya sea para los millares de �ngeles en el 
cielo o para los hombres, mujeres, ni�os y ni�as de toda la 
tierra, tambi�n, por ejemplo. Porque es la sangre viva e 
infinita del para�so, el fruto de la vida, del �rbol de Dios, 
el Se�or Jesucristo, la cual realmente alimenta el coraz�n, 
el alma, el esp�ritu y el cuerpo humano de Ad�n y de la 
humanidad entera, de todas las naciones de la tierra y del 
nuevo reino celestial, tambi�n, por supuesto, para la 
eternidad. 

Entonces tenemos la confianza en nuestros corazones eternos, 
de que el Se�or Jesucristo ascendi� al cielo, para entrar al 
lugar sant�simo del altar de Dios, no con la sangre de los 
corderos, toros y cabr�os de Israel de la antig�edad o de 
siempre, sino con su misma sangre bendita, la cual nos da 
vida y salud en abundancia, infinitamente. Es por eso, que 
desde la antig�edad y hasta nuestros d�as, tenemos al Se�or 
Jesucristo delante de Dios y ante su altar del cielo, 
intercediendo por el bienestar de cada uno de nosotros, de 
todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y r�enos 
de la tierra, de los que hemos cre�do e invocado su nombre 
salvador con nuestros labios. 

Para que entonces nuestro Padre Celestial ya no vea nuestros 
pecados y sus muchas tinieblas en nuestras vidas, sino s�lo 
al Se�or Jesucristo bendici�ndonos d�a y noche con su sangre 
viva e infinita, llena de verdad y de justicia celestial, 
para nuestros corazones y para nuestras nuevas vidas 
celestiales del nuevo reino de los cielos, en la nueva 
eternidad infinita. Por consiguiente, �sta sangre viva y 
real, llenara nuestros corazones y nuestras venas de nuestros 
cuerpos de vida y de la misma salud celestial e infinita de 
nuestro Padre Celestial y de su �rbol de la vida, su Hijo 
amado, el gran rey Mes�as, �el Se�or Jesucristo!, en los d�as 
venideros, si permanecemos fiel, a su sangre expiatoria y 
reconciliadora. 

Y desde entonces llegaremos a ser esos hombres y mujeres 
completamente formados, en el Esp�ritu y en el amor infinito 
de Dios y de su Se�or Jesucristo, para jam�s volver a conocer 
el mal del pecado ni ninguna de sus enfermedades terribles, 
de nuestros corazones y de nuestras almas, en la tierra y en 
el para�so, eternamente y para siempre. Realmente seremos 
hechos, como Dios mismo lo dispuso en el comienzo de todas 
las cosas, en su imagen y conforme a su semejanza santa, 
perfecta y sin igual alguna, gracias a la sangre viva e 
infinita del �rbol de la vida, viviendo en nuestros corazones 
y en nuestras almas regeneradas, para la vida infinita del 
nuevo reino celestial. 

Y, a partir de aquel d�a en adelante, s�lo conoceremos la 
felicidad celestial de vivir con nuestro Padre Celestial, su 
Esp�ritu Santo y su Hijo amado, el Se�or Jesucristo, rodeado 
por siempre de sus huestes de �ngeles celestiales y de su 
nueva humanidad infinita de todos los tiempos, para jam�s 
volvernos a separar de �l, en la eternidad venidera. Y es 
precisamente esta vida y �ste d�a celestial, ya muy cercano, 
por cierto, por los cuales tu coraz�n y tu alma siempre te lo 
han requerido de ti, pero sin t� saberles responder 
adecuadamente, porque no conoc�as a Cristo, tu �nica verdad y 
justicia salvadora de tu vida, en la tierra y en el para�so, 
tambi�n, para siempre.

LA SANGRE VIVA E INFINITA TE AMA


La sangre del �rbol de la vida clama por ti, desde la 
fundaci�n de la roca eterna, en donde se derramo hasta llegar 
a las profundas  tinieblas de las tumbas de los pecadores y 
pecadoras de la humanidad, para reclamar por tu vida y por tu 
salvaci�n infinita. Y desde aquel d�a, como en el Tercer D�a 
subi� de regreso a la tierra sagrada que te vio nacer del 
polvo de la tierra, en las manos de Dios, para seguir 
clamando por ti y por tu salvaci�n, pero esta vez, desde el 
epicentro del lugar sant�simo de nuestro Padre Celestial, en 
el cielo.

Porque la verdad es que el amor de nuestro Padre Celestial 
hacia el hombre y su humanidad infinita es mayor que todos 
los sentimientos de su coraz�n y de sus cosas muy gloriosas y 
grandiosas del reino de los cielos y de sus �ngeles sumamente 
gloriosos y eternamente honrados delante de su presencia 
sagrada. Y es por este amor, que nuestro Dios dio su misma 
vida santa, para redimirnos a cada uno de nosotros, de los 
males del pecado y de su muerte infinita, en el m�s all�, 
como en el infierno o el lago de fuego, por ejemplo, la 
segunda muerte del alma rebelde al fruto de vida, la sangre 
hacedora / restauradora. 

Adem�s, este fruto de vida del para�so es la misma sangre 
viva e infinita que nuestro salvador, Jesucristo, el Mes�as, 
dejo correr sobre los �rboles cruzados, secos y sin vida de 
Ad�n y Eva, sobre la cima de la roca eterna, en las afueras 
de Jerusal�n, para ponerle fin al pecado y al �ngel de la 
muerte, en tu vida. Para que de esta manera, el pecado y sus 
poderes de las profundas tinieblas del m�s all� ya no tengan 
ning�n poder sobre ninguno de nosotros, en todos los lugares 
de la tierra y aun en el m�s all�, tambi�n, con el �ngel de 
la muerte, como en el bajo mundo de las almas perdidas de los 
pecadores, por ejemplo. 

Porque con la sangre viva e infinita, el pecado y el �ngel de 
la muerte ya no pueden tocar ni tener efecto alguno, en 
nuestros corazones, en nuestras almas, en nuestros cuerpos, 
ni menos en nuestras vidas, en la tierra y en el m�s all�, 
como en el para�so o como en La Nueva Jerusal�n Sagrada e 
Infinita del cielo. En realidad, el poder de la sangre del 
Se�or Jesucristo en nuestras vidas no la entiende ning�n ser 
humano, con su coraz�n y con su mente pecadora, s�lo nuestro 
Padre Celestial y su Esp�ritu Santo; ni aun los �ngeles 
pueden entender los poderes y autoridades sobrenaturales de 
la sangre del Se�or Jesucristo, en sus mentes y en sus 
corazones. 

Los �ngeles s�lo se admiran de la gloria infinita que ven en 
ella, cuando toca el coraz�n y la vida de cada hombre, mujer, 
ni�o y ni�a de la humanidad entera, para redimirlos del poder 
del pecado y de sus males eternos, como la muerte en el 
infierno o la muerte infinita, en el lago de fuego, por 
ejemplo. Realmente, los poderes sobrenaturales de la sangre 
que Jesucristo derrama sobre la cima de la roca eterna, en 
las afueras de Jerusal�n, s�lo son para los que aman a Dios y 
a su Esp�ritu Santo, en sus corazones, en su esp�ritu y en su 
verdad, para dejar atr�s las tinieblas y vivir la luz de la 
vida del para�so infinitamente. 

Por lo tanto, nosotros estamos llamados por Dios mismo, de la 
misma manera que llama a Ad�n a comer y beber de su fruto del 
�rbol de la vida, es decir, de la sangre viva e infinita de 
la nueva vida, del nuevo reino celestial, para gloria y para 
honra perdurable de �l mismo y de su Esp�ritu Santo. Porque 
de otra manera, ninguno de nosotros, al igual que Ad�n y Eva, 
jam�s podremos realmente ver ni menos conocer la vida 
inmortal del para�so, por la cual Dios nos saco del polvo de 
la muerte, para formarnos en su imagen y conforme a su 
semejanza, para vivir con �l y conocerle como tal, como 
nuestro Creador, en la inmensidad. 

Por ello, nuestro Dios desea que cada uno de nosotros le 
conozcamos a �l, de la misma manera, como su Hijo amado 
siempre le ha conocido desde tiempos inmemoriales y hasta 
nuestros d�as, por ejemplo. Es por eso, que en el principio 
nuestro Dios nos creo en sus mismas manos y no en las manos 
de los �ngeles o de otros seres celestiales, para entonces 
crearnos a su perfecci�n infinita de su imagen y conforme a 
su semejanza celestial, con el fin de que le conozcamos alg�n 
d�a, como hoy en d�a, por ejemplo. 

Porque sin la imagen y semejanza celestial de Dios, entonces 
nosotros no hubi�semos jam�s conocido al Se�or Jesucristo, ni 
a su Esp�ritu Santo ni mucho menos a �l, como nuestro Padre 
Celestial, Fundador del cielo y de la tierra, �el 
Todopoderoso! Entonces en el d�a de nuestra formaci�n era 
indispensable para Dios formarnos en los poderes gloriosos y 
sobrenaturales de la sangre viva e infinita del �rbol de la 
vida, Jesucristo, el Mes�as, para que nosotros vivamos por 
siempre de su fruto de vida celestial, la sangre del pacto 
eterno entre �l y el hombre, la del G�lgota, por ejemplo. 

Ya que, si Dios nos hubiese creado en la imagen y semejanza 
de los �ngeles del cielo, lo cual hubiese sido muy loable y 
glorioso, tambi�n, pero jam�s as� de loable o as� de 
glorioso, como la misma imagen y semejanza celestial de 
nuestro Padre Celestial, el Dios del cielo y de toda la 
tierra. Y si Dios nos hubiese creado en las manos de otros 
seres, como corderos, becerros, toros, en fin, como 
cualquiera de los animales del para�so o de la tierra, 
entonces no tendr�amos el potencial en nuestros corazones de 
conocerle a �l, en su imagen y conforme a su semejanza, c�mo 
s�lo Cristo le conoce, desde siempre, y por los siglos. 

Es decir, que los animales s�lo pueden conocer a los 
animales, en su imagen y semejanza de cada uno de ellos 
mismos; y as� tambi�n los �ngeles del cielo, por ejemplo, 
seg�n sean sus rangos de gloria y de perfecci�n celestial, 
como arc�ngeles a arc�ngeles, serafines a serafines, 
querubines a querubines y dem�s seres santos del reino. Como 
por ejemplo, el becerro se identifica con su igual, es decir, 
otro becerro; y, adem�s, pueden vivir juntos en sus manadas, 
sin ning�n problema alguno y hasta se procrean mutuamente en 
grandes n�meros, si se los deja a vivir a su manera natural 
de vivir, por ejemplo. 

Pues as� tambi�n los toros y las vacas, estos animales se 
identifican el uno al otro y viven en sus manadas por la 
tierra, en paz, en tranquilidad y felices de estar juntos. Lo 
mismo podr�amos decir, por cualquier otro animal del aire, de 
la tierra y del mar, cada uno de ellos se identifica en su 
imagen y seg�n su semejanza, y viven juntos y felices todas 
sus vidas y sin ning�n problema. 

Pues el hombre tambi�n con Dios y con su Jesucristo viviendo 
en su coraz�n, siempre llenos de los frutos de vida y de 
salud eterna de su Esp�ritu Santo, porque hemos sido creados 
en las manos sagradas de Dios, para vivir en su imagen y 
conforme a su semejanza infinita y celestial, en la tierra y 
en el para�so. Pues entonces, nosotros hemos salido de Dios y 
de Cristo o del �rbol de la vida eterna, por su sangre y por 
su Esp�ritu Santo, tambi�n, por ejemplo, para vivir la vida 
del para�so y no tanto (o jam�s) la vida pecadora y rebelde a 
Dios, la del fruto prohibido del �rbol de la ciencia, del 
bien y del mal.

Ahora, si Dios nos hubiese creado en las manos de Lucifer, 
por ejemplo, entonces seriamos formados conforme a su imagen 
y semejanza, algo terrible e impensable; y si hubiese sido 
as�, entonces seriamos m�s diablos que �l mismo, sin igual 
alguno en toda la inmensidad celestial y terrenal de la 
creaci�n de Dios. Es m�s, ni Lucifer mismo nos hubiese 
soportado tanto, como Dios lo ha hecho a trav�s de los 
tiempos y hasta nuestros d�as, pues, nos hubiese matado hace 
mucho tiempo ya, para no sufrir nuestros pecados, maldades y 
hasta quien sabe que otras cosas m�s terribles, de las cuales 
destrozar�an su coraz�n, para no desearnos volver a ver m�s. 

Pero gracias a Dios que no hemos sido creados en la imagen y 
semejanza de �ngeles, ni de animales, ni mucho menos en las 
manos de Lucifer, sino que fuimos creados en las manos 
sagradas de Dios y de su �rbol de vida eterna, para ser 
llenos por siempre de su Esp�ritu Eterno. Porque es la 
llenura del Esp�ritu de Dios, la que nos da vida, hoy en d�a 
y por siempre en la eternidad venidera, de la misma manera 
que el Esp�ritu de Dios tuvo que entrar en el vientre virgen 
de la joven hebrea, para darnos al Mes�as. 

Y luego el Esp�ritu Santo de Dios tuvo que levantar al Tercer 
D�a al Se�or Jesucristo de entre los muertos, despu�s de 
haber vivido toda su vida fiel a la Ley del para�so como el 
Mes�as, para volver a darnos vida infinitamente a cada uno de 
nosotros, de todas las familias, razas, pueblos, linajes, 
tribus y reinos de la tierra. Entonces nuestro Dios nos crea 
en su esp�ritu de amor sobrenatural y eterno, y �ste es el 
mismo amor por el cual ha conocido desde siempre a su Hijo 
amado, el Se�or Jesucristo y a su Esp�ritu Sant�simo, desde 
los primeros d�as de la antig�edad y hasta nuestros d�as, por 
ejemplo. 

Para que hoy en d�a, nosotros tambi�n vivamos con �l y 
finalmente le conozcamos a trav�s de los tiempos de la 
eternidad venidera, tal como �l siempre ha sido (y ha de ser) 
para con nosotros, en la tierra y en la nueva vida infinita 
del nuevo reino de los cielos. Y cuando lleguemos a conocer a 
nuestro Padre Celestial, como ha sido conocido por el Se�or 
Jesucristo y su Esp�ritu Santo, entonces entenderemos todo lo 
importante que ha sido desde siempre: la sangre del pacto 
eterno entre Dios y el hombre de la humanidad entera, para 
librarnos de las tinieblas y ver s�lo por la luz de Cristo, 
infinitamente. 

Es por esta raz�n, que la sangre viva e infinita del �rbol de 
la vida nos libra de los males del pecado y de sus muchas 
enfermedades de nuestros corazones, de nuestros esp�ritus y 
cuerpos humanos y celestiales, si tan s�lo amamos a nuestro 
Dios, en el esp�ritu y en la verdad infinita de nuestro 
nombre salvador, �el Se�or Jesucristo! Y, hoy m�s que nunca, 
el esp�ritu de la sangre viva e infinita del �rbol de la vida 
te llama a Dios, para que te acerques y seas hecho libre, 
limpio, purificado y santificado de tus pecados y sus 
tinieblas profundas del m�s all�, para que s�lo veas la vida 
infinita del nuevo reino de los cielos, perpetuamente.

El amor (Esp�ritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su 
Jesucristo es contigo.


�Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


D�gale al Se�or, nuestro Padre Celestial, de todo coraz�n, en 
el nombre del Se�or Jesucristo: Nuestras almas te aman, 
Se�or. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras 
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y 
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, tambi�n, para 
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el 
Se�or Jesucristo.

LOS �DOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los �dolos han sido desde siempre: un tropiezo 
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un 
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en 
tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre 
Celestial y de su Esp�ritu Eterno. Pero todo esto tiene un 
fin en tu vida, en �sta misma hora crucial de tu vida. Has de 
pensar quiz� que el fin de todos los males de los �dolos 
termine, cuando llegues al fin de tus d�as. Pero esto no es 
verdad. Los �dolos con sus esp�ritus inmundos te seguir�n 
atormentando d�a y noche entre las llamas ardientes del fuego 
del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de 
Dios. En verdad, el fin de todos estos males est� aqu� 
contigo, en el d�a de hoy. Y �ste es el Se�or Jesucristo. 
Cree en �l, en esp�ritu y en verdad. Usando siempre tu fe en 
�l, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos 
de la presencia terrible de los �dolos y de sus huestes de 
esp�ritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de 
los tuyos tambi�n, en la eternidad del reino de Dios. Porque 
en el reino de Dios su Ley santa es de d�a en d�a honrada y 
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos 
�ngeles. Y t� con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada 
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, 
cada palabra, cada oraci�n, cada tilde, cada categor�a de 
bendici�n terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, 
cada se�or�o, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada 
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas 
bendiciones de la tierra, del d�a de hoy y de la tierra santa 
del m�s all�, tambi�n, en el reino de Dios y de su Hijo 
amado, �el Se�or Jesucristo!, �El Todopoderoso de Israel y de 
las naciones!

S�LO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la �nica ley santa de Dios y del Se�or Jesucristo en 
tu coraz�n, para bendecirte, para darte vida y vida en 
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha 
venido diciendo as�, desde los d�as de la antig�edad, desde 
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendr�s otros dioses delante de m�". 

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te har�s imagen, ni ninguna semejanza 
de lo que est� arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni 
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinar�s ante ellas 
ni les rendir�s culto, porque yo soy Jehov� tu Dios, un Dios 
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, 
sobre la tercera y sobre la cuarta generaci�n de los que me 
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a 
los que me aman y guardan mis mandamientos". 
 
TERCER MANDAMIENTO: "No tomar�s en vano el nombre de Jehov� 
tu Dios, porque �l no dar� por inocente al que tome su nombre 
en vano". 

CUARTO MANDAMIENTO: "Acu�rdate del d�a del s�bado para 
santificarlo. Seis d�as trabajar�s y har�s toda tu obra, pero 
el s�ptimo d�a ser� s�bado para Jehov� tu Dios. No har�s en 
ese d�a obra alguna, ni t�, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu 
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que est� 
dentro de tus puertas. Porque en seis d�as Jehov� hizo los 
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y 
repos� en el s�ptimo d�a. Por eso Jehov� bendijo el d�a del 
s�bado y lo santific�". 
 
QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que 
tus d�as se prolonguen sobre la tierra que Jehov� tu Dios te 
da". 
 
SEXTO MANDAMIENTO: "No cometer�s homicidio". 

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometer�s adulterio". 

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robar�s". 

NOVENO MANDAMIENTO: "No dar�s falso testimonio en contra de 
tu pr�jimo". 
 
DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciar�s la casa de tu pr�jimo; no 
codiciar�s la mujer de tu pr�jimo, ni su siervo, ni su 
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu 
pr�jimo". 

Entr�gale tu atenci�n al Esp�ritu de Dios y d�shazte de todos 
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno 
de los tuyos, tambi�n. Hazlo as� y sin mas demora alguna, por 
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los 
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus 
�dolos y de sus im�genes de talla, aunque t� no lo veas as�, 
en �sta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, 
tambi�n. Y t� tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de 
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde 
los d�as de la antig�edad, para seguir destruyendo sus vidas, 
en el d�a de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos 
males en sus vidas, sino que s�lo �l desea ver vida y vida en 
abundancia, en cada naci�n y en cada una de sus muchas 
familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Se�or 
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y 
digamos juntos la siguiente oraci�n de Jesucristo delante de 
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y 
salvador de todas nuestras almas: 

ORACI�N DEL PERD�N

Padre nuestro que est�s en los cielos: santificada sea la 
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo 
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el 
cielo as� tambi�n en la tierra. El pan nuestro de cada d�a, 
d�noslo hoy. Perd�nanos nuestras deudas, como tambi�n 
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en 
tentaci�n, mas l�branos del mal. Porque tuyo es el reino, el 
poder y la gloria por todos los siglos. Am�n. 

Porque si perdon�is a los hombres sus ofensas, vuestro Padre 
Celestial tambi�n os perdonar� a vosotros. Pero si no 
perdon�is a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonar� 
vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Se�or Jes�s dijo, "Yo soy el CAMINO, y la 
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, 
sino es POR M�". Juan 14:

NADIE M�S TE PUEDE SALVAR.

�CONF�A EN JES�S HOY! 

MA�ANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. 

YA MA�ANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA 
TI Y LOS TUYOS, EN EL D�A DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de 
�ste MUNDO y su MUERTE.

Disp�nte a dejar el pecado (arrepi�ntete):

Cree que Jesucristo muri� por ti, fue sepultado y resucito al 
tercer d�a por el Poder Sagrado del Esp�ritu Santo y deja que 
entr� en tu vida y sea tu �NICO SALVADOR Y SE�OR EN TU VIDA.

QUIZ� TE PREGUNTES HOY: �QUE ORAR? O �C�MO ORAR? O �QU� 
DECIRLE AL SE�OR SANTO EN ORACI�N? -HAS LO SIGUIENTE, y di: 
Dios m�o, soy un pecador y necesito tu perd�n. Creo que 
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi 
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a 
venir a mi coraz�n y a mi vida, como mi SALVADOR.

�Aceptaste a Jes�s, como tu Salvador?  �S� _____?  O �No 
_____?

�Fecha? �S� ____?  O �No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de 
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada d�a para conocer mejor a Cristo. Habla con 
Dios, orando todos los d�as en el nombre de JES�S. Baut�zate 
en AGUA y en El ESP�RITU SANTO DE DIOS, adora, re�nete y 
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es 
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de 
Cristo a los dem�s.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros 
cristianos que los hermanos Pentecost�s o pastores del 
evangelio de Jes�s te recomienden leer y te ayuden a entender 
m�s de Jes�s y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros 
cristianos est�n disponibles en gran cantidad en diferentes 
temas, en tu librer�a cristiana inmediata a tu barrio, 
entonces visita a las librer�as cristianas con frecuencia, 
para ver que clase de libros est�n a tu disposici�n, para que 
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer m� libro que he escrito para ti, 
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su 
Hijo amado y as� comiences a crecer en �l, desde el d�a de 
hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la 
paz de Jerusal�n d�a a d�a y sin cesar, en nuestras 
oraciones. Porque �sta es la tierra, desde donde Dios lanzo 
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras 
bendiciones y salvaci�n eterna de nuestras almas vivientes. Y 
nos dice Dios mismo, en su Esp�ritu Eterno: "Vivan tranquilos 
los que te aman.  Haya paz dentro de tus murallas y 
tranquilidad en tus palacios, Jerusal�n". Por causa de mis 
hermanos y de mis amigos, dir� yo: "Haya paz en ti, siempre 
Jerusal�n". Por causa de la casa de Jehov� nuestro Dios, en 
el cielo y en la tierra: implorar� por tu bien, por siempre. 

El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el 
Esp�ritu de Dios a toda la humanidad, dici�ndole y 
asegur�ndole: - Qu� todo lo que respira, alabe el nombre de 
Jehov� de los Ej�rcitos, �el Todopoderoso! Y esto es, de toda 
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo 
coraz�n, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y 
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, 
como antes y como siempre, por la eternidad.



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